Edición 20 Santiago del Estero

Negocios y algo más. Dinámica de la venta minorista de drogas en un barrio popular de Santiago del Estero

7 abril, 2019

Negocios y algo más. Dinámica de la venta minorista de drogas en un barrio popular de Santiago del Estero

Por Federico Medina.

Introducción

A partir de una investigación elaborada para una tesis doctoral, he podido acceder al conocimiento de las trayectorias juveniles en un barrio popular de la ciudad de Santiago del Estero, al que denominé El Poli. Se trata de jóvenes que han sido construidos socialmente como “peligrosos/delincuentes” y sobre los que pesa el “estigma” de representar el principal factor de “inseguridad” en el barrio y zonas aledañas. Insertarme en ese escenario me ha posibilitado explorar tanto las dinámicas de intervención policial como las diferentes interpretaciones que los vecinos, familiares de los jóvenes y activistas en derechos humanos que trabajan en el barrio, construyen sobre sus recorridos.

Tanto en las dinámicas cotidianas como en las explicaciones e interpretaciones de esta diversidad de actores, el tráfico de drogas en pequeña escala o narcomenudeo ocupa un lugar fundamental. En efecto, para muchos tiene un poder explicativo preponderante de las prácticas delictivas de los adolescentes. Esta investigación me ha permitido conocer que, en la enorme mayoría de los casos de delitos de robos y hurtos denunciados por los vecinos del barrio, los objetos robados por los jóvenes son destinados directamente a la compra de droga que venden quienes son enunciados con la voz nativa de “transas”, es decir, vecinos del barrio devenidos en vendedores de droga “de poca monta”.

Es decir, la adquisición de droga (cocaína, ansiolíticos y marihuana, en ese orden) no suele concretarse por medio del pago del dinero en el que se cotiza esa sustancia, sino que los jóvenes concurren directamente a los llamados “puntos de venta” con los objetos robados para intercambiarlos por drogas. Con esto quiero hacer notar que la participación de los jóvenes en el negocio de las drogas adquiere un rol “pasivo” de comprador/cliente. Es decir que no se vinculan como “parte del negocio”, ya sea con el transporte, venta minorista u otro forma de intervención, como ha sido estudiada tanto en investigaciones nacionales, así como en el orden internacional.

Lo que aquí quiero fundamentar es que la mera vinculación comercial entre vecinos/transas que venden droga y policías que cobran un “canon” para permitir esta actividad, es insuficiente para comprender en profundidad los alcances del vínculo. Por lo general, los transas que venden droga conocen que la operación se verifica mediante el intercambio de objetos previamente robados, lo que abre una trama de relaciones de poder/coacción con los jóvenes y la policía, que nos aconseja evitar un análisis meramente económico de este vínculo.

Por el contrario, un examen un poco más detenido puede revelar que, en la dinámica social que hace posible la creciente proliferación del narcomenudeo en El Poli, existe no solo un negocio o actividad económica de lucro tanto para vecinos/transas como para policías, sino que además se ejecuta una forma de control social o, en sentido foucaultiano, una técnica de gobierno sobre los jóvenes del barrio que consumen drogas. Se trata, entonces, de un complejo sistema de intercambios de objetos de valor económico, pero también de un sistema que intercambia coacciones y ejecuta formas de control/gobierno sobre jóvenes del barrio.

En una primera entrega, voy a narrar la dinámica de la venta minorista de drogas en El Poli. Luego, en un segundo artículo, voy a relatar las diferentes formas de violencia social/castigo de transas a jóvenes, así como también los diferentes mecanismos de coacciones y “aleccionamiento” que, con la venia policial, estos actores barriales imponen sobre jóvenes.

Ilustración por Antonio Castiñeira.

Transas y policías en el barrio

A simple vista, los “puntos de venta” en los que se ofrecen drogas se presentan como casas de familia en donde se ha improvisado un negocio. En la fachada, suelen funcionar bajo la simple apariencia de un quiosco de bebidas en algunos casos o, en otros, sin cartel o identificación alguna.  Sin embargo, la simple dinámica del ir y venir de jóvenes y motos que frenan allí, ejecutan el intercambio y luego se retiran, permite identificarlos con facilidad.

En la cotidianeidad del barrio, las relaciones de los transas con la policía adquieren un carácter central. Tanto los vecinos como los activistas y familiares refieren a ellas, y su existencia es una suerte de secreto a voces conocido por todos en el barrio. Existe entre ellos un tipo de relación social bajo la forma de una asociación comercial. Los “transas” comercializan droga en los “puntos de venta” en la medida que las diferentes dependencias policiales lo permiten y, para ello, estos agentes estatales les cobran un “peaje”. Esta situación ha sido referida no solo por familiares, jóvenes y activistas, sino también por aquellos vecinos entrevistados que hablaron sobre la práctica. El “peaje”, de este modo, es la condición de funcionamiento de los “puntos de ventas” y la principal forma de conexión entre transas y policías. Al respecto, un vecino me decía que “ellos están cada vez mejor. Ellos viven de los chicos. Todo lo que tienen se los venden a los chicos. Le dan su parte a la policía, lo que ahí los changos le llaman “peaje” y así venden lo que quieren. ¡No todos venden por igual, eh! Hay algunos “transas” que venden toda la semana y otros que dicen que quieren “cuidarse” un poco y solo venden los fines de semana, como mi vecino este de aquí al frente”.

Este primer acercamiento al tema me llevó a indagar cómo funcionaba la operatoria comercial que hacía posible que una casa de un vecino funcionara como “punto de venta” sin que el accionar policial pueda impedirlo. Y cómo ese vecino, unido por relaciones de vecindad, lealtad y condición social semejante con sus pares, pasa a adquirir la condición de “transa” y con ello ocupa otro lugar en esa malla de vínculos sociales. Esto indica que el vecino devenido en “transa” también está inserto en una trama de relaciones que lo constriñe, incita o al menos habilita a la venta de drogas, a la que percibe como medio de subsistencia y vehículo de movilidad social. El “transa”, así entendido en El Poli, reconfigura su posición en el campo detentando un lugar de poder frente al joven que consume, pero a la vez mantiene relaciones de complementariedad y subordinación respecto al poder policial de quien depende para funcionar.

Luego, continué averiguando la visibilidad con la que se producen las transacciones que permiten a los jóvenes comprar droga con habitualidad y con el conocimiento de sus vecinos. Así, en varias conversaciones con una vecina que vive en una manzana donde funcionan varios puntos de venta, ella me comentó: Mirá, aquí todos saben. Vos lo que puedes ver es que llega una moto, entra a la casa o ahí nomás en la entradita se esconden un poco y la moto se va. No hay forma de que nadie del barrio no lo sepa porque es muy evidente y si la policía no hace nada cuando viene a levantar a patadas y balazos a los chicos, es porque los transas son muy prolijitos para pagar todos los meses el peaje. Los chicos les pagan con las cosas que robaron o roban y lo venden para pagarles con plata a los transas. A veces hacen delivery también: los transas salen en sus motos y van y se lo dejan en las casas de los changos. Pero bueno, se abusan porque les venden toda la hora y les cobran mucha plata por una mierdita así de cocaína. Por ejemplo, el otro día, un changuito de aquí de la otra cuadra andaba con una tablet que sale como $3000. Ha ido al transa de la vuelta de aquí y el hijo de p…. ese se la ha reconocido por $400 pesos de cocaína. Así les hacen. Y se llenan de plata los transas…sino fíjate que no tenían ni un peso como nosotros y ahora, de la nada, aparecen con dos o tres motos”.

En otras conversaciones de este tipo y en reuniones con madres de jóvenes constantemente hostigados por el accionar policial en el barrio, esta idea se repitió una y otra vez. Son varios los rasgos de esta práctica social que estas entrevistas han revelado. Por una parte, la cuestión de la forma en la que se “dan cuenta” de que en tal o cual lugar venden droga: lo que se ve es la dinámica, el ir y venir de gente (en su gran mayoría jóvenes) que desfila por casas particulares que, de un momento a otro, pasan a tener una gran afluencia de gente en su entrada.

Un segundo aspecto tiene que ver con lo que el vecino/transa debe pagar a la policía para funcionar. En la expresión nativa se le llama “peaje”, que se presenta como condición para la protección policial y “canon” que le permite funcionar. Respecto a las formas de materialización del “peaje”, he notado que no siempre se concreta con un monto en dinero sino que, como señalan activistas y familiares, se hace con una cantidad determinada de cocaína que la policía luego comercializa, por caso, en el interior de las comisarías.

Finalmente, una tercera cuestión que presenta el relato de la vecina es la referida a las formas de pago que los propios jóvenes utilizan para comprar la droga. Aquí, como indiqué, cobran un lugar de relevancia las propias trayectorias delictivas de los jóvenes: la recepción de objetos robados como forma de pago acontece con la frecuencia de lo habitual, lo cotidiano. Es este aspecto, que involucra una trama de relaciones de poder con la policía, lo que permite corroborar que el vínculo no se teje solamente desde la lógica de una sociedad comercial.

Esta relación de complicidad con el delito cometido por jóvenes es lo que permite reconfigurar los sentidos atribuidos al rol de los “transas” en la dinámica de las trayectorias delictivas de jóvenes del barrio. Ya no se trata de un vínculo meramente comercial, como vehículo para el “progreso material” de ambos actores sociales. La complicidad con el delito, como regla para el sostenimiento del negocio, abre un nuevo marco de relaciones con las fuerzas de seguridad.

Este tipo de relaciones no pretenden desconocer la situación de superioridad del policía sobre el “transa”, en la medida en que no solo este último necesita de la venia policial para funcionar, sino además por el hecho de que los “transas” disponen de cosas robadas a sabiendas de la policía, lo cual los sujeta, también, al arbitrio policial. Este sistema de intercambios/coacciones entre “transas” y policías en los robos y hurtos circula en el barrio como una “verdad social”: son hechos de los que se tiene la certeza que ocurren, aunque la policía, por lo general, no detenga ni exponga a los “transas” ante la mirada de sus vecinos, como sí ocurre con los jóvenes.

Otros testimonios revelaron que la policía cumple un rol en el destino de las cosas robadas, lo que actualiza la condición de subordinación también del propio “transa”, ya que no suele disponer de dinero en efectivo y, en muchos casos, posee cosas robadas que luego recirculan bajo la orientación policial. Así, su condición de sujeto de cierta vulnerabilidad frente al policía se reafirma en estas circunstancias. La ubicación de los objetos robados y entregados en forma de pago por los jóvenes interesa en la medida en que se tratan de objetos necesarios para dilucidar los procesos penales que se abren contra aquellos, así como para apaciguar las demandas de los vecinos damnificados por los robos. Esto me llevó a preguntarme: ¿Qué pasa en la gran mayoría de los casos, donde las cosas robadas no aparecen con esa facilidad e ingresan en ese “agujero negro” para nunca más regresar a sus dueños?

He identificado dos tipos de respuestas a esta pregunta. Por una parte, los vecinos afirman “desconocer” qué se hace con las cosas robadas o simplemente aseguran que se venden y es justamente el motivo del repentino crecimiento económico de los vecinos-transas. Por otra, los activistas y familiares afirman que las formas de relación entre la policía y los “transas” posibilita que la policía ejerza control sobre algunas de las actividades de los transas, al permitirles que “negocien” con los vecinos. De esta manera, la devolución del bien robado es una oportunidad para que la policía también “cobre” por ello. Es decir, aseguran que la policía, en diálogo con los damnificados por el robo, “le pone un precio” a las cosas: “Si usted quiere recuperar su celular, por tanto dinero, nosotros se lo podemos conseguir”.

 Esto nos conduce a pensar que el manejo de información/comunicación sobre los delitos cometidos en el barrio y zonas aledañas, es mucho más compleja que la que se pueden derivar de solo cumplir con el mero pago de la “cuota mensual para la policía” o peaje.  Y esto, a su vez, también refuerza la condición de vulnerabilidad del vecino devenido en transa frente a la policía: es esta en muchos casos quien controla el destino final (al ponerle un precio a las cosas robadas) de la práctica social descripta, lo cual coloca nuevamente al vecino-transa en una posición de sujeción frente a esta.

El “peaje”, entonces, puede ser comprendido como la puerta de entrada a un mundo de relaciones que, lejos de afincarse en el mero intercambio comercial, se desplaza hacia el manejo de información sensible que hace al sostenimiento mismo de una determinada “técnica de gobierno” sobre los jóvenes en el barrio. Si la relación económica ubica al “transa” solo como mero eslabón comercial en el barrio, que asegura formas de recaudación clandestina para la policía; la relación de complicidad con la comisión de delitos puede inaugurar una caracterización del transa ya como un “brazo ejecutor auxiliar” de una forma de control y violencia “privada” sobre estos jóvenes.

La reconfiguración del rol del “transa” hace posible ampliar la comprensión de su función como engranaje de un mecanismo de control y violencia social que lo trasciende. Su función no solo podría ser entendida desde la individualidad de un sujeto social de baja condición económica que se inicia en el tráfico minorista de drogas como modo de “progreso material” y forma de “reconocimiento social”, sino que puede pensarse hasta qué punto no es instrumentado por redes más amplias de poder que ubican a distribuidores “narcos” hacia un lado y a fuerzas de seguridad por el otro. En ese sistema de intercambios, también el vecino-transa de El Poli se encuentra sujetado por agentes que ejercen su dominio desde una posición jerárquica.

En esta caracterización de la dinámica del narcomenudeo en el barrio es que puede advertirse su importancia como parte de las condiciones de posibilidad de los incontables procedimientos policiales que hostigan, persiguen y ejecutan todo tipo de formas de violencia sobre los jóvenes. Esto es explicado en la medida en que los “transas” son conscientes de que, a quienes categorizan como “delincuentes” en el barrio, es a los jóvenes que les compran. En cambio, ni los transas ni los policías que participan de actividad delictivas vinculadas a la venta de droga, reciben este adjetivo.

A partir de esta práctica, la actividad policial recoge determinadas demandas vecinales de punitividad hacia los “únicos delincuentes del barrio”, mediante los operativos policiales realizados en sus calles y las detenciones de jóvenes en las comisarías, con lo que logran administrar la demanda de punitividad de la vecindad. Gobernar esa demanda, conteniéndola en límites sostenibles. En esa trama de administrar las demandas de punitividad, la policía logra fortalecer la construcción de un sentido social que los coloca, mayoritariamente, en la posición de “garantes de la paz social”. Finalmente, todo esto hace posible profundizar la caracterización vecinal negativa de los jóvenes y, a partir de ello, afianzar el proceso social de producción de un sujeto juvenil como peligroso/delincuente y, correlativamente, asegurar la opacidad sobre la actividad delictiva de policías y “transas”.