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Entre dos tiempos

8 febrero, 2020

Entre dos tiempos

Por Ignacio Ratier.

Procrastinar, ceder a los obstáculos que se anteponen al deseo de escribir. Ver pasar las horas, los días, las semanas. Llevar el cuaderno en la mochila, kilómetros aquí y kilómetros allá; llevar el cuaderno y no tocarlo, pero sí contemplarlo con frustración. Escribir para poner en palabras lo tortuosa que resulta a veces la experiencia de escribir.

Si la inspiración no existe, entonces, puedo sentarme y escribir. Puedo eludir el agotamiento, el mal humor, la pesadez de las responsabilidades y la dispersión. Puedo escribir a pesar de mí. 

Esperamos el verano para hacer todo eso que intuimos podemos hacer una vez que entramos de vacaciones. Las vacaciones llegan y el cuerpo, ya exhausto, adivina el alivio de los días que vendrán. Algunos anhelan más tiempo en familia o con amigos, otros invocan los excesos: más comida, más bebida, más desvelo. También están los que quieren poner a punto su cuerpo, leer buenos libros o simplemente pasar su tiempo echados viendo películas, series y magazines.

Espero el verano para casi todo lo enumerado arriba, pero, sobre todo, espero meses de inspiración para escribir todo lo que no escribo durante el año.  

Las ideas rondan y si uno las mira pasar se van, se alejan y se pierden. Si uno no anota eso que emerge y esperanza, las palabras se diluyen en un olvido impiadoso: en la imposibilidad del rescate. Olvido apenas sonoro, hermético, que arroja pistas suaves, casi inaudibles. Los temas pasan y la hoja sigue en blanco. Las altas temperaturas no contribuyen a tener el verano soñado, el reloj se transforma en una referencia para saber cuánto falta para dejar atrás las horas de sol. Ni hablar de la hipnosis del scrolleo, el dedo gordo que acaricia insistente la pantalla, las notificaciones constantes. Una invitación a la nada. A veces la rutina se parece a esa rueda con que algunos representan el tedio del día a día: atrofiante, repetitivo, absorbente. Suspendido en la inacción, la espera de un dictado divino se vuelve un hechizo que anuda y extiende indefinidamente el plazo.

Pero no se puede llevar al infinito semejante desgracia. Menos si se vive en el hiato del adversativo (pero, pero, pero), un tumor en el lenguaje del que sospecha, sospecha y sólo sospecha. Una piedra que queda a mitad de camino porque el brazo se entumece en pleno palanqueo. En algún momento llega el arrastre. El residuo de algo que empuja, leve, hasta que el desvencijado motor arranca. Y arranca nomás.

Porque no hay migraña que lo impida. El residuo que empuja solivianta y la aventura de escribir es por fin irresistible. Escribir para que el texto circule y sea una botella arrojada al misterio del encuentro con los otros. Cito a Robert Darnton, citado a su vez por José Luis de Diego en su último libro, Los autores no escriben libros. Nuevos aportes a la historia de la edición (Ed. Ampersand, 2019): “a pesar de la ingente literatura sobre psicología, fenomenología, sociología y los propios textos, la lectura sigue siendo un misterio”. Escribimos porque leemos, sí, eso es lo que se ha dicho hasta el cansancio. La escritura como práctica social cuya condición de posibilidad es la capacidad de leer y cuya potencialidad se expande cuando la lectura se vuelve un hábito tenaz. Esta es la respuesta a qué hace posible el hecho de escribir. Pero no es la respuesta a por qué escribimos.

Ilustración: Antonio Castiñeira.

Las ideas se van y el olvido es cruel. La rutina, tan demandante ella, pareciera enemiga del deseo. Lo cotidiano y su sustancia informe. Pero la lectura está incrustada ahí -en la rutina- y es otro exceso que abruma con un magnetismo que también anuda y entumece. He visto a mis ojos seguir las palabras largas horas. Mis manos tomando el libro, llevando su cuerpo hacia mí hasta dar con la belleza de su olor. He sentido las ganas de salir de ahí y decir algo: escribir. Pero sucede que también me he sentido atornillado. 

Hasta que el deseo de captar otra voz es desplazado por la fuerza del deseo de que la voz propia sea captada por alguien más. El deseo de escribir para ser leídos, para entregarnos al misterio. 

Abro las persianas y afuera los autos pasan, el clima cambia, las hojas y la basura liviana son movidas por el viento. Se trata de espiar y escuchar cómo la ciudad se enciende y se apaga, cómo las voces aturden y callan, mientras los gestos de amor son interrumpidos por el disparo, la puñalada, el puñetazo o el grito de odio. Afuera, la gente anda, hace su ruta personal una y otra vez. Todos se desvían en lo indecidible.

Las conversaciones en los bares, el dinero pasando de mano en mano, los pregoneros ambulantes, los comerciantes que miran sigilosos desde sus locales; los que salen vestidos para trabajar, entrenar o para encontrarse con otras personas. Los semblantes duros, las sonrisas contagiosas y las caras más solemnes. Los colores de las casas, el color del cielo, los árboles y los animales que merodean. La textura de las cosas. Con sus pliegues y síntomas, lo cotidiano es cualquier cosa menos algo simple. Finalmente puedo hacerlo. La monotonía no es más que un vago sonido de fondo. Escribir es parte de esa música que a veces quisiera escuchar para siempre.

Ilustración: Antonio Castiñeira.