Edición 20

¿De qué sirve lo que haces?

7 abril, 2019

¿De qué sirve lo que haces?

Por Ignacio Daniel Ratier.

Se juntan, se escuchan, se aplauden, se aburren un poco, se excitan, se entusiasman, beben, se leen, se sorprenden, se fastidian. ¿Pero sirve de algo? Por qué un ciclo de poesía y no otra cosa. Por qué los viernes o sábados por la noche y no un lunes o un miércoles, total, a nadie le interesa. Nada más a unos pocos locos, extraños o, en el mejor de los casos, seres aburridos o desocupados que pueden hacerse un rato para sentarse y observar y escuchar la performance de los invitados. El ciclo de lectura “A los ponchazos” lleva más de seis meses y todavía respira, agita y no parece mostrar señales de agotamiento. Todavía quiere más; tiene sed, hambre, ansiedad, energía. ¿Pero sirve de algo?

La pregunta apareció en algún descampado de Facebook, donde a veces se manifiestan usuarios dispuestos a incomodar con sus preguntas sesudas. No recuerdo exactamente cuándo fue, sí recuerdo que tenía ganas de contestar, abrir el debate e invitar a que los algoritmos acerquen la disputa al resto de los pocos mortales que sienten algún tipo de interés por algo tan banal y nimio como la poesía. No recuerdo exactamente quién lanzó el dardo, sí recuerdo que alcanzó a pegarme. Y decidí darme tiempo.

Pensar en la pregunta, darme tiempo. Para qué poesía, para qué un ciclo, por qué esas personas, ¿sirve acaso de algo lo que hacen, lo que hacemos?. Y la verdad es que, por momentos, pensé que el cazador furtivo que se oculta entre las enredaderas del feed del kiosco de Zuckerberg tenía razón. Que, en lugar de tomar cerveza hasta reventar como sapos, podríamos estar en alguna unidad básica tramando la estrategia que dará fin al ciclo macrista. O podríamos estar llevando alimento no perecedero y ropa vieja a comedores en barrios carenciados. Tal vez, mejor sería dar clases de apoyo a niños cuyos padres no les dan la atención suficiente. Matemáticas, inglés, ciencias naturales, sociales, lengua, tecnología, plástica. Pero eso sí, poesía no. ¿De qué les serviría?

Luego, cuando me alejaba del seductor interrogante planteado por el usuario en cuestión, llegaba un poquito más lejos. Desasido del embrujo de su planteo, pensaba en la pregunta: ¿Para qué sirve? Y entonces entraba en sintonía con las flamas del utilitarismo que animó el comentario. Todo se hacía más claro. Y hacía cuentas: se hicieron alrededor de ocho encuentros. El menos convocante llevó 15 personas. Ok, anotado. El más exitoso, entre comillas, “exitoso”, llevó más de 40. Ojo, hay partidos de primera que convocan menos, pensaba. Acto seguido, confiaba en que eso seguramente era beneficioso para la librería en la que se hace el evento, nuestros amigos de Utopía, que reciben consultas y quizás hasta se benefician con alguna compra, porque los convocados posan sus ojos en los libritos que se ofrecen. Acto seguido, con mayor entusiasmo, por supuesto, me ilusionaba con la idea de que el bar, también nuestros amigos, puedan tener una buena noche de ventas cada vez que esos loquitos leen los poemitas que escriben durante el insomnio o en la media hora que hay de viaje entre el colectivo y el trabajo o el colectivo y la universidad o el colectivo y la casa de sus novies. Y pensaba luego: “caray, si la gente del bar nos regala un par de porrones cada vez que ‘A los ponchazos’ se hace”. Entre las dádivas, dependiendo el día, también se incluyen empanadas, lomitos y sándwiches varios. Porque, al parecer, le viene bien, le sirve. Eso, por un lado.

Pensar no me gusta mucho. Sufro de jaquecas terribles, por el estrés del multitasking y por la absurda idea de seguir estudiando en lugar de sólo trabajar y devolver a la sociedad algo de lo que me dio a través de sus impuestos y contención. Pero, cabeza dura, pienso. Y fui un poco más allá de los beneficios materiales del keynesianismo poético. Para qué más estos ciclos, para qué más. Hay algo llamado autogestión, una palabrita que en su trayectoria filológica partió de territorios eslavos, es de origen servio-croata, luego la adoptaron los franceses, que son muy de estas cosas, y finalmente la convertimos a nuestro idioma bajo la forma con que hoy la nombramos: “autogestión”. Hay algunos pensadores, filósofos políticos en su mayoría, como Rosanvallon o Bifo Berardi, que la tienen en sus consideraciones.

Ilustración por Antonio Castiñeira.

Rosanvallon dice que la autogestión es una forma de transformar la dirección política, de volverla dirección colectiva, mientras que Berardi sostiene que estos proyectos pueden ser considerados “líneas de fuga” de las relaciones disciplinares que constituyen nuestra cotidianeidad. Pasando en limpio, la autogestión es para relacionarnos de otra manera y hacer otra cosa diferente a sentarnos a ver las noticias, los aburridos formatos de la tv de hoy, los mandatos de Netflix o la musiquita que no se despega de nuestros oídos. ¿Será para tanto? No sé, pero un ciclo es un ciclo y, humildemente, creo que no puede ser valorado simplemente como un evento aislado de todo, en el que algunes hacen su puesta en escena y otres observan y tal vez intervienen con preguntas o comentarios (con o des)tructivos y ya.

Un ciclo de poesía también es un encuentro de voces, discursos, una apertura al diálogo, una reconfiguración del paisaje, un ir y venir de cuerpos, deseos e ideas, que pueden tener la fuerza de una catarata o simplemente ser pequeñas fuentes, pero que están ahí y eso son. Lectores y poetas se encuentran. Poetas, que son también lectores, se encuentran con otres poetas que son lectores. Y con lectores que son solo lectores o amigues, novies, lo que sea, y asisten por compromiso y no tanto por gusto. Y los lazos se refuerzan, se reafirman o, en el peor de los casos, se disuelven, pero porque el ciclo sucedió. Y está bien, si me permiten pensar esto, que así sea.

Y entonces: se juntan, se escuchan, se aplauden, se aburren un poco, se excitan, se entusiasman, beben, se leen, se sorprenden, se fastidian. Y también proyectan, leen los poemas que publicaron en Facebook, los que se guardaron hasta esa noche y los que publicaron en libros. Comparten ideas, no todas se concretan, pero hay más ánimos de hacer. Y salen cositas, plaquetas, libritos de autoedición, videos para el Instagram, acuerdos para otras reuniones y hasta sellos editoriales que alimentan la bibliodiversidad. En definitiva, hacen que la literatura siga circulando. Aunque no dependa nosotres. La literatura siempre circula. Aunque cada vez miremos más y leamos menos. Siempre circula.

Entonces un ciclo de poesía inservible también puede ser el eslabón de una cadena que, a su vez, también puede ser frágil. Y si es frágil, con más razón, la hace más fuerte y la expande hacia adelante, donde las cosas no son lo que fueron y el brindis es por lo que viene. Quizás no sea fácil ver hacia adelante o, mejor, conectar el presente con el futuro, pero eso también sucede cuando haces un ciclo. Aunque el cazador furtivo y su dardo letal tengan razón y todo esto no sirva de nada-

¿Por qué la poesía tendría que servir de algo?