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Permiso para ver el mundial

20 junio, 2018
nicoadet

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Permiso para ver el mundial

Por Nicolás Adet Larcher

No sigo los partidos de fútbol. Le escapo a las tablas, a las estadísticas de los campeonatos, a los festejos en la plaza, a las noticias de Olé, a las charlas en los grupos de WhatsApp, a las caravanas por cada aniversario y a los memes. Si me preguntan de qué equipo soy, digo que soy de Boca. Y si me preguntan quienes juegan en Boca, apenas puedo nombrar cuatro jugadores. No tengo una tradición futbolera de familia. Prefiero el boxeo. A los 6 años tuve una camiseta de Boca con el logo de Parmalat en el medio. Fue la última camiseta que tuve.

Contrario a lo que puede pensar alguien de lo que pienso, no creo que el fútbol sean 11 boludos corriendo detrás de una pelota, ni que sea pan y circo para las masas, ni que sea ajeno a cualquier otra actividad intelectual. Soriano, Fontanarrosa, Galeano. Con ellos entendí que el fútbol también se podía escribir.

Tuve un romance fugaz con el fútbol entre 2005 y 2007. Todo por Riquelme. Tenía una remera manga larga con su nombre atrás. Me cruzaba a la plaza al frente de mi casa y ensayaba gambetas y tiros libres. En algún partido de barrio pude meter algún gol “a lo Riquelme”. Después se me achicó la remera. Después me retiré.

Admiro a quienes se les desgarra el alma frente a un televisor. A mí no me pasa cada domingo. Me gusta ver lo que un partido puede provocar en mis amigos y en mis vecinos. Que tengan en la memoria el gol de tal año, en tal minuto, con tal jugador. Que se acuerden las formaciones de cada generación de equipos y de técnicos. Que sugieran formaciones. Que vean videos de su club en YouTube como ver series en Netflix, que se emocionen y griten los goles y vayan a laburar sin voz al otro día. Que posterguen reuniones, que congelen el tiempo para cualquier otra actividad. Que guarden la camiseta por debajo de la campera o la camisa, como una segunda piel. Me apasiona ver lo que el fútbol genera, que te digan que son de River, o de Boca, o de Independiente, o Huracán.

No es poca cosa ser.

En el fútbol – citando “Boquita” – el fracaso se sostiene la mayor parte del tiempo. El gol es esa perla perdida que se busca todo un partido. No es como en el tenis, o el básquet, o cualquier otro deporte dónde la anotación está presente durante todo el partido. Donde es parte del juego en si mismo. En el fútbol el gol puede llegar, pero también puede que no. Y si no llega, tampoco puede que sea un mal resultado. 

Separo los tantos y pienso que para mí el mundial es distinto. Y vuelvo a pensarlo, y no sé porqué. Porque no lo sé explicar. Porque es otra cosa. Y es difícil decirlo. Por la carga histórica, por los azares, por las sorpresas. Y nunca falta, para sentarte a ver un mundial, nunca falta el que te pide credenciales o antecedentes (como un CV) para ver y para opinar, “A vos no te gusta el fútbol, que haces viendo el mundial” te dicen. El disfrute pide notas al pie.

No sé explicar porque grito un gol como no grito durante el resto del año, o porque lloro delante de un televisor, o porque paso los días leyendo sobre los partidos y mirando resúmenes, o guardando láminas con datos de cada país, cada jugador, cada táctica de cada partido, y pensando en esa perla que hay que buscar en cada juego y esta vez, sin un solo margen de error. Pienso en porque me sé nombres de jugadores que después me olvido hasta el próximo mundial. En porque me siento a ver de corrido los partidos de todos los días. Pienso que me conmueve algo que no me conmueve en ningún otro momento. Y ahí sí me siento más cerca de quienes viven al fútbol como algo más que un deporte. Aunque sea por un mes. Y me siento en un lugar ajeno a mi espacio cotidiano habitual. Y me siento pleno cuando veo a una pulga atravesar la cancha entre vikingos, o a un mexicano provocando un sismo en su país. Lo siento.

Cada cuatro años, lo siento.