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El mercado de todo amor. Breve ensayo a propósito de Tinder

7 Minutos de lectura

Hace algunos siglos atrás el matrimonio estaba ligado al estamento social, los miembros de la realeza se casaban con otros miembros de la realeza, los nobles se casaban con los nobles y los comunes con los comunes. El matrimonio era una herramienta de alianza política y económica que mantenía y reproducía el orden social. Si sucedía que, por ejemplo, alguien de la nobleza quería casarse con alguna persona que no pertenecía a su mismo estamento -además de sortear los obstáculos que suponía desafiar la norma-, el matrimonio era considerado “morganático”, lo que quiere decir que era un matrimonio de segunda, los hijos y el cónyuge perdían, entre otras cosas, el derecho a la herencia.

Por Matilde Bustos y Daniela Piccone.

¿Por qué traemos esto a colación? Porque conocer el funcionamiento del algoritmo de Tinder quizás nos recuerde un poco a este mecanismo. ¿Cómo funciona? La aplicación de citas pide una serie de datos para poder activar tu perfil: edad, ubicación geográfica, fotos, género y de manera opcional se puede agregar un trabajo, una descripción, linkear tu Instagram y poner canciones de Spotify. Además, pide que selecciones un rango etario y geográfico de las personas que querés que la app te recomiende.

Pero el funcionamiento de Tinder no es anárquico, hay una mano invisible -al menos para el usuario-, y es su algoritmo, que se basa en medir cuán atractivo es tu perfil (de manera resumida: cuántos likes obtiene un perfil y cuántos match consigue). Así, establece una puntuación (y jerarquía) de “atractividad” del perfil que permite segmentar a los usuarios y les “recomienda” perfiles que corresponden a su mismo segmento -¿te suena?- y para matrimonios morganáticos se debe abonar la versión premium, que te permite salirte de tu estamento de atractividad posibilitando que te aparezcan perfiles de todos los estamentos. 

La lógica relacional vía segmentación social como herramienta para la manutención de un orden social determinado no es nueva, y así como en la época del antiguo régimen estaba organizada mediante estamentos definidos por una conjunción de rasgos culturales, sociales y económicos, hoy, y en esta app de citas, podríamos pensar en una recategorización de esa noción de segmento, ahora establecida mediante esta nueva jerarquía. Así, los más atractivos se relacionarán con los más atractivos y los menos atractivos con los menos atractivos. Para poder salir de esa dinámica, no habrá que ser irreverente con las tradiciones, sino subordinarse a la lógica del mercado: ahora hay que pagar. 

Pero no queda ahí. La aplicación, envuelta en un escándalo por la publicación de una investigación de Judith Duportail en la que se difundió el funcionamiento de su algoritmo (que hasta Mirtha Legrand calificó de cruel) confesó que, ahora, el algoritmo “premia” a los perfiles más activos -los que más usan la app-, mostrándolos más. A fin de cuentas, lo que se suma es una norma de productividad: consumir más para poder ser más consumido.

Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa por Jan van Eyck

«Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa», Jan van Eyck (1434).

¿Real o virtual?

Cuando debatíamos este tema con amigues surgió una pregunta: ¿acaso esto no es similar a lo que sucede en la “vida real”? Y claro que si. En primer lugar, Tinder por más que actúe en una plataforma “virtual” es utilizado por personas reales. Es parte de la “vida real” de las personas, que depositan en dicha aplicación diferentes expectativas sexuales y afectivas. 

Lo que sí es novedoso es la inmediatez, la proliferación de posibilidades de contactos simultáneos, la“garantía” de no enfrentar el rechazo del otro -nunca nos avisa si no nos devolvieron el like-, el depósito de expectativas en una aplicación con un algoritmo que se desconoce y el ocultamiento del mecanismo en el cual se depositan dichas expectativas. Tinder tiene una especificidad, pero inscripta en un orden social.

Porque claro que, previo al surgimiento de estas aplicaciones, y en la historia de los vínculos humanos han existido y existen -aunque hoy disputados por movimientos como el feminista- patrones que deben cumplirse para relacionarnos y “conseguir” una pareja si no ideal, al menos, “normal”. El hombre debe ser más alto que la mujer, la mujer más jóven que el hombre, ninguno debe ser ni mucho más lindo ni mucho más feo que el otro, las contexturas físicas deben ser “armónicas” en conjunto, etc. Nuestras elecciones y sentidos están condicionados por patrones que nos perfomatean y limitan. 

La especificidad reside en que Tinder no solo va a responder a esta lógica, sino que la va a potenciar. Así como en la “vida real” el dispositivo de disciplinamiento del que hablábamos lo observamos en las prácticas que no se remiten a leyes escritas sino que parten de una naturalización de lo normativizado; en Tinder, la norma aunque no te la cuenten, sí está escrita. Porque qué es un algoritmo sino una regla escrita que se establece mediante un cálculo pensado y decidido por personas que, lejos de intenciones filantrópicas, trabajan en un negocio inserto en el mercado. Regla que además es imposible incumplir, es el algoritmo de la app y mientras estés ahí, estarás bajo ese gobierno del deseo, más que autolimitación, hay directamente imposición de un límite. El lector atento podrá observar una gramática foucaultiana en este análisis. 

Los riesgos

Ahora bien, podríamos preguntarnos ¿Por qué es exitoso Tinder? Exitoso en términos de que es la aplicación más utilizada -no estamos pensando en términos de “eficiencia” aunque así se presente- ¿Qué es lo que ofrece Tinder? ¿Nos ofrece relaciones casuales o nos ofrece relaciones duraderas? ¿Qué buscan sus usuarios? Frente a esto encontramos respuestas diversas, que habría que sistematizar estadísticamente para poder analizar en profundidad.  Lo que si nos atrevemos a decir es que en parte su éxito se explica por su narrativa neoliberal. Tinder nos brinda expectativas y esperanzas, nos promete lo que tantas otras nuevas tecnologías: felicidad.

Tinder nos ofrece una salida inmediata y una promesa de éxito en una era en la que podríamos decir, desde una filosofía nietzscheana, “el amor ha muerto”. Las nuevas generaciones parecen inscribirse en discursos que descreen y problematizan la idea de un “amor verdadero” concibiendo que este ha fracasado (por lo menos el amor entendido como “relaciones duraderas”).

Dice la psicoanalista Alexandra Kohan que hoy “un mercado necesitado de ofrecer nuevos objetos de consumo, que renueven la cada vez más deteriorada promesa de felicidad del capitalismo – junto a su gran aliado la tecnociencia-, busca mantener viva a través de una proliferación de objetos de uso que agotan su fascinación con la velocidad con la que van aumentado las exigencias”. Tinder, en esta línea, se configura como un nuevo objeto de uso para renovar la agotada esperanza de amor y felicidad.

En esta promesa de felicidad, coincidiendo con Kohan, hay en realidad una buena idea de la desesperación. ¿Desesperación por qué? Podríamos arriesgar que una desesperación por la soledad, la soltería, pero, más profundamente, una desesperación por huir de los riesgos, de la angustia, del dolor.  ¿Nos protegen estas nuevas tecnologías de todo esto? Nosotras consideramos que no, pero la Matrix nos pinta esa realidad

Esto nos recuerda al capítulo de Black Mirror, “Hang the DJ” (¡Spoiler Alert!), un mundo planificado y calculado para encontrar a través de una aplicación de citas a tu verdadero amor con el que tendrás 99,8% de compatibilidad. Aunque los usuarios desconocen cómo funciona -y los televidentes hasta el final del capítulo también-, en realidad la prueba funciona exitosamente si la pareja decide renunciar al juego, saltar el muro y huir del entorno virtual. El capítulo puede entramar varios mensajes. Uno de ellos podría ser que para el amor hay que correr riesgos. 

En un contexto donde ciertas narrativas -algunas desde el marketing, otras incluso progresistas- abogan por un nuevo ideal de amor sin dolor, Tinder ofrece “un sistema en el que solo se consigue un match cuando el interés es mutuo. Sin estrés. Sin rechazo”. Estas son las palabras textuales de la descripción que figura en el Apple store y se nos viene aquí a la mente un pasaje de Badiou: 

usted tendrá el amor, pero habrá calculado tan bien la cuestión, habrá seleccionado por adelantado y con tanto cuidado a su compañero aporreando el teclado de su computadora -usted tendrá, evidentemente, su foto, un detalle de sus gustos, su fecha de nacimiento, su signo astrológico, etc.- que al final de esta inmensa combinatoria usted podrá decir: “Con éste ¡no corro riesgos!”.

Desde el psicoanálisis, otra vez, desconfiamos de la idea de alcanzar la felicidad, por lo menos la felicidad entendida como la ausencia de angustia o dolor. 

A modo de in-conclusión

Retomemos, Tinder y el gobierno del deseo. ¿Por qué nos interesa esa asociación? En algún punto consideramos que lo que hay por detrás de este tipo de aplicaciones es la idea de que se puede gobernar el deseo, gobernar no solo entendido como dominio sino fundamentalmente entendido como la posibilidad de establecer reglas que conducen a cierto bien común. Esta es la idea que nos interesa problematizar, porque inclusive cuando no desconocemos la capacidad performativa del neoliberalismo que hace de las relaciones un espacio de consumo normado, desconfiamos de la posibilidad de establecer pautas que garanticen el “éxito” de un encuentro, una cita o un vínculo amoroso, porque discutimos desde una perspectiva teórica, con la idea de que los sujetos somos plenamente racionales y conocedores de nuestros deseos.

El gran Kerouac, en su novela los subterráneos, seguramente lo explica mejor: “Quisiera preguntárselo todo, pero no puedo, no sé cómo hacerlo, qué es ese misterio de lo que quiero de ti, qué es el hombre o la mujer, el amor, qué quiero decir con amor; por qué debo insistir y preguntar, y por qué me voy y te dejo…” estas preguntas que se hace el autor ponen de relieve, en definitiva, la dificultad de los sujetos para conocerse y saber qué desean en el amor ¡Como si existiera algo así como el saber sobre el deseo y el amor! 

Podemos decir, entonces, que estas tecnologías suponen sujetos racionales que conocen sus deseos y sus expectativas, y que no solo son “facilitadoras de encuentros” sino que reproducen expectativas en torno a los vínculos sexo-afectivos y la felicidad protocolizados. En este sentido entendemos que no solo se inscriben en una narrativa neoliberal sino que reproducen un ideario de un amor libre de riesgos y sujetas a la lógica de la productividad.

Por supuesto que la intención de este artículo no es posicionarnos moral ni intelectualmente en contra de las nuevas tecnologías per se, ni así tampoco de sus usuarios. No queremos aquí esgrimir una verdad, ni estigmatizar herramientas desde un discurso tecnofóbico, ni postularnos a favor o en contra de Tinder. Por el contrario, buscamos problematizar una racionalidad, muchas veces oculta, que nos (auto)limita el deseo, cuestionar el mecanismo con el que funciona y que mercantiliza, aún más, nuestras relaciones afectivas. 

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