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El regreso: un Beatle con acento cordobés

6 Minutos de lectura

Por Nicolás Adet Larcher.

“Paul te esperé 50 años” rezaba un cartel elevado en medio de la multitud, mientras los reflectores iluminaban gran parte del campo de juego del estadio Mario Alberto Kempes de Córdoba. Había pasado el tiempo y por primera vez Paul McCartney se hacía presente en la provincia de Córdoba luego de dos visitas a Argentina (1993,  2010) que habían tenido su eje en Buenos Aires.

Unas horas antes, bajo el sol, miles de personas esperaban la apertura para ingresar al estadio mientras de fondo escuchaban la prueba de sonido de McCartney y su banda.  Canciones como Get Back, Mistery Tour, A Day in Life, sonaban entre gritos de vendedores de remeras, gaseosas, cervezas y cigarrillos que circulaban por afuera. Apenas unas 140 personas pudieron escuchar desde adentro lo que sucedía en ese ensayo. “Compré dos entradas y mi novia me dejó clavado, estoy viendo como revenderla” comentaba un hombre de lentes de sol, en medio de la fila mientras un grupo de chicas charlaba a un costado, “¿te acuerdas cuando estabas en New York y Bono se tropezó en Central Park?”.

A las 16:30 el sol había desaparecido y un viento frío soplaba mientras las puertas del estadio se abrían. En la puerta, los acomodadores pedían las entradas y organizaban a la multitud, “imagino que estas emocionado por ver a Paul” me decía una de ellas mientras me llevaba hasta el lugar. A los extremos del escenario, puestos de comida y merchandising atraían la atención de quienes estaban dentro del VIP. Se podía conseguir desde un vaso de cerveza a $100 hasta una remera con la cara del beatle a $400 entre tazas, camperas, un book de la gira y llaveros. La gente miraba, preguntaba, pagaba y llevaba cualquier objeto con la cara de McCartney como si fueran caramelos.

De fondo, alrededor de las 17:30 el grupo de tango electrónico “Las Rositas” se hacía presente en el escenario, despertando la atención de algunos mientras otros charlaban y daban vueltas por el estadio. “¿Che hermano, no venden ni un sanguche aquí?, muero de hambre” decía un hombre de unos 45 años a un guardia de seguridad mientras se frotaba la panza, “no sé, creo que van a vender unas hamburguesas de acelga” le respondía el guardia. En los puestos de comida, se podía conseguir un sándwich de milanesa de soja, una hamburguesa de acelga o unas croquetas de queso por $60, una tortilla de papa a $50, o unas papas fritas a $30. Días antes, Paul había pedido a los organizadores que no quería que vendan choripanes o alimentos que contengan carne. Acataron el pedido.

A las 18, Las Rositas habían abandonado el escenario y daban lugar a un DJ que presentaba un setlist de Los Beatles con variaciones de electrónica y funk para aplacar la ansiedad mientras se pulían los últimos retoques para el show. A las 19, las dos pantallas laterales se encendieron y fotografías, videos y canciones de los Beatles aparecieron en un envase multicolor que giraba y daba la sensación de querer salirse de la pantalla. Media hora después, el emblemático bajo de McCartney irrumpió entre las imágenes, mientras luces y colores lo rodeaban, entre los globos que caían desde arriba del escenario anunciando la llegada tan esperada.

A un costado, una multitud se había reunido en un círculo. Entre flashes, gritos, y manos, estaba Charly García, parado bajo su sombrero negro, mirando, intentando abrirse paso entre la gente para llegar hasta su asiento. Junto a él, también habían asistido otros referentes del Rock Nacional como Mariano Martínez de Attaque 77, el “Mono” de Kapanga y Germán Daffunchio de Las Pelotas.

Sin decir nada y solo levantando la mano para saludar a la multitud, sonaron los primeros acordes de A Hard Day’s Night, canción que no interpretaba desde hace 50 años y que incluyó en esta gira junto a Love Me Do, una de las primeras composiciones de la dupla Lennon & McCartney, escrita antes de los 60’s. Ante más de 40 mil personas, Paul se presentó con un “hola culiados” apelando a un término regional de Córdoba que provocó carcajadas entre la multitud. Semanas antes, desde la organización habían consultado a Córdoba sobre detalles locales que pudieran interesar al integrante del cuarteto de Liverpool, se envió una lista con nombres, frases y elementos que podía llegar a utilizar Paul para presentarse. Eligió la que consideraba más atractiva, incluso se había escrito en una hoja “¿Quién se ha tomado todo el vino?”.

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Fotografía: Diego Lima

Un saco azul lo acompañó hasta el cuarto tema, cuando se lo sacó porque le hacía calor y quedó solo con su camisa blanca arremangada y unos jeans. Save Us, Can’t Buy Me Love, Letting Go siguieron en la lista, para luego dar paso a los sintetizadores de Temporary Secretary mientras un teléfono giraba sobre un fondo futurista a espaldas de la banda. Letting Go, escrita por Paul y Linda en su época de Wings, fue una de las canciones más disfrutadas cuando el concierto todavía no se había acercado a la primera hora. Antes de interpretar My Valentine de su disco de versiones de jazz de 2012, Kisses On The Bottom, McCartney explicaba en un español aceptable, “esta canción la escribí para mi esposa Nancy que está aquí con nosotros”, para luego comenzar a tocar su piano mientras imágenes de Johnny Deep y Natalie Portman del videoclip oficial pasaban entre los acordes de una guitarra que aparecía por detrás.

Al interpretar And I Love Her, Paul dedicó la canción al fallecido productor George Martin, leyenda de la música británica que participó en cada uno de los discos del cuarteto de Liverpool agregando arreglos que dieron alma a canciones históricas, y que incluso supo interpretar en cierta ocasión la canción And I Love Her que Paul le dedicaba, a modo de orquesta.

Con la voz al borde del quiebre, Paul también supo mantener al público en silencio en canciones como The Fool On The Hill. Así como también se permitió homenajes, uno a George Harrison a través de Something y otro a John Lennon en Here Today, una canción que solía cantar en otros conciertos mientras se pasaban imágenes de Lennon en la pantalla, pero que luego debió remover porque se emocionaba a mitad de la canción y no podía seguir. También, potenció momentos de emoción con canciones como Let It Be, Blackbird, Hey Jude y Yesterday que iluminaron el estadio mientras muchos se permitían algunas lágrimas contenidas. En su interpretación de Blackbird, una pantalla salió desde abajo para elevarlo por encima del escenario mientras imágenes de pájaros revoloteaban alrededor. Antes de interpretar Yesterday, había desaparecido un momento para irse detrás del escenario a buscar un abrigo por el frío, colocándose una campera encima que decía Paul adelante y tenía su rostro atrás. En el medio, Ob-La-Di, Ob-LaDa apareció con las primeras notas del teclado de Paul Wickens, un sencillo de fines de los 60’s que pertenece a McCartney y que Lennon odiaba.

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Fotografía: cuenta oficial de Instagram de Paul McCartney

También hubo un momento para recordar una primera etapa musical durante su juventud, antes de los Beatles, cuando anunció la canción In Spite Of All The Danger escrita en 1957 junto a George Harrison en aquella época donde tenía una banda con Lennon y Harrison llamada “The Quarrymen” con una formación original que también integraban John Lowe y Colin Hanton.

En tres horas, Paul con sus 74 años, interpretó 37 canciones, una tras otra, sin tomar ni un vaso de agua para humedecer su garganta, sin detenerse y con momentos de exaltación extrema como en The End o Live and Let Die, que supo acoplar – como nos tiene acostumbrados –  fuegos artificiales y llamaradas que brotaban desde el escenario. De su último disco «New» de 2013, interpretó temas como el pegadizo Queenie Eye y New, dejando afuera a Early Days, una de las canciones más profundas del álbum, pero dando lugar a lo que llamó «mi canción más nueva» como fue FourFiveSeconds, que tuvo relevancia en los ránkings en su versión interpretada junto a Rihanna y Kanye West.

Al final, Paul agradeció a su «increíble banda» que lleva junto a él 14 años en su carrera como solista y tocó Golden Slumbers/Carry That Weight/ The End del disco Abbey Road, que funcionó como una despedida entre solos de guitarra y la batería de Abe Laboriel Jr, improvisando por sobre el reconocido solo de Ringo Starr. Luego de desaparecer en el humo, el estadio fue vaciándose de a poco mientras a la salida algunos vendedores intentaban vender el saldo de remeras que había quedado a un precio menor. Saliendo, ya se podía percibir el humo de los choripanes de los distintos puestos que se iban instalando – quebrando el pacto vegetariano –  para recibir la marea de gente que se desplazaba en dirección hacia el centro. La fiesta había terminado y McCartney ya armaba sus valijas para Buenos Aires.

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