Edición #12

Porno casero mainstream

29 abril, 2018

Porno casero mainstream

Por Alicia Chávez.

Lo que aprendimos sobre cómo se coge.

Hace un tiempo vi dos vídeos porno, grabados con un celular, de una promotora de Turismo Carretera. Como feminista sé que no debería haberlos visto porque consumir contenidos que denigren a otras mujeres es continuar y reactualizar ese maltrato. Sin embargo, hecha la macana, se hace necesario reflexionar.

En primer lugar, la chica, hermosa (de esas que nos hacen sentir avergonzadas de nuestro cuerpo) parece estar chocha con la situación. La “situación” es un trío con dos corredores de autos (que seguramente deben ser muy buen mozos también, no lo dudo). En el primero están en situación de doble penetración y la gracia del video es que uno de los conductores “explica” a una supuesta audiencia como se llama esa práctica. Le piden a ella que le mande un saludo a un equipo de fútbol o de algo que vaya a saber quiénes son.

Pensémoslo bien. Mientras el tipo coge, está pensando en los amigos que no vinieron, que no lo están viendo en esa situación súper masculina (aunque en sentido estricto haya dos penes y una sola vagina), pero a quienes él les va a enviar el vídeo para que vean lo macho cabrío que es.

En el segundo video, se la ve a ella de rodillas practicando sexo oral, casi simultáneamente, a ambos muchachos.

Ella sonríe, interactúa, conversa con sus amantes del momento y manda besos y saludos a los que se la están perdiendo. Así relatado, pareciera que está todo bien. ¿Qué más quiere una chica que tener un cuerpo envidiable, disfrutar plenamente de su sexualidad, pasarla bomba con dos tipos lindos y divertirse?

Como respuesta arriesgo: que no la castiguen por hacerlo.

Lo primero que noto del video, y que me molesta, como mujer, como persona y como alguien que puede entender la intensidad de la situación es que cuando ella grita (bien porque le duele o porque la está pasando genial, no sé), el muchacho que tiene el celular la agarra del pelo y le dice seriamente “No grites puta, eh?”.

“!¿!¿Queeeeé?!?!”, pienso. Señal número uno de que no la está pasando tan bien.

Sin embargo, ella, como seguramente ha crecido en una sociedad patriarcal y machista se calla, sonríe y sigue con el juego de mirar a la cámara y mandar saludos mientras la penetran.

La otra señal de alarma es que en el segundo video, uno de los tipos (nunca sabremos cual porque están fuera de campo) le pide que haga algo a lo que ella se niega. Entonces él la cachetea. Y no es una cachetada jugando. Es fuerte, dura, seca. Tanto que ella se levanta y se va. Ellos, en una patética imagen, corren, cual cavernícolas, con sus pijas erectas, detrás de ella hasta alcanzarla.

La imagen dura segundos. Tiempo suficiente para que ella se recomponga, recupere el humor y vuelva a mirar a cámara con una sonrisa.

La escena, hasta la cachetada, es la típica de las películas porno mainstream. Quienes alguna vez han visto una la reconocerían al instante. Pero claro, la protagonista de este video no es Sasha Grey, por lo que no puede meter penes en su boca hasta lagrimear. Sin embargo, los muchachos parecen desearlo así. Intentan tratarla como si fuera una actriz porno. Y ella, con cierta resistencia, lo permite.

En este momento viene la antropología al rescate para hablarnos, pero no de las mujeres, sino de los varoncitos.

En 2013 Rita Segato publicó un libro donde analiza las estructuras en la violencia. En él describe el imaginario de los violadores en torno al acto. Uno de los tres sentidos que se le da a esta relación sexual forzada (cruenta es la palabra que ella utiliza) es el de ser “una demostración de fuerza y virilidad ante una comunidad de pares con el objetivo de garantizar o preservar un lugar entre ellos probándoles que uno tiene competencia sexual y fuerza física”.

Salvando las distancias, porque claramente el episodio relatado no es una violación cruenta, me pregunto, sin embargo, hasta qué punto estos muchachos no están, también, legitimándose frente a sus camaradas.

Por otro lado, insisto, si bien la relación sexual es consentida, ¿cómo se llama el escarnio público al que la joven se vio expuesta cuando el video circuló por todos los medios y plataformas disponibles?

Señoras, señoritas, señores y señoritos bien vestidos y mejor pensantes evaluaron, opinaron y juzgaron el accionar de ella. Obvio.

Mientras voy escribiendo, surgen otras dudas. ¿Cómo se nos prepara a las mujeres para defendernos de los machitos educados sexualmente a base de pornografía? ¿Cómo nos enfrentamos al tipo que se creyó el dicho “más aburrido que coger y no contar”? ¿Qué estrategias se pueden tomar frente a hombres que al momento del coito piensan solamente en su placer y donde las mujeres son/somos un mero instrumento para lograr su orgasmo?

Peor aún, ¿qué hacemos nosotras mismas con la educación afectiva que hemos recibido para complacer a los varones? ¿Quién nos dice, antes o después de tener una vida sexual activa, que nuestros deseos son igual de importantes que los de nuestro/s compañero/s? ¿Quién nos enseña a poner límite al maltrato en la intimidad?

Porque, seamos sinceras, esa cachetada, esa tirada de pelo como advertencia, ese mandar a callar, e incluso el hacer público un vídeo de la intimidad, son apenas manifestaciones de creencias igualmente violentas que luego, una vez en la calle y en la vida pública, se disfrazan de moralidad, de tradicionalismo o incluso de complicidad con los amigos, pero que en el fondo ocultan e intentan disimular un mismo desprecio.