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Walter Lezcano: “Sabía que la literatura era un lugar que yo podía habitar”

1 marzo, 2018
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Walter Lezcano: “Sabía que la literatura era un lugar que yo podía habitar”

Por Nicolás Adet Larcher

Walter Lezcano dice que tiene tres ganas en la vida: coger, escribir y escabiar. Correntino, desde hace unos años publica sus poesías y novelas en editoriales independientes, enseña literatura en escuelas secundarias y escribe notas como periodista freelance para medios como la revista Rolling Stone, Tiempo Argentino, Revista Ñ o revista Brando. En su cuenta de Twitter tiene anotado su correo electrónico que termina en 2006 y una consejo que le dio el cantante irlandés Liam Clancy a Bob Dylan: “recuerda Bob, sin miedo, sin envidia, sin maldad”. Este mes la editorial Tusquets publicó su último libro llamado “Luces Calientes”.

Contame un poco sobre Luces Calientes, tu último libro. Me llamó la atención la estructura, que tenga las voces de los protagonistas en bloques, como si fuesen entrevistas.

La novela tiene una estructura medio anfibia. Tiene una primera parte hecha a partir de una polifonía de voces y tiene una segunda parte que es el diario de uno de los protagonistas. Elegí ese formato por varios motivos: por un lado, soy fanático de algunas novelas como “Los detectives salvajes” de Bolaño o “Rant” de Chuck Palahniuk, también de los libros que son biografías de bandas y se construyen a partir de un relato coral y de los documentales de rock.

Entonces, siempre aparecen voces explicando algún fenómeno o algún momento particular de la historia. Y esa idea de cabezas parlantes me da una sensación de fácil acceso para contar una generación, o por lo menos una parte de una generación. De la gente que creció en los noventa y entró en los 2000 siendo mayor de edad y sin ninguna expectativa de futuro, sin ninguna visión de como continuar su vida, de cómo insertarse en la sociedad. Como el Estado mostró esa incapacidad para darle una expectativa de futuro a toda una generación, viste. Hablo del menemismo, hablo de De la Rúa.

Una vez que tenía ese formato polifónico, esa parte termina en una tragedia en un boliche de rock y pensé como retratar la vida de un sobreviviente después de un hecho traumático. Como soy fanático de los diarios de los escritores, me di cuenta que no había nada más intimo que ese formato. Entonces utilice ese registro para que alguien cuente como se vive más allá de la tragedia. Cuando hay una tragedia pública, a veces se pierde un poco de vista que hay vidas que continúan, que siguen a pesar de la noticia y de lo que se dice en los medios. Yo quería indagar sobre ese tipo de existencias que quedan por afuera del radar público.

 

¿Hay una intención de retratar la violencia en parte de tu obra?

A mi me vienen historias. Me caen del cielo ciertos personajes, viste, me llegan algunos registros y me encantan algunas musicalidades. Después te das cuenta cuando terminas de escribir que casi siempre tocas los mismos temas. Me pasa eso de que siento que vuelvo a algunos temas, que los toco, que los bordeo, a pesar de mi y de mis intenciones. Si bien los temas me convocan, me interesa la violencia, me interesa la gente que sobrevive, a pesar de que yo no esté pensando en temáticas siento que de alguna forma lo que yo escribo va por ese lado. Así que dejo que la cosa fluya. Después me doy cuenta de que estoy indagando en otro aspecto de este tema.

 

Escribes novelas, pero también trabajas como periodista. En algunos casos eso permite llevar el trabajo de periodista a la novela, o provoca una separación tajante. ¿Haces una división entre el escritor y el periodista?

Hay algunas diferencias. Respecto a como encaro el tema no hay diferencias porque por como escribo quiero que cada palabra esté bien puesta, que haya una prosa, una respiración. La división que veo es que en la ficción no trabajo con la realidad, cuando hago periodismo todo el tiempo estoy relacionándome con lo real, y con las versiones de lo real. Cuando trabajo en ficción ocurre un proceso creativo, de creación de un mundo, de una cosmovisión, de un montón de voces y todo eso sale de tratar de ver que hay detrás de las palabras que te convocan. Esa sería la diferencia, el referente, lo real (o aquello que algunos llaman real).

Yo tengo la suerte de que hago lo que me gusta y todo lo que hago lo llevo adelante porque tengo ganas. No tengo compromisos con nadie más que con mi deseo. Tengo un contrato con mis ganas de llevar adelante la escritura. Cuando se me ocurren algunas notas, mando a los medios; cuando se me ocurre alguna historia le doy más en casa; cuando doy talleres también sucede eso. Quiero que mi vida esté en función de cumplir mi deseo. Casi siempre tengo ganas de escribir. Básicamente tengo tres ganas en la vida: una es coger, la otra escribir y la otra escabiar. En esas zonas me muevo.

¿De dónde vienen las ganas de escribir?

Lo fui descubriendo de a poco. En casa no había libros, todos los libros que yo podía llegar a conseguir llegaban de forma misteriosa. En mi casa no se compraban libros, no se leía, no era una actividad cotidiana. Fue algo que busqué después de leer mucho tiempo y cuando te hablo de leer te hablo de leer cualquier cosa, pasaron muchos años hasta llegar a Borges.

La escritura funcionó como decantación de la lectura. Por un lado, la posibilidad de leer y por otro lado la necesidad que yo tenía de entender y de interpretar algunos fracasos que tenía en mi vida, no sé, el odio al mundo, problemas familiares y problemas amorosos. Pensé que por ese lado yo iba a entender muchas cosas que me pasaban en ese momento, ese fue como el chispazo inicial.

En tu caso, ¿Cómo fue ese momento de lanzarte a escribir?, porque se suele tener miedo o excesivo respeto a la literatura, escribir un libro puede ser tomado como un paso enorme.

Para mí la lectura siempre fue algo muy cotidiano, muy necesario y muy íntimo, por lo tanto no ponía en ningún altar lo que leía. Cuando llegue a leer a la generación Beat con Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Gregory Corso y después a Henry Miller, y después a Charles Bukowski, y a la generación de los poetas del noventa. Ahí ya estaba muy seguro de que cualquier cosa que hiciera iba a ser para bien, por más que lo que escriba estuviese mal o fuese horrendo, pero sabía que la literatura era un lugar que yo podía habitar, viste, sin hacer ningún casting, sin necesidad de cumplir expectativas de nadie más que mías.

Todo fue muy llano, muy agradable, me sentí muy feliz de poder empezar a escribir, poder fracasar e intentar una y otra vez para retratar lo que yo tenía en la cabeza. El acceso a la literatura para mí fue de mucho placer. Y después los resultados, bueno, cuando uno corrige mucho y cuando uno ya después de leer mucho por supuesto que tiene exigencias de que esté “a la altura de…”, pero la altura en cuanto a tus exigencias personales. A la altura de lo que vos imaginaste, a la altura de lo que vos ambicionaste, de lo que te propusiste. No se puede escribir mejor que Borges, no se puede escribir mejor que cualquier escritor que tengas ahora en la cabeza. Mejor no se puede.

Por otra parte, nadie puede hacer mejor que vos lo que vos haces. En ese sentido la batalla contra el miedo hay que darla desde un comienzo.

Además de escritor y periodista, también sos docente de literatura. Desde hace un tiempo hay algunas discusiones respecto a cómo llevar el ingreso de los más chicos en la literatura. Por ejemplo, la clásica es la de proponer libros que sí o sí hay que tener leídos como base para acceder a ese mundo (Martín Fierro o El Quijote).

Creo que la lectura es uno de los pocos momentos que tenemos los seres humanos para ejercer nuestra libertad. En ese paso hacia la libertad creo que cada uno debe leer si tiene ganas, debe leer lo que se le cante y sacar de esos libros lo que crea necesario para su vida. El concepto de libros obligatorios, de canon, de todo lo que tenga que ver con cierta cuestión militarizada del deseo es algo con lo que no estoy de acuerdo. Con lo que cuesta llevar adelante una vida respecto al amor, al dinero, a la política, encima que sean obligatorios ciertos libros me parece una carga demasiado pesada para cualquier alma.

¿Estás trabajando en otros proyectos después de la publicación de Luces Calientes?

Estoy con tres novelas en distintos grados de avance. Estoy haciendo un ensayo sobre Roberto Bolaño, estoy trabajando una biografía sobre una banda que se llama Suárez, donde la cantante era Rosario Blefari y también estoy editando unos ensayos sobre poesía del poeta Rodolfo Edwards para la editorial Ojo de Mármol. Así que estoy con bastantes cosas.

Me gusta tener la heladera llena.