Literatura

El paraíso es un árbol

4 febrero, 2018
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El paraíso es un árbol

Por Sebastián Barrionuevo Sapunar. 

…para la sombra basta un Paraíso…

Alberto Tasso, “Ideas para la casa Necesaria”

De nuestro verano santiagueño, y sus altas temperaturas características surgen varias actitudes también características:

Una  constante, es nuestra reiterada ponderación  del calor agobiante. Es así, nunca dejamos de sorprendernos de la intensidad de la temperatura, aunque a veces suene redundante. Entre comprovincianos repetir una y otra vez la frase: “eh que calor que hace” es parte de la salutación cotidiana, e incluso vaticinarnos días peores: “¿has visto? mañana dicen que va hacer mucho más calor”. Tenemos un especial interés por poner en palabras aquella cuestión como una anomalía permanente. Nuestra capacidad de asombro respecto de esta cuestión afortunadamente es inagotable. Los nativos seguimos advirtiendo un problema en los días calurosos y su aumento progresivo, esto podría ser un buen síntoma.

Otra reacción característica, es la de empuñar los más variados termómetros domésticos para  constatar una y otra vez  que todos los organismos oficiales vigentes para medir el clima NOS MIENTEN DENODADAMENTE A LOS SANTIAGUEÑOS, en este aspecto me atrevería a decir que hay un consenso unánime. Es más, suceden días de altas temperaturas donde el diario se ve coaccionado a publicar un santiagueño empuñando  un termómetro personal que denuncia la consabida traición informática. El termómetro domestico mínimamente siempre arroja 50 grados y allí está la confirmación de aquella sistemática mentira de la que somos víctimas. Según un informe del Servicio Meteorológico Nacional ¡este año fue el más cálido de la historia Argentina! ¿Y si a esto  le sumamos los grados centígrados que a los santiagueños se nos oculta? probablemente nos encontremos frente a un hito mundial que está siendo escondido, una problemática que debería preocupar no solo a los santiagueños sino a la humanidad entera.

Fotografía: Luciana Cano

Además de nuestro comentario diario que proclama “que calor que hace” y del que vaticina “esto no es nada, mañana va hacer más calor”, además de los “termómetros domésticos” que denuncian la mentira oficial sobre la temperatura que realmente hace, y a pesar de los “huevos fritos” que algunos cocinan en el hormigón con la finalidad de ilustrar duramente como la ciudad esta bramando en la boca del infierno, tenemos que intensificar una comprometida y constante: observación, contemplación, plantación y conversación sobre los Arboles que hay en la ciudad y los que nos están haciendo falta. Este debería ser un tema de todos los días para nosotros. Una charla casual santiagueña puede tener la admiración compartida de un Naranjo, un Algarrobo o un Jacaranda.   

¿Cómo no vamos a tener un vocabulario arborescente a flor de piel curtida? Comentar  la Grebilea de la plaza Libertad, el Jacaranda de la Escuela Normal, el Palo Borracho y los Eucaliptus del Parque Aguirre, los Lapachos desperdigados que dé a ratos ilumina la ciudad, el Aguaribay de algún vecino donde toda la cuadra quiere estacionar el auto, el Quebracho añoso que nos habla del abuelo… Detrás de cada arbolito hay una historia, un recuerdo, como también el presente de un ser que no se detiene y conversa con la ciudad toda.

Mi hermano Francisco, siembra y cultiva árboles en el patio, con sus manos verdes multiplica especies, abonando la diversidad. Su pensamiento es un fruto siempre florecido, cuando lo acompañó en esa noble tarea me enseña lo indómito que habita en las hojas y el terror del mono cultivo o cultivo de la mono cultura. A caso ¿Comenzar a ocuparnos del arbolado urbano, puede ser un camino posible para ocuparnos más  del horror de los desmontes?

Fotografía: Luciana Cano

En la esquina de calle Moreno y Castelli  pueden mirar y ver un Paraíso frondoso, uno de los tantos que hay por Santiago. Si pasan por ahí durante el día, cuando el sol pega en el gris hormigón, y se va agazapando en las paredes de las casas, pueden advertir la inmensa sombra que sostiene aquel árbol y que la derrama generosamente al suelo como un charco fresco. ¿Cómo no sentir que aquella espesura verde es una afrenta ante la violencia solar del día? Hay que detenerse ante ese vergel lustroso, donde la vitalidad de las hojas entrelazadas arrodilla cada rayo de sol que pretende penetrarlo. ¿Hace falta  confirmar cuanto calor disminuye un Paraíso para celebrar su presencia imprescindible? ¿A esta altura nos siguen haciendo falta fundamentos y razonamientos científicos al respecto? ¿No nos basta con contemplar?

El Paraíso, es un Árbol y su nombre proviene de lo que justamente construye cuando despliega sus brazos y despeina su tupida melena. Suele ser punto de reunión institucional de la barra que vive en cuadras cercanas y si además ostenta racimos de pocotos es un parque de diversiones para los changuitos que arman sus pocoteras (rulero  y globo suele ser).

Los santiagueños deberíamos edificar más Paraísos Arbóreos, para vivir y ser mejores bajo sus sombras.

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