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#Crítica

La piba que soportó la radiación

2 Minutos de lectura

Por Claudio Rojo Cesca.

Una sucesión de poemas que aturden y desflecan al dolor. Con Poesía Nuclear, La Piba Berreta cava un túnel al corazón de las pulsiones y baila en su lodazal con timidez y rabia. La belleza del glam, los escombros del punk, la pérdida, la birra, el amor y su monstruoso reverso: en este libro todo puede ser música, desgarrarse y decirse en jirones.  

El dolor es experiencia y la experiencia es discurso. En el disco Magic and Loss, Lou Reed escribía sobre los efectos de la radiación en un cuerpo enfermo de cáncer que se cura y destruye en la misma operación clínica. La radiación mata lo bueno y lo malo / no sabe diferenciar / para curarte deben matarte. Poesía Nuclear construye una voz caótica e hiperpática con elementos que sugieren ver, en el amor y sus retoños, la idiosincrasia de una terapia de rayos: eso que salva y alimenta también puede llevar al límite y destruirte. 

Los poemas de La Piba Berreta, escritos en un período de dos meses de “cautiverio” (el encomillado es de la autora) en el que trabajó en la Central Nuclear Atucha 1,  componen un cuadro acústico y áspero, se cruzan entre sí como las piezas de un disco punk. Tras el paredón de su sonido ejercen una ternura rebelde y melancólica. Morir siempre es un opción, escribe La Piba: la racionalidad trágica que amenaza como un depredador en busca de vulnerabilidad. Las rimas ocasionales, la densidad textual (versos apelmazados y gruesos como un ladrillo), el color explosivo de las imágenes, todo parece transliterar a la poesía lo que hizo singular al noise de fines de los ochenta y principios de los noventa: un muro eléctrico alrededor de las melodías, el timbre lejano de bandas como My Bloody Valentine, Medicine o Sonic Youth. 

Desde los primeros versos hay una apuesta firme y visceral: “Mi corazón está lleno de Sangre. / Parece obvio. / Pero lo simple no es pavada.” Se nombra a un órgano por lo que simboliza, pero también por lo que es: un músculo que bombea una sustancia para mantenernos vivos. Los poemas proponen un sistema sencillo y honesto, que distrae al cinismo – la más salvaje enfermedad autoinmune del nuevo milenio – y lo castra de toda virtud. Versos que constatan su potente reverso en la música punk:  palabras como acordes ruidosos, pentatónicos, mucha rabia, muchas ganas de transformar al mundo desde el cuerpo y sus sustancias.

¿Y cómo es el mundo sobre el que estos poemas se asientan? En primera medida, es un mundo peligroso en el que hay que poder manejarse: Acá estoy Luis mi general, con mis gatos y mis ansias. Les compro comida para que no me coman a mí. Sabemos de qué pueden alimentarse los gatos hambreados, pero ¿las ansias?

Ansias mascotas, felinas y voraces, siempre caníbales: Me alegran los puentes / Adoro los puentes / Siempre está en mí la fantasía / / de arrojarme. Y más adelante: Hay algo en todo este rozar la banquina que me gusta / siempre al borde de la navaja. 

Esa imagen de borde sobre la hoja afilada, de canto roto en la madera de la pulsión, donde la ternura y lo bello se aturden recíprocamente con la violencia y la muerte, convierte al libro en un puente que conecta sus extremos, del dolor al brote de felicidad. Poesía que va al núcleo, donde el órgano y su símbolo se verifican mutuamente. El último velo de un territorio feroz para hablar de la pérdida y el amor, que, como dice La Piba Berreta, es un invento.

Y por eso existe. Porque lo inventamos.   

 

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