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Carnaval, cumbia y conurbano: Una nena muy blanca, de Mariana Komiseroff

28 mayo, 2019

Carnaval, cumbia y conurbano: Una nena muy blanca, de Mariana Komiseroff

Por Alejandra M. Zani.

François Rabelais (Francia, 1494-1553) escribió las aventuras de Gargantúa y Pantagruel en el siglo XVI. Cómo podría saber entonces que, siglos más tarde, sus libros serían tomados por uno de los más reconocidos críticos literarios de la ex Unión Soviética en un contexto completamente diferente y con una serie de propósitos que escapaban los márgenes de la literatura.

De Rabelais surgió La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, la obra más nombrada de Mijaíl Bajtín (Rusia, 1895-1975). En este libro, el autor reconstruye la principal festividad medieval, el carnaval, al mismo tiempo que elabora una serie de hipótesis sobre las prácticas culturales populares en la Edad Media. “Una verdadera enciclopedia de la cultura popular”, escribe el filósofo ruso, que encuentra en la obra de Rabelais una ventana necesaria para arrojarse a escribir. Amén de las críticas, hay un triunfo que le es innegable a Bajtín: él logra poner al libro en el lugar de un punto de partida. Y a la lectura, en el lugar de la creación.

Del carnaval a la cumbia, de la Edad Media al presente del conurbano. Algo similar me ocurrió, guardando distancias espacio-temporales y otras salvedades, al leer Una nena muy blanca (Emecé, 2018), la segunda novela de la directora, crítica de teatro y escritora Mariana Komiseroff (Don Torcuato, 1984), protagonizada por tres mujeres que viven en un barrio de la provincia de Buenos Aires marcado por la pobreza.

“No escribo pensando en que mis libros sean testimonio de una época, son ficciones, pero tal vez sí aportan un conocimiento doméstico, chiquito, del día a día y del esfuerzo que implica para las mujeres sobrevivir en ciertos contextos”, cuenta la autora a Subida de Línea. Entonces, ¿qué implica tomar a Una nena muy blanca como punto de partida?

Primero, realizar un ejercicio de posicionamiento de la mirada. “Lo que a mí me interesa son las jerarquías que se arman adentro de una misma clase social, esos espacios de poder que se van construyendo y cómo se ejerce ese poder en los vínculos”, cuenta Komiseroff. “No es lo mismo trabajar en un restaurante adentro de un cantri que en uno de afuera, trabajar de camarera que de recepcionista, como no es lo mismo tomarse tres bondis que uno solo para ir a trabajar”.

Después, un ojo atento. Nada que no se sepa: las escritoras del conurbano siempre estuvieron allí. “Lo que sí es reciente es que empezamos a ser publicadas”, explica la autora, y añade que para ellas, ese fue un trabajo extra. “La mayoría de nosotras tuvo que hacerse camino viajando a Buenos Aires, buscar talleres allá porque acá no hay oferta. Yo, deliberadamente, hice mi carrera profesional así, juntando las monedas para el bondi. Y eso sin pensar que hay escritoras que no tienen la posibilidad de viajar a Capital para formarse o que si tenés que volver tarde en bondi y sos mujer, sobrevivís menos, y si tenés hijes, como es mi caso, tenés que planificar una salida de tantas horas a Capital”.

Y al final del día, como anticipando la última página de un gran libro, llega el carnaval. “Cuando pienso en el conurbano, pienso en el Termidor y la Manaos. Pienso en la cumbia”, describe Komiseroff. No es casual que Una nena muy blanca esté atravesado por algunas de estas escenas. Un cumpleaños sorpresa, la música bien fuerte para que la escuche todo el barrio, y una sentencia final: “Algo hay que festejar en esta casa”. Y sigue: “Mi hermana me pone una cerveza en la mano. La cumbia empieza a sonar con todo y tapa las voces. Pibe cantina de qué te la das, si sos un laucha, borracho y haragán. Las chicas del barrio te gritan al pasar, dale guachín sacanos a pasear. La Ely Baila”.

Ilustración: Antonio Castiñeira.

Hay algo que nos interpela en este historia: su cotidianidad, su cercanía, la familiaridad de sus contextos. Un punto de partida verosímil. Una vez, en la casa de unas viejas amigas que después dejarían de serlo, cuenta la autora, pusieron cumbia. “La que ahora todo el mundo baila pero que siempre alguien se encarga de criticar. Ellas dijeron qué triste esta música y les contesté que si no podían entender que en otros contextos lo único que no es triste es la cumbia, que entonces no entienden nada”. Porque para Komiseroff, la cumbia es un mecanismo de subsistencia. “A mí, que la revolución me encuentre bailando”.

Ya no hace falta esperar a las lecturas lejanas de los siglos venideros. Hoy, quien quiere enterarse, se entera. Los tiempos son más inmediatos y las distancias son… ¿más cortas? Un subte, un tren, un bondi, o si se tiene suerte, un aventón amigo, y así a diario: del conurbano a capital y/o viceversa. Aún así, en el siglo de lo inmediato y de lo urgente, los libros siguen sirviendo de puentes. Quizás ya no hacia lo desconocido. Pero sí, hacia esos otros modos -de vida, de prácticas, de vínculos- posibles. Hacia esos nuevos ejercicios pulsionales que nos obligan a cambiar la unidireccionalidad de nuestra mirada.

El resto es ficción.