Crónicas Edición 18

Pasantías vivenciales del Mocase-VC

15 noviembre, 2018

Pasantías vivenciales del Mocase-VC

Por Francisco Barrionuevo Sapunar.

La pasantía vivencial del Mocase VC es una experiencia que nos acerca a la realidad rural de Santiago del Estero y nos permite conocer un campesinado organizado y decidido a solucionar sus problemáticas invisibilizadas en los medios de comunicación.

El viento lejano del tiempo aflora en el monte y es el primer asomo de la mañana del mundo. “Chicogo”[1], campesino nacido y criado en el paraje Pampa Pozo, nos mira y parece que toda la tierra junta nos estuviera taloneando el alma. Pienso esto cuando Gustavo, pasante venido desde provincia de Buenos. Aires me dice, sorprendido:

– Aquí la gente te mira a los ojos como si la comunicación empezara en el filo de la mirada.

Apenas llegados al rancho, somos inundados de hospitalidad junto a mi otro compañero de pasantía, Elías, mientras nos ofrecen un cigarrito recién armado y cimarrones de por medio, entre charla y charla con la familia, esperamos a la orilla del brasero los chorizos caseros que se están terminando de asar.

Chicogo nos dice que recibir pasantes es un orgullo para ellos y que todos los años lo hacen, unos aquí y otros allá, españoles o porteños que al finalizar la experiencia no quieren irse.

La tradición oral está más viva que nunca en estos rincones, para refrescar el pasado. Chicogo nos comenta que los Vilelas[2] llegaron a estos recodos persiguiendo el bendito canto de los sapos, la inminencia del agua estancada en unos pozos que aún hoy permanecen cubiertos de monte. Mientras cruza su brazo, nos enseña el antiguo cauce de un río como si eligiera atravesar la espesura con el agua que se ha ido, vuelta ahora un polvo arenoso que aun así nos alcanza esperanzas como la de Chicogo, esa fe que lo pulsa en el rincón más agudo de la nostalgia.

Cuando pisa la tierra negra-buena para cultivo-, dice: 

– Aquí un cerco nos dio maíz, calabazas… Bah, yo me acuerdo cuando era chico pero las lluvias ya no son las mismas.

Esa bendición del cielo que ya no es, encuentra alguna causalidad en el desmonte indiscriminado del empresariado, que ronda con las topadoras. Algo de eso me afirma “Nino”, hermano de Chicogo, mientras me dice que la organización del campesinado y la defensa del territorio, con la presencia permanente en las carpas de resistencia, ha hecho retroceder a más de una topadora y falsos dueños, aparecidos con papeles truchos a reclamar dominios.

El campesinado produce alimentos sanos para la comunidad: pollos, producción caprina y vacuna, quesos, miel, cerveza y la lista sigue. Todo gracias a la organización que ha dignificado su realidad a partir del trabajo, afincándose en los territorios con una idea de futuro. Entender la lucha es, quizás, ante todo, entender el territorio no solo como un pedazo de tierra, sino junto a la memoria, a la cultura, a los animales, la vegetación y las personas que lo pueblan.

 

Fotografía: Mocase Vía Campesina.

 

Todo parece estar comenzando aquí: la calma del agua sigue esperando en tinajas para espantar el trajinar de la huella, la inclemencia de la picada elige confundir las hojas con la tierra y el árbol con su recuerdo insondable. La conversación es divina, dice el mexicano Octavio paz, pero aquí será más. En la oscuridad profunda del monte, el quichua prende alegremente a la vera del brasero. Cuando el diálogo es corazón a corazón, el pasante es todo recepción, el interlocutor libra historias una tras otra, lentamente, espaciándose en silencios abismados, ensordecedores.

– ¿Por qué es importante estar en el Mocase?- pregunto a Chicogo.

Secamente, contesta:

– Para vivir más tranquilo, nosotros queremos vivir tranquilos.

– ¿Qué es el monte para vos?

– El monte lo es todo, es futuro.

La risa de Chicogo avanza como estampida por su rostro y la contiene tapándose con el antebrazo.

Es una gran noticia esta organización que deja en ridículo el agronegocio de la rifa, nada va poder arrebatar la memoria nativa que empuja con la bravura de la semilla.

El encuentro con esta identidad olvidada puede dejarte un rato descuajeringado, como el queso que ahora Chicogo amasa, pero todo se vuelve futuro cuando esa horma blancuzca endurece y es el regalo con el que nos despiden del encuentro. Al volver todo queda fundido en un pan único y nuestro.

Referencias

[1] Chicogo es un apodo que le dio su padre.

[2] Los vilelas son un pueblo indígena de argentina, cuyos escasos descendientes viven actualmente en las provincias del Chaco y Sgo. del Estero.