Edición 6

Historia universal de la insidia

20 agosto, 2017

Historia universal de la insidia

Por Soria y Obes.

La Gaceta publicó una entrevista al escritor santiagueño Alfonso Nassif, en la que declaraba que faltaban voces jóvenes en la poesía argentina. La mecha se encendió y, ese mismo día, en la presentación de Historia Universal de Santiago del Estero, libro de poesía de Andrés Navarro, el tema saltó y generó controversias. Más tarde, la batalla interactiva continuaría en Facebook. Soria y Obes analiza esta secuencia en una nueva entrega para Subida de Línea.

Las oposiciones velan sus armas con un leitmotiv imaginario, y lo imaginario, cuando su despliegue es frondoso como ocurre a veces, rompe los límites de la estrategia militar para proceder por asalto. En ese combate por sorpresa, las únicas armas que lucen, las que llevan actividad y filo en el asta, filo y bandera como en las viejas lanzas que eran a la vez signo de identidad y pertrecho de guerra, son las del ofensor.

La conservación de la especie

Alfonso Nassif declaró en la Gaceta (19 de julio de 2017) “que faltan voces jóvenes en la poesía argentina”, para inmediatamente dar su veredicto sobre aquella poesía que le gusta: “no se ha superado, por ejemplo, a poetas como el salteño Manuel J. Castilla o la santiagueña María Adela Agudo”.

Ciñéndonos a estas dos boutades del prestigioso poeta -discutibles además desde la estética kantiana- no parece haber aquí un animus belis que necesite de claridades posteriores. El viejo poeta tiene su corazoncito en colegas de una generación anterior, en los cuales bebió y seguramente, como el viejo Narciso, se asomó a sus aguas para reconocerse. La asociación “La carpa” (Tucumán, década del 40), nucleó a los poetas insuperables para Nassif, y a otros escritores de la región, muy seguros de sí para afirmar en sus albores que “la poesía del Norte comienza con nosotros”. A la propulsión mesiánica puede entendérsela dentro de las afirmaciones programáticas de las vanguardias, dispuestas a romper con las tradiciones sulfatadas del pasado; más difícil para el antólogo justificar después de 70 años la primacía de los “poetas iniciales”: una vuelta completa (Heráclito) a una marca sustraída por razones generacionales y estéticas a los horizontes de los nuevos poetas.

Pero Nassif no ha dicho todo sobre el tema. Tiene un punto más a su favor: “Tal vez porque se aniquiló a una generación de gente pensante. Los que hubieran sido hijos de esa generación -los desaparecidos- hoy estarían dando sus frutos”. El juicio categórico encontraba su pieza de apoyo: la denuncia política de una generación borrada literal y literariamente, cerraba de momento las posibilidades innovadoras (e hipotéticas) de frutos (poéticos) superadores. Temerario, aunque políticamente correcto, Nassif traza una panorámica sesgada, invitándonos a participar de los efectos desérticos del trauma, de una falta sin equivalencias que se inscribe como parate histórico y vacío poético. En esa perspectiva, los jóvenes poetas del presente aparecen sin la gracia imaginaria que el antologista les presta a los hijos de desaparecidos y a los frutos imposibles de esa generación. Hacen las veces de sustitutos incapaces de igualar el talento probado de los poetas “iniciáticos” y el de aquellos otros que integran una leyenda plagada de promesas y alturas fantásticas.

Cuentos del tío

A horas de la presentación el licenciado Lavaisse se preguntó con lucidez sobre los efectos urticantes de las declaraciones de Nasiff, una pregunta subsidiaria en realidad por las causas reactivas en la piel de los jóvenes poetas. “Y suponiendo otra vez que Nasiff sí haya dicho eso, me gustaría pensar en por qué pica, por qué causa escozor y molestia”, reflexionaba Lavaisse, como un agudo alergista. Pero lo cierto es que los síntomas están ahí y las palabras del Pocho petrificadas en la entrevista de La Gaceta, por más esfuerzos familiares y amistosos por descongelarlas. El condicional de si lo dijo o no lo dijo se demuestra inoperante para la producción de los síntomas. Es más, la reflexión pertinente partiría del malestar, de la molestia sobre una causa en incógnita, -aunque se haya actuado como si tales palabras se correpondieran con los dichos del viejo poeta. La interpelación volvería sobre sí, como sugiere Lavaisse, pero sin hombres de paja, eludiendo los despliegues de la razón víctima y rasgando en las zonas de la susceptibilidad dramática.

El daño moral supuesto (e imaginario en todas sus formas) sirve para definir posiciones en un campo donde la palabra de Nassif tiene autoridad literaria y perspectiva antologista, para colmo. El contrapunto, una coartada servida por el suplemento del diario, cumple la función de un testimonio inquieto por brindar su buena fe (poética) ante sus congéneres, como si realmente hubieran sido víctimas de cuentos del tío: un rollo muy hegeliano sobre el reconocimiento…