Arte y Cultura Edición #13 Literatura

El argumento es el lenguaje

31 mayo, 2018

El argumento es el lenguaje

Por Álvaro Méndez.

La poesía como el amor tiembla. En su inutilidad, pero como el único modo de encarar la vida sin autodestruirse, aunque coqueteando con armar y desarmar, quebrar y rearmar. En definitiva, amar.

Vida y muerte de todo lo que nos rodea.

Andamiajes para sostener lo inasible del mundo, los momentos que percibimos la crueldad de la destrucción y el salto mortal de la construcción. Y viceversa.

Leónidas Lamborghini dijo que el argumento en la narrativa es la anécdota y en la poesía es el lenguaje.

OK.

Haciendo pie en esta frase para presentarles este poemario, Claudio se dispone a jugar con sus poemas, a resignificar todo, pone en juego múltiples referencias creando un propio universo, que no es más que el universo Rojo Cesca.

(Sí, tengan a bien de no confundir autor con el yo poético de cada poema).

Hay que estar atento a ello, porque lo más valorable es que esas referencias están ahí, y no importa si las conocemos o no, no alteran, no son la puerta para entrar al texto, sino más bien es un juego al que nos invita a ver todo de nuevo desde distinto lugar, tanto la referencia como el poema, la vida y lo que nos cuesta tal experiencia.

Las imágenes son rotundas, y no es necesaria la exigencia que se le hace desde la tradición a un poeta de estas tierras, que es la santiagueñidad, que eso no voy a definir yo, quedará a gusto y placer de la opinión de cada uno, cada uno hará su recorrido, en este poemario la identidad se cuela desde otros momentos y espacios, que los ya harto transitados.  Pero si hay algo que más valoro en este enorme poeta es que no se hace cargo de una nostalgia ajena, sino que comparte la suya y es atravesado desde la carne viva de la experiencia de aquellos que lo atraviesan y su sensibilidad le permite entender que en realidad se lo comparten.

A Santiago del Estero no lo nombra, no lo menciona explícitamente, pero lo refiere: desde los 20 grados de calor que sobran, hasta los colectivos desvencijados hacia el sur de la provincia, la avenida Belgrano y muchos más significantes y referencias al lugar, que de hecho es lo de menos, simplemente es el dónde la voz habita y trata de asir el mundo mediante el lenguaje y el juego (muchas veces peligroso) con el mismo, pero sobre todo con la mente y la sensibilidad de cada lector, pero con más ahínco sobre las del propio autor.

Las referencias son una cuestión generacional y no tanto: la gran siete tocando en un patio de comidas, por ejemplo. Pasando también por la literatura, esa rara avis que es la poesía, el cine, la música. Pensar en este lugar en río y pared de ladrillo visto, nos lleva a un tiempo determinado también. Lo más interesante es la confluencia de todo eso para dar algo distinto, la imagen del universo al que accedemos con un salto mortal.

Elemento fundamental de la poesía, que no está obligada a comunicar algo, Forn en una columna de sus contratapas de viernes de Pagina 12, habló de Savinio (poeta italiano) quien sostuvo que la poesía tenía fines prácticos, comunicar algo, cuando se descubrió la persistencia de las palabras por escrito, la poesía debía desaparecer por carecer de los fines prácticos por los cuales nació, y a su vez se la sospechó (siempre) de inutilidad, pues bien, he aquí que se abrió el precipicio de lo pequeño. Eso veo en este poemario, la cotidianeidad de una voz que anda rondando con sus ambivalencias, convicciones, luchas sociales, la soledad y el amor como un modo de construcción y destrucción en simultáneo.

“Olvidar que existe algo parecido al lenguaje”

Me pregunto si cabe escuchar a Elliot Smith, como se puede escuchar algún folclore. ¿Porqué no? En cada habitación de edificio, en cada calle, en cada monte hay una voz habilitada de asumir el mundo como mejor le plazca, con la responsabilidad de hacerse entender del modo como sea que nazca, en principio a sí misma, pero yendo un poquito más allá, como mencioné antes la poesía no consiste en un mensaje a descifrar o un intrincado comentario u opinión simplemente, hay algo que subyace, que late y es eso que no pueden decir las palabras. Lo que en palabras de Barthes, sería eso que tiembla en el texto; eso mismo que me poguea la mente y el corazón cada vez que leo (y a esta altura ya releo) este poemario.

La valencia está en ese asumir la condición del hombre como un elemento de construcción y destrucción, el hombre y sus inventos, su imaginería, su fantasía. Pues bien, realidad y ficción aquí confluyen para darnos una sensación en el cuerpo. A eso que poco conocemos, o mejor dicho en Viel Temperley: “voy hacia lo que menos  conocí en mi vida, voy hacia mi cuerpo”, pero la vida nos lleva a eso y ahí la actualidad del cuerpo del poeta, la birra, la soledad, el sexo, el calor, y más condimentos que los invito a descubrir, y acompañar en ese salto mortal que comienza haciendo en el primer poema. Mayor acto de amor que dar un salto al precipicio de lo pequeño, puede que exista, mas yo, lo desconozco.

El sexo, invocado también desde la pornografía que es un aparato obsoleto cuando la voz comprende que nada es como el cuerpo real de lo amado. Y más aún, me lleva a Luy, quien dice que no es testigo sino partícipe. Bien, aquí el yo del poema no es espectador (o testigo) de lo que actúa, si no que es partícipe de su accionar.

Lo coloquial de la escritura nos lleva incautos por los terrenos y caminos (trazados o sin trazar) que cada poema despliega.

La verdad que poco quiero referir a los versos, pero tengo muchas citas marcadas a lo largo de este libro, que si lo lees te tiembla todo, y no las palabras precisamente, si no, eso no dicho, pero que uno presiente. Y es eso, el presentimiento que se está viviendo en unos poemas crudos, amables y endemoniados.

“Doy un salto mortal
y olvido
lo que se dice
TODO.”

Y el amor es lo primero que se menciona, como amor y no como paracaídas. Si el amor no es un salto mortal, para qué el amor entonces.

La sombra se menciona desde muchos lugares. Si hay algo que uno admira es la capacidad de Claudio de llegar a lugares insospechados con una lógica y una fluidez envidiables, donde uno va llegando, saltando, bailando, a las caricias tanto como a los cachetazos. Este poemario es una experiencia vívida y vivida.

Todo acto es inútil si no se experimenta la sensación de estar perdido en el mundo y seguir con la curiosidad de una sombra venida del humo de un mentolado por donde se piensa en morir y no; o bien, seguir con la convicción del kamikaze:

“La cosa rota es necesaria

como la saliva es necesaria

como las propiedades del agua

son necesarias.

Digo esto porque estoy cerca de una grieta

de fin de año.”

Ese romperse como una necesidad. Pero sobrevivir y comenzar a hacer todo eso que nos gusta a pesar del calor extremo, de nuestras maquinaciones extremas, de la constante y simultánea decisión de rondar y encarar tanto la vida como la muerte como quien encara el amor, sin certidumbres, pero dispuestos a olvidarse de TODO.

“Comerse hasta el hueso
y sin embargo
no desaparecer”

Hablando de fin de año, yo por lo menos comencé mi 2018 con un Claudio (también Adrián, Enzo, Maxi y Diego) desplegando un hacer poesía sin escribir, y ahí entendí un poco más a Savinio y el precipicio, de ser acompañado bajo la alta lluvia de un raro primero de enero de madrugada sin remis que frene, hasta que alguno lo hizo. Gracias hermano. Aunque más agradezco esta gente y esa birra y ese combatir la soledad no como una enfermedad terminal, sino comprenderla como un estado hecho para ser roto por momentos de lucidez y sensibilidad.

La poesía no es inútil si nos da instantes como estos entonces.