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Si Robin Hood viviera, sería mujer y científica

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Por Amautas Huarmis.

Hablando «a ciencia cierta», podríamos sugerir que la forma de hacer y comunicar ciencia actualmente se considera un poco elitista, ya que privilegia el beneficio lucrativo de las empresas editoriales sobre el derecho al acceso del conocimiento. Poniéndonos en contexto, actualmente, quienes deciden hacer ciencia y quieren dar a conocer los resultados de sus investigaciones, deben someter los mismos a extensas y duras revisiones de pares evaluadores (lo que se conoce en el ámbito científico como peer review process). Esto puede tardar meses, hasta inclusive un año, con la posibilidad de no ser aceptado para publicación y ser rechazado varias veces por las revistas académicas.


Para aclarar un poco el panorama, en el mundo científico el paper es la forma de comunicar la ciencia, de poner en común el conocimiento. Pero también es la única forma de cuantificar la producción científica de nuestra labor. Podría considerarse que estos trabajos publicados (que llamamos papers) son una especie de “carta de presentación” obligatoria para las/os científicas/os, la “moneda corriente” entre las/os investigadoras/es, ya que un mayor número de publicaciones asegura una mayor estabilidad laboral, en muchos casos, y quienes no tengan los suficientes papers “en su cuenta bancaria”, irán saliendo poco a poco del sistema científico. “Publicar o perecer”, reza uno de los lemas de la investigación.
Pero este no es el quid de la cuestión. La barrera principal es de tipo económica, las revistas científicas en ocasiones cobran excesivos costos para publicar, alcanzando cifras que pueden llegar a varios miles de dólares o euros. Asimismo para acceder a la información publicada, también hay que pagar, o bien, escribir a las/os autores para que te compartan el artículo, lo cual lleva su tiempo además de ser tedioso.


En instituciones latinoamericanas, como es nuestro caso, los costos para publicación son financiados por los propios subsidios de Investigación otorgados por el Estado. Pero los costos de una investigación no terminan aquí, el sistema de mercado de las editoriales obliga a que el acceso a las publicaciones sea a través del pago de suscripciones. Por lo que en nuestro país además de financiar las investigaciones, pagar para comunicar los resultados, debemos pagar por paquetes de suscripciones a revistas internacionales para acceder al conocimiento generado en nuestro país con fondos públicos. Como consecuencia, el mercado de las editoriales ha conducido al desarrollo de una ciencia élite, creada sólo para aquellos que pueden pagarla. Instituciones como el MIT (Massachusetts Institute of Technology) de Estados Unidos, o el Instituto Max Planck de Alemania, gozan de un gran prestigio y reputación, en parte, porque pueden asumir estos gastos sin temer a quedar sin fondos para futuras investigaciones. Sin embargo, lo más desalentador del sistema es que ni quienes escriben (los investigadores), ni quienes revisan (los evaluadores), ni quienes quieren acceder a la investigación (el público en general), se benefician de este jugoso sistema, ya que todos los fondos adquiridos por cada artículo quedan en las arcas de la editorial. Todo esto deriva en un bajo impacto social de las publicaciones, trastocándose el fin de la investigación, que es el impacto que puede o debe tener la investigación en la sociedad.


Sumado a todo esto, el idioma también constituye una barrera de acceso: los estándares de calidad privilegian a las publicaciones en inglés, con el fin de generar un «acceso universal» al conocimiento científico. Dando mayor crédito a este tipo de publicaciones y considerando «poco prestigioso» publicar en revistas locales, con el idioma correspondiente a la región donde se realizó la investigación, nos olvidamos por y para quiénes fue construido tal conocimiento.


Esto pone al descubierto la necesidad de transformar el sistema de publicación privado a un modelo de acceso abierto, que contribuiría a la transformación del modelo de producción del conocimiento a uno más colaborativo, denominado «Ciencia abierta». En este movimiento los datos, la metodología, y los productos intermedios y finales de la investigación, son de público conocimiento. Esto permite atender las necesidades locales y proporcionar respuestas rápidas y eficientes a las problemáticas tratadas.


Proclamar por una “Ciencia Abierta” es ahora el centro de debate, se ha transformado en el reclamo por una necesidad impostergable. Debido a la situación sanitaria mundial, hay quienes consideran que el Covid-19 puede llegar a ser un impulsor de esta transformación, ya que justamente necesitamos, de manera urgente y apremiante, analizar y compartir las investigaciones relacionadas con el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2). Esta situación ha hecho que cientos de científicas y científicos trabajen incansablemente para encontrar una solución de manera cooperativa y colaborativa. De hecho, se estima que durante los últimos meses, la comunidad académica ha compartido más datos, observaciones, y resultados que durante toda la historia de la humanidad, promoviendo así, el acceso abierto a la información.

Esto es sumamente significativo, ya que pone a temblar el modelo actual de publicación científica. Tanto es así que el MIT anunció, recientemente, que rompió lazos contractuales con la mayor editorial científica, Elsevier. “Ante estos desafíos mundiales sin precedentes, el acceso equitativo y abierto al conocimiento es más crítico que nunca”, dijo Chris Bourg, Director de las bibliotecas de la prestigiosa Institución.


En este marco, hace su aparición Robin Hood. Este famoso personaje ha vuelto, pero como ¡mujer científica! Hoy queremos compartir con ustedes la historia de una de las principales propulsoras de la «Ciencia Abierta» a nivel global.


Si preguntamos, por ahí en la calle, quién es Alexandra Elbakyan o qué es el sitio Sci-Hub, lo más probable es que muchas personas no lo sepan y que nunca hayan escuchado el nombre ni visitado el sitio web. Sin embargo, para las/los cientificas/os e investigadoras/es de todo el mundo, Alexandra y “la página rusa”, significan la salvación y la herramienta de trabajo diaria favorita.


Alexandra Elbakyan tiene 31 años y es oriunda de Kazajistán. Es Licenciada en Informática especializada en seguridad informática, programadora y desarrolladora de softwares. Actualmente, es investigadora en el área de neurociencias en la Albert-Ludwigs-Universität de Friburgo, y más importante aún, es la fundadora del sitio web Sci-Hub, que se lanzó oficialmente el 5 de Septiembre de 2011. Se la conoce como la «Robin Hood de la ciencia», ya que se enfrentó a un grupo de gigantes editoriales, sacando a la luz (pública) 81 millones de artículos científicos papers científicos, por los que usualmente hay que pagar, y mucho. Se estima que más de 500 mil investigadores del mundo visitan a diario la página de Alexandra, y cada vez que su sitio se cae (o lo bajan), las/os investigadoras/es, temblamos.


Muchas personas clasificaban la página de Sci-Hub como ilegal y pirata; de hecho nuestra superheroína no lo niega y dice: “Es cierto, robo a los editores para dárselo a los científicos”. Su sitio web es mantenido gracias a donaciones anónimas de bitcoins de los usuarios y aún no se sabe muy bien cómo obtiene los artículos. Algunos sospechan que cuenta con la cooperación de una gran red de académicos, quienes simpatizan con la causa y comparten sus trabajos voluntariamente o que se aprovecha de las fallas en seguridad de 373 universidades en 39 países. Como una verdadera Robin Hood, es constantemente bombardeada con demandas legales de corporaciones editoriales, y para evitar caer presa se mantiene oculta; sin embargo, con la ayuda de un ejército de seguidores, mueve Sci-Hub entre dominios más allá de la influencia del sistema legal estadounidense, cada vez que intentan cerrarlo.


En la actualidad, Alexandra es considerada una de las principales figuras científicas por contribuir al desarrollo científico asegurando el acceso al conocimiento de manera libre. De hecho, en 2016 la revista Nature, dejando de lado que -en teoría- es su enemiga, nombró a Alexandra entre las 10 personas más importantes para la Ciencia. En nuestro país, recientemente un grupo de científicos publicaron un trabajo sobre el hallazgo de una nueva especie de bagre de agua dulce en la provincia de Entre Ríos, cuyos restos datan de hace 20 millones de años. Lo más interesante es que los investigadores nombraron su hallazgo en honor a Alexandra, como Brachyplatystoma elbakyani, «En mi humilde opinión, Alexandra Elbakyan es la persona que más ha contribuido al acceso abierto del conocimiento científico en la historia de la humanidad», dice Humberto Debat, biólogo especialista en virología molecular del INTA en Córdoba; y agrega: «… Me permito esta hipérbole porque no existe iniciativa, ONG, Institución, Gobierno, acuerdo, Editorial, empresariado o colectivo que haya democratizado de forma tan eficiente y simple el conjunto del conocimiento científico global. Elbakyan, para muchos, es la única persona que logró derribar los muros de pagos que las grandes editoriales oligopólicas habían implementado para secuestrar el conocimiento científico generado por la humanidad».


En conclusión, a pesar de las demandas y el constante asecho que sufre Alexandra Elbakyan por parte de las compañías editoriales, Sci-Hub se ha convertido en un GIGANTE. Es la primera ventana que abren las/os científicas/os de todo el mundo al llegar a sus lugares de trabajo. Mientras que para las corporaciones representa una amenaza directa para su modelo de negocio, para las/os trabajadoras/es de la Ciencia resulta una herramienta crucial en el avance del conocimiento. Desde Amautas Huarmis, no sólo respetamos y admiramos la labor de Alexandra, nos sentimos orgullosas de que sea una mujer la impulsora de esto. Apostamos a un mundo en el que la Ciencia se brinde realmente al servicio y alcance de todas y todos.

SCI-HUB: to remove barriers in the way of the science (para eliminar barreras en el camino de la ciencia)

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