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Choma

28 diciembre, 2018
mdelfina

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Choma

Por Soria y Obes.

El macho no se extraña de poner al pene erecto en el podio de las razones, aunque esto mismo sea en los hechos un descenso a las bajas pasiones, la denegación del argumento. En esta prueba atávica se formaliza un poder que está fuera de los diques de la voluntad individual. Darthés no es más consciente que otros hombres de la fuerza persuasiva de esta instancia. Una instancia pura de facto, que puede suscitarse a modo de invitación, y es literalmente la piedra de toque para el consentimiento. ¿Tenemos que censurar estos modos brutales de ofrecer sexo duro, de poner en la mesa las condiciones de una genitalidad excitada como medida de un deseo irrefrenable?

 

Mirá cómo me ponés

La opinión pública y los analistas pasaron de largo por el llamado “solidario” que el actor le hace a Thelma: “Mirá cómo me ponés”. Lo hicieron porque tal actividad es parte de un relato para nada extravagante, por demás ordinario, diría, y porque tales urgencias de verificación no presagian el signo de un desenlace. Ningún signo y ningún desenlace. Hay que decirlo: el recurso de invocar una erección y pedir, y forzar el tacto si fuera necesario, es parte de un repertorio extendido en la cultura. Dos cosas, sin embargo, hacen a este gesto odioso, arrogante. La primera es que no hay allí pregunta, no hay un otro, solo hay libertad para exigir sumisión ante la ley de la naturaleza. La segunda es la presentación de esta naturaleza como una voz suprahumana, de un tercero, capaz de imponer sus fueros a los súbditos. Lo que en buen romance sería un acto de seducción/excitación, y ante el veto y la denegación una vía muerta, cancelada, con la prepotencia de la libido, el reinado del pene duro como significante pleno de poderes, se transforma en una campaña de autosatisfacción y desprecio por el otro.

 

El rey de la selva

El efecto simbólico del sonado caso fue desnudar al rey, despojarlo del atributo imaginario que hace de los galanes de televisión ganadores natos. Y ganar es flanquear las barreras del cuerpo, debilitar sus defensas, penetrarlo. Para cierta lógica machista la caza de mujeres no es una metáfora. Cabe en ella el empleo de todas las artes: las legítimas, como la seducción, y las ilegítimas: cualquier medio, incluida la fuerza y la amenaza, para llegar a la meta. Porque el objetivo de la caza es dar en el blanco, neutralizar la pieza, sumirla en la indefension de quien se sabe superada en fuerzas y posibilidades. El lenguaje entre pares lo confirma: “tirar los perros”, “voltearse a la mina”, “matarla”, son partes de una faena ante un animal esquivo. El presupuesto es que a las mujeres se llega por el acecho, la emboscada y la persecución; darle caza es precisamente ponerla al alcance, a tiro -una primer entrevista que a su vez funciona de estudio, como en los boxeadores. Pero la caza en sí es rendir la presa, de ningún modo acercar la mira y ver con detalle su comportamiento. Rendir la presa es doblegarla, dejarla a merced del amo y de sus herramientas. El amo dispone de su pene tieso para hundirlo en el cuerpo de la víctima. Literalmente no hay caza sin el paso por las armas. El momento sacrificial, “pasar por las armas”, es la parte dura del mandato masculino, que pone en juego la reputación y la identidad sexual del victimario. Contra este mandato Darthés trató de eximirse aplicando sensualidad desesperada. Apeló a su erección como si se tratase de un resultado trascendente, un signo de gracia al que debían atender urgente, sin dudar. El pene turgente releva de más pruebas, es la consumación del apetito sexual, del erotismo. Erotismo de una sola vía, y que en su despliegue, intentó contagiar la complicidad a Thelma. Sin resultado, el falo, herramienta y destino de la virilidad, reduce a bestia primero a Darthés, y éste por transición a su víctima.