Crónicas Edición 21 Santiago del Estero

Hacer ciencia en Santiago en épocas de crisis

28 mayo, 2019

Hacer ciencia en Santiago en épocas de crisis

Por Ramiro Llanos Paz.

En la Argentina, Los mitos y los prejuicios sobre lo que es hacer ciencia se reproducen hace algún tiempo con una carga altamente negativa. La coyuntura política y social posibilita que desde algunos sectores se refuercen aquellos no tan viejos preconceptos. Haciendo caso al sistema científico en general, pero centrándonos en casos con nombres propios, quisimos hablar en esta nota de lo que es hacer ciencia en Santiago del Estero, qué virtudes, qué dificultades y qué características particulares describen nuestro contexto. Una socióloga, un químico y una biotecnóloga nos ayudan a reflexionar sobre la actividad del investigador y las características peculiares según el lugar y la coyuntura en la que vivimos.

Para ello entrevistamos a tres investigadores que viven y trabajan en Santiago del Estero, y les preguntamos sobre su recorrido en esta actividad: inicios, perfeccionamiento y las particularidades de cada área.

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El sistema científico argentino posee uno de los organismos estatales más reconocidos en el mundo, CONICET, como así se estableciera el mes pasado cuando se divulgó un listado que lo posicionaba como uno de los mejores del mundo y la mejor institución gubernamental de Latinoamérica, teniendo en cuenta dimensiones diversas que hacen a la calidad y divulgación de conocimiento.

Una socióloga (Celeste Schnyder), un químico (Esteban Ithurralde) y una biotecnóloga (Guadalupe Barrionuevo) de Santiago tienen una característica en común: el haber pertenecido a ese organismo y haber experimentado sus primeros pasos en la investigación con una beca doctoral, aunque hoy el contexto no es no igual al que ellos y ellas vivieron cuando concursaron en esas convocatorias.

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Celeste es Licenciada en Sociología por la UNSE, Doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Nacional de Rosario, instancia que pudo realizar con una beca CONICET. Fue docente en la UCSE y actualmente es profesora en la licenciatura de Trabajo social, en la UNSE. Y es investigadora del CONICET con lugar de trabajo en el INDES, donde coordina un equipo de investigación en la línea de estudios sociojurídicos en derechos humanos y su línea de trabajo se refiere a violencias estatales y seguridad democrática.

Empezó a pensar en la investigación en el marco de una materia que se denomina Seminario de Integración I en la carrera de sociología, donde la consigna era presentar un proyecto de investigación para aprobar la materia, y eso, de alguna manera, la forzó, dice, a investigar qué se hacía en el ámbito de la facultad en ese tema, cuáles eran los proyectos vigentes, indagar los institutos que había; todo esto a mediados y fines de los 90s. Así llega a un instituto que se llama IIRGe, que aborda básicamente el envejecimiento. Ahí toma contacto y se integra formalmente como estudiante a un proyecto de investigación, así empieza a familiarizarse con la lógica, con la producción académica, la importancia de las lecturas que se pueden hacer por el cursado, descubriendo un área de interés, la importancia además de participar de eventos científicos. Fue descubriendo, dice, la importancia de ir construyendo vínculos con colegas de otros ámbitos, de otras universidades. Y reconoce que su primer acercamiento a la investigación ha sido un poco por impulso de los docentes de ese taller de tesis, y también la apertura de ese instituto y de su directora de sumarla a un equipo, sin  tener experiencia. Y así fue descubriendo y construyendo esas habilidades que le servirían para lo que después sería una carrera de investigadora, que en ese momento ya distinguía que era lo que le gustaba.

Estuvo ahí tres años hasta que se sumó al equipo de María Isabel Silveti, profesora de la carrera y parte de una red de estudios electorales de la UBA, en el instituto Gino Germani, para el que Santiago, por el momento histórico que pasaba –principios de los 2000-, era foco de atención. En ese momento abren una convocatoria para participar de un relevamiento del proceso eleccionario –una etnografía en diferentes escuelas-. Participa y se engancha con los temas vinculados a lo político, al poder, y se suma al equipo de Silveti, donde ha estado por lo menos 15 años. Celeste sostiene que ahí fue donde profundizó la experiencia en el funcionamiento de equipos de investigación, sobre todo la gestión y otras actividades asociadas.

Y cuando le preguntamos si alguna vez pensó hacer investigación por fuera del estado, ella dice que no, que no pensó en hacerlo en otro lado que no sea la universidad, básicamente por los temas que trataba dentro de las ciencias sociales. No le parecía que pudiera tener cabida en otra parte, y todavía no tenía una claridad de que en CONICET se podía hacer una carrera científica independiente de lo que hacía en la universidad. Pero en general no era una posibilidad hacer investigación por afuera del estado, sea el organismo que sea. Porque, inclusive, una vez terminada su beca doctoral estaba buscando otras alternativas, sabía que en algunas áreas del estado, por ejemplo, en el Ministerio de Salud, había unas becas que se llamaban Salud Investiga, pero que era también de repartición estatal.

En relación a la elección de su profesión dice:

       “Creo que también es una forma de activismo. Cuando me pongo a indagar más en lo político, en la lectura sobre la construcción de poder, estaba  relacionado con lo que era el contexto político social de Santiago en ese momento, que a ojo de una estudiante que no tenía participación en ningún ámbito político, comunitario, me resultaba muy llamativo pese a las críticas que pesaban sobre el juarismo en ese momento. Y me llamaba mucho la atención el apoyo popular que ese gobierno ha tenido y que le permitió estar en el poder durante mucho tiempo. Y desde la investigación entender esto, además de darle entidad, visibilidad, a temas que de otras formas quedaban normalizadas. Ahí encontré mi lugar para comprometerme con la época que le toca a cada uno”.

Ilustración: Antonio Castiñeira.

Esteban, en cambio, es Licenciado en Química, recibido en la UBA en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, y doctorado en la misma universidad en el área de Química Biológica. Aunque es bonaerense, desde algunos años vive y trabaja en Santiago del Estero (y visita Santiago desde hace mucho años más).

Cuenta que en su facultad en la UBA ya había una tradición en investigación bastante amplia, que no era ajena a los alumnos y alumnas de grado. El 65% de los profesores son de dedicación exclusiva y de ese porcentaje son muy pocos lo que no pertenecen a CONICET,; en química el 95% de los profesores pertenecía a este organismo, lo que significa básicamente que hay una práctica en la investigación sobre todo en la repartición estatal.

Así también reconoce que había profesores que trabajaban en el sector privado industrial y en cargos altos de gestión, que ofrecían un visión distinta, muy útil, aunque eran menos. Le parece importante, dice, que haya más profesores del sector privado, en empleos técnicos de alto nivel, que muestren ciertas complejidades que hay en el sector privado. O del sector público, pero del área de producción y no académica. Por ejemplo,  alguien que trabaje en control de calidad de una marca como Quilmes, que produce millones y millones de litros de cerveza, implica una complejidad distinta que no ve en el sector académico. O llevado a otra área, por ejemplo, la sociología, en tener un profesor de demografía, que sea uno de los coordinadores del censo nacional, quien es el que hace las preguntas, crea cuáles son los radios censales, análisis, procesamiento, etc. Es tener a alguien que está construyendo en el territorio desde la gestión. Desde ahí se ofrece una mirada distinta de lo que es la profesión.

En general, era una facultad que tenía mucha presencia en investigación, mayoritariamente, incluso era mucho más difícil llegar, por ejemplo, a ser profesor adjunto regular que investigador CONICET, dice Esteban.

Él trabajaba en un instituto asociado al departamento de Química-Física de los materiales, Medio ambiente y Energía, que estaba asociado al Departamento de Química Inorgánica, Analítica y Química-Física, pero la carrera se cursaba en el Departamento de Química Biológica, y admite que eso era raro para la facultad y generaba muchas trabas burocráticas, porque a los departamentos les gusta que se haga todo adentro del departamento.

Lo bueno de la facultad es que tiene muchos equipos de investigación. Y el equipo en el que él trabajaba contaba con un dinero importante subsidios internacionales (esto entre  2010 y 2016). Y era un instituto muy bien manejado administrativamente, la dirección hizo una buena gestión, y además tenía una buena cantidad de administrativos y técnicos, que garantizaban ciertos servicios, cosa que en otros departamentos no pasa. Y lo otro bueno era que la UBA,  con sus restricciones, otorga subsidios de investigación bien considerados.

Y dice que si comparamos esto con la Universidad Nacional de Santiago del Estero, que comparada a otras universidades de este tamaño, ofrece buenos subsidios, no es irrisorio. Hay otras universidades que dan mucho menos. Pero un problema es la baja generalizada de los subsidios. El momento de compra real era mucho mayor hace 20 años; obviamente para muchísima menos gente en el sistema, mucho menos becarios, casi nula entrada de investigadores al sistema. Menos gente pero más dinero para trabajar. Lo que demuestra que el sistema se amplió en pago de sueldos, pero no se amplió igualitariamente en compra de equipamiento, por ejemplo. Lo que sí creo que se hizo es una ampliación significativa de infraestructura, dice. Pero tampoco es que se triplicó como la cantidad de investigadores y becarios, con lo cual, esas área siguen desfasadas.

Guadalupe es Licenciada en Biotecnología y Doctora en Bioquímica, ambas instancias realizadas en la Universidad Nacional de  Tucumán. Su beca CONICET postdoctoral la realizó en el antiguo Centro de Investigación y Transferencia de Santiago del Estero, sobre epigenética y reproducción. Actualmente, se desempeña como divulgadora científica en Radio Universidad, en Santiago del Estero, y trabaja en la Facultad de Ciencia Médicas como JTP en la materia Citología, Histología y Embriología. Su área de incumbencia fue, en su beca doctoral, en desarrollo embrionario. Luego, con la beca postdoc, trabajó con unos marcadores epigenéticos para la determinación de la viabilidad ovocitaria. Y  evaluar si esos óvulos de vaca tenían una buena condición para ser fecundados y atravesar un desarrollo embrionario temprano para después poder hacer una transferencia de embriones y conseguir la preñez de la vaca.

Asegura que siempre se vio en un laboratorio haciendo experimentos, no puede identificar bien en qué momento de la infancia, quizá la relación con su madre que, de alguna manera, estaba vinculada con la ciencia, con los animales venenosos. Incluso el primer contacto con papers, lo tuvo de chica, por ella. A partir de ahí ese mundo le empieza a resultar peculiar y llamativo. Después, ya en la facultad, comenzó a acercarse a los laboratorios, para hacer su tesina de grado. Allí conoció a un profesor que le cuenta lo que hacía, trabajaba con animales, células eucariotas, sobre todo a nivel de experimentos funcionales, genéticos; entró a su grupo a trabajar un par de meses. Al  año siguiente, en el 2009, entró de lleno a trabajar su tesis.

Así empieza a conocer el proceso, la investigación, CONICET, la agencia y todos los organismos vinculados, que en ese momento financiaban la ciencia.

Y dice:

     “Y creo que había cierto auge, empezábamos a escuchar sobre CONICET en la televisión y eso también ha colaborado a mi decisión de hacer el doctorado, no sé, los discursos de la presidenta que inauguraba laboratorios, que siempre estaban los y las científicas presentes. Y creo que fue más o menos por ahí, me resulta sumamente interesante poder, sobre un tema, hacer preguntas y cuestionarlo y después ver de qué forma se podía responder a esas preguntas, diseñar el experimento, y ver lo que había en la teoría, entonces no era algo rutinario, sino que te podías encontrar con sorpresas y cambiar el rumbo de lo que tenías pensado”.

Entonces presentó, junto a su director, su postulación a beca, aunque reconoce que con muy pocas esperanzas, porque no había podido presentar ninguno de sus resultados todavía, y tenía pocos antecedentes. En diciembre, finalmente, le comunican que había quedado. Significaba un montón, dice; por un lado hacer ciencia por cinco años más y, por otro lado, independizarse económicamente, lo que era muy importante, decirles a sus padres que la habían bancado todos esos años, para que estudie en Tucumán, que ya no hacía falta que le manden plata.

Y sostiene que no pensaba en hacer ciencia en otro lado, su visión en ese momento era muy nacional, “estaba enamorada de mi país, del modelo político que se había propuesto. Entonces podía hacer ciencia donde estaba, tenía mi sueldo, los subsidios llegaban, teníamos los reactivos necesarios para experimentar”, dice Guadalupe.

El contexto Santiagueño

Celeste dice que las dificultades, sobre todo en ese momento, venían de la distancia de nuestra provincia de los grandes centros donde se toman las decisiones, porque a fines de los 90 y principios de los 2000,  cuando todavía no estaba masificado el acceso a internet, y además era bastante caro, todo era más complicado. Cuando decide postularse no había investigadores CONICET que trabajen la línea que ella quería investigar, en ese entonces su directora de aquí (Santiago) optó, dice Celeste, por recurrir a su red de relaciones hasta dar con un investigador de peso de Rosario. Se contactó y le comentó lo que quería investigar, un tema candente en ese momento, que tenía que ver con el Juarismo, la hegemonía, y formas de salir de ese sistema político. Y él, por su formación en Ciencia Política, se interesó y la acompañó en la postulación.

Recuerda que en ese momento todo era más a pulmón, sin muchos de los recursos hoy disponibles, en función de acceso a la información, contactos, comunicación, etc.

A partir de ahí empieza a participar de esa red de estudios electorales que realizaba la UBA, que se hacía anualmente. Vio las diferencias con personas que estaban en misma condición de estudiante, la diferencia que había, por ejemplo, con el acceso a la información y las posibilidades de formación, tan necesarias para poder llevar a cabo una carrera de investigador. Allí se interiorizó más acerca de las becas CONICET, que no eran muchas y no estaban muy bien pagadas, pero eran una opción que significaba poder dedicarse profesionalmente a esta actividad. Y como había estado bastante atenta, desde tercer año ya, haciendo antecedentes y demás, cuando se decidió presentar en 2005 fue con éxito.

Celeste considera que hacer Ciencias Sociales en Santiago es un tema complejo, particularmente por la distancia de los grandes centros políticos, del pensamiento, de la circulación de las posibilidades, de los financiamientos, de las relaciones de los vínculos, tan importantes en esta actividad. Si bien el avance de internet y redes sociales ha achicado algunas brechas, todavía hay una distancia que es obstaculizante, dice. Y no sabe si es la distancia o cómo se vive la inmediatez. Por ejemplo, hay información de convocatorias de financiamiento de proyectos y becas que llegan un poco tarde.

La otra cuestión que Celeste reconoce es que estamos en un proceso de crecimiento de las Ciencias Sociales, en el sentido de la formación de masa crítica producto de las políticas universitarias y científicas impulsadas por el kirchnerismo. Estamos en un proceso de crecimiento y nos falta, ella cree, una generación que nos guíe en estos procesos, sobre todo en el cómo hacer y cómo gestionar ciertas cosas. No es solo la producción de conocimiento, sino para que eso sea posible es necesario trabajar fuerte, buscar los financiamientos, saber gestionar procesos complejos como la coordinación de equipos interdisciplinarios. Y eso lo plantea como una desventaja aquí en Santiago, en comparación con otros centros, por la falta de investigadores que vayan abriendo el camino. No quiere sugerir que no haya investigadores pioneros en Santiago que hayan producido conocimiento muy valioso, a lo que se refiere es, dice, que las discontinuidades de las políticas científicas, universitarias, en términos de perfeccionamiento y formación de los recursos, se nota.

Las distancias geográficas también significan una dificultad presupuestaria para poder trasladarse, una limitación muy fuerte por la que muchas veces nos perdemos ciertos eventos científicos, culturales, académicos que se realizan en lugares alejados.

 

Esteban y su llegada a Santiago del Estero

Esteban cuenta que ha venido mucho a Santiago a participar con un colectivo de militancia, que nosotros lo conocemos bastante, el Movimiento Campesino de Santiago del Estero – Vía Campesina. Mientras hacía el doctorado, hizo trabajos de asesoría técnica para el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires, para redactar diseños curriculares y cuestiones de  capacitación y demás. Luego quiso seguir trabajando en el mismo sentido, por eso pidió su beca posdoctoral en esa materia.

La realidad en Santiago es muy diferente, dice, por varias razones. En lo que respecta a su área de formación, que es la Química, la primera diferencia fundamental es no estar cerca de la aduana. O sea, no poder ir para agilizar ciertos problema de importación; muchas cosas se traban en la aduana. Y eso tiene consecuencias. Por ejemplo, no poder traer una sustancia química para hacer un experimento clave para darle continuidad a una investigación. Porque, en general, no se producen aquí, sino en Estados Unidos, en Europa y crecientemente en China. Lo mismo sucede con los equipamientos, puede pasar que un equipo que cuesta cientos de miles de dólares se quede dormido en la aduana hasta que logran retirarlo. Incluso pasa con los proveedores, que compran afuera y no stockean aquí (en Santiago del Estero), están en Buenos Aires, con suerte en Tucumán, y si son cosas muy sensibles hay que ir y traerlas. Ahí ya hay un retraso importante.

Otra de las cuestiones que este investigador sostiene como desventaja, es que, comparativamente, la UBA ofrecía –aunque pocas- becas doctorales y posdoctorales, lo que no es menor. Y que pagan más. Entonces mucha gente que antes buscaba una beca CONICET, busca una beca UBA, en la que pagan mucho más. Y eso aquí no pasa, antes la UNSE daba –pocas pero las daba- y ahora ya no más.

En lo que respecta al sector privado, la industria química es mucho menor. Se reduce a la industria alimentaria, la Secco, la ceramiquera y estaba la planta de Bio Diesel en Frías, pero cerró. En Tucumán hay más, pero la industria de producción de cosas nuevas está en Buenos Aires y, en menor medida, Rosario y Córdoba.

Sobre la valoración en formación en el sector privado dice: “en general, esto sí en todos lados, no se reconoce como un plus que se haya hecho un doctorado. Salvo que sea muy específico con lo que están buscando, o te lo reconocen como si estuviste esos cinco años aprendiendo lo que podrías haber aprendido en la industria, pero nada más. Excepciones como YPF, que valora el doctorado, es más, ha convocado bastante”.

Aunque reconoce una ventaja en este sector –el industrial-, la virtud de que se termina tu horario laboral y te vas, no como en el académico, que está todo el día pensando en horarios que no te pagan, fines de semana que uno se la pasa corrigiendo, o justo toca la revisión de un trabajo y hay que encerrarse a escribir.

Investigación privada

En lo que respecta a la investigación por fuera de los organismos estatales, Esteban nos dice que hay poca, pero hay, por ejemplo, en farmacéutica, que no es que fabrican productos nuevos, pero sí testean alguno que ya está patentado para nuevos usos, entonces lo que pueden hacer es patentar el nuevo uso sin hacer tantos experimentos. Esos ensayos clínicos son mucho más baratos.

Otro desarrollo que se hace en Argentina es cuando determinada empresa tiene patentado cierto fármaco y, además, su ruta sintética, es decir, la forma de producirlo. Si se encuentra otra forma de producirlo puede dejar de pagar la patente de la ruta sintética, entonces se intenta eso y se puede lograr la patente de la cuestión de vender una molécula para un fin que ya la patentó otra empresa.

Esa industria, reducida en Santiago, es lo que dicen básicamente las investigaciones económicas y sociológicas sobre la provincia, es un estado cuya estructura productiva está basada fundamentalmente en las transferencias del estado nacional, a lo sumo en el agro, que es la parte olvidada de Santiago, un patio que no se mira, pero que es lo que más produce. Con una producción extractiva, terrible para el medio ambiente y la salud de las poblaciones.

Guadalupe considera que hacer ciencia en Santiago se masificó a partir de 2012 cuando se creó el Centro de Investigación y Transferencia, producto de las políticas de federalización de la ciencia en ese momento. Esto permitió que se masifique esta actividad, ya que había muy pocos grupos del área de ciencias naturales y exactas, químicas aquí en Santiago y los que lideraban estos grupos eran uno o dos y nada más. Este proceso también ha producido que se repatrien investigadores de otras provincias. Y posibilitó que se abrieran más becas en nuestra provincia.

La primera gran consecuencia positiva que tuvo es que ampliaban las posibilidades de los estudiantes al incorporar la opción de hacer una carrera científica, y esa era una de las cosas más importantes para Santiago.

A partir de ello, de la promoción de ciencia y técnica, se diversificó la oferta académica, creando nuevas carreras, como la Licenciatura en Biotecnología y la Facultad de Ciencias Médicas, donde participaron estos investigadores. Muchos y muchas docentes son becarios y ex becarios que han vuelto para hacer ciencia en Santiago. Ella admite que eso se notaba mucho en las carreras de grado, la forma de dictar clases, las anécdotas, los ejemplos y los experimentos, los detalles, algo muy fructífero para los y las alumnas. Seguramente ya había docentes investigadores en el área de ciencias naturales, pero se refiere a las nuevas creaciones.

Y rescata:

        “Una de las consecuencias muy positivas es poder coalescer con otros grupos de investigación, con otras científicas, estudiantes de doctorado y pos-doctorado, con criterios, expectativas y reclamos en común. Como, por ejemplo, una manifestación en protesta que organicé para visibilizar la protesta dentro del ámbito científico en los laboratorios. A partir de ahí se formó el grupo de Amautas Huarmis, un grupo de científicas que buscaba la visualización de las mujeres en la ciencia, el desarrollo de características en niños y niñas; con las que organizamos diferentes actividades muy importantes, incluso, a nivel nacional. Fomentábamos también el sentimiento de pertenencia de la ciencia santiagueña”.

Otro grupo que se formó por esos años, entre 2015 y 2016, fue el de trabajadores y trabajadoras de la ciencia. Luego, como consecuencia de la actual crisis, se diluyó, muchos se fueron quedando sin beca, debían rebuscársela en otros lados.

Una de las características que también resalta en Santiago, es que tal vez por su novedad, la mayoría de becarios y becarias, al menos en su área, tenían cierto poder adquisitivo, que les había permitido tener otras experiencias, en ese sentido creo que, “por lo menos en Santiago, la ciencia no fue del todo inclusiva”, ahí todavía falta muchísimo. Las becas todavía se mantienen en un sector de clase media elevada. Otras materia pendiente, dice,  es la ciencia desde un pensar más situado, contextualizar y regionalizar tal vez un poco más las líneas.

El quehacer científico en épocas de profunda crisis socio-económica

Celeste sostiene que el desfinanciamiento tiene efectos presentes y otros efectos a mediano y largo plazo, que todavía no los estamos viendo. En el presente se traduce en lo que podemos palpar por estos días, en carreras que quedan truncadas, becarios doctorales que en otras circunstancias hubiera entrado a carrera de investigador, por sus antecedentes y por sus puntajes; se siente en el financiamiento de los proyectos que en estos últimos cuatro años han reducido los fondos disponibles.

Además, el dinero que se destina a ciencias sociales se viene reduciendo cada vez más, por esta cuestión, las autoridades de gobierno han dejado trascender que son estas ciencias, que no hacen mayormente investigación aplicada, las que no tienen mayor sentido. Se hace sentir la devaluación, desde el momento en que se planea un proyecto, se concursa, se lo gana, en ese transcurso el poder de compra disminuye considerablemente, sumado a que los subsidios se depositan en cuotas y así se hace difícil el sostenimiento de los proyectos.

Esto también dificulta de poder participar de las instancias de discusión y difusión, la participación en distintos eventos científicos que nos permiten someter a evaluación la discusión y actualización de nuestra producción. El sistema te obliga priorizar estas instancias si se aspira a mantenerse en la carrera de investigador, y cubrir con el propio bolsillo los gastos que son elevados, y no es algo que se pueda plantear a los miembros de un proyecto porque la situación económica y laboral de cada uno no permite ese tipo de exigencias.

Celeste dice que hay características propias, por el objeto de conocimiento de las Ciencias Sociales, que implica moverse para hacer trabajo de campo, interactuar con otras personas y procesos; ese tipo de gastos corren por cuenta del investigador, a diferencia de lo que, por ahí, puede suceder en un laboratorio.

A mediano y largo plazo se ve que este proceso desalienta las vocaciones científicas, las impide, las obstaculiza, en cinco años más vamos a empezar a sentir una determinada degeneración dentro del sistema científico, agrega.

Esteban reconoce que el principal impacto que sufre Santiago tiene que ver con cierto flujo de dinero y de investigadores que antes existía por esta cuestión de área de vacancia geográfica y que ahora se está resintiendo, cada vez menos porcentaje del total va a zonas de vacancias geográficas. De todas formas, esta convocatoria de refortalecimiento con al menos tres postulantes de la UNSE, que no es una tasa tan baja a nivel del país, de hecho, con tres postulantes casi que crece el cinco por ciento del número de investigadores en la UNSE, es un número significativo para Santiago.

En química, a pesar de todo, dice, la gestión anterior de ciencia y técnica de la UNSE logró equipar mucho, lo que hace que hoy haya un número de investigadores y de equipamiento no menor, a lo sumo falta el equipamiento más grueso. Pero lo demás está. Entonces hubo un avance. Igualmente, las opciones para alguien que se inicia son menores.

Pero para Ithurralde las cosas en Ciencia Sociales son distintas, y admite que hay un resabio muy grande. No hay técnicos de CONICET que funcionen como técnicos de CONICET. No hay personal administrativo dedicado a las ciencias sociales de CONICET y el problema del archivo. Si alguien quiere utilizar los archivos de Santiago para hacer investigación la gran parte está en Buenos Aires.

En un contexto de creciente recortes eso es una verdadera complicación.

Y suma una desventaja más al contexto santiagueño, que tiene que ver con que los doctorados no estén aquí, el hecho de tener que ir a cursar a otro lado, con el gasto de energía que eso significa, con la cuestión de no tener al profe al lado, tener alguna duda y poder consultarle personalmente. Tampoco es lo mismo tener clase de grado con profes que, la mitad, son los mejores de Argentina en su área, los programas son otras cosas, las anécdotas son otras. La idea de qué es hacer investigación, qué problemas son útiles, cómo se construyen, es otro.

Esteban nos dice que a mediano plazo es imposible predecir. Porque es una lotería. Quién va a venir, cuánta guita a va invertir, a corto plazo el sistema se está achicando, pero no por CONICET. El actual gobierno sigue inyectando más cargos al sistema que los que hay. Es decir, las jubilaciones son doscientas y los cargos que hay detrás son 450. Cada año hay que poner del presupuesto general otros 250 cargos que se agregan a la planta de CONICET, aún con este bajísimo nivel de entrada. El problema está en que no entra en régimen, porque la gente que se está jubilando es cuando había un conicet de 2000 personas en los 80s y no la gente que ha entrado en los últimos diez años con 700 entradas por año. Entra menos gente de la que debería.

Y explica con claridad el foco de la crisis:

“El cuello lo tenés en que hay muchas más becas de formación doctoral que entradas a carrera, pero lo que tampoco hay son puestos del estado que requieran doctores. Porque uno podría decir, por ejemplo, en dirección de estadística del ministerio de educación, se llama a concurso cargos y le doy mucho puntaje a ser doctor en algo semejante. Entonces decirles a gente muy formada, yo no solo te formé para venir a CONICET, yo, el estado, te estoy ofreciendo un puesto que está relacionado al nivel de formación que tenés y así requiero que te formes a cierto nivel para conducir el sistema”.

Otra cosa que sucede y no se ve en Ciencias Sociales, porque no hay, es que se están cerrando masivamente cargos de otros organismos estatales – la Comisión Nacional de Energía Atómica, la Comisión Nacional de actividades espaciales, el Instituto Nacional de Tecnología Industrial, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, que en suma son mucho más grandes que CONICET. La principal crisis del sistema en realidad está ahí; son actividades de investigación, relacionadas a necesidades concretas del estado y la producción. Producción de uranio, agua pesada, etc. Lo que genera un problema no solo científico, sino en la salud, en el ambiente, es un desarme general.

“El estado no se achica. El estado en los 90 no se achicó en funciones. Cambia sus funciones. Porque uno podría hacerse la pregunta ¿faltan científicos o sobran científicos? Pero también podría preguntarse ¿faltan policías o sobran policías? Y lo que vemos es que toman gendarmes y echan científicos. Entonces hay una política hacia donde el estado amplía sus funciones, en este caso a la represión a la protesta social y hacia la pobreza. Y hacia donde reduce sus funciones, quizás pensar políticas públicas integrales y universales y no políticas focalizadas compensatorias.

El neoliberalismo no reduce, sino que redirecciona su capacidad monopólica hacia los intereses de quien logra dirigir el estado”.

Guadalupe se refiere con bronca y nostalgia, dice que a lo que pasa, y pasará en el corto plazo, no hay mucho que agregar a todo lo que se ha dicho, desguace y achicamiento del sistema científico y tecnológico de nuestro país. Que afecta enormemente a su generación que, a punto de concursar por un ingreso a carrera, sucedan estas cosas. Es imposible competir con gente que tiene cinco años más que ellas trabajando. Además al disminuirse en número, las relaciones y los contactos se agudizan para poder ingresar, se pierden posibilidades de competir en condiciones justas. Sucede lo mismo, dice, con esta estrategia de fortalecimiento, 154 beneficiarios, con perfiles cada vez más acotados; es muy difícil competir contra eso. Yo prefiero otras consideraciones, como por área de vacancia o  zonas prioritarias.

Y además agrega:

      “Por otro lado, hay personas como yo, que tenemos un título, que, a menos que tengas un piso financiero de 1 millón de dólares, o padres con mucho dinero para ponerse un laboratorio privado y hacer ciencia, o ver de poder sacar algún producto, es imposible. Sí o sí, hablo de los biotecnólogos/as, es un trabajo en relación de dependencia. Entonces lo que te queda por hacer es docencia, o rebuscarla en un contexto de crisis creciente, donde además las empresas cierran, no se contrata gente, al contrario, se despiden. Ahora sí no te queda otra que irte afuera, que abras el horizonte del mundo que antes no era una opción, porque las opciones estaban aquí. Nos quedamos básicamente sin saber a dónde vamos. Estamos medio prisioneras de las opciones que tenemos, sobre todo para la especificidad de mi carrera. No es que soy una médica, o una psicóloga, que se pone su consultorio y ya, no se puede”.

Guadalupe agrega que lo que hay que hacer votar es a un gobierno que le importe la ciencia.

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Para entender el sistema científico argentino hay que recuperar estas experiencias, que no solo dan cuenta de procesos institucionales, sino de dinámicas que imprimen  la construcción propia al momento de producir conocimiento. Cuál es la propia imagen que los y las científicas tienen de su actividad, qué piensan de esas formas de hacer, cómo resuelven sus aspiraciones cotidianas con los límites del estado y del contexto social y económico.

Santiago es un lugar para hacer ciencia, tal vez con más restricciones que otros centros, y sobre todo en situaciones como la que hoy atraviesa la argentina, pero a pesar de todo hay científicos y científicas jóvenes que siguen apostando a esta profesión. Tal vez sea el momento, como dice una de las entrevistadas, de acercarse más, de reconocer luchas y reclamos similares, para luchar, visibilizar, apostar, construir y vigilar un estado que realmente apueste por la ciencia.