#Ensayos#Notas

Mi vieja mula ya no es lo que era

4 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier.

Entre 2005 y 2021, en Santiago del Estero se han cocinado dieciséis años de Historia. En gran parte de ese tiempo vivido, el estilo de los discursos del gobernador ha estado marcado por un rasgo distintivo: evitar la confrontación. Sus declaraciones públicas más osadas, las que construyeron un antagonista, casi siempre, han tenido como objeto a “los medios porteños” o a esa bestia llamada unitarismo, engendro hecho de texturas reales e imaginarias.

Poco más de diez días atrás, el gobernador escribió en su página oficial de Facebook un descargo, donde se repite un antagonista novedoso en su discurso, uno que ha hecho su aparición en el último año con una frecuencia inusual. El objeto de sus tintas personales, ahora, fue “la oposición política”. Lo que antes era ignorado, ahora se nombra.

La forma de presentación del antagonista merece un análisis discursivo minucioso, pero no me detendré demasiado, también me interesa hablar de otras cosas. La forma en que describe a la oposición es elocuente: oposición política en las redes. La oposición ya no está solo en los medios porteños, ya no es solo mediática, ahora también es “política” y está “en las redes”, un anclaje significativo. Y no solo eso: el enojo manifestado se hace extensivo y, de hecho, comienza por otras figuras. “Personajes, trolls, opinadores y pseudo distraídos”, que serían los responsables de potenciar la circulación de “una noticia falsa y descabellada”. En este caso, cabe aclarar, la noticia falsa es efectivamente una noticia falsa, una que afirma que el gobierno provincial está cobrando por la vacuna. Pero hay más.

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Rescato dos eventos recientes que me han ayudado a pensar. El primero es que el 12 de junio se proyectó en Canal Encuentro una película hecha en Santiago, El zoco de la buri buri. La ciudad inventada, historia que gira en torno a la figura de Jorge Rosenberg y su obra. El segundo es que ese mismo día murió Jesús Martín Barbero, intelectual lúdico y lúcido cuya brillante obra ha nutrido a comunicadores y a las ciencias sociales latinoamericanas en general. Como consecuencia de su partida, he pensado mucho en mis años como ayudante estudiantil en la cátedra de Teoría de la Comunicación II, en la Universidad Católica (UCSE), donde se trabajaba con su clásico “De los medios a las mediaciones: comunicación, cultura y hegemonía”, un libro exquisito e indispensable para todo el que se aventura a estudiar comunicación.

De la película me impactó la recurrencia con la que los testimonios hablan de una ciudad que ya no está más, las evocaciones nostálgicas y algo de ese típico extrañar lo que no ha tenido lugar. Hace tiempo que camino la ciudad y el extrañamiento me sacude. Decenas y decenas de rostros desconocidos cruzan impertérritos ante mí. Ese lugar común del pueblo chico y el infierno grande, pienso, se vuelve cada vez más problemático, más cercano a una vejez inexpugnable.

Por otro lado, recuerdo de Barbero sus lecturas finísimas de autores como Bajtín, C. Ginzburg, Le Goff o De Certeau. Especialmente, recuerdo sus lecturas de Walter Benjamin y aquel rasgo que el alemán señalaba como propio del ingreso a la modernidad, cuando las ciudades crecen y los burgueses se recluyen por temor, y las huellas se pierden en el anonimato. Como la ciudad que me he inventado estos últimos años para representarme Santiago: cada vez más barrios privados -refugio en la intimidad a salvo de la ferocidad de las multitudes- y rostros desconocidos a granel. Como advirtió Luis Alberto Spinetta, algo está pasando. Es que nada está cerrado en el mundo de hoy. Y en ningún otro mundo. 

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Pero la ciudad no es lo único que ha cambiado. En su libro De la concentración a la convergencia. Políticas de medios en Argentina y América Latina, Martín Becerra caracteriza a los sistemas de medios de la región como protocapitalistas, es decir, como un conjunto de empresas que necesitan de la salvaguarda estatal para sobrevivir.  Asimismo, Silvio Waisbord y Elizabeth Fox han señalado que históricamente la discrecionalidad presidencial fue un rasgo estructural y determinante de la dinámica de los sistemas de medios de la región. El asunto es que esa dependencia histórica, alimentada especialmente por pauta estatal, permitía a las empresas de medios estrategias de sostenimiento hoy menos efectivas. La discusión sobre la crisis de los medios y las industrias culturales tradicionales está presente a escala planetaria, el ingreso de nuevos jugadores, ubicuos, en muchos casos de enormes proporciones, ha impactado drásticamente en los modelos de negocio tradicionales. Sin embargo, la digitalización no representa solo el ingreso de nuevos actores que ponen en crisis a los viejos. El fenómeno, más allá de eso, ha traído como consecuencia en las últimas décadas cambios sensibles en la estructura social misma, en la organización productiva, en las relaciones y en el ejercicio del poder. Y la estructuración del espacio público no queda ajena a todo esto.

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Empezamos resaltando que 16 años no son poca cosa. En este tiempo, los escenarios han cambiado. La prensa, la radio, la tv, mucho menos el run run de la calle y las instituciones tradicionales de participación social, ya no tienen exclusividad en cómo se estructura el espacio público. Ramón Zallo habla de espacios solapados, con la llegada de internet, las plataformas y foros digitales que han modificado la ecología mediática y los modos de intervención pública. La configuración actual del espacio público está marcada por la incorporación de nuevos medios online, por la propagación del activismo digital y por la eliminación de viejas barreras que impedían tomar la palabra a vastos sectores sociales. Pasamos de un escenario con jugadores fáciles de identificar, como un pueblo en el que caminas y saludas a todo el que te cruzas, a un escenario plagado de nuevas figuras, donde se ha inscripto el anonimato y las condiciones de la expresión habilitan un caudal mayor de afluentes. Un caudal incontrolable. Los “personajes, trolls, opinadores y pseudo distraídos” son el reconocimiento de ese cambio.

Uno de los peores errores que puede cometer un gobernante, o cualquiera que pretenda analizar la realidad que habita, es el de mirar a la sociedad como un sistema estable. Soy de los que creen que los cambios son lentos, que las rocas se desplazan casi siempre en movimientos imperceptibles, puntillosamente discretos. Pero lo social se mueve y la coherencia y el orden son nada más que una ilusión.

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