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Francisco (y)erra penales también

19 junio, 2018

Francisco (y)erra penales también

Por Soria y Obes

El furibundo descargo de su santidad, Francisco, tratando de nazi al proyecto de despenalización del aborto, es decir, a los que adhieren a él: corrientes de opinión, militantes y representantes políticos, abre otro capítulo en las tensas relaciones que mantiene su Papado con la política doméstica, en general, y con los sectores progresistas de la sociedad, dispuestos a dar las batallas culturales necesarias para terminar con viejas rémoras como la influencia de la iglesia católica, por ejemplo, especialmente.

En verdad el despliegue de una agenda de contingencia anunciada por el gobierno de Mauricio Macri, tuvo efectos impensados en todos los frentes, comenzando por el mismo núcleo que generó la iniciativa del IVE, que vio sobre la marcha como sus cálculos se hacían trizas ante una realidad que ganó en sustancia y en consenso según se acercaba su fecha de tratamiento en Diputados. Recordemos que las primeras opiniones luego de que el presidente habilitara el debate el 1° de marzo, fue atribuir al publicista Durán Barba la idea de distraer a la sociedad con temas irrelevantes y de calado profundo (moralmente). Este argumento indemostrable, que hoy sigue en pie en simpatizantes de administraciones oficiales, como la santiagueña, eluden enfrentar el debate real por las opciones prácticamente homogéneas que asumieron en la votación reciente sus representantes.

La ríspida relación con el Vaticano , morigerada cada tanto por visitas y fotos de los principales referentes del gobierno, se vio nuevamente alterada por esta iniciativa política que si en un principio podía entendérsela como una concesión liberal al movimiento feminista, una apuesta que en sí no conllevaba riesgos y era capaz de trascender a las convicciones de la plana mayor de Cambiemos, significó luego en los hechos, al ritmo del crecimiento del movimiento reformista, una grieta en el interior del gobierno, que reprodujo lo que visiblemente se venía apreciando en la sociedad.

Abrir aquella puerta significó para la Iglesia, una Iglesia que en contexto “prescinde” de la intervención de Francisco en los asuntos públicos del país, pese a lo cual fija posición a través de voceros intermitentes: Grabois, Moreno, o el mismísimo Padre Pepe, encargado esta vez de adelantar el rechazo de la Iglesia al proyecto de despenalización del aborto, abandonar su lugar de influencer filtrado y meterse directamente en la pelea política, utilizando el púlpito mayor, como en la ciudad de San Miguel de Tucumán, para practicar macartismo ramplón, citando los nombres de los diputados nacionales, en una suerte de escrache preventivo.

Para los nervios de Francisco la grieta política no coincide con los límites de la grieta social, y los auspicios de la Iglesia en este tema terminaron de corroborar que los argumentos teológicos quedan en offside cuando la discusión es sobre salud pública, y esto a pesar de los esfuerzos exhibidos por José María Di Paola, el Padre Pepe, tratando burdamente de deslegitimar la cuestión uniéndola en principio con los designios del FMI sobre control de la natalidad, para luego intentar una maniobra temeraria y mendaz, violatoria del fair play en las jornadas de discusión abiertas a este propósito, proponiendo a las ex detenidas de la ESMA como mártires que se negaron a abortar en condiciones inhumanas.

Estas maniobras retóricas, si llevaron intenciones empáticas con sectores políticos y sociales inscriptos o afines al movimiento de Derechos Humanos, lograron el efecto contrario, concitando el repudio cerrado de amplios sectores de la sociedad, a expresiones de falseamiento histórico con fines espurios, como cancelar la discusión con ficciones sensibleras. Algo similar ocurrió las veces que Di Paola y otros sacerdotes, amparados en el trabajo pastoral en las villas y barrios carenciados, en este debate como en otras ocasiones donde la opinión institucional se atribuye un conocimiento exhaustivo de los pobres, pusieron por delante la visión religiosa antes que el reconocimiento de situaciones concretas que pudieran colisionar con la dogmática católica. Las expresiones del Papa Francisco sitúan el disgusto personal a una escala universal, no precisamente por su investidura, un Papa argentino es una rara avis dentro de un ecosistema que fija su potencia por elevarse por encima de cualquier gentilicio, sí por el objeto histórico -el nazismo, la limpieza étnica, el genocidio perpetrado bajo premisas racistas e irracionales- usados en tanto objeto histórico de comparación con situaciones puntuales de mujeres que ponen en riesgo sus vidas por prácticas penalizadas que hoy aspiran a ser amparadas por ley.

Fue la media sanción obtenida en Diputados la que llevó al Papa y los referentes del catolicismo en el país a proferir estas críticas -Francisco, recordemos, ya se había pronunciado otras veces en igual sentido sin llegar al escándalo de igualar la decisión de abortar con un sentido egoísta y cómodo (y moderno) de familia; el dislate en el que cayó su santidad, el episcopado argentino fue más moderado, hay que reconocerlo, nos estaría hablando de las dificultades reales que tiene el Papa como actor político de incidir en la realidad argentina, diferente del relato glorioso que vuelve infalible a la diplomacia vaticana practicada por el pontífice. En tiempos mundialistas, tenemos que pensar tras las acciones de los hombres, qué otros hombres o mujeres, mujeres cabe en este ejercicio metafórico, se bancan el juego (argumentos) sucio y ataja las penales; como decía un amigo, a las penales no solo las ejecuta mal el pateador, también las ataja (resiste) bien el arquero.