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Por Maximiliano Lezcano Sinkovec

“Everyone has a plan until they get punched in the face” – Mike Tyson

Aquellos que han sido cautivados por el cine de acción, más específicamente por el cine de artes marciales, comprenderán que siempre ha sido maravilloso y en general muy satisfactorio poder ver plasmadas las proezas que se realizan dentro de este tipo de filmes. Escenas que elevan las palpitaciones o crean algún grado de confusión en los ojos poco entrenados de aquellos aficionados que desconocen el carácter y la forma de algunos movimientos, pero que ensamblados coreográficamente de manera correcta nos resultan increíbles. 

Un género que progresivamente ha ido tratando de no envejecer y de resistir a la frase que reza: ‘los shaolin se acabaron cuando se inventó la pólvora’. El género de artes marciales siempre encuentra su recoveco para colarse e intentar una hazaña nueva. Quizá en el último tiempo hemos sido testigos de una nueva ola, tanto en Oriente como en Occidente, donde directores y guionistas han buscado humanizar el carácter de los llamados héroes y hasta explorar alternativas en las que los ‘lone wolf’, anti-heroes y demás también se encontraban en el centro de la escena y se perseguía empatizar con ellos. Sea este el caso de algunas películas de origen coreano, I saw the devil o la magnífica A bittersweet life ambas protagonizadas por Byung-Hun Lee. O el mismísimo Donnie Yen protagonizando un policial oscuro como Sha po Lang junto con el impresionante coreógrafo Sammo Hung, conocido por ser una de las estrellas de la serie Ley Marcial.

Pero quienes realmente deberían mover las estanterías, algunos nombres como Jackie Chan o el mismo Jet Li (ninguno necesita presentación), también han tenido sus oportunidades en estos contextos, donde el cine de acción parece reinventarse y proponer un mayor espectro de comprensión sobre la figura del héroe indagando con mayor fuerza en las motivaciones que empujan a determinados sujetos en sus búsquedas y épicas personales.

Jet Li lo intentó un par de veces, quizá la más recordada de ellas haya sido en su papel como villano en la cinta protagonizadas por Mel Gibson y Danny Glover, Arma Mortal 4. Pero estuvo tanto en The kiss of the dragon como en Danny the dog, ambas con una moderada aceptación. En el impasse de esos filmes compuso una obra maravillosa llamada Hero, con una fotografía y un despliegue coreográfico memorable.

Jackie ha tenido menos suerte en este camino, aunque su último film parecería haber roto la maldición. Lo ha intentado un par de veces con su famosa saga A police story, reeditando y quitándole el humor para llenarla de dramatismo. Luego, una película como the foreigner, junto al viejo James Bond, Pierce Brosnan, en la cual lo vemos al fin con un guion sólido, Chan logra plasmar la intensidad y dramatismo que requiere el género de suspenso.

De este lado del globo tenemos también una serie de películas que con dramatismo nos brindan momentos geniales. Wolf, película Holandesa, nos cuenta la historia de un kickboxer criado en las calles, protagonizado de manera excepcional por Marwan Kenzari. La cinta parece nacida de una noche de coito entre Toro Salvaje y La Haine, ambientada con un tono oscuro la historia expone la vida cruda de una humilde familia Marroquí, que vive en un mundo hostil donde el crimen, las drogas y las conexiones con el hampa parecerían ser el único modo de salir adelante y prosperar.

Luego, nos encontramos con Redbelt, película norteamericana sobre un instructor de Ju-Jitsu, dirigida y escrita por David Mamet. Redbelt nos traslada al southside de los Ángeles, donde Mike Terry, un sujeto que lejos de querer pertenecer al mundo de las competencias marciales piensa que el verdadero espíritu del guerrero reside en otro sitio, pero, como sucede en muchos casos, el protagonista se confronta con el viejo designio de los hombres que eligen un camino diferente y debe decidir entre lo que es correcto y aquello que le conviene, recordando que algunos dilemas son inherentes al tiempo y las circunstancias. Una cinta que adapta a los tiempos que corren la sensibilidad de los hombres y los héroes solitarios y humildes, portadores de un saber que el mundo parecería no querer oír.

Sin dejar pasar la posibilidad, también nombrar a Kingdom, posiblemente una de las series más infravaloradas de los últimos tiempos. Narra la vida de una leyenda de las artes marciales mixtas, ahora retirado, Alvie Kulina, protagonizado por Frank Grillo, quien junto a su familia dirige un gimnasio de esta brutal, pero, apasionante disciplina en plena playa de Venice, en Los Ángeles, meca de dicha práctica. La serie cuenta con nada menos que 40 episodios divididos en 3 temporadas en las que se narra un drama familiar: cómo un tipo que dejó alma y vida en el ring hoy lucha con deudores de gimnasio; una renta que no puede pagar, una familia descompuesta y dos hijos de los cuales no conoce prácticamente nada.

En Kingdom existe una lucha entre dos sentidos que se presentan en la vida: el autocontrol y la necesidad de sobrevivir, ambos presentes en sus personajes, mostrados a través de sus necesidades y sus miedos, siempre marcados por los dilemas internos y la brutalidad. No sólo a la hora de las riñas sino en los momentos de dramatismo, Kingdom es una serie cruda y difícil de ver, con líneas memorables al mejor estilo Rocky pero lejos de esa visión optimista del mundo, en ellas encontramos que el final de la gloria no es lo peor, tampoco es la vejez o el cansancio, ni las pesadillas o la falta de sueño, ni siquiera la contusiones.

Warrior, dirigida por Gavin O’Connor -que sabe de familias que no funcionan del mejor modo-, donde Tom Hardy y Joel Edgerton son hermanos y entre ellos existe una confrontación que lleva años cocinándose. Aquí la trama gira alrededor de un torneo. El lazo que lleva a ambos a emprender el camino de la lucha es un padre alcohólico, además de golpeador, interpretado por Nick Nolte y la posibilidad única de mejorar sus vidas. Aunque nos hable sobre la redención y la posibilidad salir adelante. En Warrior, lo que nos sorprende es cómo se lleva adelante una cinta sobre un ‘underdog’ desde la perspectiva de las competencias de artes marciales mixtas y cómo a pesar de ser un circuito increíblemente violento esta no deja de apelar a la conexión emocional constante con el espectador. De un modo crudo es una cinta noble y sensible sobre hombres que en ciertas ocasiones sólo tienen sus puños para solucionar sus problemas.

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