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Ciencia(s), género(s) y conflicto(s). Lo científico es social, lo personal es político y las investigadoras lo saben y lo hacen cuerpo.

7 agosto, 2018

Ciencia(s), género(s) y conflicto(s). Lo científico es social, lo personal es político y las investigadoras lo saben y lo hacen cuerpo.

Por Florencia I. De Marco.

Hablar de o leer sobre la situación en Ciencia, Tecnología y Universidad (CTyU) o el conflicto en CTyU nos remonta, en estos últimos dos años en Argentina, casi inmediatamente a una de las muchas aristas que ha tenido el período político-económico regresivo que transitamos desde 2015 y que tanta democracia nos viene costando. Es decir, a la fuerte reducción presupuestaria en ciencia, tecnología y universidad, a los miles de despidos en el área, al cierre de institutos y de líneas de investigación, a la campaña de calumnias sobre la producción en ciencias sociales, en fin, a la larga lista de retrocesos contra los que venimos batallando para sostener la actividad.

Sin embargo, más allá de la gravedad que esto implica, no sólo por la pérdida de miles de puestos de trabajo sino por la progresiva desarticulación del sistema nacional de ciencia(s), tecnología y universidad que se está llevando a cabo, el cimbronazo que estamos viviendo quienes integramos las distintas áreas de ciencia(s) y universidad ha sacado a la luz otra disputa o contienda fundamental, de raíces profundas y de larga data: la relación entre política y ciencia(s), y entre ésta(s) y género(s).

Con el proceso inédito de organización del sector de CTyU en 2015 para hacer frente al ajuste, se comenzó a palpar esa fisura que desde hace ya algunas décadas se viene elaborando desde lo teórico en torno a los paradigmas clásicos que construyeron un imaginario de apoliticidad del (y en el) sistema científico y académico y que, desde esa falsa representación lo fueron distanciando de los procesos sociales. Con esta explosión que ha significado el fuerte recorte de recursos para este sector y que nos ha puesto en las calles a quienes lo integramos, nos vimos ante la necesidad de socializar lo que somos y hacemos pero también de (re)descubrirnos en esa tarea. En la que nos encontrarnos como agentes políticas en un escenario social marcado por las grandes rupturas que vienen gestando los feminismos.

De modo que esa otra disputa que quisiera proponerles que pensemos, como parte de “la situación o el conflicto en CTyU”, es la de la agencia política de la(s) ciencia(s) y los y las investigadoras y docentes universitarias, particularmente en el contexto actual en el que la perspectiva de género es clave para los avances sociales. Lo que nos lleva a su vez a revisar el modelo actual de “la ciencia” en tanto modelo androcéntrico que “produce” conocimientos con un fuerte sesgo de género, entre tantos otros.

Podemos pensar, entonces, las relaciones entre política, género(s) y ciencia(s) en, al menos, dos niveles. Uno interno, en el cual esta configuración androcéntrica del campo ha condicionado la agencia de las mujeres investigadoras y docentes –y ni hablar de les otres cuerpos e identidades no hegemónicas– limitando las posibilidades de desarrollo profesional al exigirnos, como plantea la investigadora del CONICET Inés Pérez, un recorrido de vida propio al de cualquier varón sin responsabilidades domésticas ni tareas de cuidado a cargo. Este es un límite que en contextos de ajuste, en los que se incrementa la presión en términos de “productividad” –cantidad de publicaciones, asistencia a congresos, presentación de informes, concursos por proyectos– se ve profundizado ya que se ensancha la brecha de desigualdades de acceso y competencia ante una reducción de recursos que recrudece la selectividad marcada por estos parámetros masculinizados.

 

“Este es un límite que en contextos de ajuste, en los que se incrementa la presión en términos de “productividad”, se ve profundizado ya que se ensancha la brecha de desigualdades de acceso y competencia ante una reducción de recursos que recrudece la selectividad marcada por estos parámetros masculinizados.”

 

A su vez, los criterios de asignación y distribución de recursos para la investigación y educación condicionan, como sabemos, los temas y áreas de desarrollo e impactan en términos de género al regirse por lógicas hegemónicas y de mercado. De modo que delimitan prioridades que, difícilmente, se relacionan con los intereses de sectores vulnerabilizados o con agendas orientadas a la edificación de sociedades diversas y equitativas.

En relación con esto último encontramos el segundo nivel que mencionaba, un nivel que podríamos identificar como “externo”. El cual deviene del hecho de comenzar a identificarnos como cuerpos políticos, asumirnos históricamente y situarnos en términos sociales. Con ello, la(s) ciencia(s), así como las investigadoras, comenzamos a proyectar esa agencia hacia afuera, con nuestras investigaciones pero también con nuestros cuerpos (dis)puestos en diversas luchas que se vinculan con la necesidad de crear las condiciones de posibilidad para la transformación de las múltiples violencias estructurales que afrontamos. ¿No es acaso ese el objeto de un sistema de ciencia(s), tecnología y universidad?  

 

Ilustración por Junco Gómez.

 

Claro está que nada de lo que vengo diciendo debe interpretarse como un absoluto, más bien ha de leerse como una de las muchas disputas de sentido(s) que hacen a las cada vez más complejas sociedades y que penetra en sus sistemas y modelos de conocimiento(s) sobre los que se sustentan, o deberían sustentarse, las políticas públicas de todo Estado. Hecha esta salvedad, vale decir que en el nuestro, y con mucha fuerza desde 2015, se vienen gestando desde adentro del propio sistema científico y académico distintas redes decididas a dar batalla tanto en el campo científico como en el social y político, a cuestionar metodologías, conocimientos y saberes, y a profundizarlos a partir de paradigmas más equitativos para diseñar e implementar políticas públicas más democráticas.

 

“Ciencia(s), política y feminismo(s) se anudan y entretejen de este modo desde la rigurosidad, la responsabilidad y el compromiso ético con la construcción de espacios más plurales, diversos y equitativos para derribar los dinosaurios albinos que aún quedan, alumbrando horizontes más democráticos.”

 

En esa línea nos encontramos en las últimas semanas, por ejemplo, con la campaña “La Ciencia dice #QueSeaLey” llevada a cabo en el marco del debate y votación de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo, días atrás, en CABA, por organizaciones y movimientos del sector científico y de educación superior como ATE CONICET Capital, FEDUBA, AGD UBA, Ciencia y Técnica Argentina, Becarios empoderados, La Corriente 12 de Mayo de Docentes Universitarios/as e Investigadores/as y Científicos y Universitarios Autoconvocados, entre otras, da cuenta de la transversalización de agendas de la que venimos hablando. Por su parte, La Red de Profesionales de la Salud de nuestra provincia, compuesta en gran parte por docentes e investigadoras locales pertenecientes a distintas ramas del sistema de CTyU, se viene manifestando y movilizando a favor del derecho al aborto legal y en reclamo de la necesaria representatividad de nuestras y nuestros senadores en el Congreso el próximo 8 de agosto. Es así que muchas de las y los integrantes del sistema de CTyU santiagueño se nuclean desde hace años en distintas colectivas que vienen abriendo el debate en la provincia para concientizar sobre la necesidad del acceso a este derecho fundamental de las mujeres y cuerpos gestantes –así como de otros tantos adeudados–.

Ciencia(s), política y feminismo(s) se anudan y entretejen de este modo desde la rigurosidad, la responsabilidad y el compromiso ético con la construcción de espacios más plurales, diversos y equitativos para derribar los dinosaurios albinos que aún quedan, alumbrando horizontes más democráticos.

¡Que sea ley!