#Notas

Una rasgadura en el mundo conocido

6 Minutos de lectura

Breathe, keep breathing

Don’t lose your nerve

Breathe, keep breathing

Por Nicolás Adet Larcher

En la escena estoy rodeado de góndolas. Llevo un carrito de supermercado a cuestas, cruzo los primeros pasillos entre la gente, recojo un par de cosas mientras la voz de Chayanne se mezcla con voces y ruidos indistintos, emprendo el regreso hacia la entrada para pagar los productos. De golpe las luces blancas de los tubos fluorescentes se vuelven difusas. Bajo la mirada, pero un mareo sostenido acompaña el movimiento. No puedo volver a hacer foco sobre el carrito. Recuerdo que leí alguna vez en internet que para evitar los mareos hay que apoyar la mano sobre una superficie plana y estable. Me acerco a una de las paredes pero no funciona. Inflo el pecho, intento cargar mis pulmones con aire pero no hay forma. Hago fuerza, nada. Una vez más. Nada. Cualquier posibilidad de hacer ingresar aire a mi cuerpo está descartada. Ahora ya no veo los gestos de las personas, ni escucho la música, ni veo la forma de los tubos fluorescentes. Todo se desvanece en una agonía conocida que me tira hacia el piso. Pero todavía estoy consciente. Con la poca noción que me queda respecto a lo que me pasa intento atravesar el supermercado lo más rápido que puedo. Salgo de ahí, subo a mi auto y tomo entre mis manos un aerosol para abrir mis pulmones. 

El episodio no fue un mal sueño y este relato tampoco es un texto parido por un extinto blog personal. Disculpen si se agotan con la autorreferencialidad, las redes me hicieron así. Volviendo a lo anterior, podría contar la misma anécdota inicial en otras épocas, con otros nombres y otros lugares. Un viaje con mis compañeros del secundario, unas vacaciones en Córdoba, una vieja noche fría en el barrio. El resumen al final sería el mismo: me quedo sin aire seguido. Cuando se lo cuento a alguien la primera reacción es el horror acompañado de un “y…deberías hacer algún deporte”. Tenis, básquet, baseball, natación, Judo, fútbol, gimnasios, atletismo. Creanme que pasé por muchos deportes. Por fuera del consejo y la preocupación, es algo que me pasa desde que tengo seis años y se volvió una realidad irreversible cuando me tuvieron que internar con neumonía en una clínica, después que me encontraran convulsionando tirado en el piso de mi habitación. Todo esto que estoy diciendo lo viví pero no lo recuerdo. Debo haber estado más preocupado por otras cosas. Lo que están leyendo es el recuerdo del recuerdo de personas que me contaron que las cosas fueron así. Lo que sí me acuerdo de esos día es que estaba acostado en una cama con sábanas de un color verde claro. Que me insistieron con un suero que debían colocarme obligatoriamente y yo me negué. Que me quedé dormido de un segundo a otro y que me desperté con las agujas incrustadas en mis venas, sin preguntas, sin problemas. Dócil y entregado. También recuerdo que unos días después me quitaron las agujas mientras yo observaba mi brazo agujereado, todo hinchado y morado. Y por último recuerdo las dolorosas inyecciones que siguieron durante semanas.

Es muy difícil de describir, porque es una sensación que carece de asociaciones próximas o fáciles. El proceso suele arrancar de dos formas: con un ardor o con un corte en seco. De un segundo a otro, dejas de respirar. Así, en seco. Como un golpe directo al estómago. En estos tiempos de Covid se hizo común escuchar el relato de personas que se quedan sin aire durante unos segundos y comienzan a desesperarse por manotear un poco de oxígeno de algún lado. Cuando aparece el ardor, lo primero que hace es extenderse como un desgarro por la espalda. Comienza por el centro y luego se esparce hasta el cuello y la cintura. Crudo, a veces sin señales previas, ni contracturas, ni dolores. Como un manto efervescente, espumoso, con un centro de calor y los extremos fríos. Como un baldazo de agua helada a la intemperie. Cuando el cuerpo se queda sin aire, su primera reacción desesperada es el bostezo. Un mecanismo de defensa que se activa de manera automática para que no se corte el suministro de oxígeno al cerebro. El intento de cargar los pulmones puede venir acompañado de un silbido o un ruido interno que suena a un arrastre de flemas y restos de aire. 

Es bajar al fondo de la pileta para darte cuenta que calculaste mal y que ahora vas a tener que salir nadando desesperadamente para obtener un poco de oxígeno en la superficie. Sacar la cabeza por la ventana del auto y chocar de frente con la correntada. Sentir el aire caliente y sólido en las fosas nasales. El frescor de una costra recién arrancada. Una masa espesa que se coagula en tu nariz y en tu pecho. Un bloque de cemento incrustado. Aguantar la respiración en medio de un juego de niños para ver quién soporta más tiempo. 

Pero no todos los días son así. La agonía desgarradora del ardor aparece durante días específicos, con humedad alta y cambios bruscos de temperatura. En general, les soy sincero, no la paso tan mal. Tengo mi capacidad pulmonar reducida, claro. He arruinado un viaje de campamento en la secundaria para que me deriven a una guardia de urgencia? por supuesto. He salido a las tres de la madrugada de un boliche para cruzarme a una farmacia y comprar un inhalador que salve mi noche? también. Pero he tratado de que mi vida mantenga cierta normalidad para no ponerme en un papel de paciente en donde no me encuentro. No suelo sacar permisos de salud, ni decir que tengo problemas respiratorios. Me olvido, no le doy el peso que merece, prefiero mirar para otro lado. Lo que sea.

Ah, pero la muerte. Pienso en la muerte. Siempre está ahí, aparece de las formas más retorcidas posibles para recordarme que no olvida. Y justamente, escribo esto después de habérmela encontrado hoy, mientras un auto destrozaba la cabeza de un perro delante mío.

Pensé que podía morirme en tantas oportunidades que ya perdí la cuenta. Un poco por exagerado y otro poco por desprolijo. Por eso me invento rincones sin paredes y escribo metáforas horribles. También leo libros y veo películas para ganar tiempo, para vivir otras vidas, nadar en otros mundos, hablar con otras voces, repetir clichés sobre libros y películas, aprenderme nombres y apellidos de cosas y lugares, esquivar la mirada de la muerte, parada en la esquina, seguramente con una botella en la mano. Vivir fuera de mi cuerpo roto aunque sea un instante. El problema más grande de los ataques es que no suelo llevar mi inhalador conmigo y sin ese remedio inmediato el malestar puede durar más de una hora. El pecho suena mientras intenta recordar cómo era que se llenaban los espacios de aire. En toda esa agonía es imposible pensar en otra cosa que no sea la muerte. Y cuando eso pasa, también pienso en cómo serán mis años siguientes. Hay días donde me imagino sentado en una silla con un respirador y otros días donde me acuerdo que peor que morir es votar un gobierno neoliberal, y se me pasa. 

En la escena ahora estamos alrededor de un fogón en Tucumán. El frío me atraviesa los huesos y ya no puedo hablar sin que salga un silbido de mi pecho. Pasa el tiempo. Uno de los chicos tiene una guitarra, interpretan un amplio repertorio de canciones que parece no acabar. Yo solamente quiero volver a mi carpa. El pecho se me cierra más y más en cada segundo. En la espalda siento el frío de la noche y de frente, en mi cara iluminada, el calor arrasador de los troncos quemados. Me levanto con lo último que me queda de fuerza y me acerco hasta la carpa de uno de los profesores, no puedo hablar. Lanzo algunas palabras sin sentido y me llevan de urgencia a una salita. Al trayecto lo hacemos caminando, el pueblo es chico y todavía estoy despierto para un último esfuerzo. Las calles están vacías, el alumbrado de las veredas apenas deja ver algunas casas escondidas, tímidas, entre los árboles oscuros. Las imágenes se apilan en mi cabeza. En esos momentos, el cerebro retiene la secuencia con una nitidez que sobrevive a los años. Ya no recuerdo los rostros de quienes estuvieron conmigo esas noches, pero si recuerdo la primera inhalación completa después de la agonía. Los pulmones blandos, esponjosos, limpios. Tomando una larga y pronunciada respiración. Llenando los tejidos de intensidad y color. Como si todo fuera nuevo otra vez. Como si el revoloteo de la muerte desapareciera un instante. Como una rasgadura en el mundo conocido. Como si todo pudiera ser algo más que este mundo hostil, donde todos los días, y año tras año, uno ejecuta un combate extenuante y sostenido contra uno mismo.  

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