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Por Soria y Obes

El ingreso ciudadano universal, ICU en adelante, se puso nuevamente en el debate. A primera vista es de esas conversaciones públicas preliminares, que ensayan planteos y vuelcan información diletante porque no hay marcos institucionales de por medio ni figura en la agenda del Estado.

Este ingreso pensado en paliativo para los lotes de trabajadores desplazados por la robotización y la aplicación de nuevas tecnologías, considera también a la concentración económica en pocas manos, una segunda causa para su implementación.

Las investigaciones de Piketty terminaron de consolidar esta intuición general, doxa, que consistió en dar evidencias de la reproducción cada vez más sesgada de las desigualdades en los países más desarrollados.

Tratado ejemplarmente desde la divulgación por Levy Yeyati, el ICU no sería, en boca del especialista, un objetivo lejano para nuestras políticas públicas. En ese camino trillado de los subsidios sociales -AUH incluida- el ingreso ciudadano sería una meca cercana a cumplir; -restaría que se haga más extensa la sustitución de mano de obra para perfeccionar su universalización.

Esta idea que tiene progenie entre optimistas y ficcionalistas del futuro, también ha dado lugar a ideólogos premodernos (o antimodernos), que proponen reducciones horarias, más ocio y estilos de vida alternativos, como formas militantes de oponerse al sistema.

Una de las discusiones vivaces, como siempre, gira alrededor de su financiamiento. Los liberales, amos furtivos del presente y detractores del estatismo, querrán que el dispendio lo haga el Estado. Un dispendio dentro de la ratio estatal, que encontrará la manera de realimentar al mercado en su mismo provecho: pagar el consumo redireccionando impuestos a los mismos consumos.
En un futuro donde el Estado perderá su condición de árbitro y la mesa de negociación tendrá una única silla: la del capitalista, no parece que esta inyección de dinero en reaseguro de la dignidad humana complote contra las leyes del capitalismo.

Esto dicho en respuesta para quienes ven en el ICU un potencial crítico para la competencia entre capitalistas. Después de todo una demanda global formalizada es un negocio redondo en los anales de la patria contratista.

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