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El Diego es eterno

2 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier

Los nacidos en los noventa conocimos al Maradona-mito. De a puchos, a través de imágenes que casi siempre excedían lo futbolístico, al calor de la sociedad mediatizada, de la Argentina abierta al mundo y la promesa de habernos despojado de ese lastre que para los ideólogos en boga de entonces es la historia. Ese Maradona que acontece y acontecerá infinitas veces por fuera del tiempo.

Los que no lo vimos jugar en vivo -el primer recuerdo de un partido que tengo es de 1997, Boca-Racing, con Bianchi ya en el banco- y los que lo vieron jugar un puñado de partidos durante sus últimos años de carrera, nos fuimos construyendo versiones de él por el folklore de sus proezas, aventuras y los desmanes de su lengua, esa que con los años hacía que sus palabras se tropiecen más y se articulen cada vez más lento, sin perder la irreverencia y el don de la poesía popular que lo constituía.

El Diego tenía esa particularidad, era poeta adentro y afuera de la cancha. El Maradona jugador y el Maradona del resto de las esferas del mundo se parecían mucho, aunque los promotores de la separación obra/artista, los hacedores de simplismos mendicantes de dignidad, digan lo contrario. El Maradona-mito al que millones que llegamos tarde aprendimos a amar nos obligó a atravesar el fantasma, a bancarnos las contradicciones y habitarlas. Y el que pasó eso, sabe lo espantoso que es imaginar la vida sin ese desvío. El que pasó por eso sabe que ahora estamos un poco más solos.

¿Qué clase de hombre puede enfrentarse a sus miserias como él? El día que se despidió del futbol, miles de personas lo aclamaban y millones lo miraban por televisión. Tenía la bandeja servida para el “gracias, me hacen muy feliz” que suele escapársele al hombre común en circunstancias como esa. En ese momento de protagonismo sin igual él eligió decir que se había equivocado. Eso también -sobre todo eso- era Maradona.

Podrán decir muchas cosas. Nunca que se olvidó de dónde vino. Nunca que despreció a los pobres. Nunca que no era un niño yendo sin pensar a donde le daban amor. El corazón de Maradona operaba a cielo abierto, coherente para quién vivió al límite. Ayer eso dejó de suceder.

Nos despedimos de algo que no se va -el Diego es eterno, como dijo Messi- porque en realidad lo que perdimos es un pedazo de nosotros. Necesitamos tiempo para sanar y seguir buscando explicaciones para lo que no tiene explicación. Seguiremos discutiendo a Maradona y lo lloraremos por años. Trabajaremos para honrar su memoria y para que nuestros hijos también lo amen. Nos cruzaremos con sus piruetas y gambetas y nos erizará la piel. Nos encontraremos, en los registros audiovisuales, con el Diego boxeando al periodismo cloacal, haciendo poesía con sus declaraciones, ofreciendo su amor sin pedir nada a cambio. Abrazado a su familia, a sus amigos, a sus amores, a la gente que lo cruzaba en la calle, a la fiesta, a la vida. Porque el fútbol, como dijo en su auto-entrevista en La noche del 10, le dio libertad y elijo creer que Maradona, el de carne y hueso, el que partió de Fiorito a la eternidad, hizo lo que pudo con su vida, y lo hizo a su modo.

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