Edición 17 Literatura Nacionales Últimas

Manual de la buena ama de casa

9 octubre, 2018

Manual de la buena ama de casa

Por Belén Cianferoni.

 

 

Rojo

¿Vas no? Mirá que te hice masitas.

Yiya Murano

Clack.

Y el teléfono colgado hizo eco en la habitación rococó. Pobre señorita Coco, pensaba Yiya, tan joven, tan flaquita, tan triste y tan podrida en plata. La Yiya suspiraba mientras batía. Se acordaba de las clases de inferior, “Mamá amasa la masa” escribía la seño en el pizarrón y los alumnos escribían lo mismo; de grandes las alumnas no copiaban, repetían. Ya que siendo mamás obviamente debían amasar masas.

Ahora repetía la clásica receta de bizcochuelo, la voz mental de Yiya decía en algún lugar recóndito de sus neuronas: “Batir leche con huevos y azúcar en un bowl”. Le agregabas un poquito de subordinación y ¡listo! Ya eras una señora hecha y derecha. El sueño de doña Petrona de Gandulfo. ¡Ay! Si su mamá la viera ahora. Un calco cuasi perfecto de los sueños de su madre. ¿Con hijos? Sí. ¿Con curvas extras? También. ¿Casada? Listo. ¿Feliz? No.

Los últimos años fueron un poco duros. Se sentía como mayonesa cortada, era un proyecto pasado de vueltas. Las vueltas de la vida, los impuestos, el coche nuevo, la universidad de los chicos y encima al Dady lo dejan sin laburo. Tantas deudas, tantas noches sin dormir pensando estrategias para llegar a fin de mes y la frutilla del postre: estaban por perder la casa.

La Señora batía y batía, más nerviosa y cada vez más rápido. Parecía que lo único que sabía hacer era batir, pero no. Aparte de batir, sabía espolvorear, hornear, desmoldar, decorar cada centímetro de la casa que estaba por perder, barrer, ordenar, baldear. La perfección en casa pasó. Simpleza y elegancia al limpiar los baños. ¿Para qué? Para que le quiten su casa, se la vendan a cualquier ordinario y para que una señora ordinaria tome su lugar. Una doña que seguramente no sabe ni hacer una mermelada de frutos rojos como la gente. Una que le da de comer a su marido cualquier basura. Una de esas libertinas que trabajan y no tienen tiempo para ocupar y crear un hogar, ni siquiera para pronunciar la palabra “hoooogaaar”.

Muchos años de buen gusto desperdiciado. Décadas en la nada. Iba a pasar a ser como muchas una mujer que ni fu ni fa.

Estaba por llorar pero no. Las nenas grandes no lloran con el maquillaje puesto.

Seguía batiendo, ahora incorpora harina suavemente y sigue batiendo. Seguir ante todo, no perder el punto, no llorar, no perder la razón, no, no ,no, no…

No como la pobre Cocó. Esa chica, esa muchachita estaba peor. Esa flaca pelo corto, sin marido ni hijos, sin padre ni madre. ¿De qué le servía la plata y el éxito? Esos vestiditos que ella confeccionaba, que enloquecen a las damas, que aparecen en las tapas de las revistas, no le calientan la cama ni duermen con ella por las noches y no la esperan con la comida lista cuando Cocó volvía del trabajo.  ¿Para qué tanto esfuerzo? Si cuando pasa por su departamento para darle de comer a su gatita de angora y a ver si hay algún mensaje en el contestador, llora y la llama para pedirle masitas o budines de naranja que tengan unas gotitas de licor o de whisky extra.

Ya la había escuchado otras veces, como hoy, hace algunas horas nomás, entre lágrimas por el tubo fingiendo una congestión o un resfrío.

Pobre niña.  

Pero llegó el último paso, es hora de incorporar esencias a la mezcla. La vainilla y las naranjas ponen muy feliz a todo el mundo. Excepto a la cocinera. Ella necesita una esencia aparte, muy especial, única. Unas… que barren con la tristeza.  El cianuro era el ingrediente perfecto para aliviar su dol…

 

 

Negro

– ¿De qué color prefiere la seda para el vestido?

– Negra ¿Acaso hay otro color?

Diálogo atribuido a Cocó Chanel.

Clack.

Y el tubo del teléfono cortado hizo eco en la habitación minimalista. La Señora Yiya era tan buena con ella, repetidamente se decía en silencio Cocó.  Ella siempre quiso una mamá así, de esas que te enseñan en la escuela, de esas que amasan la masa, de esas que se escriben con letra redondita y prolijita.

Su amor, su leit motiv, como dicen los alemanes, era realmente la figura de un alemán frío. Pero Cocó sabía que su hombre era solo una criatura superada por su circunstancia, que buscaba vivir en libertad. Ella vivía bajo presión constante en un mundo que la vivía apurando con tiempo que no tenía y que no era suyo. Sí, ella conocía de mujeres que tiraban manteca al techo y encima las vestía. A todas esas que despreciaban su modo de vivir pero amaban sus vestidos.

Ahora su Liebchen le pedía algo más y ella le hubiese dado todo sin pestañar, pero ¿esto? ¿Lo cumpliría? Dinero, hubiera preferido darle dinero. Nuevamente, y teniendo miedo de sonar repetitiva: ¿pero esto? En sus adentros pensaba que no, pero siempre era un sí. Por él, sí. Siempre sí.

Y ya se hacía hora de ir a tomar el té con Yiya. Se acomodó el vestido, se puso uno de escote bote color negro con perlas blancas, agarró su cartera brillante de cuero negro y metal. Controló el interior de su bolso y se fue.

Mientras esperaba el ascensor, decidió cambiar de opinión e ir por las escaleras. Reía lentamente, aún le había quedado un espacio de voluntad en el que ella podía decidir por sí misma. Por lo menos, podía optar entre un ascensor y unas escaleras. Mientras bajaba y giraba en una espiral, sentía las palabras de su querido: “No pienses en el ahora. Pensá en el después. Pensá en el futuro Cocó, en nuestro futuro. Yo lo haría si pudiera, pero es muy riesgoso porque todos desconfiarían de mí, pero nadie de vos.”

Ella lo haría. Porque él ahora era su patria, su mástil, y debía actuar como un soldado y acatar las órdenes del comando superior. Giraba al bajar las escaleras y se reía, porque era un juego, y todo era un juego muy divertido, y había que reírse, ¿qué no?

Cuando llegó a casa de la señora Yiya, ella estaba suavemente sentada en un sofá enorme. Se saludaron y Cocó se sentó en el sofá frente a su amiga. En la mesa ratona del living había un juego de porcelana para tomar el té, estupendamente colocado, y unas masas que te derretían con su aroma a naranja y vainilla. También sentía el aroma de algo más pero no sabía qué era. Todo se veía e impregnaba las papilas de una manera sobrehumana, ella podía oler el terciopelo y verlo en la cocina de Yiya, siempre. Era tan tentador. Era comida para el alma. ¿No? Se imaginaba teniendo una madre así de perfecta como Yiya que cocine y decore todo puntillosamente. Pero mejor no ver a la señora de enfrente así, estaba acostumbrada a otro tipo de mujeres. Yiya no se veía como esas señoronas grotescas a las que ella disfrazaba de damas. Esta señora sentada enfrente suyo era una aristócrata. Tenía todo de lo mejor y quería algo de ella para sí misma. Algo de esa felicidad. Un pedazo de felicidad, por favor y con chantilly al costado para la señorita con el trajecito negro.

La charla se largó con una conversación vulgar de ciertos vecinos más vulgares a los que Yiya debía cierta cantidad importante de dinero. Pero era tan buena que les convidó de sus masitas para que le dieran tiempo de poder pagarles. ¿Quién se niega a la delicatessen de Yiya? La charla tomó un rumbo inesperado.

Yiya le comentó que equivocadamente, el cartero dejó unos papeles del seguro en el buzón contrario, aparentemente se confundió de piso. Cocó se reía, ella no tenía a nadie a quien poner como beneficiario y, como estaba segura de que esa señora mayor no iba a vivir más tiempo que ella (cronológicamente hablando), estalló en carcajadas al escuchar a Yiya proponerse a ella misma como beneficiaria, y lo hizo. Firmó todo y Yiya prometió encargarse del papelerío. Toda una dama, pensó Coco. Después de firmar, Yiya ofreció con una sonrisa, ridículamente grande, una de sus masitas.

Cocó antes de continuar, porque no podía más, respiró, contuvo el aire en su interior y se hizo para atrás en un sillón. Colocó la mano en el interior de su cartera y sacó un arma con la que acribilló a balas a madame Yiya. Su Dady lo había pedido y ahora tenía el deseo de su amante reposando en el sillón de enfrente: La esposa de Dady estaba inmóvil abrigada elegantemente con humo. Pobre Yiya, pero para poder construir un futuro junto con su novio, ella debía desaparecer. No había otra solución posible. Dios sabía que lo había pensado. Sabía de sus problemas financieros y del gusto exageradamente caro de la esposa de su hombre. Faltaba esperarlo para esconder el cuerpo y fingir un abandono de hogar.

¿Qué había quedado de Yiya? Su buen gusto para decorar y unas masitas exageradamente bellas. Alzó una y la trozo suavemente con sus dientes, acariciando los pedacitos con su lengua en el paladar. Fue una y fue otra. Hasta que sintió cómo su corazón no le respondía. Sentía una gran presión en el pecho y el preciado aire, obstinadamente no ingresaba a sus pulmones. Hasta que el dolor se detuvo y ella también, casi sin ruido, casi sin molestar, cayó sobre la mesa con el té perfectamente servido. Cocó y Yiya yacían en la habitación de estar.

Al llegar, Dady se encontró con una escena dantesca: su amante y su esposa muertas sobre el sillón y la mesa. Una, galardonada con pólvora, y la otra mirando el vacío de la pared.

Dady pensó qué hacer y a quién llamar. Lo de su esposa lo tenía planeado ¿pero Cocó?. Se desplomó sobre el sofá mientras se refregaba la cara con las palmas de las manos. Una masa de su difunta esposa llamó su atención. Siempre tan atenta, hasta después de muerta tan considerada. Que descanse en paz. Deglutió la masita sintiendo cómo sus pensamientos no cuadraban ni encajaban, su pecho latía violentamente. ¿Qué era esto? No podía controlarse, ni dejar de temblar, el aire se negaba a ingresar y pataleaba como un niño, como una criatura (como lo que en verdad era). Hasta que ya no pudo más. Su cuerpo dijo adiós.

Pasaron los días y todos los diarios y noticieros hablaban del triple crimen del departamento de Recoleta. El hogar de Yiya y Dady siguió deshabitado durante un par de meses, hasta que un señor ordinario y una señora igual de ordinaria lo compraron.

 

Un viaje, un sueño (2015). Por Iñaqui Ortega.