Nacionales Política

Papel picado

6 abril, 2018

Papel picado

Por Soria y Obes

A la lujuria de papel que son las oficinas públicas -los poetas hablan de bosques troquelados en A4- el Ministro tiene la delicadeza de cortar una lonja de hoja y anotar. Su anote, palabra que Jorge Rosenberg llevó al paroxismo titulando su último libro “Mis anotes”, consta de pocas palabras, que el presidente de la Comisión, sentado a la par del Ministro, apenas pispea.

Del gesto sutil con que el Ministro entrega el papelito a su persona de confianza, y la sutileza del Mr. de al lado para quitar la vista del machete, pues no le atribuye importancia por la brevedad del escrito y la caligrafía displicente, nadie se entera.
El cuerpo, como orgullosamente gustan llamarse los legisladores aún cuando se reúnan en grupos más pequeños, está en tensión, y por motivos distintos y contradictorios, los sentidos de aquel animal multipartito están pendientes de la voz del Ministro.

El papelito que nadie ha visto depositarse en manos del Secretario, por fijar la atención en el Hombre de las Finanzas, sigue un circuito parsimonioso, diletante si lo queremos decir bien, entre los miembros de aquel cuerpo que amenazan comer al Ministro con sus miradas.

Baja de la mesa doblado en ocho partes, como si fuese un truco de magia que aspirase a desaparecer, y fruncido en el bolsillo del saco del Secretario, transita en aquella sombra forzada, los pasos que lo separan de su entrega.

El Secretario es un hombre obediente e inteligente, desconoce los resortes íntimos que han llevado al Ministro a cederle transitivamente un papelito doblado, y no se plantea que detrás de ese traslado, a los ojos de cualquiera insignificante, podría cambiar el curso de la historia.

Con la punta de los dedos acaricia cada tanto al papelito, controlando que esté allí, y de paso revisando la línea de costura que debiera cerrar el bolsillo por la base, e impedir que se cuele su objeto a los fondos abismales del forro.

La responsabilidad le hace cerrar la mano en los últimos pasos. Un brazo afuera, con el movimiento natural que acompaña al desplazamiento del cuerpo, y la otra mano empuñada en el bolsillo, lista para sacar el recado.

-¿Y esto quién me manda, puedo saberlo?, dicen que preguntó con ansiedad, mientras el papelito a sus anchas veía la luz de las cámaras y la aflicción de los dedos que lo estrujaban nerviosamente.