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Camila

29 julio, 2018

Camila

Por Araceli Montenegro.

El 18 de junio de este año, la OMS sacó la transexualidad de la lista de enfermedades mentales; en Argentina, 31 meses después del crimen, se dictó la primera condena a cadena perpetua por travesticidio a Gabriel Marino, por el homicidio de Diana Sacayán*; en Santiago del Estero, Camila Bosaz se convirtió en la primera trans en obtener un título de grado de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (Lic. en Educación para la Salud). El 18 de junio podría denominarse El día de la conquista.

-Yo creo que no hay casualidades – dice Camila mientras ceba un mate –ha sido un día hermoso, incluso climáticamente. Los días anteriores andaba loca, peleaba, discutía, pasaba de un sentimiento a otro, me agarraba miedo. Pero ese día no. Ese día decidí disfrutarlo, porque sino no valía la pena. Y así ha sido, lo he disfrutado. Me he hecho un baño de crema, me he pintado, ha sido lindo. Ha sido hermoso.

Camila vive en una casa del barrio Siglo XXI, a medio camino entre la escuela y la plaza. Tiene plantitas en su patio principal; los gatos las esquivan cuando se asoman a escudriñar a los extraños que se acercan y se van cuando descubren que no hay nada interesante que reclame su atención. Adentro, en la cocina, Camila tiene una bandeja que usa específicamente para el mate, que en invierno se toma con café para espantar el frío, y de paso la pereza. Es una casa tranquila, suspendida en el silencio de vivir por cuenta propia. Un espacio quieto. Desde cada rincón se puede sentir la risa y la voz de Camila, que se antepone a un carácter forjado en los vaivenes del pasado.

-Cuando descubrí mi sexualidad, que en realidad la descubrí muy de niña, a los 12 o 13 años. Me acuerdo leer por primera vez las palabras “homosexual” y “travestido” en diccionarios médicos, una cosa muy arcaica. Yo buscaba, porque más o menos me daba cuenta que lo que yo sentía no era lo que sentían mis compañeritos y compañeritas. Sabía que no me sentía hombre, tampoco me sentía mujer. Entonces, era momento de descubrir qué era.

A los 12 años, durante el almuerzo, Camila se plantó. Y en una sola oración, sin repetir y sin soplar, dijo a su familia: No quiero llamarme más así. Quiero dejarme el pelo largo, me gustan los hombres y me siento mujer. Me quiero pintar. Su madre la abrazó entre llantos y todos apañaron a la nueva hermana menor.

A esa edad nació Camila. La Camila de cabello largo, que ama el maquillaje. Que se enamoraría muchas veces en su vida. Siguió manteniendo el carácter heredado de un padre militar que le hizo prometer que no dejaría los estudios, que le dio esos consejos que aún recuerda, para poder sobrevivir a un mundo hecho de machos y para machos.

Al poco tiempo de cumplir la mayoría de edad empezó a estudiar. La universidad le abría las puertas, pero la sociedad se las cerraba; y a los pocos meses tuvo que dejar. Camila fue presa varias veces al salir de clase después de las 22hs.

-Me levantaba la policía en la puerta de la universidad por estar sobre la Belgrano después de las 22hs, que era horario de prostitución. Me miraban y decían Ah, una trans, seguro que se está prostituyendo. Adentro, por prostitución. Como trans, asumen que ese es nuestro destino. Y así tengo 14 caídas presa. De alguna forma, me obligaron a dejar de estudiar.

En su artículo 78, el Código de Faltas Provincial, durante la adolescencia de Camila tipificaba el travestismo (usar ropa del sexo opuesto) como un delito de carácter contravencional, que atentaba contra la decencia pública. La policía tenía facultad de proceder a levantarla de la vía pública y retenerla hasta con un máximo de 30 días. Pero Camila y los trans estaban hartxs, y en 2007 se organizaron para fundar la Asociación por la Integración de la Diversidad Sexual, y modificar el edicto provincial por el que siempre eran detenidxs. Pero fueron más allá y propusieron un voluntariado para ayudar a las personas trans que ingresaban al Hospital Independencia con consecuencias del trabajo en la calle.

-La salud y la libertad, eran lo que más peligraba en ese tiempo y me han llevado a la militancia. Porque sino iba a terminar muerta o presa. No era que tenía muchas opciones. La expectativa de vida de una trans era de 35 años. Eso me movilizó a hacer lo que hice. Me encaminó a la carrera de Educación para la Salud que empecé en 2006, cuando volví a la universidad. Fue una forma de encontrarle una vuelta a eso. La única forma es a través de la educación, para que las próximas generaciones naturalicen el hecho de que no sólo hay hombres y mujeres, sino que también estamos las personas trans.

En 2009 le llegó el título de Educadora para la Salud, y en 2011 se convirtió en profesora. Define la Universidad como un espacio políticamente correcto. Sabe que algunas decisiones que la incluyeron se basaron en el prejuicio, pero que sus profesores y compañeros la sostuvieron. Construyó su trabajo final de grado en una trinchera, más que ejerciendo militancia: Discriminación en la escuela secundaria a las personas trans. Los motivos de la exclusión y de la deserción.

Con el paso del tiempo, Camila se volvió un poco más distante. El fantasma de aquellos años que para algunxs no fueron tan dorados, siguió sobrevolando. La secundaria no tiene los colores de la diversidad, ataca con la violencia de la misoginia. Ella recuerda que unx se siente solx ahí adentro. Es horrible, dice.

-La soledad te forja el carácter de una forma increíble o te destruye la autoestima. En el sentido de que mucho se demanda de mí, y siempre tengo que demostrar mucho más sólo por ser trans. Por más que tengamos los mismos títulos y las mismas capacidades, yo tengo que demostrar un poquito más. Es una carga pesada y eso molesta, pero, con el tiempo te forja el carácter. La mayoría de los días yo tengo la autoestima bien colocada, sé bien quien soy. Pero hay días que no, y en esos días, para mí, salir es un suplicio. Si salgo con el pie izquierdo a la calle, las burlas, los insultos y las cosas que recibo todos los días, me duelen el doble.

“siempre tengo que demostrar mucho más sólo por ser trans. Por más que tengamos los mismos títulos y las mismas capacidades, yo tengo que demostrar un poquito más. Es una carga pesada y eso molesta, pero, con el tiempo te forja el carácter”

La paradoja de su soledad es inmensa. Recuerda que hubo dos momentos en que casi pierde la pulseada, y son los que nadie se podría imaginar: durante los debates por la sanción de la ley de matrimonio igualitario, y la ley de identidad de género. A los dos debates los vio acompañada de su grupo de amigas. Todas lloraban abrazadas, porque nadie puede ir de unx, a ganarle al miedo de un otrx, que se asusta de lo que desconoce.

-Cuando empecé a escuchar todo lo que esas voces decían de mí, de personas como las que conocía, dije Dios, esto está en la cabeza de las personas con las que me encuentro por la calle“. Decir que nosotros éramos un peligro para la familia, que iban a haber violaciones y abusos si nos dejaban adoptar niños, y todas cosas, fue un cachetazo de realidad. Si hubiesen sabido el dolor que nos estaban provocando… es una cosa muy dolorosa, y una dice Esto es lo que la gente piensa de mí“.

Pero se alegra de que haya pasado rápido, y que se hayan convertido en ley los dos proyectos, las dos conquistas. En esos momentos se abraza fuerte al orgullo, a ese carácter impetuoso que le prohíbe darles con el gusto. Se le escapa una sonrisa que los desafía, a ellos, que no la pueden ver, pero que ella nunca olvida. Los que le dijeron que era “la peste rosa y el fin de la familia”. Y ella ha decidido tomar su revancha, es muy simple, muy humana: ser feliz. Cree que el mundo está congeniado para que no pueda ser feliz, para que muera a los 35 siendo prostituta y con SIDA. Pero Camila, ha decidido que no.

-Mirá toda la repercusión que se ha armado. De ninguna manera la he buscado. Solamente quería recibirme, tener un logro propio. Y ahí me he dado cuenta, ¿ves?, lo personal es político. Levantarme y que la gente de aquí me vea bien, me vea feliz, vea que pago mis cuentas, que vea que soy una ciudadana como ellos, que tengo mi casa, mi pareja, mis cosas. ¡Che, no es un extraterrestre la persona que vive aquí en frente! No es un agujero negro. No sé qué pensará la gente cuando ve una persona trans. Una vez una señora me dijo “Vos sabes que yo te tenía miedo“. ¿Y por qué?, no te saben decir. Nunca me lo han dicho.

Sonríe con orgullo de sí misma, de que ya es licenciada. Ha confirmado de forma empírica que lo personal es político y lo disfruta. No se cansa de dar notas, porque también ahí está militando para visibilizar la situación de las personas trans. Han sido días de llamadas de números desconocidos para felicitarla, las redes se han poblado con su foto en los festejos. Se ha probado a sí misma, y ha ganado.

A Camila no le gusta para nada la palabra “tolerancia”, porque quiere que la miren como igual. Además de tener un carácter fuerte, muy seguido se inmola con los sincericidios. Cree en Dios, pero no le da el poder a nadie de enseñarle cómo amarlo. Si le preguntas qué es lo que más le gusta de ella misma, diría que su carácter. Ha aprendido por las malas que el amor romántico no existe, y que nadie la va a salvar. Dice que éste es uno de los finales que soñaba.