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Una: un libro que cruza temporalidades en el feminismo.

19 julio, 2019

Una: un libro que cruza temporalidades en el feminismo.

Por Mariana Salvatore.

El libro “Una” se presentó en Tucumán el 11 de mayo en el espacio Tamaño oficio, con una gran concurrencia y participación de artistas, ensayistas y referentes del activismo disidente y Derechos Humanos. A propósito del libro, Gabriela Olivé, coordinadora de Inflorescencia Editorial, refirió las siguientes palabras: “hoy pensamos a las mujeres de la familia como oprimidas porque no han tenido las posibilidades que hoy tenemos, pero el libro pone eso en un lugar muy sísmico”.

Durante la presentación de Una de Fernanda Rotondo, fotógrafa y activista, Patricio Dezalot, a cargo del diseño del libro que reúne una breve y consistente compilación de textos y fotografías, se refirió a dos nociones muy importantes, las de Herencia y Orfandad:

“heredar [en nuestra historia] es elegir. A muchas de nosotras nos ha pasado de sentir que los primeros efectos del  feminismo se resuelven en la fuerza de marcar distancia, de diferenciarnos de nuestras familias para poder afirmarnos a nosotras mismas, pero eso que nos empodera también nos coloca muchas veces en un lugar de huérfanas; volvemos a empezar como nacidas por generación espontánea, nos volvemos ilusoriamente deidades autocreadas”.

De esta forma, pareciera ser que vivimos nuestras historias en bloques de recuerdos o tiempos segmentados cuya sucesión no es algo que se nos da, simplemente, o mejor, es algo que se nos presenta como un impacto, una interrupción o una experiencia vertiginosa; nos cuesta establecer las relaciones entre lo que recordamos de nuestras experiencias y los acontecimientos que nos rodean.

Una se presentó como un espacio concurrido, pero, generalmente difícil de atisbar, el espacio de cruce, una heterotopía o contraespacio: “descubro mi cintura mientras el cierre de su pollera sube, perfecta, a medida. Porque transversalmente el pelo se me moja cuando su peluca chorrea encima de mi cabeza, su corpiño me sujeta y su vestido me comprime las piernas (…) nos encontramos en el espejo cuando la carcajada sale. La grieta está abierta y yo fluyo por la escalera caracol hacia la simbiosis total”, escribe Fernanda en el epílogo refiriéndose a Haydee Amelia Amadey “la Negra”, su abuela, quien decidía morir un 1° de enero de 1986.

A primera vista los seis poemas que reúne Una parecieran operar un montaje logrado con las fotografías cuidadosamente dispuestas para narrar la historia de “la Negra”, pero a medida que nos detenemos a observar, las imágenes resuenan más a un desmontarse la historia de una sola mujer para convertirse en una sola historia de mujeres: no se trata de desmontar la muerte o el suicidio y su hecho, sino más bien de desmontar tecnologías; de ir a contra-ritmo de lo fatídico como representación en su índole de “desmesura de muerte”.

Es inevitable, una vez conocida la historia real que plantea Una, no atender a cada detalle, las palabras, los colores, las texturas, las prendas y objetos focalizados, el cuerpo que constituye el libro:

“Las fotografías del libro son autorretratos con una estética intimista como documento personal. Surgen a partir de experiencias performáticas utilizadas a modo de laboratorio en donde se intenta mostrar la idea de encuentro simbiótico entre mi abuela materna y yo. Las fotos de archivo que se eligieron, son partes muy acotadas que me sirvieron para generar ese cruce, ese encuentro que es mucho más grande y abarcativo”, dice Fernanda.

Tanto fotografías y poemas de Una se combinan componiendo imágenes que parecen alimentarse a partir de un intercambio de prendas, juego de luces, versos y un lenguaje corporal con los espacios que a su vez van narrando la historia a partir de choques destellantes entre temporalidades diferentes:

La pregnancia sepia de una fotografía antigua nos presenta a una niña de 14 años perdida, que una vez –dice el poema- apareció en el centro de una ciudad y reaparece posteriormente circulando una nueva temporalidad a partir de ingresar en el espacio de otro cuerpo en su dimensión presente y vitalizada: la luz que detalla la piel de una mano, registra sus tatuajes, precisa la gestualidad del rostro. Y toda la fotografía se yergue desafiando los espacios comunes, sus reglas y límites: ni la abuela es la nieta, ni la nieta su abuela: la historia de las mujeres transita un mismo espacio vital; entonces se produce la emergencia

de este tercer elemento o mejor, ese tramo de la historia que nos falta, un hilo de continuidad entre una mujer y quienes asistimos a su historia, pero esta vez en clave de recuperarla para la vida. Esta importante conquista del libro está dada, a su vez, por el arte de tapa y su estilo Camp que impregna de artificialidad y vibraciones el objeto a modo de bienvenida ostentosa e irónica al espacio de lo vital de una sola mujer que no cesa de interrogarnos sobre quienes somos en realidad y sobre cuantas de nosotras ha sido ella.

Agrega Gabriela Olivé: “lo mas reivindicativo del libro es el espacio de encuentro; yo me encontré con otras desobedientes, porque te das cuenta de que en un espacio de posibilidades, la negra fue desobediente”

Se vuelve necesario que el feminismo atienda los borramientos que cierta historia produce entre generaciones y experiencias.  No podemos vivir el presente como algo que catapulta su rastro de fuerza.