Crónicas Edición #13

En el comienzo todo era yunga

31 mayo, 2018

En el comienzo todo era yunga

Por Francisco Palacios.

Libertador General San Martín, 16 de noviembre de 2005.

En el comienzo todo era yunga y un señor tuvo el sueño de comenzar con el cultivo de caña de azúcar. El primer problema era la mano de obra y ocupó aborígenes indocumentados que en un ritual iniciático original los documentó poniéndoles apellidos a la manera de burla, ¡y éste cómo se llamará! ¡Vaca! y éste otro ¡Toro! Cuando se agotó la imaginación le pusieron al siguiente ¡Primero! al otro ¡Segundo! y a otros ¡Tercero! ¡Cuarto! y ¡Quinto!

Hoy Ledesma es dueño de tierra, agua, energía (eléctrica, gas y sueños). Es dueño de lo que hay y de lo que podrá haber. La población entera sueña con pertenecer a Ledesma, en cualquier lugar, la cosa es estar dentro.

Como la empresa necesita protección tiene a la gendarmería de empleados junto con la policía provincial.

Aplicó junto al Ejército Argentino la pedagogía del miedo (noche del apagón) y hoy cualquier queja laboral en la construcción es considerada rebeldía y el obrero es segregado.

Acostumbró a un régimen de trabajo a su población, fuente de mano de obra sin jerarquía. En este juego histórico de cría de mano de obra, fomentó la práctica del control en su población generando mucha presión social.

La policía tiene agentes asalariados pero entre la población hay otros tantos ad honorem. Muchos originales de Libertador son canas en potencia. Son instigadores de la sospecha, unos forros, buchones; son chusmas en infinita potencia.

La gran máquina excreta un chorro de bagazo con un líquido, que se le amontona en parva que parece una loma, fuente de materia prima para la industria del papel. Este bagazo tiene restos de azúcar que fermentan y sueltan una pestilencia que es una mezcla de queso fermentado con sopa de pollo podrida. Cuando el viento es favorable se la padece a discreción.

“Buena producción, obreros felices, patrones felices, todo está en orden y bien” me dijo un remisero.

Un obrero que dejó la vida por la gran Máquina no debe acceder a un reconocimiento de su invalidez, puesto que si lo hace inmediatamente quedan sin trabajo sus dos hijos que trabajan para la gran Máquina.

El sistema de trabajo generó un orden urbano y es dueño de las decisiones políticas de sus funcionarios públicos.

Generó barrios donde las familias viven en terrenos de cuatro por nueve metros (Barrio Obrero) y de nueve por once metros (San Lorenzo).

Libertador General San Martín, 17 de noviembre de 2005

Hoy pasaron los camiones semirremolque tocando las bocinas en señal de que terminó la zafra. Estaban ornamentados con despuntes de caña y desfilaban por la Avenida Libertador.

 

Francisco “Pancho” Palacios (Tucumán, 1963) es tesista de la Lic. en Sociología (UNSE). Alguna vez estuvo muy interesado en la historia de Santiago del Estero, específicamente en la segunda mitad del siglo XIX. Actualmente su tema de investigación es la discriminación en sentido amplio –la que considera inherente a algunas sociedades como la de Ledesma, Jujuy–, en cuanto a su génesis y a las formas en que se refuerza a nivel social, educativo y religioso.

El potencial de Palacios no es sólo de tipo ntelectual/especulativo, sino que cuenta con saberes prácticos con los cuales descuella en su género. Solo por nombrar algunas de sus obras: restauró el suelo de la Biblio Sarmiento, puso a punto también la Biblioteca Amalio Olmos Castro y trabajó en la restauración lumínica del Museo de Arte Sacro de la Iglesia San Francisco, esto último junto a Daniel Tula.

Vivió en varias ciudades de las que supo extraer saberes que acumula y que  piden a gritos ser publicados. En Jujuy vivió en dos momentos diferentes de su vida, nueve meses cada vez. En la  primera trabajó en una empresa constructora, siendo el encargado de las instalaciones eléctricas de un proyecto estatal que buscaba instalar núcleos húmedos en un barrio humilde cercano al río San Lorenzo –por lo que cavar se hacía muy complicado–, para erradicar el uso de letrinas. De esa experiencia nació esta crónica. De la segunda hay otra.

Mario Lavaisse