Edición 20

Biografía de Luisa González

7 abril, 2019

Biografía de Luisa González

Por Ramiro Gogna.

No se ha querido más que injertar recuerdos de terceros en los lectores de esta biografía. El descubrimiento simultáneo de dos documentos amerita reconstruir la vida de la india Luisa González. Como perritos tristes durmiendo en archivos sombríos que ya no reciben y esperan la luz lectora de los días, encontramos un fragmento biográfico de autor anónimo de 1799, y extractos del juicio inquisitorial que la llevó a la hoguera por hechicera. Hasta ahora sólo la conocíamos por aisladas referencias que mencionan la muerte de Luisa González, como las de José Ingenieros o Ricardo Rojas. En ellas los jueces y la condenada eran igualmente enfermos de superstición. En La locura en Argentina opina Ingenieros que la medicina del inquisidor y la magia india eran simétricamente idolátricas. Del segundo documento se desprenden otras texturas de los infortunios de la india taumaturga.

Los códices hallados son rompecabezas a los que les faltan piezas, y las piezas con las que contamos tienen las puntas roídas. El manuscrito anónimo encontrado en el Archivo de la Provincia de Tucumán, empieza y termina así: Tenga el benévolo lector ocasión de poner alto a sus trabajos y escuchar esta memoria de mujer… El jeroglífico jurídico del proceso contra Luisa González es más rico. Allí se lee que ella se definía como protomédica, alegaba que hacía tiempo había dejado la hechicería por el trabajo de partera, en el boticario, como ebotomista, sangradora y cirujana. Transcribimos y completamos, actualizando el léxico, el fragmento corroído del alegato de la india Luisa González en el proceso inquisitivo ocurrido en mil seiscientos ochenta y ocho en Tucumán.

“Antes basábame  yo en la intuición sensual y espiritual. Un puma, una sirena, un desnudo Polifemo eran lo mismo para mí. Para curar miraba la lengua y desde ahí escuchaba. Siempre quería escuchar más. Catalogaba los dolores, anotaba las frases de los pacientes. Clasificaba decrepitudes y casos de demencia y malformaciones. Todo cambió cuando leí un libro que se titulaba Conoce la Naturaleza. Hoy conozco por reflexión, y por gracia de nuestra Señora, la verdadera medicina. Entonces estaba sumida en el influjo de algún órgano húmedo por el que toda la existencia me aparecía como Una: entre el alma y el cuerpo  no veía ninguna contradicción, como tampoco entre la montaña y el animal, la magia y la carencia de magia, soledad y la doctrina. Mis dioses eran la naturaleza. Curaba imitando sus aberraciones extremadamente refinadas. Selva de alegorías curativas. Los dioses vivían en mi canto curador. Antes de cantar bebía leche tibia que mi cobriza comadre ordeñaba de una vaca de ojos como de recién llegada en estas tierras. Mi canto hacía vibrar todas las partes del cuerpo enfermo, la parte inferior, las membranas naturales y sobrenaturales que lo cubrían, las cavidades más anchas de un lado al otro. A través de esa experiencia desaparecía en él para conocer sus fuerzas. Entre su materia descubría nudos de un quipo y me sentía afortunada de leer ese código de cuero.

Dios mediante yo abdiqué, caí de esa arrogancia hinchada, a la verdad médica y cristiana, como le consta al señor Previsor Antonio de Godoy aquí presente. La idolatría ya no me mueve, ya no hago equilibrio sobre esas telarañas y mis pensamientos saltaron de los agridulces infiernos. He comprendido los emblemas de la fe y la anatomía, la cercanía efímera. Entonces, amigos, me juzgan falsamente. ¿Cómo tratan de atribuirme responsabilidades en el cruel padecimiento de nuestro patrón don Diego Bazán? Si hubiera seguido los gualichos según las fórmulas pretéritas de mis abuelos, no hubiera procedido por ese encantamiento de aficionados, que consiste en atarle a una rana la patita con una soga para lograr el efecto de un hinchado muslo postrador.

Tampoco comprendo que utilicen a un adivino indio como testimonio de la verdad del hechizo de atribuido a mí. El sapo de la guayoca es un complot del indio Pablo y ha sembrado en mí la apariencia del culpable. ¿Cómo convencerlos de que los arboles ya se retiran bruscamente cuando busco acercarme con mis manos, que ya no veo la magia en la quínoa?

Sólo soy culpable, en resumen, de perder la capacidad de ver Una cosa… Quiero que sepan que dejé mis antiguas artes diabólicas por mis propios medios. Mi canto empezó a bacilar. Un malestar quebraba el tono necesario para tal enfermedad. Escrúpulos hacían que fallasen mis gesticulaciones, mis ungüentos y piedras calientes. Dudaba, en mis adentros, al tener que rebelar la causa de tormentos que antes me eran transparentes. Todo me pareció abstracto de repente, y donde antes veía Naturaleza ahora interpretaba humores, palpaba hígados y recetaba climas secos contra la melancolía. Procuré educar a mi hija Juana en las nuevas verdades, guiarla en el sincero camino de la tierra al cielo. El viejo camino está cortado, ya no circulan los mismos cuerpos, sí caballos solitarios. Maquinaba y mi estado se extendía como moho en el camino olvidado. No podía creer que mi sistema de pensamiento anterior no influyera sobre lo alto y lo bajo, lo pequeño y lo robusto. Empecé a ausentarme del pequeño círculo clandestino de hechiceros (del que formaba parte el joven Pablo). No soportaba su ligereza y seguridad. Cada vez me costaba más ocultar mi ira y hacer de mi cara de frustración vocacional una fachada de convicciones. Hasta que vi ante mi la anatomía de un indio, de los riñones renegridos. A través de un telescopio, aquella profundidad interior de órganos no se asemejaba a los surcos, cráteres y frutos exteriores que antes leía.

Ilustración por Antonio Castiñeira.

Mi canto dejó de producir eco en el enfermo. De no descubrir la anatomía hubiera muerto o enloquecido. Fetiches flotaban a mi alrededor y ya no podía mirarlos fijamente a los ojos. Remolinos pequeños despejan mi mesa de yuyos y vacío. Todo esfuerzo por liberarme de las tribulaciones me alejaba espiritualmente del mundo de mis abuelos. Esquivé a Cachirú. Me asustaba lo inestable de los intercambios que podía establecer con él. No dudé en curarme a mí misma leyendo en la escritura secreta de la alpaca, pero donde antes veía figuras parlantes ahora eran mosquitos aplastados sobre el lomo de un manso animal. Me iba para entrar en otro cerro y no hubo espacios para soledades y melancolías; sentí que salía de un templo ataviado de máscaras sin ojos. Salí al adentro del exterior.

Desde mi bautismo soy devota de San Juan y mi vida transcurre trivial como la de cualquier protomédico de este mundo.  Los buenos momentos sólo los encentro en mi trabajo. Cada anatomía que realicé era para mí un peldaño hacia una vida superior. En el hospital de los naturales me vi por vez primera, un vapor y un olor fuerte y dulce, ante un cuerpo abierto. Carnes amontonadas, una piedra en el riñón sobre el que resbalaban mis gestos y palabras antiguas.

Ahora sólo entiendo el lenguaje que hablan los órganos mudos. Lengua que mis órganos hablan, que sólo escucho en murmuros y que otros oirán, espero, antes de mi entierro. Nunca había sentido la vida fluyendo más intensamente que en ese cuerpo a cielo abierto. Bajo la piel encontré un riñón y dentro de él, renegridos líquidos, donde flota, merodeando las orillas, una piedra. Me estremeció ver la raíz del pelo, la viscosidad interna de las vértebras.

En definitiva, pertenezco a su mundo y no al que me adjudican. Conozco al regatón, al mandón, uso tepuzque y tomín, mido con la vara, y he perdido no pocas tardes entre chicha y biribís. Me persigno por si acaso, no vaya a ser que existan las ratas, los carros a caballo, el cimborrio sobre los arcos. Yo no concibo mi vida sin objetos y mi mirada sigue dichosos sus movimientos. Todo lo que existe es nuevo para mí, ya no recuerdo qué olvide. Es como salir del apunamiento, la cabeza desinfla y chifla por el oído. Entonces empecé a pensar a través de órganos y humores.

Ahora entiendo sobre el equilibrio entre lo húmedo y lo seco que regulan la relación de todas la cosas de este mundo. Embelesada por San Juan estoy, como por ese drama que se desenvuelve en el microcosmos del organismo. Allí veo armonía, estancamiento, sangre, movimiento de entrañas. Es apenas imaginable lo lleno de nuestro interior, lo ocupado del mecanismo y su consistencia.

Con esto quiero negar la acusación del indio Pablo. No es mi trabajo indagar qué lo mueve a este indio parco de mirada lúgubre. Lo cierto es que es otoño, el viento propiciará que arda rápidamente en la hoguera de papel que tienen preparada para mí.  Quiero que el verdugo vista ropas opacas, que sea mudo y tenga ojos rojos. Ni ceniza quedará. Mi cuerpo primero hervirá, después supurará burbujeando bajo la llama hasta secarse y crepitar. Me hubiera gustado que un cirujano midiera sus fermentaciones, calcara las formas pomposas de mis órganos sobre un papel, detallando su bullición y su fuerza.”

Hasta aquí lo que se puede reconstruir del alegato de Luisa González. A continuación, el abogado del acusador, Diego Bazán, llamó al indio Pablo quien desenfundó la rana atada y procedió a desatarla frente a los allí presentes. El acusador de repente pasó de sus constantes y doloridas muecas a erigirse sano, robusto y colorado. La última carta persuasiva del defensor, el capitán Salas, fue afirmar al mal que le es debido el agua sirve de medicina, con lo que quería argumentar sugestión o repentina intervención divina. En vano. Una, dos, tres vueltas en el potro y Luisa González no confesaban su crimen. La verdad no salía intimidada y la muerte sin confesión pesaba en la conciencia de los jueces. En la quinta vuelta la india confesó. Después llegó la muerte y el fuego.