Edición 20

No estás sola, hermana

7 abril, 2019

No estás sola, hermana

Por Alejandra M. Zani.

Si alguien nos preguntara por el primer texto literario escrito por una mujer en la historia de la humanidad, ¿pensaríamos en Mary Shelley, en las hermanas Brontë, o quizás antes, en la poesía de Juana Inés de la Cruz? ¿Qué mujeres estuvieron antes que ellas? Uno de los primeros textos firmados por una mujer en la historia de la literatura data del año 2.300 a.C. Se trata de Exaltación de Inanna, de Enheduanna, hija del rey acadio Sargón I, y jamás nos lo enseñaron en la escuela.

“La consecuencia de no conocer la historia de las mujeres que nos precedieron es que nos sentimos solas”, explica Gabriela Borrelli, periodista, escritora y autora de Océano (Lamás Médula) y Lecturas Feministas (Futurock, 2018), para quien el axioma “no estás sola, hermana” no se trata solo de la compañía sorora ante un agravio, sino también de esa sensación de estar ante una soledad histórica. “Lo que hace el patriarcado es cortar ese pasado para que sientas que lo que te pasa es algo individual y no colectivo”, afirma.

Para Borrelli, cualquier opresión busca a la historia como cómplice, y lo mismo sucede con los movimientos de liberación. “Un ejemplo es el movimiento negro que buscó a esa primera Lilith de la Biblia, que aparece antes que Eva, quien por ser libre, negra y por querer enfrentar a Dios, fue desterrada. Esa búsqueda no es solitaria, sino histórica y colectiva”, expresa la autora de Lecturas Feministas y cuenta que también ella realizó un trabajo de “genealogía lectora” para entender cómo se hizo a sí misma a través de las mujeres a las que leyó. “Es como buscar fotos viejas para ver el rostro de tus abuelos. También nosotras tenemos que reconstruir una identidad”, agrega.

En Argentina, uno de los casos más paradigmáticos de poetisas que no fueron tan apreciadas en su época, es el de Alfonsina Storni, quien durante muchos años fue leída bajo la mirada de un varón: Félix Luna. “Alfonsina rompió las bolas en 1920, las rompió en 1950 y las rompe ahora también”, bromea Borrelli. “Hoy se la sigue leyendo y nunca termina de saciar, siempre rebalsa. Me parece muy poderosa intra-literariamente y extra-literariamente, tanto en la potencia de sus libros como en la de su vida. Yo me baso mucho en la biografía de Josefina Delgado, donde se cuenta que Alfonsina nació en el mar, no en Suiza, y que después elige el mar para suicidarse. Todo eso lo narra una biografía que no se popularizó tanto como lo hizo la de Luna”, sostiene.

Este resurgimiento de la lectura de poetisas como Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik y Norah Lange, entre otras, no es ajeno al fenómeno de popularización que está viviendo el género poético, cuyo número de ventas aumentó considerablemente en los últimos años. Y no solo eso: la poesía se convirtió en uno de los géneros predilectos de las nuevas generaciones de escritorxs que buscan reescribir sus experiencias, sexualidades e identidades a través de la palabra.

Para Borrelli, esto es así porque la poesía está cerca del panfleto o de la canción. “La novela es más burguesa, requiere otro tiempo, no es un género guerrillero de reacción activista, sino que es más reflexivo. La poesía sí tiene esa carga de activar, es de fácil distribución, es un poco más fácil publicarla, se puede abrir un blog”, explica. Aún así, la escritora considera que no es necesario leer para ser feminista. “Para esto, solo hace falta desarrollar una conciencia de género que puede darse en la literatura como en cualquier otro ámbito o situación cotidiana, como la calle”, asegura.

Ilustración por Antonio Castiñeira.

“Un poema de amor escrito en femenino”

“Un poema de amor escrito en femenino / Me digo, mientras lo escribo: / qué manera más snob / de salir del clóset”. ¿Te acordás cuando jugábamos a ser heterosexuales?, fue la pregunta que le hizo la primera chica que le gustó a Daniela Felite, cofundadora de la Justa Poética, slam de poesía oral de Buenos Aires. Años más tarde, así nombró Daniela a su primer poema de amor, escrito para esa compañera del colegio que llegó a ser su primera novia.

Pero a sus quince años, en ese tiempo de primeros noviazgos, Daniela no imaginaba escribir un poema de amor. “Me parecía tonto, muy lejano a mí”, recuerda. Fue recién con el pasar de los años que entendió que eso sucedía porque todos los poemas de amor que había consumido habían sido escritos en masculino. “Cuando a mis veinte años empecé a repensar mi historia y me pregunté por qué me costaba tanto escribir un poema de amor, entendí que siempre había consumido poemas heterosexuales y no sabía cómo producir de otra manera”, explica la poeta.

A eso se refiere Daniela cuando piensa en “un poema de amor escrito en femenino”: a la importancia de volver a leer la historia, tanto personal como colectiva, para ponerle palabras y buscar ahí, en esas “viejas fotos” de la historia de las mujeres, para reconocernos en sus rostros y en sus luchas. “Escribir un poema en femenino significó, para mí, construir una nueva narrativa desde mi propio deseo y desde mi propia sexualidad. Fue como salir del clóset de un modo re snob, tal como lo dice el poema, ¿no?”, comenta.

Para Micaela Szyniak, poeta, gestora cultural, editora de la revista feminista Mi gesto pank y autora de los libros Hago señas de irme (Elemento Disruptivo), Escribo pidiendo ayuda (nulú bonsai) y Mi cuerpo es un tributo (Trench), hablar sobre su sexualidad con su familia no siempre fue algo relajado. Por ese motivo, incluso llegó a irse de su casa.

“Empecé a escribir poesía en un taller literario a mis diecisiete años o por ahí. Me acuerdo de leer a Inés Acevedo, que hoy transicionó a I Acevedo, y de comentar por primera vez, abiertamente y en grupo, que me gustaban las chicas con cierta seriedad”, cuenta.

 

“Ellas esperan que yo las lleve a un orgasmo

No, no se trata de acabar

Ellas esperan que yo ilustre

“Esto es el sexo entre mujeres”, y yo

Estoy siempre tan perdida como ellas”

(Fragmento de un poema del libro Escribo pidiendo ayuda).

 

“Cuando me separé de mi pareja actual, por un lapso de tiempo, me enamoré álgidamente de una chica que salía con un chico. En un encuentro, recuerdo que me mostró fotos con su novio. Yo me puse mal, la abracé y lloré, y ella me acompañó hasta la puerta de casa. Cuando cerré la puerta sentí que algo se cortó, que yo estaba para otra cosa”, explica Micaela.

“En algún sentido, pienso que la poesía hizo que ella se enamore de mí. Pero también pienso que a mí me permitió decidir que no quería seguir en un vínculo que no me estaba haciendo bien”, concluye. Hoy, la autora de Escribo pidiendo ayuda afirma que haber hablado de su orientación sexual en el ambiente de la poesía, profesionalizándose y adentrándose en el mismo como una trabajadora y creadora en el espacio, hizo que dejara de sentirse en conflicto con esa parte de su identidad.