Arte y Cultura Edición 21 Películas Reseña

Profanas de la sexualidad: las hijas del fuego

28 mayo, 2019

Profanas de la sexualidad: las hijas del fuego

Por Alhena Lands Franz.

Cuatro mujeres en una Iglesia. Las cuatro tienen un rol importante en la escena, pero el foco principal está en una de ellas. Recostada sobre el altar, Francisca gime. Suena la banda sonora de Ennio Morricone con Érase una vez en el oeste, no en el fondo, sino recubriendo las imágenes como si fuese un manto sacro. Si viéramos esta escena sólo desde un ángulo picado en una toma general, podríamos suponer que estamos presenciando un parto medieval. Nada más lejano a lo que sucede en realidad. La joven delante de la puerta de la Iglesia, Agustina, con su traje de neopreno apretándole el cuerpo, se masturba mirando la escena orgásmica que tiene en frente. Francisca se entrega a los besos de las mujeres que la rodean. Le besan las tetas, las manos, la vulva, los huecos de su cuerpo que desean ser absorbidos. Ahí te das cuenta que definitivamente estás viendo un parto, uno con fluidos de placer, con deseo, con anhelos de imprimirse en las paredes. Esta escena es un gran parto del goce.

Las Hijas del Fuego, dirigida por Albertina Carri, estrenada el año pasado y ganadora de la competencia oficial argentina del 20º BAFICI, no ha dejado a nadie indiferente. Catalogada por algunes como una road movie lésbica, por el desplazamiento continuo de locaciones, cuerpas que se integran, paisajes fríos que transcurren por la pantalla. Definida por otres como una película erótica, al tener escenas de sexo explícito sin ser convencionalmente congruentes con las características que se identifican con la pornografía mainstream. Características tales como la predominancia de cuerpos hegemónicos, de la genitalidad en primer plano, de la imprescindible cumshot que marca el fin de la acción sexual.  De distinto modo, hay quienes se atreven a hablar de esta película como una “porno feminista”. ¿Cuál es el modo de narrar de este tipo de porno? Producciones que también se han dado en llamar dentro de los movimientos feministas y transfeministas como posporno.

La historia transcurre en un viaje que emprenden tres mujeres, unidas por un vínculo sexo-afectivo entrañable (una pareja de 4 años a las que se les suma una tercera poco antes de emprender el viaje) desde Ushuaia a Necochea. Una de ellas, funciona como alter ego de Carri, siendo ella misma directora y queriendo filmar a lo largo del viaje su propia película porno. En el transcurso de la película se escucha su voz en off describiendo personajes o reflexionando sobre la sexualidad, el feminismo, lo cinematográfico. Adopta por momentos un discurso poético, por otros uno cinematográfico, conjugando distintos modos de narrar, inspirándose tal vez de este modo en el libro Las Hijas del Fuego, de Gerard de Nerval, del cual la película toma el nombre. En la travesía se van sumando mujeres a esta camioneta idílica del placer, en la cual todas participan amalgamándose sin perder su singularidad sexual. La individualidad se difumina, pero deja rastro en el cuerpo de la otra, la sexualidad que se dibuja en las escenas trasciende así los límites de la piel.

En la primera relación sexual que muestra la película, Carri destaca casi obsesivamente el tatuaje en la espalda de uno de los personajes, de Agustina. Este significante del tatuaje me trajo a la memoria cierta vez en la que dando un taller sobre fotografía, una de las actividades consistía en realizar una foto retrato. El objetivo de esta consigna era reflexionar sobre lo particular de cada uno, mostrar una imagen que dé cuenta de su identidad, qué imagen creían que mostraría su subjetividad. A partir de allí, varios estudiantes sacaron fotos de sus rostros y otros de sus tatuajes. Estos eran para ellos la manifestación de su identidad, la conversión de sus subjetividades a imagen. Los tatuajes eran autoretratos de sus subjetividades.

Giorgio Agamben, en Profanaciones, explica cómo la pornografía de la mano del capitalismo fue mutando su procedimiento de representación de las mujeres. En este sentido, las porno stars, quienes antiguamente eran filmadas mientras pretendían hacer otras acciones, ahora exageraban las poses y las muecas. Finalmente, las actrices trasladaban la mirada hacia el lente, adquiriendo un contacto directo y descarado con el espectador, mostrando que estaban más interesadas en exhibirse al objetivo, al futuro espectador, que en sus partners. Estas actrices comenzaban a adquirir un “valor de exposición” cual mercancía, nueva condición de objeto de deseo. Corolario a esta objetivación de las mujeres en la pornografía, se fue perdiendo toda subjetividad, ya no interesaba la mujer delante de cámara, sino el cuerpo que accionaba.

Carri realiza un giro inverso y trastoca estas manifestaciones de las mujeres en las escenas de sexo explícito. La directora recupera toda imagen que dé cuenta de las subjetividades de los cuerpos que vemos en escena. De allí la recurrencia en mostrar sus tatuajes, sus expresiones. Mujeres que no se exhiben como objetos de deseo sino que son ellas las sujetas que gozan, con una historia en particular, un cuerpo y un modo de relacionarse específico. Y, en todo caso, nosotres como espectadores, somos les voyeuristas. En este sentido, encontramos en la película personajes a quienes les gusta dominar, a otras ser atadas, a otras jugar y tocarse solas. Todo en el marco del consentimiento, único parámetro fundamental para la liberación total de la sexualidad colectiva.  

En ello encontramos el primer gesto subversivo en relación a la pornografía dominante. La película implica más que una búsqueda artística novedosa, implica un profundo compromiso político, convirtiéndose de este modo en un manifiesto posporno. Esta perspectiva y modo de asumir y hacer porno ha comenzado a tomar más vigor en los últimos años, luego de que la conocida actriz porno Annie Sprinkle realizara una performance en Barcelona e instara a la comunidad feminista en general a apropiarse de la herramienta pornográfica y, de este modo, si no les gustaba el porno actual, hegemónico, tradicional realizaran el suyo propio.

En una entrevista radial, Sprinkle comenta que casi todo el porno está hecho para excitar. El posporno, en cambio, está para explorar el cuerpo, la sexualidad, el amor, las ideas. Para ella es más erótico el posporno porque estimula más partes, a diferencia del porno mainstream que solo estimula los genitales. Es importante tener la mente estimulada. En este sentido la película LHF da numerosos ejemplos al explorar ya sea con distintos juguetes sexuales, ya sea en situaciones sado o con diversos tipos de dildo. Ya sea con distintos roles o ambientes, una iglesia, al costado de una pileta, en la pieza de tu infancia. Ya sea besando, acariciando a otra, a una misma, a muchas a la vez. La genitalidad aquí no pierde importancia pero se integra a un cuerpo en su totalidad. No limita sino que desbloquea nuestras posibilidades de relacionarnos. El posporno profana la convención del sexo, bombardea la constitución de improfanable de la pornografía hegemónica. Lo que implica la constitución de un improfanable, según Agamben, es la nulificación de diversas formas de vivenciar y crear sentido con una práctica. En este sentido, la pornografía como producción que manipula representaciones eróticas históricamente, sin una educación sexual integral paralela en la sociedad, se ha consagrado fuente primaria del conocimiento sobre la sexualidad, la eroticidad de los cuerpos, los modos de relacionarse de estos durante los actos sexuales. Luego de esto, no se conciben otras representaciones como eróticas, sino que como ridículas, o son concebidas desde la mirada de la sexualidad normativa legitimada por la pornografía hegemónica como “fetiches”. Tampoco se conciben otros sujetos deseantes al excluirlos de la audiencia predilecta de la producción de la pornografía, tal es el caso de las mujeres u otras sexualidades disidentes.

La capacidad de generar nuevos comportamientos eróticos o de dislocar los sentidos, las formas y realizaciones de la praxis sexual ya constituida, es lo que la pornografía tradicional bloquea. Utilizando palabras de Agamben, “es la potencia profanatoria lo que el dispositivo de la pornografía quiere neutralizar.”…”La profanación de lo improfanable es la tarea política de la generación que viene.” Esta es justamente la tarea que ha ido llevando a cabo el posporno. Este nuevo fenómeno busca reencontrarse con la sexualidad desde miradas excluidas tradicionalmente, manipulando nuevas representaciones eróticas, erotizando elementos que no eran parte de la norma, legitimando prácticas sexuales y cuerpos en su diversidad. Las hijas del fuego son todas diferentes, no tienen un ápice de similitud en ningún sentido, son flacas, rellenas, gordas, morochas, blancas, rosadas, pelirrojas, mochas, depiladas o no. Son libres en su diversidad.

Fundamentalmente, el posporno desbloquea las posibilidades de finalidad que puede tener la pornografía como producción audiovisual que se caracteriza por la manipulación de representaciones eróticas, y habilita nuevas maneras de pensar el dispositivo pornográfico, nuevos circuitos de distribución y usos. Resulta posible pensar el rol pedagógico de este medio, también su carácter denunciativo, paródico, artístico, entre otros, a fin de no limitarse con el de la excitación sexual. A fin de no limitarse, de no sistematizar, de no girar como un molino sobre las mismas representaciones, encontrando nuevos modos de narrar, nuevos modos de crear artísticamente nuestra sexualidad. “El problema no es la representación de los cuerpos; el problema es cómo estos cuerpos se vuelven paisaje ante la cámara” Frase de Agustina, personaje protagónico.