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La vida de los libros y el futuro de la lectura frente a la pandemia

8 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier.

La pandemia produjo un impacto feroz en la economía global. Nadie zafó de la caída y, en líneas generales, fue peor en aquellos países que asumieron estrategias más laxas frente al avance del Covid-19. En la Argentina se cerraron miles de pymes, aumentó el desempleo y millones de trabajadores informales se enfrentaron a la incertidumbre de depender del día a día y de la llegada del Estado. Sin embargo, más allá de las consecuencias que afectan lo más urgente -pan, techo, trabajo, salud-, la cultura y, particularmente, el sector del libro, también sufrieron la fuerza arrasadora de la pandemia. Garantizar el derecho al acceso a la cultura es una parte esencial de la vida democrática y del pleno desarrollo de cualquier sociedad. Por ese motivo, este texto apuntará información e ideas relacionadas con el devenir de la industria editorial durante la pandemia y los desafíos de cara al futuro en la vida del libro y los lectores.

Según un informe de la Cámara Argentina del Libro, en abril de este año se registraron, en el sector del libro, un 50% menos de novedades con relación al 2019. De ese total de publicaciones, el 63% contaba, previo a la cuarentena, con una versión en papel, el resto se publicó en formato digital a causa de la imposibilidad de desarrollar el trabajo de imprenta. En ese sentido, el aumento de la producción de e-books fue una respuesta a las dificultades impuestas por el aislamiento obligatorio, pero también constituye parte de la adaptación del sector a los nuevos hábitos de consumo, principalmente, de niños y adolescentes. 

Una encuesta realizada por la CERLALC indica que los libreros y editores son los actores del sector que perciben mayores riesgos financieros en esta crisis. Asimismo, entre las posibles consecuencias de la reducción de ingresos de las empresas del sector encontramos: reducción del personal, baja de salarios, modificación del plan anual de títulos y, en el peor de los casos, el cierre definitivo de la empresa. Según la encuesta mencionada, las editoriales, en la mayoría de los casos, optaron por modificar el plan anual de títulos y los imprenteros recurrieron mayormente a la reducción de salarios. 

¿A quiénes afecta la crisis? La respuesta es contundente: a toda la cadena de valor del libro. Los autores frenaron sus proyectos editoriales y dejaron de percibir ingresos por derechos de autor ante el parate de las ventas, ingresos que de por sí son magros frente a la porción de la torta que obtienen los sellos. Los trabajadores independientes, que ofrecen servicios a los diferentes eslabones de la cadena, perdieron trabajos. Las imprentas dejaron de funcionar. Las editoriales, al no poder vender, se vieron obligadas a modificar sus planes. Las distribuidoras y las librerías -el principal canal de ventas del libro- frenaron sus actividades. Nadie se salvó, el golpe afectó a todos los actores de la industria.

Editores de América Latina y el Caribe coinciden en el bajo reconocimiento del apoyo que el Estado les ha brindado en este contexto. Cuando fueron consultados por las medidas que esperan, la mayoría mencionó la implementación de bonos de consumo cultural para determinados grupos de la población, exenciones impositivas y compras públicas para fomentar la bibliodiversidad, es decir, compras que no se concentren en adquirir libros producidos por sellos de grandes grupos de capitales extranjeros. Sin embargo, existen otras alternativas posibles, como el otorgamiento de créditos blandos, subsidios temporales o la fijación de tasas de cambio diferenciales.

Pese a la enorme concentración que caracteriza al mercado del libro, este sector está compuesto en gran medida por trabajadores autónomos y empresas pequeñas y medianas, en muchos casos unipersonales. Estos actores constituyen la parte más densa del tejido librero y aportan una multiplicidad enorme de experiencias en las que se pueden reconocer saberes y aprendizajes invalorables.

A principios de abril, los investigadores Alejandro Dujovne y Heber Ostroviesky analizaron el impacto de la pandemia en la industria del libro. Lo valioso de este estudio es que no solo publicita datos de las consecuencias de la situación excepcional que atravesamos, sino que también arroja evidencia acerca de ciertos rasgos estructurales del sector. Los autores afirman que el 54% de los talleres gráficos, el 55% de las librerías y el 61% de las editoriales se concentran geográficamente en Ciudad de Buenos Aires. A causa de las pérdidas previstas por la recesión, las librerías reclaman y visibilizan una situación: no están incluidas en el sistema del Programa Libro % de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, que para el 2020 había previsto duplicar el presupuesto para la compra de libros con descuentos de hasta el 50% por parte de las bibliotecas de todo el país. Que sean beneficiarias del programa generaría un gran impulso para sus ventas. Otro aspecto señalado por la encuesta tiene que ver con los alcances del teletrabajo, que no es aplicable a todas las tareas involucradas en la producción, distribución y comercialización del libro. Las dificultades se concentran principalmente en la impresión y la parte comercial, ya que las librerías tienen generalmente las computadoras que controlan el stock en sus locales. Sumado a eso, más de la mitad de estos puntos de venta se vieron obligados a posponer el pago de servicios e impuestos y a interrumpir el pago a proveedores. En el caso de las imprentas, el porcentaje de empresas que debió suspender el pago de servicios e impuestos ascendió a casi un 80% en abril. Finalmente, otro rasgo central del sector destacado en los resultados del estudio está relacionado con la sociología del trabajo en la industria editorial, caracterizada por no garantizar trabajos estables a la mayoría de los trabajadores que participan directa o indirectamente en ella:  abundan los freelancers contratados para proyectos específicos y los trabajadores de medio tiempo en las editoriales, sin distinción de tamaño.

Los lectores no dejarán de leer, no obstante, el parate económico de la pandemia agravó de forma acelerada una crisis preexistente y directamente atada a la recesión global, que data del mundo que preexiste al Covid-19. Los desafíos del futuro en el mundo del libro están adheridos a la capacidad que demuestren los Estados para salir de sus respectivas crisis y, en nuestro país, de la suerte que corra el orden económico: ¿podremos gozar de una estructura económica capaz de proveer estabilidad, que nos permita huir del trágico destino cíclico que nos caracteriza? De fondo, la música triste del sector librero, que suena al ritmo de la concentración del mercado y la propiedad de los sellos editoriales, la centralización geográfica de la producción y comercialización, la presencia movediza y esperanzadora de una zona independiente, las limitadas herramientas aplicadas por el Estado para intervenir en la industria, la precarización de los autores y la necesidad de eliminar barreras y crear nuevos públicos.

Como afirma Roberto Igarza, el libro sigue siendo lo máximo a lo que puede aspirar el texto en su viaje hacia la legitimidad y el reconocimiento intelectual. La explicación a esto: su pasado y presente meritocrático. Pero hay cambios a nivel sociocultural que no se pueden ignorar y el nivel de comprensión al que accedan los editores, al respecto, puede marcar el rumbo de la vida de los libros en nuestro país y en el resto del mundo.

La lectura jamás ha dependido, como lo hace ahora, de otras prácticas de consumo cultural ni ha estado tan estrechamente vinculada al ecosistema cultural mediático. Aumentan los casos de sinergia entre industrias, libros basados en películas, series, videojuegos, intervenciones en la prensa diaria o en plataformas digitales (como el caso de los youtubers) y viceversa. Nuevos prescriptores, como los booktubers o los bookstagramers, que quitan protagonismo al crítico literario, quien a su vez depende cada vez más de adaptarse o no a los nuevos entornos digitales. La práctica lectora, crecientemente inescindible de la escritura y cada vez más colectiva y comunitaria. Novedosas formas de financiar la edición, como las plataformas de crowdfunding, o de difundir la producción literaria, como Wattpad, utilizada masivamente por niños y adolescentes y, en menor medida, por jóvenes y no tan jóvenes. La publicidad, que cumple un rol de tendencia creciente en los modelos de negocio. La producción de e-books, que aumenta aunque la idea de la muerte del papel, así como se presentan actualmente las cosas, parece tan absurda como decretar la defunción de la televisión. 

El mismo Roberto Igarza marca un dato clave: el entorno multimedial se caracteriza por la fractura de la linealidad narrativa, pues en él, el discurso está dotado de una arquitectura poliédrica, permeable y participativa. Néstor García Canclini, por su parte, ofrece tres hipótesis claves para entender el futuro de la lectura y el libro. En primer lugar, propone que contemos con algo básico: la compra de libros está asociada a la capacidad adquisitiva de la población, por lo tanto, la situación económica, sobre todo, en algunos indicadores como el nivel de los salarios o las implementaciones de políticas públicas que fijen mejores precios y fomenten la compra de libros, son insoslayables. Segundo, los programas de promoción de la lectura tienen poco sentido si no se comprenden las transformaciones de los consumidores culturales con relación a todos los soportes y contenidos, y la intersección de la lectoescritura con la oralidad y la visualidad, pues es cada vez más relevante la convergencia de lenguajes escritos, hablados, sonoros y visuales en los nuevos medios sociales. Por último, García Canclini toma los casos de México y Argentina, donde los ejes de la concentración son diferentes; en el primer caso, la producción editorial se concentra en el Estado y, en el segundo caso, en un puñado de grupos editoriales de capitales extranjeros. El autor señala que la revitalización en las ventas de libros de las últimas décadas, en estos países, está directamente vinculada a la diversificación y ampliación de la oferta que trajeron las editoriales independientes, que posibilitan la llegada a nuevos nichos de lectores.

El futuro de la lectura depende del rumbo de la economía política. El futuro del libro también, pues depende de que haya lectores y que tengan los medios para comprar. Una suerte atada a la suerte económica del país, pero también a la gestión estatal y al entendimiento que los actores del sector alcancen de los cambios en las prácticas lectoras y los consumos culturales en general. Los libros ya no compiten solo con otros libros. En un mundo donde la economía de la atención es cada vez más fragmentada y, por tanto, limitada, los libros también compiten con las series, las películas, los podcasts y el resto de la sobreabundante oferta cultural que tenemos a mano. La creación o no del hábito lector depende en buena parte de lo que ocurra en la niñez y la adolescencia, por lo tanto, también resulta insoslayable entender los intereses, las motivaciones, los discursos y lenguajes que participan de la configuración vital de las generaciones más jóvenes. Lo que viene no es sencillo y sin embargo allá vamos.

Referencias

  1. https://antinomiaslibro.wordpress.com/2020/03/16/las-librerias-despues-de-la-pandemia/
  2. https://www.infobae.com/cultura/2020/04/10/la-industria-del-libro-frente-a-la-cuarentena-10-datos-a-tener-en-cuenta/
  3. https://elblogdeguillermoschavelzon.wordpress.com/2020/03/25/ante-la-emergencia-una-propuesta-concreta-para-los-escritores-y-todo-el-ecosistema-del-libro/
  4. CERLALC (2020). El sector editorial iberoamericano y la emergencia del Covid-19. Aproximación al impacto sobre el conjunto del sector y recomendaciones para su recuperación.
  5. Néstor García Cancilini (2019).Cap 1:  Leer en papel y en pantallas: el giro antropológico. En “Hacia una antropología de los lectores”. Universidad Autónoma Metropolitana. Ed: Ariel.
  6. Roberto Igarza (2012). El libro-pantalla y el futuro de la lectura. En “La sociedad de las cuatro pantallas” (Comp. Alejandro Artopoulos). Ed: Ariel.
  7. Roberto Igarza (2013). Nueva Agenda por el libro y la lectura. Recomendaciones para Políticas Públicas en Iberoamérica. Ed: CERLALC
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