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Pará, Noico

24 marzo, 2020

Pará, Noico

«Podés pasear en limousine
Cortar las flores del jardín
Podés cambiar el sol
Y esconderte si no quieres verme»
Charly García, Yendo de la cama al living.

«Esperamos los muertos», es que así conocemos las pestes: con víctimas, con destrozos, hablo del destroce comunitario, la aversión al otro, una aversión más intensa y mejor informada que parte de la sociedad de la abundancia adoptó hace tiempo para sublimar su autoconservación.

Por Soria y Obes.

Y lo haremos sin culpa ahora que las medidas profilácticas dan rienda suelta al aislamiento, y estar en casa vuelve a ser parte del catálogo conservador que protege a esa unidad sana que está allí adentro, se trate de la mónada individual que repone sus energías viendo Netflix, en el mejor de los casos, o de la célula básica, la familia, un organismo mutante que nuestra mente petrifica como sede de la moral y las buenas costumbres.

La distancia hoy no es la de la introspección si no de la extraversión. A pesar de que el mandato estatal sea controlar en cuarentena a quienes estuvieron en lugares propicios, la psicosis ha cundido antes disgregando a la gente, rompiendo grupos, trazando itinerarios imaginarios y potenciales contagios, volviendo obsesivamente la trama social inmediata una fuente de sospechas y reparos que se multiplican con los días.

Extraversión en pantalla. Aislamiento bajo siete llaves y activismo digital: juegos en redes, clases virtuales, compras online, teleconferencias; streaming bajo el supuesto de la asepsia de las tecnologías en un contexto de paro forzozo. La economía de los servicios y el ocio sobrevive en el espacio virtual, la distopía de sociópatas religados por dispositivos que espejan el mundo de allá afuera, completan la fase del nuevo sedentarismo.

Room in New York, Edward Hopper
«Room in New York» (1932), Edward Hopper.

Vacían el espacio público bajo el consenso de la sanidad nacional. La ansiada unidad del presidente Fernández se sutura con trastorno paranoide y amenaza con borrar las diferencias políticas. Hubo por fin, y aunque el paréntesis dure lo que tarde en decaer la curva de contagio, una muerte súbita de las ideologías; la palabra del gobierno y las decisiones económicas han dejado lugar a los Protocolos. Son el manual impersonal que responden la pregunta kantiana ¿qué debo hacer?, y la respuesta es tautológica: el Universal organiza el temor y el desasosiego, los ritualiza en una cadena de procedimientos que como las puertas en Kafka, se suceden progresivamente y enseñan la fuerza simbólica de la ley.

Nadie está a salvo en sus casas pero la idea es recesionar el mercado -en el caso argentino: profundizar la recesión por otros medios. Se retrotrae a febrero el precio del alcohol en gel -es imperativo; una corriente taxativa define grupo de riesgo a la reunión de cinco, diez, quince personas, y queda incorporado al protocolo de atención al público. La recesión se induce con políticas demográficas, también. Para ralentizar la propagación del virus se interviene sobre la movilidad de la población: se la aísla, segrega, condiciona; las fronteras del país se cierran y el clima psicológico de guerra predispone comportamientos de encierro, salidas selectivas e interacciones limitadas con personas consideradas seguras.

La prudencia del gobierno argentino extrema las medidas preventivas en esta etapa que los epidemiólogos llaman de contención. Intenta frenar los contactos sociales para evitar los contagios y que la pandemia ponga en crisis el sistema sanitario. Los hogares (la casa), punto cero del trabajador peronista, y a ojos de los expertos lugares seguros para mantenerse a resguardo, fijan a individuos y familias a rutinas de tiempo completo en espacios destinados a la regeneración de la fuerza del trabajo. En un país donde la economía digital está desigualmente desarrollada y a los trabajadores formales se les garantiza el crédito laboral y demás derechos, ¿qué habrá para los trabajadores informales, el cuentapropismo más precario, en las dos semanas de la cuarentena, cuando el mercado -literalmente las calles y la ciudad- se encuentre reducida a una gran plaza seca?

Pero la alarma social es más veloz que la circulación del virus y que la planificación estatal; familias y grupos sociales enteros se han dado la tarea de ejecutar su propio plan de emergencia: compras prospectivas en los supermercados, stockeo de alcoholes, jabones líquidos, lavandinas, barbijos y guantes. Un síndrome de Hikikomori masivo sin la disrupción con las fuentes modernas de la sociabilidad (trabajo, club, universidad) -al menos por lo que dure el aislamiento. Nada que la serie «Preparados para el fin del mundo» ya haya mostrado en el capítulo alusivo al Supervirus que provoca una pandemia (1).

Las partículas nanométricas ingresaron al país dentro de los cuerpos de los portadores semanas antes que el gobierno dispusiera medidas restrictivas sobre viajeros desde países contagiados por el Covid-19. Estas filtraciones no sometidas a exámenes de detección, crearon a su vez una red de propagación para la cual, a falta de información de los cuidados mínimos, abrieron aún más el árbol de contagio. Pertrechados contra esta presencia vaga y recóndita, al modo en que un pueblo asolado por la peste que vuela por el aire se esconde en sus casas, sometemos los cuerpos vulnerables al encierro, y los otros, los aptos y activos, mientras la autoridad determina su aislamiento total, limitan sus rutinas a circuitos mínimos, en un contexto de ciudad sitiada.

Notas

(1) Recuerdo que la serie reclutó paranoicos norteamericanos que creen a ciegas en el apocalipsis y en su poder de salvación gracias a tareas de previsión como el acopio de mercadería a escala mayorista.