Crónicas Edición #13

Mayo de las letras

31 mayo, 2018

Mayo de las letras

Por Mario Lavaisse.

La cuarta parte de la Plaza Urquiza está encarpada. Y debajo de las carpas los estantes bien iluminados, con sus mostradores y sus escritorios homogéneos. Hay una instalación de sonido poderosa: por la mañana pasan rock nacional punchi, tipo Los Autenticos Decadentes o las más brillosas de Los Pericos; por la tarde, clásicos del rock internacional reversionados para ser chill y también música electrónica.

La feria es en el marco de la decimocuarta edición del Mayo de las Letras, y está organizada por el Ente Cultural de Tucumán. El evento en general está bien planteado, llegan figuras de renombre que los altavoces presentan como “autores nacionales” queriendo decir con eso que provienen de Buenos Aires: Diego Pazkowski, Félix Bruzzone, Dalia Gutmann,  Guillermo Martínez y Guillermo Saccomanno. También se dictan varios talleres (cine, teatro, guión y literatura), uno de ellos coordinado por Osvaldo Aguirre (sobre el género policial), y mesas con ponencias, lecturas, música en vivo y presentaciones de libros. Todo esto bajo la tutela de un Jorge Luis Borges de piedra, que está sentado con las piernas abiertas, apoya su bastón al suelo con la mano derecha y le da la espalda a la feria.

La plaza Urquiza queda entre las Av. Sarmiento y 25 de mayo y la calle Muñecas. Estamos en el Barrio Norte y tal vez haga falta decir que es un barrio careta que queda a ocho cuadras de la Independencia, la plaza principal de la ciudad. Eso hace que haya mucho tránsito y los estantes reciban la visita de gentes que van de paso, sobre todo ancianos, muchos de ellos con andaderas y los más ágiles con perros chiquitos alteradísimos por la fuerza de la correa que los sujeta.

La coordinación de los estantes ha sido un acierto de los organizadores. Es evidente que los ha animado un espíritu regionalista. No se trata de una mera consigna: hay estantes de Catamarca, Salta, Jujuy, La Rioja, Formosa, Santiago del Estero y varios del mismo Tucumán. No hay ningún puesto de grandes casas editoriales o comerciales. En casi todos hay libros de autores de provincia. En la gran mayoría es evidente que en la edición no ha trabajado alguien preparado en la materia: composiciones con cliparts de los del PowerPoint de antes, encuadernaciones frágiles, papel blanquísimo y márgenes defectuosos. En los banners dispuestos se encuentra esa misma lógica de producción. Después de un breve intercambio con los encargados de los puestos confirmo la hipótesis. Muchos de esos libros han sido “editados”  por una imprenta o por una empresa de servicios editoriales que no procura conformar un catálogo. Uno va, paga y se imprime. Edición no hay ninguna. Tampoco distribución. El autor que ponga la plata se lleva los libros encajetados y los distribuye como puede. Tal vez el contenido de estos libros mal presentados valga y mucho la pena, pero justamente su impronta física no invita a pensar que así sea.

Capaz que sea por eso de que uno ve grande a su patria no por su grandiosidad sino porque le es propia, que destaco a Edunse, el sello editorial de la UNSE, como el único estante de editorial profesionalizada. La presentación impecable, tanto del estante y su decorado como el de los libros, todos claramente concebidos de acuerdo a una política editorial y a un concepto de diseño.

También llama la atención el puesto de Burnichón, un editor porteño (Alberto Burnichón) que recorría el país con su furgoneta y se encargaba de difundir las obras de jóvenes artistas en plena dictadura. Se radicó y se casó en Tucumán (con María Saleme), luego fue a Córdoba donde la oscuridad se lo llevó el 24 de marzo de 1976. Hoy su hijo David sostiene el proyecto del padre. Me comenta que algunas personas llegaron hasta escupir en el suelo de su estante.

Merece mención también el puesto de Edunt, la editorial universitaria de la UNT. Se hace evidente que en sus libros sí trabajó gente capacitada. Y tampoco me olvido de Ferullo Burke, un sello que publica libros de arte. Las encuadernaciones son buenísimas, tanto como la edición general. Tenía para presentar una colección de historietistas argentinos (Carlos Vogt, Juan Dalfiume y Carlos Casalla en camino), libros grandotes, más que el formato A4 inclusive.

Fachistoide con olor a represión

Tomo café en un bar de calle Maipú al quinientos y leo La Gaceta del dieciocho de mayo, formato sábana, como ya no viene en Santiago hace varios años. La tapa del suplemento sociales está dedicada a una premiación anual en la que una institución distingue a los principales emprendedores tucumanos. En una parte dice algo así como “(…) porque los tucumanos somos conservadores pero estamos abiertos a la innovación también”. Algo de esto me preocupa. La situación cultural del tucumano promedio –o tal vez sea la falsa impresión por el emplazamiento de la feria en Barrio Norte–.

El cronista que suscribe está sentado en un estante que agrupa a varias marcas santiagueñas: la revista Agenda de género[s] y el portal digital Subida de Línea, y las editoriales BarcoPerras Negras y Umas. En una de las sillas vacías está dispuesta una pechera verde de la campaña nacional por el derecho al aborto legal, seguro y gratuito, y en el escritorio el único libro parado es el que reúne las obras completas de Francisco René Santucho.

Varias han sido las señoras mayores que pasaron dándole a este cronista barbudo una mirada de desprecio. Una incluso se ha animado a tinquear la tapa del libro de Francisco René Santucho al dicho de “Mirá, Santucho”, con tonito despectivo. Otra mujer me preguntó si se trataba del “extremista” (¿hace cuánto que no escuchaban/leían ese concepto?), luego me quiso obligar a que le diera mi opinión sobre porqué Canadá es una potencia y no la Argentina cuando ambas comparten un pasado colonial similar (de acuerdo a su versión). No quería aceptar mi falta de respuesta, le he dicho que sin estar informado no quería responder y ella insistía con que opine igual, aún sin saber. Antes de despedirse quiso saber de dónde era, porque notaba mi acento. “Usted también tiene acento” le he dicho, pero no ha contestado y ha seguido con un “me encantan los santiagueños” como quien dice “me encantan los hámsters”.

Esta mujer en especial me ha secado el alma y me hace preguntarme acerca del sentido de la discusión, ¿vale la pena en todos los casos? Más tarde ese mismo día entablé conversación con unos chicos tucumanos muy piolas, les contaba justamente acerca de estas impresiones que me voy llevando a Santiago. En eso se metió un tipo recontra facho a decir que “no fueron treinta mil”, que “Perón mató a un montón de indios” y cosas por el estilo. Quería descalificarnos por nuestra edad, preguntaba insistentemente si nos acordábamos de sucesos ocurridos mucho tiempo antes de nuestro nacimiento. Lo despedimos cordialmente después de notar que no íbamos a ningún lado con ese intercambio.

Cacho está en el estante de al lado: “Dimensión, revistería y librería técnica”. Es santiagueño radicado en Tucumán, estudiante avanzado de arquitectura y se encarga de distribuir libros técnicos en general y muchos de su materia. Es buen compañero: presta mantel, invita mate, café, galletas, fruta y hasta esfijas caseras, cuida lo de uno en ausencia de uno y comparte de su saber también. Cacho cuenta que en Tucumán la marcha del niño por nacer se hace todos los 25 de marzo y La Gaceta luego miente que fue más convocante que la del día anterior, y por decenas de miles de personas. Cacho cuenta que a los juicios por crímenes de lesa humanidad van a Tribunales tanto los familiares de los represores juzgados como las familias con hijos desaparecidos. Esto en Santiago sí se ve pero parece que acá la proporción fachistoide es mucho mayor. David Burnichón me ha hecho pensar que en Santiago no ha habido un Bussi, y tal vez con eso tengan que ver las diferencias entre las dos ciudades. Cacho cuenta que en la Av. Roca hay una feria barrial que se monta sobre un descampado en los terrenos donde pasaba el ferrocarril. El espacio se llama “Parque Independencia” pero mucha gente le sigue diciendo “Operativo Independencia” y así figura en los planos viejos de la ciudad. Cuenta que hubo proyectos para renombrar el espacio en honor a nuestros desaparecidos pero claro, no prosperaron. En la intersección de Buenos Aires y Av. Roca, a unas cuadras de la feria barrial, hay un monumento por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Y de la Av. Roca para atrás comienza Villa Alem, y ahí ya nos vamos saliendo del casco céntrico de San Miguel, el mismo que se encuentra rodeado por cuatro avenidas que distan nueve cuadras cada una de la Plaza Independencia. Ese cuadrado de cemento está a su vez rodeado por una inmensa periferia. El trazado urbano de Tucumán parece una metáfora de la situación general del país. Esto ya lo digo yo, no Cacho.

También hay que decir que muchas personas se acercan y preguntan por la vida y obra de Francisco René Santucho, muchos también saben que vivió por acá, en calle Congreso al mil trescientos, en una casa que sigue igual que cuando vivía él. De ahí lo secuestró la oscuridad en 1975. Toqué la puerta, el otro día, para dejar un ejemplar de sus obras completas pero nadie atendió. No me animé a dejar uno en el umbral. Casi todos los tucumanos con los que interactué me advirtieron de la “inseguridad” reinante. A uno le pueden robar aquí en cualquier lugar y a cualquier hora. Eso tampoco pasa en Santiago y es un signo característico de las ciudades en que es tajante la escisión entre quienes pueden vivir cómodos y quiénes no. Muchas otras personas que pasan consultan por la pechera y preguntan si hay pañuelos verdes de los de la campaña –lamentablemente no, pero porque se agotaron la semana pasada en Termas, en una feria del libro en la que las chicas de Agenda de género[s] repartieron más de cincuenta pañuelos–. Otras preguntan también por el estado de Santiago en materia de arte y cultura y se llevan, al menos de este estante, una respuesta inconclusa.