#Ensayos#Notas

La sombra del virus tapa los oídos

9 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier

Un relato personal 

Meses antes del inicio del tiempo pandémico atravesé una fuerte crisis de depresión, ingesta compulsiva de alcohol -en especial de cerveza- y distanciamiento de la escritura. Más que de la escritura, estaba distanciado del deseo de escribir y dejar que eso, el texto, una vez escrito y publicado, llegue a donde tenga que llegar. De algún modo, la idea de publicar me aterrorizaba, me creía incapaz del mínimo indispensable de coherencia y lucidez. 

Sin embargo, durante ese febrero de alertas globales, el nudo se desató y de un salto aterricé al mismo teclado en el que escribo estas líneas. Previo al impulso, sentía que me encontraba en un intersticio -entre dos tiempos- y que el acto de escribir significaba dar el último tranco hacia una nueva vida. No exageraba. Ahora, con la distancia de los meses, esa intuición ha cobrado una forma más nítida.

Fueron esos meses el tiempo de una espera brutal, habíamos descubierto que mi madre tenía un tumor en la cabeza. (Mi padre inició las gestiones para que pudiera operarse. Una operación muy costosa para la que recibimos ayuda de gente que, sin estar obligada, colaboró. A todos ellos estaré por siempre agradecido). Ese tiempo de desánimo, sufrimiento contenido -no quería que ella supiera cuánto me afectaba la situación-, funcionó como un declive en el que la escritura no se (me) daba. Luego asumí que estuvo bien pasar por eso, que la confusión en mi cabeza era avasallante y que ante semejante caos intentar publicar algo era demasiado riesgoso. 

Pude escribir -¡al fin!- sobre el tema a partir de una necesidad imperiosa. Un brote desmedido que nacía de adentro y que es difícil de explicar. Como consecuencia, publiqué un texto en el que, ahora que releo sus líneas, de alguna manera me reconciliaba con el deseo de escribir y podía por primera vez ejercer una especie de nudismo literario que representaba, debo admitirlo, una cruda demostración de amor. Luego publiqué un texto híbrido entre la crónica y la reseña a partir de Sobre Sánchez, el libro de Osvaldo Baigorria -otro texto híbrido- que trata con swing literario la singular vida y obra del escritor Néstor Sánchez. Como fueron textos cercanos en el tiempo, separados por poquísimas semanas, me convencí de que el tiempo de distancia -con la escritura- pertenecía a un pasado destinado al olvido. 

Mi madre ya había sido operada con éxito y afrontaba el proceso de rehabilitación en Buenos Aires acompañada por mis hermanos y mi padre. Yo, por mi parte, me dedicaba a trabajar por las mañanas y a leer a Guimarães Rosa, escribir poesía y conversar efusivamente con mis amigos por las tardes. Me había reservado ya dos días de la semana para beber hasta sentir que el cuerpo no diera más y que el sueño me llamara. Para cuidar el físico, entrenaba por las siestas a partir de rutinas que encontraba en YouTube o de las que me recomendaba Francisco, un amigo con el que charlo poco y al que quiero mucho. Todo esto, en medio de un terreno escarpado en el que asomaba la propagación -a la que se presentaba como inminente- de un virus que tardaría poco en llegar y encender las alarmas en nuestro país.

Y llegó nomás. 

Cuarentena. La familia lejos, atrapada en un brete doloroso. Trabajo remoto, convivencia pacífica con la abuela, reclusión casi total. 

Salía pasando tres o cuatro días solo para comprar alcohol y algo de comida en la despensa más cercana.

Al comienzo de esa experiencia que aún no termina de cerrarse, decidí abrir un blog. Mis amigos de más de treinta se reían porque veían en este un gesto nostálgico. O decían, con sorna, que me aventuraba a hacer algo que, en su momento, cuando los blogs eran tal vez un canal revolucionario o rupturista, me había saltado por completo. A mí la idea me divertía. Publicaba cuentos, poemas y ensayos sobre temas que me rondaban.

Todo un palo

La historia del principio de la cuarentena es conocida: masa madre, medios de comunicación en postura conciliatoria, oposición cooperativa, el presidente y las filminas, las clases virtuales, los vivos de instagram hasta debajo de tu cama y las miles de tácticas a las que echamos mano para adaptarnos a una realidad absolutamente nueva. Un engendro nuevo en un mundo en el que lo viejo nunca para de nacer.

Todo eso se convirtió en un pequeño y malgastado vehículo conducido hacia una pendiente en la que la convivencia social entró en un proceso de paulatina degradación, en buena parte gracias a elementos y rasgos que preceden a la pandemia. El tiempo pandémico adquirió espesor y fue haciéndonos notar cada vez con más ahínco su capacidad para moldear nuestras vidas, en términos no solo de los límites que impone, sino también de las predisposiciones que alienta. Y de alguna manera exhortó a algunos a volverse sujetos más precipitados, más demandantes, más deseantes de libertad en los pronunciamientos y más preocupados -entre líneas- por tener un amparo paternal; y a otros, a resguardarse en la cautela excesiva, en el cálculo constante, y a permanecer en una postura sumamente pasiva, descomprometida y esquiva, seguramente, por muchísimas razones que no estoy en condiciones de precisar. Fui, creo, uno de esos que poco a poco se terminó atrincherando en el silencio.

Otra vez el silencio, la distancia con la exposición, la impaciencia del cuerpo replegado. Otra vez las ideas que sobrevuelan y se pierden en la inseguridad, en la turbulencia emocional. Eso que parecía perderse en el olvido, como el recuerdo de un impasse desafortunado, regresaba. Pero este nuevo silencio, con el pasar de los meses, se presentó cada vez más como algo calibrado por otras hechuras. Este nuevo tiempo me sirvió para encontrarme con situaciones horrorosas, angustiantes, a las que me enfrenté con otras armas. Pensar siempre es bracear en aguas impredecibles. Y ahora que la escritura es otra vez, de mi mano, cuerpo: me pregunto qué he hecho con ese silencio, qué hemos hecho durante estos meses de hastío, locura y desazón los silenciosos. Dentro de este baile de indignados que se dicen encima, también bailan los callados. ¿Escuchamos los callados?

Me convenzo a diario de que estamos adentro de la envoltura de un fenómeno total, un hecho que se encarna en todos los resquicios de nuestras vidas. Pensamos adentro de la pandemia pero también pensamos con ella. La pandemia es la casa y es el huésped al que no podemos excluir de la conversación: debemos convidarle, quienes tenemos el privilegio de hacer al menos cuatro comidas al día, nuestro desayuno, almuerzo, merienda y cena. Debemos ir con ella al baño y entregarnos a su mirada cuando elegimos la ropa que nos pondremos antes de poner los pies en la calle. La pandemia está en cada salmo, en cada mantra, en cada soplo de ansiedad, en cada infusión de alivio. La presencia del virus es una sombra. O es que tal vez estoy muy loco.

Decía que echamos mano a miles de tácticas. Algunas más efectivas que otras. La mía fue desintoxicarme. Ver menos tele, leer menos noticias y quedarme con algunos artículos de autores que me gustan o recomendaciones de personas que respeto. No sé cuánto puede valer la opinión de alguien que no se informa seriamente hace tantos meses. Pero sé que la opinión de los que se exponen descarnadamente a la saturación informativa es cuanto menos viciada. De todas formas intentaré dar mi opinión. 

Puntualmente, sobre los encargados de gestionar la pandemia: los líderes. Ahí están los líderes. Titubean, impostan firmeza, pifian, hacen control de daños, vuelven hacia atrás y lamentan, cada vez que eso pasa, que la idea de volver atrás sea tan tentadora como absurda. ¡Cómo volver atrás! ¡Es imposible! Lo cierto es que periodistas, funcionarios e intelectuales adeptos a los medios mainstream, de todos los colores, creen que esto es posible. En fin. Estos líderes a los que les ha tocado en suerte manejar una pandemia brutal deben tomar a cada momento decisiones muy sensibles. Y cada vez que lo hacen, intuyo desde las infinitas limitaciones de mis observaciones de recluso, parecen dejar un rezago inmenso de indignados y un puñado de conformes cuya satisfacción vence con seguridad en dos días hábiles. La satisfacción en el tiempo pandémico tiene una mecha muy corta. Demasiado corta. Estos líderes tienen muchos rostros y se guían por modelos comunicativos distintos. Se los puede agrupar según afinidades electivas y están respaldados por legitimidades más o menos sólidas, más o menos frágiles, siempre amenazadas, siempre a punto de ceder a un desplazamiento.

El nuestro es un líder sin cuerpo. Sin liderazgo ni cuerpo. Apenas una voz, un hombre que creyó desde un principio que no le hacía falta nada más que su palabra. Alberto Fernández, el hombre que espera que su palabra sane. Que lleguen las vacunas hasta que la palabra sintonice con la cura. Palaciego y devoto. Solitario. Cercado. Rodeado de intereses que cortocircuitan. Alberto y su despacho viven adentro del vientre de una ballena cuya unidad existencial está hecha un poco de espanto y otro poco de la lógica que separa la paja del trigo, suponiendo que ambas cosas no sean lo mismo.

¿Escuchamos?

¿Qué te puede dar el silencio en la época compulsiva del “hagan algo”, en el tiempo que nos demanda quedarnos en nuestras casas? Como la poesía, el silencio es un lugar donde la posibilidad de la escucha se vuelve más firme. No es un beneficio automático. Tan solo una chance. Habitar el silencio te puede preparar, en el mejor de los casos, para escuchar mejor. 

Pero el silencio y el temor a tomar la palabra no son exactamente lo mismo. Aunque puedan coincidir temporalmente.

Estamos enojados. Los veo, escucho y leo. Y tienen razones que su razón no entiende. “Tenemos”, como dice el meme que parodia la fantasmagoría comunista. Me paso buena parte del día enojado por motivos de lo más diversos y le cuento a mi prometida un par de veces al día a quiénes y por qué quisiera mandar a la mismísima mierda, algo que, entiendo al reflexionar, no es más que un mecanismo de autocontrol y mesura.  

El agua en la que braceamos ha pasado de sobra por debajo del puente. Las decisiones del Estado, la responsabilidad individual, los asuntos públicos. Mal que mal, sabemos rudimentariamente qué es lo que cada cual ha hecho en estos meses. Alejandro Rubio tiene un poema, Moraleja, que comienza así: “Como dos perros que se olfatean el culo/ como el chancho que hoza alegre, como la fila de cacerolas/ que flota en el río, llevando reporteros minúsculos/ hacia el Uruguay […] así es el país, el pueblo y nosotros/ artistas, intelectuales y poetas:/ el parásito y el huésped”. La suerte que define este qué fue primero, el huevo o la gallina, este dilema insulso y obturante en que vivimos atascados: quién tiene la culpa, se llama ideología. Y es una disputa que no carece en absoluto de relevancia. Pero cada día se vuelve más exasperante.

Quien hace silencio puede escuchar mejor. Los pantalones empapados de tanto decirse encima. La excitación de llegar primero, de hacer el gol que define el encuadre. Funcionarios que no funcionan, funcionarios cuyos roles se confunden, opositores jugando al vale todo más irresponsable que pudiéramos imaginar y nosotros, que, se sabe, hacemos lo que hacemos. ¿Quién hace silencio? 

Estás enojado y la música del vecino, al palo. Ya es remera: de esta todos salimos peores. Alguna vez la pregunta rondó y las respuestas se divergieron. Ahora está más claro. Antes había una vida rica en injusticias, brechas, desigualdades más o menos visibles y otras, hundidas en la opacidad. O camufladas por esa miopía llamada sistema. Y ahora todo es más doloroso, profundo y cuesta abajo. Si el mandato siempre es salir adelante de una buena vez y ver por fin la luz, la tarea ahora parece todavía más difícil. Siempre estamos saliendo. O tratando de salir. Cada vez que volvemos a empezar, el camino es más largo. Todos estamos enojados y aturdidos. Y apurados por ponerle un nombre al diablo. Pero, ¿quién escucha?, ¿quién hace silencio y aprende del otro?

Una gran incertidumbre al iniciar este bodrio insoportable era si el Estado podía por fin hacer el esfuerzo de conocer en profundidad a la sociedad, en especial a las capas más bajas: las artesanías de la informalidad, las urgencias y profundidades de sus demandas, sentires y tácticas de supervivencia. 

Las representaciones de los que tienen la voz más pesada y visible todavía parecen sobrecargadas de metonimia, reduccionismo y prejuicios: la Argentina que ellos imaginan sigue siendo Buenos Aires. El interior sigue siendo un pantano de atrasos. El conurbano, el escollo del progreso, un territorio africanizado. Así las cosas, la trama de esta serie: un puñado de muchos contemplan a los que timonean mientras caminan echando el ojo a estos mapas deformes. Así las cosas, la serie: una de terror. Pero algo nos dice el terror de nosotros. Escuchemos.

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