Columna Política

El palacio y la calle del libro

28 mayo, 2019

El palacio y la calle del libro

Por Ignacio Ratier.

La Feria del Libro es un espacio en el que pueden leerse ciertas asimetrías de la vida social. Como la política, tiene su palacio y tiene su calle; sus hombres y mujeres de a pie, y sus sujetos de poder. Argentina, un país donde el poder se concentra y la producción se centraliza. Este año, con el condimento especial de ser electoral, la novedad fue la presentación masiva de Sinceramente, el best seller de Cristina. Hecho político, cultural y/o literario, que cada uno le ponga el nombre que quiera. Y se repitieron clásicos recientes del evento, como las muestras de desprecio a Pablo Avelluto y sus políticas de desprecio. Este set coyuntural despertó resquemor en la prensa conservadora. Subida de Línea recorrió el lugar para analizar y contar todo esto.

El ruido y la furia

Con un gesto de furia e indignación, el periodista Pablo Gianera tituló en La Nación: La Feria del Libro rompió la palabra y fue tribuna política. Lanzó su grito, paradójicamente, desde la tribuna de doctrina. Su queja se debe al ninguneo, como se dice en la tele, recibido por Pablo Avelluto, acto al que el autor de la nota califica de fascista. Lo último que debemos hacer es tildar de ingenua esta reacción. ¿Por qué? Muy simple, el mensaje está dirigido a los portadores de una tradición que conserva a los lugares de la Palabra, con P mayúscula, en una cajita de cristal: para este público, el capullo de sacralidad que recubre zonas selectas de la vida social, como el campo literario, no debería ser profanado por las masas politizadas, los escribas de pancartas y portavoces de la protesta. Gianera apela a la indignación de ese grupo con el que puede establecer un piso de entendimiento.

La Feria del Libro siempre fue tribuna política y las gradas que circundan la emblemática leyenda “cultivar el suelo es servir a la patria”, en La Rural, así lo sugieren. Como un guiño, sin querer queriendo. Pero ésta tribuna, la de la Feria, no es cualquier tribuna, sino una como la de esos partidos mundialistas en los que conviven banderas, colores y fervores. Como cualquier monstruo de semejante magnitud, es imposible controlar y eso exaspera.

La Feria es el lugar en el que Pilar Rahola, una –mala, pésima- narradora foránea de nuestra realidad, hace política y cuenta lo terrible que es que una ex presidenta haga política ahí. Ustedes, que me dan –nos dan- un lugar para bajar línea, por qué les dan el suyo a ellos, que son el Mal, parece decir el subtexto de Rahola. Como alguien que exige la naturalización de una forma de ver el mundo para que de una buena vez deje ser una mirada política más y sea la Verdad.

Sin embargo, entre autores, editores independientes y de grandes firmas, público especializado y el resto de los agentes que aportan oxígeno a estos eventos, la conciencia de la coyuntura es fuerte. La industria del libro enseña números complicados, con indicadores preocupantes. La crisis es incuestionable, dice Gianera. Los grandes conglomerados que forzaron la internacionalización del mercado, desde hace poco más de dos décadas en nuestro país, siguen absorbiendo sellos, y las políticas del sector empujaron -de la mano del estado general de la economía- un alza de precios que asfixia la bibliodiversidad: es decir, la producción de libros que no se guían por el principio sagrado de la mercadotecnia.

Ante ese panorama, es de suponer que Pablo Avelluto, la víctima en la historia del periodista de La Nación, no espere loas ni vitoreos. Ofrendar su presencia en cada apertura del evento, lo sabe con anticipación, es pasar una temporada en el infierno. Si a eso le sumamos la inyección económica que significó para las librerías y kioscos de diarios y revistas la publicación de Sinceramente, y la cadena nacional improvisada el día de su presentación, en territorio adverso pero clima ideal, imaginamos que al secretario de Cultura de la Nación no le hizo mucha gracia.

Ilustración: Antonio Castiñeira.

El monstruo por dentro

Desconozco cuánto tiempo ha pasado desde que se ha pensado la base estructural de la distribución de los stands en la Feria de Libro. Pero al menos desde hace tres años, las provincias, ciertos organismos públicos y de la sociedad civil, firmas grandes y no tan grandes, y otras coaliciones de editoriales chicas y medianas son localizables más o menos en los mismos lugares. Hay un mapa del tesoro y los conocedores del territorio tienen noción de dónde encontrar su cofre personal.

Mapa y territorio se parecen, hay una proporcionalidad en la representación que, a su vez, garantiza la gobernabilidad de los que se llevan las mejores porciones de la torta. Los espacios asignados a los distintos actores se parecen mucho al lugar que éstos tienen en el mercado y a la consideración que el Estado tiene por cada uno de ellos: cuando legisla el sector, subsidia, abre importaciones y reparte pauta. Clarín, por ejemplo tiene un espacio propio en el que una familia más o menos acomodada bien podría celebrar el casamiento de uno de sus hijxs o un cumpleaños de quince.

Asimismo, del otro lado de la moneda están los stands en los que editoriales independientes, que apuestan a la calidad de sus catálogos, resisten en el hermetismo de sus ubicaciones, agazapadas en escuetos rincones de pabellones que se parecen al patio, como en la serie El Marginal. Tolderías de buena literatura que, a fuerza del magnetismo que generan con los lectores de su nicho y enérgicas publicaciones en Instagram, disparan todas las balas posibles durante las semanas que dura la Feria.

La Feria del Libro es un monstruo incontrolable, un cotolengo heteroglósico plagado de asimetrías en el que se cifran algunas pautas que organizan la realidad social en general. Las voces de los bien comidos suenan más fuertes, pero las otras también vibran, y el resultado de ese raid enloquecedor es un ruido del que no es fácil extraer algo coherente.  Tal es así que uno se encuentra con la presentación de un libro de historia provincial, que se superpone con las desventuras gramaticales del presidente de Boca Juniors, que habla en el stand del frente. La gente se atropella y a veces frena. Hay eventos por doquier, organizados por habilidosos gestores que, transformados en pulpos, rescatan puñados de personas a las que sientan en sus actividades un poco a la fuerza y otro poco por haber motivado en ellas alguna inquietud. El público escucha presentaciones obligadas a la brevedad, como si fuera un festival de cortometrajes. Porque, en ese contexto, alargar es arriesgarse al abucheo simbólico de la audiencia que se retira en fila. Presentar un libro en la Feria es una actividad de alto riesgo.

Quizás las salas destinadas al uso de autores consagrados, otros en ascenso, y a presentaciones movilizadas por actores con poder de presión en la mesa que decide quién, cuándo y dónde, sean los espacios de libertad del hecho, oasis donde la escucha es posible. Otra vez una cuestión de privilegios, un embudo al que no llega cualquiera. La tribuna política que denuncia Gianera en su texto recibe gustosa a las Hinchadas Unidas de Argentina. Largas colas para besar los pies de personajes tan antitéticos entre sí como Kicillof y Espert. O a Fernández Díaz, que convoca más que Betty Sarlo, dato que no puede ser obviado. Para desgracia de Gianera, política -aunque se haga desde una tribuna- y palabra son tan inseparables como Carrió y el erario público. A favor del periodista, es cierto que en la Feria la palabra se rompe. Cuando el ruido o Angelici obstruyen el mensaje.

¿Qué ves cuando me ves?

Ya hemos hablado de la concentración del campo editorial y la voracidad de las corporaciones extranjeras. El libro, como decía Bourdieu, en su doble faz de mercancía y significación, se produce en esta tensión: se apuesta más o menos por la calidad y más o menos por la búsqueda de rentabilidad. Es decir, los editores son variablemente comerciales en sus decisiones. En un contexto de alta concentración sucede que lo comercial avasalla la búsqueda de la calidad literaria, término, éste último, que debe discutirse. Se menosprecia lo simbólico y, paradójicamente, los costos simbólicos de esto son nocivos. Así es como la aparición de editoriales que componen un circuito alternativo y, también, altamente heterogéneo, ha sido una señal positiva de estos años.

Sin embargo, ya se ha dicho antes, la presencia de este circuito alternativo en la Feria del Libro está atravesada por las asimetrías propias del mercado. Las diferencias en la distribución del espacio y en las estructuras y presentaciones de los stands no son las únicas. Existen otras, de carácter geográfico, que ilustran la centralización de la producción editorial. Corporaciones que atienden donde atiende Dios: Buenos Aires. Pero también el desarrollo, o boom, de un circuito independiente, sobre todo después del 2001, al que muchas veces se le ha puesto la etiqueta de nacional cuando en realidad se dio en la capital del país.

Un estudio de casos a nivel sub-nacional, que nos abra la posibilidad de caracterizar estos campos con un detallado conocimiento de sus agentes, sellos, producciones, intercambios, redes de sociabilidad, formas de financiamiento y más, puede ayudarnos a caracterizar las particularidades de estos procesos. En este sentido, la Feria puede ofrecer pistas al respecto.

Una primera aproximación surge de visitar los stands de las provincias. Un paneo por sus ofertas, presentaciones y protocolos. Sucede con los casos de Santa Fe y Córdoba, que en sus ofertas tienen una amplia variedad de libros publicados por editoriales universitarias e independientes. Escritores de culto, voces emergentes y producciones académicas de estas provincias a disposición del lector. Ahora bien, ¿puede esto brindarnos una imagen falsa? La respuesta es sí, puede.

¿Por qué? La bibliodiversidad es reforzada por el conjunto de proyectos editoriales independientes, incluidas las ediciones universitarias y las estatales. Pero puede suceder, como en los casos de los stands santiagueño y tucumano, que la diversidad de los campos editoriales no esté representada de manera proporcional. El visitante promedio, al ver la oferta, no puede imaginar ni por asomo qué es lo que sucede en ambas provincias.

Si bien en el stand tucumano podía encontrarse, en la edición de este año, una rica producción universitaria, poco había del boom de pequeñas editoriales nacidas en plena retirada kirchnerista, allá por el 2015. Algunos de los protagonistas de estos proyectos cuentan que la experiencia santiagueña fue inspiradora de algunos de ellos. En ese sentido, en Santiago, desde 2009, nacen a cuentagotas experiencias que persisten y otras que no, pero que se ocuparon de dar lugar a nuevas voces, estéticas y temas. Se han formado, estos años, pequeños catálogos que circulan en eventos independientes y alguna que otra librería. Pero eso no se ve con nitidez en el stand que la provincia arma cada año, donde la oferta es reducida a la producción de la sub-secretaría de Cultura y de la Fundación Cultural, una de las instituciones de referencia del campo editorial santiagueño. Al final de cuentas, la Feria es tribuna política y también es puesta en escena de identidad.

Es cierto que se realizan convocatorias y los autores locales tienen la posibilidad abierta de presentar sus libros sin distinción o discriminación de ningún tipo, pero todavía los visitantes están lejos de hacerse una idea de lo que ha sucedido en la provincia en la última década, sin intención de sobredimensionar esto último. Todavía hacen falta estudios para comprender los años recientes. Y falta decisión política para contarles a los demás que somos más que chacarera, Di Lullo y la historia de la Ciudad del Barco que no fuimos.