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Absalón

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Por Ernesto Picco.

Tenía veintidós años cuando escapó de la cárcel en Santiago. Había ido preso por participar de un fracasado complot para matar al gobernador y sus hermanos. Pasó la década siguiente errante entre provincias. Un fugitivo deambulando desde la frontera con Bolivia hasta Rosario. En ese andar hizo fortuna y construyó influencias para preparar a fuego lento su regreso y convertirse en el principal jefe político del Santiago de fines del siglo XIX. Llegó a la cima y murió antes de cumplir los cincuenta años.  Hoy su nombre está en calles, plazas y escuelas, pero lo rodea una extraña forma de olvido que le cabe a los personajes que no despertaron pasiones duraderas. Entre los historiadores locales, sin embargo, hay consenso en que si Aguirre fundó la ciudad, Absalón Rojas fue su refundador. En Buenos Aires, un cronista de la época decía que era “mezcla de caudillo a la antigua y de futuro estadista a la moderna”. Fue el eslabón entre dos épocas muy diferentes de la historia. Si El Conde de Montecristo fuera un western y la historia transcurriera en Argentina, Absalón bien podría ser su protagonista. Intentamos aquí reconstruir a la persona detrás del nombre. Leímos a los que han escrito sobre él, recuperamos cartas y documentos inéditos, y proponemos un relato para su vida. Porque conocer a Absalón Rojas es, también, conocer los bucles de nuestra historia, y su eco en el presente.

1889. Luces

Se dispersó entonces la negrura de la noche y aparecieron los cuerpos de los vecinos de Santiago. Todos coloridos y transpirados en la burbuja luminosa, con sus sombras cortas moviéndose en el suelo terroso. Habrán mirado hacia arriba algunos, para tratar de entender. Otros se habrán observado entre ellos, resplandecientes. Con una sonrisa o boquiabiertos. Estaban reunidos allí para eso. Esperaban aquel momento, sabían lo que iba a pasar, pero igual se habrán sorprendido.

La energía eléctrica era toda una novedad en el verano de 1889 y alumbraba la calle por primera vez.

Aquel fulgor blanco y firme venía a reemplazar las luces ululantes y mortecinas de los antiguos faroles de la ciudad, que olían a combustible y apenas servían de guía para desplazarse entre largos tramos de oscuridad callejera. Las novísimas lámparas incandescentes colgaban de la cima de los arcos de hierro que se habían instalado especialmente, cruzando de vereda a vereda como portales de las bocacalles en las cuatro esquinas de la plaza Libertad.

Eran las últimas horas del 6 de febrero, el mismo día que Absalón Rojas cumplía cuarenta y cuatro años. El gobernador, que llevaba dos años y medio en el cargo, eligió esa noche y no otra para cambiar la ciudad para siempre.

Se habían juntado en la calle, entre la plaza Libertad y el cabildo. Estaban los ministros, sus esposas y sus amigos. Estaban allí los abogados, los médicos y las parteras. Los curas y las monjas. Los carreros y telegrafistas. Las bordadoras, costureras y modistas. Bajo la luz estaban hojalateros, relojeros, y sombrereros. Los mendigos y los cobradores. Habían ido todos a verse brillar en la noche.

No sabemos si aplaudieron o silbaron. Si tocaron música o si habrán salido de las pistolas algunos tiros al aire para festejar.  

No sabemos si Absalón habrá reído. Aunque no era un hombre de risa fácil.

Le habían atemperado el carácter siete años en el destierro y ocho en el Congreso de la Nación, lidiando con lenguaraces y cortesanos que se creían mejores que él.

Todavía era un hombre de cuerpo espigado y cuello largo, como solía vérselo en las muchas fotos que dejó a lo largo de su breve vida. De bigote ralo, barba frondosa y una cabellera a destiempo. Era una época en que ya la moda entre los hombres era llevar el cabello corto y bien aplastado, con algún aceite. Pero Absalón conservaba una melena negra y revuelta, como las que se habían usado una generación antes. Le daba el aspecto, aún quieto, de ser un hombre en movimiento.

Absalón Rojas retratado en Córdoba a sus 28 años. (Fuente: Museo Rojas RR-277-8)

Su hijo Ricardo, que aquella noche de febrero del 89 tenía seis años, escribió sobre su padre ya bien entrado el siglo XX. En sus manuscritos recordaba que su padre tenía una forma de caminar con «paso largo, libre y marcial». Y que «el rasgo central de su fisionomía era el entrecejo siempre cerrado». Al parecer, Absalón dejaba también una marca en el aire: era un hombre que olía a cigarro. «Su único vicio fue el tabaco –escribió Ricardo – del que abusaba en horas de preocupación, de labor o de incertidumbre. Dónde él había estado a tales horas, solían quedar colillas amontonadas» [i].

Pensando en el hombre que fue su padre, Ricardo Rojas también anotó: «Algunos viejos me han referido que si tuvo algunas debilidades eróticas, las tuvo con recato, Como San Martín y Mitre. No jugó nunca, y observaba una aversión militante y predicante contra el juego». Para el arte, poco: «He oído que gustaba de Chopin, lo cual es bastante, y que admiraba a la Patti, pues frecuentó en el Colón antiguo las óperas italianas de su época. El medio y el tiempo que se formó no le permitió cultivar formas estéticas».

La Patti era Adelina Patti, la soprano italiana estrella de fines del siglo XIX, que hizo varias presentaciones en Buenos Aires mientras recorría el mundo. Imaginar a Absalón escucharla en los palcos del Teatro Colón explica también por qué fue él quien mandó a construir, al final de su gobierno, el primer teatro en Santiago. Lo hizo en el terreno donde hoy se encuentra la municipalidad de la capital y lo bautizó Teatro Recreo.

Pero los esfuerzos para el arte fueron al final. Hasta eso Absalón ya había transformado la ciudad, y llevar la luz eléctrica fue uno de los grandes saltos. Santiago fue la primera ciudad del norte que entró al futuro con este adelanto, apenas tres años después que Buenos Aires.

En sus pocos años en el poder Absalón había construido nuevas plazas y edificios imponentes para la época. Había empezado a pavimentar las avenidas. Había ordenado la administración pública, había hecho llegar el tren y había duplicado la cantidad de escuelas.

Y sin embargo, en Buenos Aires, Absalón tenía fama de bruto.

El Nacional, uno de los periódicos más importantes, lo definía así en una edición de perfiles de los senadores argentinos: «Rojas ignora totalmente el porqué de ciertos fenómenos y no sabría explicar a qué debe el milagro de tenerse en dos pies. Siente los efectos, pero no conoce las causas».

Y luego, peor: «Rojas no ha abierto un libro, y me atrevo a decir que no conoce ni por las tapas a los antiguos y modernos autores. En cuanto a literatura, vive en el limbo; de derecho federal no entiende; de economía política, ni jota; y de ciencias naturales se vería en bárbaros aprietos para explicar la composición del aire».

Más adelante, El Nacional le concedía una única virtud y decía: «Eso sí, le sobra audacia» [ii].

Carnaval en el centro de Santiago, febrero de 1888. (Fuente: Memoria Descriptiva de Lorenzo Fazio)

En efecto, Absalón casi no había tenido educación formal. Apenas once meses de instrucción en el convento de Santo Domingo con fray Juan Grande, un cura que enseñaba a los niños de la época entre zurras con palmetas de algarrobo negro.

Ahí aprendió rudimentos de lectura, escritura, cuentas, religión y gramática. Cada día tenía que escuchar misa y besar la mano y el escapulario del cura, que lo devolvió a sus padres antes de un año, con un mensaje sin rodeos: «Ya le he enseñado todo lo que puedo enseñarle. Es muy listo y creo que harían bien ustedes si lo dedicaran al comercio».

Si en Buenos Aires lo atacaban porque no era leído, de Absalón se había dicho hasta allí que era listo y audaz. Pero le pesaba aquella fama de ser un tipo sin formación. Quizás por eso, cuando le tocó gobernar Santiago unos años después, fue drástico: casi el cincuenta por ciento del presupuesto provincial de su último año estuvo destinado a la a educación. [iii]

Aquellos números también dieron que hablar en Buenos Aires.

Una crónica de la revista Caras y Caretas insistía en las carencias del gobernador. Decía de él que «no ostentaba en su biblioteca sino dos o tres docenas de libros», pero destacaba su obra. Contaba que al poco de asumir como gobernador, en 1886, Absalón había visitado al presidente del Consejo Nacional de Educación, Benjamín Zorrilla, para pedirle que le enviara profesores normales para dar conferencias a los maestros santiagueños.

La crónica de Caras y Caretas pintaba el extraño y estimulante movimiento de esos días: «La apertura de las conferencias tomó las proporciones de un verdadero congreso de enseñanza. Convocados por imperiosa circular, alentados por razonables esperanzas de mejoras económicas, vistiendo levitas raídas o ponchos descoloridos, todos los docentes de Santiago del Estero, quien de a pie, quien de a caballo, recorriendo algunos más de cien leguas, habían acudido a la gloriosa cita. Durante una semana, de día como de noche, escucharon, boquiabiertos, elocuentes y sabias conferencias sobre temas estupendos: Pestalozzi y su sistema, los Kindergarten, la psicología infantil, las teorías de Rousseau, la gimnasia sueca, el Polo Sud, el Polo Norte y el eje de la Tierra». [iv]

Absalón tenía a Santiago en plena transformación. Con gente entusiasmada, pero también con detractores que no tenían descanso.

En la prensa o en el Congreso de Buenos Aires sus adversarios lo acusaban de hacer negocios turbios. La Sociedad Edificadora, que se había organizado para llevar adelante buena parte de la obra pública, la manejaban sus amigos Napoleón Zavalía, Melitón Bruchmann y Pedro Barraza, que también hacían y deshacían en la legislatura y otros puestos de la función pública.

Además de inculto y de corrupto, a Absalón lo acusaban de violento. Aún antes de que asumiera la gobernación, cuando manejaba los hilos de la política local desde el Congreso de la Nación.

Manuel Gorostiaga, periodista, abogado y diputado nacional era uno de los más perseverantes adversarios de Absalón. Publicó en 1886 Tabla de Sangre, un folleto de treinta páginas en el que se compilan, con fecha y nombre, las detenciones, torturas, violaciones de domicilio, secuestros, y encarcelamientos políticos ocurridos entre 1884 y 1886, durante los gobiernos de Pedro Únzaga y Sofanor de la Silva.

Allí describió encierros de mujeres, hombres colgados de árboles al sol, otros estirados en estacas de las extremidades en el suelo. Y varios asesinatos. Uno de ellos, de resonancia nacional, fue el del diputado opositor José Arrizola.

Fotografía e ilustración de Manuel Gorostiaga en su juventud y en su madurez. (Fuente: MHP)

El 16 de junio de 1885, el comisario de Choya, Belisario Coronel, había ido a detener a Arrizola en una casa particular donde se había organizado una reunión política. Escribió entonces Gorostiaga: «Arrizola, para no ser causa de ningún desorden, trata de salir y al llegar a la puerta exterior, recibe de atrás un hachazo de sable que le parte el cráneo, derribándolo al suelo; y allí caído recibe las demás heridas de bala y de sable. Las heridas principales que se le observaron al hacerle la necropsia fueron diez». [v]

En la introducción de su Tabla de Sangre, Gorostiaga decía que su objetivo era exhibir «los hombres y los sucesos a la luz del día, para que puedan ser vistos y examinados por todos, negros como son de piel y de conciencia».

Y marcaba un único responsable de la violencia: «La opinión está hecha ya, y ha señalado su sitio y asiento en el desprecio público a los que no sienten el rubor de la vergüenza en el rostro, al reconocer como Jefe a Don Absalón Rojas, mulato servil y abyecto». [vi]

Gorostiaga era tres años menor que Absalón y había compartido con él algunos años en el Congreso, entre 1884 y 1886. Eran enemigos íntimos. En sus ataques frecuentes, le apuntaba a su origen plebeyo y a la ciega obediencia que profesaba al general Roca.

El Nacional describía a Gorostiaga con más benevolencia que a Absalón: «Ha ocupado alternativamente la tribuna periodística, la de las asambleas populares, y la de los debates parlamentarios […] A su corazón debe su elocuencia. Sin ser perfecta, y por mucho que su voz no tenga la ostensión que sus párrafos vehementes exigen, responde sin embargo a sus fines: conmover, persuadir y convencer». [vii]

A la contradicción de una pluma filosa con una voz aparentemente apocada, Gorostiaga le sumaba una apariencia blanda. En los retratos que se conservan de la época, se ve a un hombre de rasgos suaves, que se dejaba crecer un mostacho frondoso y una barba en punta para esconder la boca pequeña y un mentón sin carácter. Y si el rasgo principal de Absalón era el entrecejo siempre cerrado, el de Gorostiaga iba alzado, en tímido triángulo sobre la mirada, como si reinara en aquel hombre la sorpresa o la resignación. Sin embargo, era capaz de batirse a duelo, de escribir con dureza y de conspirar en cuanta mesa o salón pudiera colarse.

Además, Gorostiaga sentía por Absalón un visceral odio de clase. El director de El País era doctor en jurisprudencia, graduado en la Universidad de Buenos Aires, y había llegado a juez civil a los treinta años. Además venía de familia de abolengo. Era sobrino de los Taboada, que habían gobernado Santiago durante un cuarto de siglo. Su padre, Luciano Gorostiaga, también había sido juez, diputado provincial, senador nacional y ministro de varios gobiernos. En febrero de 1886, mientras Santiago se encendía y la electricidad maravillaba a los vecinos, Gorostiaga presidía la Asociación de Prensa en Buenos Aires y se preparaba para viajar a París, integrando una comitiva que se embarcaría repatriar los restos de Alberdi. La energía eléctrica lo tenía sin cuidado. Él era todo eso y el gobernador de su provincia era un hombre sin estudios, hijo de un comerciante de poca monta, que jamás había conocido el extranjero.

Trataba Gorostiaga de no pensar en Absalón, por mucho que le pesara que ese hombre, además, estuviera haciendo la transformación más grande y veloz que se había visto hasta entonces en Santiago. En eso no había discusión. Sin embargo, leer los documentos de la época abre la duda: ¿Quién era realmente Absalón Rojas? ¿El bruto o el visionario? ¿El líder progresista o el caudillo violento y corrupto?

Hay que explorar lo que hizo antes de llegar al poder para entender su carácter y su historia.

1867-1875. Fuga

Durante siete años, de sus veintidós a sus veintinueve, Absalón fue un fugitivo buscado en varias provincias. Se había logrado escapar de la cárcel en 1867, donde había ido a parar por un supuesto complot para asesinar a los Taboada, que hacía dieciséis años gobernaban Santiago.

Los Taboada eran un clan de hermanos y parientes que gobernaban la provincia desde la muerte de Juan Felipe Ibarra, en 1851. Alternaban la silla de gobernador, bancas en la legislatura y ministerios. Sobrinos del viejo caudillo federal, a los tres hermanos los distinguían sus roles en el manejo del poder y sus barbas.

Manuel Taboada, el jefe político, usaba unas patillas que bajaban hasta el cuello y le enmarcaban el rostro lampiño. Era un hombre de aspecto pulcro y prolijo, que nunca se casó ni tuvo hijos. No le gustaba salir de Santiago, pero tenía influencia determinante en la región. Sarmiento – que vivió enfrentado a los Taboada – lo llamaba, con bronca, “el presidente del Norte”.

Antonino Taboada, que llevaba una barba parda y grasienta hasta el pecho, era el jefe militar. Custodio de los fortines que protegían la provincia contra el avance de los indios en la frontera del Salado, y capitán de las tropas que enfrentaban en la región los alzamientos que se oponían al gobierno nacional.

Gaspar Taboada, de elegante bigote inglés, era el capitalista. Manejaba las ricas haciendas que la familia tenía en Matará y los negocios en la ciudad.

Completaba el cuarteto de mandamases Absalón Ibarra, un primo veinte años menor, hijo extramatrimonial de Juan Felipe, que se había criado con ellos en la misma casa. Sería también gobernador, diputado y ministro en distintas ocasiones. [viii]

Retratos clásicos de los hermanos Manuel, Antonino y Gaspar Taboada y su primo Absalón Ibarra. (Fuente: MHP)

Los gobiernos de los Taboada habían puesto su esfuerzo en desarrollar la agricultura y  la industria azucarera. Pero su tiempo había estado marcado por los gastos de las guerras civiles en las que estuvo envuelta la provincia durante los años de organización nacional. Y entre sus opositores les achacaban menos el atraso que la concentración de poder: leían el gobierno de los Taboada como una continuidad familiar del gobierno de Ibarra, en una dinastía que mandaba en Santiago desde hacía más de cuarenta años.

Argentina era un país hacía apenas quince años. No habían cesado las disputas entre unitarios y federales para imponerle una forma definitiva de organizarse. Hacía siete años que se había desarmado la Confederación que lideraba Urquiza. Y desde entonces Buenos Aires centralizaba el poder político con Mitre en la presidencia. En Santiago, los Taboada eran fieles al presidente y se dedicaban a reprimir en su nombre cualquier alzamiento opositor.

Los Rojas, mientras tanto, no se metían en política.

El padre, don Lorenzo Rojas, era un agricultor y comerciante que se dedicaba a cuidar su pequeña estancia. Había sido famoso por ser fabricante y expendedor callejero de las primeras velas de sebo que se conocieron en la provincia. Y lo más importante: respetaba a los Taboada y no se preocupaba mucho por la política.

La madre, Ramona Castro, se había dedicado a criar a los hijos que tuvieron: Absalón y sus hermanos Nerio, Segundo, Lorenzo y la pequeña Delia.

Vivían todos en la casa natal de Ramona, sobre calle Independencia. Compartían una vida y una historia pequeña. Don Lorenzo había nacido en otra casa en la esquina siguiente de la misma calle, a pocos metros de la plaza,  que en 1867 era todavía una manzana descampada y sin árboles ni monumentos. Se erigía, entre las casuchas de palo y techo de barro el nuevo cabildo, apunto de inaugurarse. Parecía un edificio incrustado desde otro contexto, que no cuajaba con el paisaje. Con sus dos plantas con galería, sus arcos y columnas, con su torre y su reloj, era el emblema arquitectónico del período de los Taboada.

Por allí se deslizaron, entre las sombras de una noche de 1867, las tropas que entraron a la casa de los Rojas y sacaron a Absalón a los tumbos.

Entre los gritos de la madre, que pedía explicaciones, el jefe de la guardia explicó con sable en mano que su hijo estaba involucrado en una conspiración para matar a los hermanos Taboada.

Absalón Rojas veinteañero, fotografiado en Salta. (Fuente Museo Casa Rojas RR-273-89)

Absalón fue a parar a uno de los calabozos del cuartel, en la antigua casa de Ibarra, donde ya había siete hombres más detenidos y engrillados.

En las anotaciones del sumariante, Blas García, puede leerse que el plan era matar a don Manuel, a don Gaspar, a don Antonino y a don Absalón Ibarra. Luego entrar al negocio de Gaspar, entregar el  botín al gauchaje y proclamar gobernador a Pedro Vieyra, líder del frustrado grupo de rebeldes.

Absalón había sido invitado por su amigo Jesús María Fernández, que años más tarde sería su ministro y luego fundaría un pueblo con su nombre. Pero en 1867 era un joven revoltoso. Mantenían reuniones de a dos y nunca en grupo, para no levantar sospechas. Eran todos veinteañeros, menos Vieyra, comerciante y finquero que había recibido apoyo desde Córdoba para organizar el complot, que no llegó a avanzar porque los delató uno de los integrantes, cuya identidad nunca quedó del todo clara.

Eran los días previos a la elección presidencial.

Los Taboada le garantizaban a Mitre los electores de tres provincias del norte para apoyar a Rufino de Elizalde, el candidato del oficialismo. Del otro lado estaba Urquiza, candidato del Partido Federal. Pero los dos perderían con el tercer hombre. Un outsider sin partido, que se presentó como independiente: Domingo Faustino Sarmiento.

Por su fidelidad a Mitre y porque los consideraba un resabio de la barbarie de la primera mitad del siglo, el flamante presidente estuvo siempre enfrentado a los Taboada.

Absalón pasó varias semanas en el calabozo, pero tejió un plan para escapar, ayudado por Delia y Nerio. Su hermana era una niña y su hermano apenas un adolescente.

El relato de aquella fuga pasó en la familia de generación en generación. [ix]

Todos los días, Delia iba alegremente al cuartel, llevándole a Absalón una vianda que le preparaba la madre. Los soldados le habían tomado cariño y hasta la habían apodado “la dueña de la guardia”.

En secreto, Delia le pasaba a Absalón mensajes de Nerio y un día le pasó algo más: un trozo de sebo de vela, para hacer un molde de los cerrojos.

Con ese molde de vuelta, Nerio buscó en un cajón de viejas llaves la más parecida y la limó durante días hasta tener una que su hermano pudiera usar para escapar. Delia la llevó escondida en la vianda y Absalón esperó a la noche, al momento del cambio de guardia. Fue un misterio qué le dijo al centinela del calabozo, al que convenció de que le diera el chaleco y el sombrero para camuflarse y escapar. Absalón se llevó también a Cesáreo Pereyra, su compañero de celda.

Cuenta el relato familiar que al salir a la calle y doblar en una esquina se encontraron con el mismísimo Manuel Taboada. Sin titubear, le hicieron la venia y siguieron rumbo.

Absalón y Cesáreo se alejaron de la ciudad, se quitaron el disfraz y cruzaron a nado el río Dulce. Del otro lado encontraron, en un sitio que Nerio les había indicado, dos caballos amarrados con sus cabalgaduras. Galoparon en medio de la noche semidesnudos y se perdieron en el camino hacia Tucumán, donde se enteraron de que el gobierno había mandado chasquis en busca de dos fugitivos. Siguieron entonces a Salta y allí se separaron.

Absalón fue vagando hacia el norte por pueblos y ciudades. Primero a escondidas y en harapos. Hasta que en Salta un grupo de militares opositores a Mitre y los Taboada le ofrecieron ayuda. Consiguió un trabajo arriando mulas hacia la frontera con Bolivia y así siguió andando por los caminos.

Cada vez que podía enviaba cartas a su casa. Le escribía a Nerio y a su padre.

Cuando empezó a ganar dinero tomó una costumbre que mantuvo en cada ciudad por la que pasaba: encontraba casas de fotografía, que eran una novedad de la época, y se hacía retratar para mandar las fotos de los distintos puntos de la travesía a su familia.

Pero don Lorenzo, que había sufrido el intento de complot del hijo, su encarcelamiento y su fuga, no le contestaba.

Las fotografías que Absalón mandaba a su familia. Desde Salta en 1867, desde Córdoba en 1872 y 1874.
(Fuente: Casa Museo Rojas RR-273-89, RR-277-2, RR-277-4)

Escribió Absalón el 15 de junio de 1868: Mi querido padre: deseo volver a Tucumán, donde me parece más fácil poderme ocupar [,,.]  Pero esto no puedo hacerlo hasta no ver arreglada la cuestión Presidencia, cuyas consecuencias es difícil prever. Las elecciones aquí han sido por Urquiza-Alsina y en Jujuy por Sarmiento. […] deseo que Ud. viva feliz con buena salud y tratando de gozar de tranquilidad, evitando cuanto pueda sus cavilaciones. [x]

Luego, el 27 de julio: Mi querido viejo: van dos mensajerías que no recibo carta de Usted, lo que me sorprende y me llena de cuidado […] Cumpliendo con su encargo, no me meto en política y ando indiferente, entre ambos partidos: por consiguiente, nada le digo de ella. [xi]

Tres meses después, el 22 de septiembre: Mi querido padre: ¿Por qué no me escribe? No sé a qué atribuir que Ud. no me escriba ya, y si sólo Nerio. ¿Será que su desafecto se agregue para completar mi infortunio? Le encargaba que me mire: ¿Por qué no me dice “estás gordo o flaco, negro o blanco”? Quizás me haya mirado Ud. con desprecio (porque tal es su genio) acusando de vanidad o fantasía el haberme hecho retratar, cuando solo lo he hecho porque, poseído yo del deseo de verlos a ustedes, suponía en usted igual deseo. [xii]

Absalón siguió viajando. Se fue de Salta a Rosario, en un trayecto que era peligroso por el asedio de los indios del Chaco. El viaje era a caballo o en carreta y era común, para quienes se aventuraban por aquellas rutas, confesarse y dejar el testamento antes de partir.

Él no hizo una cosa ni la otra.

Al llegar a la ciudad portuaria consiguió empleo en el negocio de don Florentino Orgaz, un santiagueño que había sido amigo de su padre en la juventud. Trabajaba como despachante de mostrador y limpiaba el negocio. Le pagaban con la casa y la comida. Ya escribía menos a su familia cuando se cruzó por ahí con su primo, Maximio Ruiz, que volvía de trabajar en un campo en Entre Ríos. En Santiago les contó a los Rojas la suerte de Absalón, y su último mensaje, audaz y entusiasta: «Diles a mis viejos que estoy muy bien y a vos te digo que si vuelves dentro de un año me hallarás de socio de don Florentino o de gerente de la casa». [xiii]

Pero Absalón superó su propio pronóstico.

Orgaz se asoció con él y le encomendó abrir una sucursal en Córdoba. Al poco tiempo llegó allí una carta de Nerio, que reclamaba a su hermano y le describía el clima que se vivía en Santiago: Avísame si te acuerdas siquiera de este pobre pueblo, aspecto de cementerio, donde parece que todos durmiéramos o estuviéramos muertos, viendo la actividad y el bullicio de esos pueblos donde los hombres se mueven y no vegetan como aquí. [xiv]

Absalón no sólo se acordaba de Santiago. Sino que preparaba su regreso y su revancha.

Durante el tiempo que pasó viajando e intentando conseguir un trabajo, no había dejado un momento de conspirar.

Le había mentido a su padre.

Entre los militares opositores que lo habían ayudado al llegar a Salta estaba Julio Argentino Roca. Militar prometedor, de su misma edad. Igual Absalón, aún no tenía la barba que luciría en su madurez. Roca era un tucumano recio y soberbio, con aspiraciones. Ambos habían llegado a Salta casi al mismo tiempo. Absalón en fuga, Roca al frente de una guarnición que había sido enviada por el presidente Sarmiento para enfrentar un nuevo levantamiento federal que venía desde la Puna.

Julio Argentino Roca veinteañero, en los tiempos que conoció a Absalón Rojas en Salta. (Fuente: La Gaceta)

El joven coronel Roca había pasado antes por Santiago, donde ofreció su ayuda a los Taboada para sofocar un contingente sublevado que se negaba a ir a pelear a la guerra del Paraguay. Pero los mandamases santiagueños se la habían rechazado.

Desairado, Roca habló en Salta con Absalón sobre los hermanos que gobernaban Santiago a sus anchas. El militar y el fugitivo se hicieron amigos. No volvieron a verse hasta cinco años después, pero nunca dejaron de escribirse. Absalón le decía “mi Coronel” o “mi General”. Roca le decía “querido Rojas”.

Mientras Roca siguió rumbo al norte, Absalón bajó a Córdoba. Allí tejió sus redes con políticos liberales como Antonio Del Viso y Miguel Juárez Celman, que luego sería concuñado de su amigo.

El 20 de mayo de 1870 le escribió a su padre: Ya tendrán conocimiento de la gran fiesta con que se ha inaugurado el ferrocarril y el telégrafo en Córdoba […] pero lo que tal vez no sepan todavía es que esto ha servido de pretexto para el abrazo de Mitre y Sarmiento […] Veo en ese abrazo prolongarse quién sabe hasta cuándo la opresión de mi pobre Santiago. En fin, paciencia. [xv]

Mitre y Sarmiento, caricaturizados en su tiempo. (Fuente: El Mosquito)

Asombrado por la tecnología y desanimado por la política, Absalón no había pensado en la naturaleza. Pocos meses después de aquella carta, Manuel Taboada enfermó de una neumonía fulminante y se murió de un día para el otro, el 7 de septiembre de 1871.

El jefe político de los Taboada había terminado su tercer mandato hacía nueve meses. En aquel tiempo había asumido Alejandro Montes, que había intentado acercarse a Sarmiento e intentaba despegarse de la influencia del viejo clan.

Para estar más cerca, bajó Absalón desde Córdoba hasta Tucumán, y allí cultivó nuevos vínculos y oficios.

Allí se hizo amigo de Lídoro Quinteros, un joven empresario azucarero con ambiciones políticas, y de su compañero, Martín Posse. Militaban en el partido del gobernador Helguera, cercano a los liberales de la época. Absalón y Martín tenían la misma edad, y Lídoro era tres años menor. Más tarde terminarían todos casados con las tres hermanas Sosa Sobrecasas. Lídoro en 1873 con Laurentina, la mayor. Y en 1877 se casarían los otros dos. Martín con Hortensia y Absalón con Rosario, las más jóvenes, de 18 y 19 años.

Fundaron juntos el periódico La Razón. Le escribió a Roca en 1872 sobre sus nuevos amigos tucumanos: Me obligaron a ponerme al frente del periódico, órgano de ese partido. Me hice pues, periodista.

Luego Absalón volvió por un tiempo a Córdoba, donde seguía sosteniendo el comercio de los Orgaz. Allí escribió también en El Eco de Córdoba y llegó a ganarse una banca en la legislatura de esa provincia. Se sumó así a los grupos que escribían y confabulaban para llevar a la presidencia al tucumano Nicolás Avellaneda en las elecciones de 1874.

Avellaneda era ministro de Justicia e Instrucción Pública de Sarmiento. En su provincia lo apuntalaban también Quinteros y Posse. Absalón colaboraba desde Córdoba. Cuando ganó las elecciones, Avellaneda ayudó a dar el embate final a los Taboada, que ya tambaleaban sin su líder principal.

El 28 de marzo de 1875 entraron por San Pedro de Guasayán dos batallones con el uniforme del ejército. Soldados de infantería y caballería avanzaron al mando del coronel Octavio Olascoaga, un joven militar porteño que había peleado en la frontera sur contra los indios, en Paraguay contra los paraguayos y en varias provincias argentinas contra los federales. Estaba a las órdenes del general Roca cuando fue enviado a arrasar con los Taboada en Santiago.

Los soldados de Olascoaga sólo lograron apresar a Absalón Ibarra y lo arrojaron a un calabozo. Antonino huyó por el monte y terminó escondido en Salta, donde pasó sus últimos años en la pobreza. Gaspar escapó mientras sus enemigos asaltaban sus campos y se robaban los animales y la curtiembre. Terminó en Catamarca, donde se suicidó años más tarde, con la crisis económica de los noventa.

También asaltaron la casa de Luciano Gorostiaga, que era representante de los Taboada en el Senado de la Nación. Su hijo Manuel, el enemigo de Absalón, debió escapar también a Buenos Aires.

El coronel Olascoaga junto a uno de sus soldados. (Fuente: AGN)

El vandalismo de los que descargaban sus años de odio contra los Taboada llegó hasta el convento de La Merced, donde asaltaron la tumba de Juan Felipe Ibarra y desparramaron sus huesos.

Los últimos acólitos taboadistas resistieron en la costa del Dulce y en algunas comunidades del campo. Pero ya con sus jefes fugados, poco pudieron hacer. La legislatura había elegido a uno de sus miembros para ocupar la gobernación: Gregorio Santillán, un porteño que tenía campos en Santiago y contaba con el apoyo del presidente Avellaneda.

Nerio, que siete años antes había ayudado a Absalón a fugarse, ahora preparaba su recibimiento. Se había dedicado los últimos años a trabajar como  maestro, y a conspirar en secreto para organizar un partido que apoyara a su hermano. Había armado un grupo de hombres con viejos compañeros que volvían del exilio, discípulos de su escuela, artesanos y peones de la clientela de don Lorenzo. A todos les había hablado de su hermano, Absalón Rojas: les contaba la proeza de su escape de la cárcel, les decía que había hecho fortuna y lazos políticos en Córdoba, Rosario y Tucumán, que escribía en los periódicos y que vendría a ponerse al frente de las luchas que estaban por comenzar en Santiago.

1884 – 1876 – 1884. Vías

El mediodía del 12 de octubre de 1884 fue la primera vez que entró un tren a Santiago. Y llegó hasta la plaza Libertad.

Los que se habían amontonado aquel día a esperarlo vieron algo insólito.

El paisaje ya había cambiado hacía poco: la plaza tenía plantados sus primeros paraísos, se habían puesto algunos bancos y el monumento de una pirámide en el medio. Se había empezado a reconstruir la Catedral. Pero ciudad seguía siendo una palabra grande. Jesús María Fernández, recordando aquellos años, escribiría luego que aquel «reducido núcleo urbano desaparecía sofocado por una cintura de ranchos sórdidos, diseminados al acaso y por densas plantaciones de tunas, en cuyos intrincados laberintos anidaban el vicio y la corrupción, en sus formas más repugnantes». [xvi]

De todos los rincones se arrimaron ese día hasta el borde de las vías, que atravesaron el paisaje para que pasara el tren, algo que casi nadie allí había visto antes. No habían escuchado, jamás en aquel caserío, el sonido de las máquinas.

La locomotora llegó desde el fondo de la ciudad como el fósil negro de un cascarudo gigante, que venía envuelto en una nube gris y caliente. Dejaba a su paso un olor a grasa y aceite. Los que lo vieron pasar, admiraron desde el costado la danza de las bielas, que iban y venían sobre las ruedas como tendones de hierro.

La atmósfera de la calle quedaba recalentada. Vaporosa. Al aire inusualmente viciado lo recargaban el estruendoso traqueteo en las vías y el silbato chillón, que dejaba en sordina el griterío de los vecinos y los relinchos nerviosos de los caballos.

El tren había viajado 163 kilómetros desde Frías, la primea parada en la provincia del Ferrocarril Central Norte, que a mitad camino de Córdoba a Tucumán abría el ramal que llegaba ahora a la Estación Central, sobre la avenida Colón de la capital santiagueña.

Ilustración del ingreso del tren al cabildo – actual CCB – en 1884. (Fuente: Memoria Descriptiva de Lorenzo Fazio)

Desde allí se habían extendido ocho cuadras más de vía para aquella ocasión especial. En su primera entrada a Santiago, el tren debía llegar hasta el centro, donde habría discursos, música y un banquete.

Así pasó. El tren cruzó la avenida, entró al centro bajando la velocidad y se detuvo finalmente frente al edificio del cabildo. Cuando estuvo quieto y escupió los últimos vapores, del interior bajaron entre vítores Absalón Rojas y Sofanor de la Silva.

Aquella entrada era un triunfo. Una forma de marcar el territorio y una reivindicación.

Años antes, cuando las vías de los ferrocarriles argentinos empezaron a extenderse desde el puerto de Buenos Aires hacia el norte, Sarmiento había dibujado el recorrido en el plano esquivando Santiago, por su enemistad con los Taboada.

En 1884, cuando bajó triunfal del tren frente a la plaza, Absalón llevaba ocho años en el Congreso de la Nación. Recién en 1882 había podido hacer aprobar allí el proyecto de construcción del ramal Frías-Santiago, con fondos del estado nacional. Era el máximo responsable de lo que ocurría ese día. Necesitaba exhibir su triunfo y exhibirse a  sí mismo.  

Desmontándose de aquel monstruo humeante, con la melena negra al viento y la barba característica, parecía aún más alto. Su compañero era un sujeto menudo, de orejas grandes y bigote tímido. Hacía dos meses que Sofanor de la Silva había asumido la gobernación de la provincia. Un diario porteño de aquellos años lo describía como «un hombre bajito, seco – como chaucha de algarrobo – y tostado por el sol»[xvii]. Había llegado de Córdoba hacía pocos años, pobre y a lomo de mula, para poner una confitería. Se hizo amigo de Absalón y fue uno de sus hombres de confianza en el Club Libertad, el partido político que fundaron con Nerio y el grupo que habían armado a su alrededor.

Absalón y sus hermanos Nerio y Segundo en 1874. (Fuente: Casa Musero Rojas RR-277-3)

Pero el camino había sido pedregoso: en nueve años Santiago había tenido diez gobernadores y dos interventores federales. Después de la caída de los Taboada, en 1875, habían quedado al menos tres sectores que disputaban el poder.

Ya no era la dinastía heredera de Ibarra. No eran los líderes militares de otro tiempo ni antiguos caudillos de campo. Se desperezaba una nueva clase política entre la que había líderes de viejas familias patricias, algunos doctos e intelectuales formados en Córdoba o Buenos Aires, y los nuevos ricos que habían crecido aprovechando el impulso de la industria azucarera y de la alfalfa.

Entre unos y otros se agrupaban más por afinidades personales que por diferencias ideológicas. Absalón era el líder de una de las facciones, que se referenciaba en Roca y el proyecto de país que comenzaba con él.

Manuel Gorostiaga lideraba otro sector, que sí se diferenciaba por su defensa de la tradición católica frente a la mirada laica y liberal de los roquistas. Un tercer grupo, más pequeño pero con presencia, lo lideraba Francisco Olivera.

Los hombres de uno y otro sector ocuparon distintos puestos entre el 75 y el 84. Alianzas momentáneas, enconos y conspiraciones los llevaban a ocupar sillas en distintos ministerios y bancas en legislatura provinciales, nacionales o convenciones constituyentes.

En marzo de 1875, cuando Gregorio Santillán saltó de su puesto de diputado hacia la gobernación y trató de formar un gobierno de unidad, Absalón fue a parar a la dirección de la Junta de Instrucción Pública. Acababa de volver a Santiago con treinta años y estuvo ahí apenas unos meses. No sabemos si se lo ofrecieron, o si fue él mismo quien pidió el cargo en alguna mesa donde se repartieron las responsabilidades, anticipando ya el tema que sería su obsesión.

En cualquier caso, era un área sobre la que había mucho por hacer y muy poco con qué hacerlo: el 93% de los santiagueños no sabía leer ni escribir, había unas pocas escuelas y algunos maestros particulares.

En 1876, apoyado en los hombres del partido que le había armado Nerio, Absalón fue candidato a diputado nacional. Pero no logró el apoyo necesario y volvió frustrado a Tucumán, para dedicarse a los negocios.

Allí se reunió de vuelta con sus amigos Martín Posse y Lídoro Quinteros, y puso una casa de comisiones. Se casó con Rosario Sosa y tuvieron siete hijos en diez años. Cuatro varones y tres mujeres. En ese tiempo empezó a hacer su fortuna, con tres fincas en La Banda, donde se dedicó a cultivar alfalfa y maíz primero, y después a la producción de azúcar. Pero no dejó la política. En las elecciones de 1878 se volvió a presentar y reunió los votos para llegar al Congreso de la Nación. Allí siguió tejiendo su red.

Rosario Sosa Sobrecasas y Absalón Rojas en portarretratos familiar, con imágenes de la década del 80.
(Fuente: Museo Casa Rojas RR-285-13)

En 1882 Absalón renovó su banca y fundó en Santiago el periódico La Opinión Pública, que dirigió Nerio, para hacerse su lugar en los debates impresos que pocos leían pero discutían muchos.

El historiador Antonio Castiglione define bien el rol de Absalón en aquella década: «Su influencia comenzó con el fin del taboadismo [,,,] y obstaculizó sistemáticamente a todos los gobernadores que no se avenían a sus indicaciones. Fue el motor de las crisis políticas que impidieron que Pedro Gallo (1879/1882), Pedro Lami (1882), Luis Pinto (1882/1883) y Pedro Únzaga (1833/1884) pudieran finalizar sus mandatos. A todos ellos los hizo remover mediante juicios políticos por parte de las Legislaturas que le eran adictas». [xviii]

Sobre el último que tumbó, antes de llevar al poder a su amigo Sofanor de la Silva, Alén Lascano recupera una carta que Absalón le escribiera a su amigo Roca: Se hace imprescindible retirarlo a Únzaga del gobierno y elegir otro que le inspire confianza a Ud. […] tenemos en la legislatura, que destituye y elige gobernadores, las tres cuartas partes del total de votos disciplinarios e inconmovibles que me reconocen como Jefe único, lo mismo que todo el partido. [xix]

A los treinta y nueve años, después de sus idas y vueltas, Absalón Rojas ya se sentía el hombre más influyente de la provincia.

Ilustraciones de Sofanor de la Silva y Absalón Rojas realizadas por Heráclito para el libro Brocha Parlamentaria, publicado en 1890. (Fuente: Brocha Parlamentaria).

Durante febrero y marzo de 1884, cinco meses antes de empujar a su amigo a la gobernación y siete antes de llegar en tren a la plaza, Absalón había sido el presidente de la convención reformadora de la Constitución de Santiago.

Ahí se definió la nueva organización comunal con municipios urbanos, el voto pasó a ser secreto y por escrito, y se quitaron poderes a la iglesia: entre ellos el registro civil y la obligatoriedad de ser católico para ocupar el cargo de gobernador.

Al mismo tiempo, Absalón había hecho ejercicio en el Congreso de Buenos Aires. Ahí había debatido con hombres de la talla de Carlos Pellegrini, Lucio Mansilla, Aristóbulo del Valle o Victorino de la Plaza.

Además del proyecto de la línea férrea para Santiago, Absalón había participado en debates importantes, como el de la federalización de Buenos Aires o la unificación de la moneda nacional. La prensa porteña lo masacraba: «A Rojas le chorrea una charla descosida – decía El Nacional – en la que no se sabe qué admirar más, si la insolencia con que la derrama en presencia de ilustraciones como del Valle, o la tolerancia con que le escuchan actores y espectadores». [xx]

En la familia Rojas circuló con los años una anécdota que contaba Rosario Sosa de aquel tiempo que acompañaba a su marido en Buenos Aires.

Dormían juntos en la habitación de un hotel. Él había llegado de la calle con un tratado de economía en tres tomos de Boccardo. Absalón era miembro de la comisión de Hacienda y al día siguiente tenía que defender el proyecto de unidad monetaria. Se quedó leyendo, se salteó la cena y Rosario se fue sola a la cama. Contaba ella que despertó sobresaltada en medio de la noche por un estruendo en la pared. Cuando se incorporó y vio que Absalón había arrojado uno de los libros de Boccardo por la habitación, le preguntó a su marido qué pasaba. Él le contestó: «Pasa que uno anda temeroso por no haber cursado en la universidad, y cuando por necesidad lee un libro que le recomiendan los doctores, no halla sino cosas que uno ya sabe o tonterías que no sirven para nada».

Absalón era los dos hombres. El que iba acomplejado por su falta de estudios y se sentía en desventaja al discutir entre los doctores del Congreso. Y al mismo tiempo era capaz de disimularlo con verborragia entre ellos. Y era, sobre todo, el que podía hacer entrar una locomotora hasta la puerta del cabildo de Santiago. El que sabía que era el hombre más influyente de la provincia, y se lo decía sin ninguna modestia a su amigo, el presidente Roca.

1886-1890. Refundación

Hizo de cuenta que olvidaba aquello del mulato servil y abyecto.

Decidió dejar atrás las palabras que le había dedicado Gorostiaga. También las acusaciones de charlatán e ignorante que le propinaban en Buenos Aires y que en Santiago algunos repetían. 

«Desde este momento – dijo el 7 de octubre de 1886 – quedan borradas las heridas que hubieran podido causar en mi alma la calumnia y la injuria de mis adversarios, lanzadas en momentos de ofuscación y extravío».

Era su discurso de asunción como gobernador de la provincia. Su voz vibraba entre las paredes y el techo de la Legislatura. Lo escuchaban los diputados, los ministros, las familias. «Hemos vivido hasta 1875 empleando todas nuestras fuerzas en combatir gobiernos personales y arbitrarios – dijo entonces – y desde aquella fecha hasta el presente, en lucha permanente, pugnando los unos por restaurar tiranías; anarquizados los otros por ambiciones personales, y conspirando todos».

Absalón tenía cuarentaiún años y hacía un llamado a los mitristas, que seguían nostálgicos de los Taboada, y a sus otros enemigos: «Convénzanse los unos que esas soñadas restauraciones ya son imposibles; convénzanse los otros que los móviles pequeños y egoístas no son los que mejor guían y aconsejan a los hombres». [xxi]

Absalón asumía el gobierno de Santiago cinco días antes de que Miguel Juárez Celman asumiera la presidencia de la Nación. El concuñado de Roca había ganado las elecciones en once de las catorce provincias y había reunido el 78% de los votos totales. Unos decían que la diferencia estaba montada en la legitimidad que había construido el presidente saliente. Otros ya denunciaban el fraude que orquestaba la oligarquía conservadora roquista.

Absalón conocía a Juárez Celman de sus años en Córdoba y los que habían compartido juntos en el Congreso. Su posición y sus vínculos eran inmejorables. Y el contexto le daba especial impulso.

Roca acababa de terminar un gobierno de logros notables, si la evaluación no se detuviera en los métodos. Había expandido el territorio nacional con las campañas del Chaco y Los Andes. Había triplicado los kilómetros de red ferroviaria y había mandado a construir nuevos puertos para sacar la materia prima al mundo. Todo ello tomando una gran deuda con capitales británicos, que usó también para modernizar la ciudad de Buenos Aires con grandes calles y edificios a la europea.

Pero el creciente endeudamiento externo no era todavía un problema. En cualquier caso, la presidencia de su amigo había inspirado a Absalón a hacer cambios transformadores también en Santiago. 

El cuadro de Juan Manuel Blanes es un documento del discurso del presidente Roca (en el centro, con la banda celeste y blanca) en el Congreso en 1886. Absalón Rojas es el más alto y morocho de los que miran hacia la derecha en la fila del medio. Está parado al lado de Juárez Celman, que mira “a cámara”. (Fuente: Archivo del Congreso de la Nación).

Pero su gobernación inició con un drama.

La epidemia de cólera que azotó a todo el país al llegar el verano, tuvo en Santiago miles de enfermos y más de un centenar de muertos. Dos muy cercanos al gobernador. Carlos Absalón, su segundo hijo, que tenía apenas seis años. Y Pedro Vieyra, el veterano dirigente con el que había conspirado en su juventud y que había nombrado como su ministro apenas asumió la gobernación.

Santiago tenía tren pero no tenía hospital. Entre enero y febrero de 1887 debieron sacar a las monjas del convento de Belén para convertirlo en un lazarato a donde poner en cuarentena a las personas enfermas.

Las muertes repentinas en tan poco tiempo hicieron colapsar el antiguo cementerio, que hoy está debajo de la cancha de Central Córdoba. Por eso, cuando pasó el desastre, dos de las primeras obras que Absalón puso en marcha fueron el Hospital Mixto y el Cementerio La Piedad.

Mujeres santiagueñas de la sociedad de beneficencia. (Fuente: MHP)

La tragedia no amedrentó el ímpetu de Absalón, que en apenas tres años – eso era lo que duraba el mandato de un gobernador según la Constitución vigente – le dio forma a la provincia y le dio a su gestión un espíritu refundador. [xxii] Firmó acuerdos con los gobernadores del norte para formalizar los límites de Santiago, mandó hacer los primeros mapas y planos topográficos.

Poco se parecía entonces la provincia a la del mapa actual. Era en 1886 un triángulo con base en Córdoba. Al oeste Tucumán, Salta y los caminos que subían a los Andes. El lado este, que descendía en diagonal desde el vértice norte hasta la base, iba paralelo al curso del Río Salado, muy cerca de sus costas.

Del otro lado, la selva.

Si la Patagonia era el límite sur de la Argentina, que en la década anterior su amigo Roca había tomado por la fuerza para agrandar el país, Santiago era el confín del norte donde gobernaba Absalón. Había entonces casi once millones de hectáreas de bosque impenetrable, dominadas en gran parte por los indios.

Santiago era un territorio enorme y prácticamente deshabitado. Había unas diez mil personas en la Capital. Y otras ciento veinte mil desperdigadas el campo y los pueblos.

Absalón empezó a vender a precios baratos las tierras fiscales de la costa del Salado, con la obligación de que fueran pobladas y puestas a producir. La costa del Dulce tenía ya una red de canales de riego alrededor de la cual se habían acomodado los productores que conformaban la incipiente burguesía local. El azúcar era la industria de moda y todos los nuevos ricos tenían su ingenio. El francés Pedro San Germés había puesto el primero en 1879. Diez años después había once. Entre ellos el Trinidad, de Absalón, y el Esperanza, de los Vieyra.

Mapa de Santiago del Estero y Tucumán en 1886. (Fuente: mapasantiguos.com)

La venta a de tierras fiscales infló las arcas del gobierno provincial, que empezó a fundar pueblos, ordenar la administración pública y agrandar la ciudad capital. Ahí construyó cuatro plazas nuevas cuando había una sola. Trazó las cuatro avenidas que delimitaban el centro y comenzó a pavimentarlas. Levantó la usina eléctrica a vapor, una mole de catorce mil metros cuadrados en la esquina de Sarmiento y Garibaldi, que por esos años se llamaba Corrientes y era todavía una zona más despoblada, a mitad camino entre la plaza y la estación del ferrocarril Central Norte.

En 1889, mientras Absalón festejaba su cumpleaños e inauguraba la iluminación eléctrica frente a la plaza Libertad, se había empezado a construir un segundo ramal del ferrocarril que vendría de Santa Fe: 465 kilómetros de vías desde Sunchales que terminarían en una estación en el norte de la capital santiagueña, donde actualmente está el Fórum.

Absalón firmó en 1888 el primer contrato de provisión de maderas para fabricar quinientos mil durmientes del ferrocarril y así dio inicio la industria forestal.

El encargado sería un productor de Frías. Pero de a poco empezaron a llegar los grandes capitales extranjeros para avanzar desde Santiago hacia el Gran Chaco devorando el monte. Y se compraron hasta los trenes.

El Central Norte fue estatal hasta que pasó a manos británicas pocos años después y se convirtió en The Cordoba Central Railway Company.

Y entonces la resta fatal: de los diez millones de hectáreas de bosque que tenía Santiago en 1886, a finales del siglo XX quedaron algo más de seis millones. Después, entre 1998 y 2019, se desmontaron dos millones de hectáreas más, ahora por el boom de la soja.

Difícil saber si Absalón Rojas, que gobernó imaginando el futuro de Santiago, llegó a pensar alguna vez que la verdadera consecuencia sería el sacrificio de los bosques y su resultado una tierra vacía, de suelo plano cocinándose al sol.

Sí habrá imaginado – porque fue su obsesión – que lo recordarían por las escuelas.

Cuando llegó al gobierno había 102 en toda la provincia. Tres años después había 215. La matrícula escolar pasó de 5.000 a 10.000 estudiantes.

Modelo de escuelas construidas durante el gobierno de Absalón Rojas. (Fuente: Memoria Descriptiva Lorenzo Fazio)

En 1889, unas semanas antes de dejar el gobierno, inauguró las cuatro escuelas gemelas: la  escuela Sarmiento, en Alsina e Independencia; la escuela Zorrilla, en Moreno y Sarmiento; la escuela Belgrano en 24 de septiembre (que luego sería la Escuela de Comercio y más tarde la sede del Ministerio de Educación), y la escuela Absalón Rojas, en Rivadavia y Tucumán (que luego se llamaría Laprida).

El cambio no era sólo edilicio. En aquellas escuelas, por primera vez darían clases las maestras egresadas de la Escuela Normal de formación docente. Hasta entonces, menos de una cuarta parte de los preceptores y maestros de escuela tenían algún título que los habilitara a ejercer. [xxiii]

Estas escuelas tenían también la singularidad de su bautismo.

Belgrano era el único prócer muerto. Los demás nombres eran de hombres vivos de la política argentina. Sarmiento era el único que estaba retirado, mudándose por entonces al Paraguay. Pero Benjamín Zorrilla era un hombre de cuarenta y siete años en plena actividad, presidente del Consejo de Educación. Y Absalón no sólo le puso su nombre a la cuarta de esas escuelas: antes lo había hecho un una plaza (la actual plaza San Martín, sobre avenida Rivadavia, se llamó en sus orígenes Absalón Rojas) y con la prolongación hacia el norte de la calle 24 de septiembre, que cien años después sería la primera peatonal de la ciudad.

Es que en su espíritu refundacional, en 1887, Absalón cambió la nomenclatura de todas las calles. A las viejas avenidas América y Constitución las unificó y las bautizó Belgrano. Definió que, como la ciudad se extendía, en esa avenida cambiaran los nombres de todas las calles que la recorrían de este a oeste. Y lo mismo con las calles de norte a sur al pasar por Libertad.

Se bautizaron entonces con nombres de próceres, de provincias, y de amigos.

Roca tenía cuarenta y cuatro años, acababa de terminar su primera presidencia y había pasado al Senado cuando Absalón le puso su nombre a una de las principales avenidas santiagueñas.

También bautizó otras calles con nombres de ex presidentes: Sarmiento, que aún vivía, y Avellaneda, que había muerto hacía dos años. A su antecesor y enemigo, Bartolomé Mitre, no le dedicó ningún rincón de la ciudad. La calle que hoy lleva su nombre se llamó entonces Europa. 

Gorostiaga, los mitristas y los nostálgicos del taboadismo presenciaban la transformación con espanto. Porque el trato de Absalón con amigos y familiares también era para los cargos clave del gobierno. Su padre, don Lorenzo, fue director del recién creado Banco Provincia. Absalón le pagó con poder los años que renegó en silencio por sus conspiraciones y aventuras.

El hermano de su esposa Rosario, Octavio Sosa, fue su ministro de Hacienda.

El esposo de su hermana Delia, el periodista italiano Lorenzo Fazio, fue el encargado de escribir la Memoria Descriptiva de la provincia, que fue el documento oficial más extenso e importante de la época, publicado al final de su gobierno.

Y el cargo que había dejado en el senado para asumir la gobernación se lo dejó a su primo Maximio Ruiz. Volvieron a cambiar de puesto en 1889, cuando Absalón regresó al Congreso, y Maximio pasó a ser gobernador.

1892. Revolución

Sabía que iba al matadero por cómo lo despidió Roca: «Si algo ocurre, lo ayudaremos desde aquí sus amigos». Pellegrini ni eso le ofreció. Sólo le dijo: «Me admiran su patriotismo y su coraje».

En 1892 la oposición a la oligarquía roquista había crecido, enfurecida por la crisis económica, el fraude político y la violencia.

El país ya estaba severamente endeudado y había entrado en default. En 1890 había quebrado el sistema bancario. Se frenaron las obras, cayeron los salarios y crecieron la desocupación y las huelgas. Los comerciantes subían los precios de los artículos de primera necesidad. La calle fue un hervidero contra el gobierno, hasta que el 13 de abril se formó, en un acto político, la Unión Cívica, con referentes de los distintos sectores opositores al gobierno.

En julio de 1890 intentaron tomar el gobierno por la fuerza en un levantamiento con milicianos y soldados díscolos. La famosa Revolución del Parque fue sofocada por los militares leales al gobierno. Pero terminó con cientos de muertos entre ambos bandos .Y el presidente Juárez Celman debió renunciar.

Barricada en la ciudad de Buenos Aires durante la Revolución del Parque de 1890. (Fuente: AGN)

Su vice, Carlos Pellegrini, se puso al frente del gobierno e intentó una política conciliadora, incorporando funcionarios de la oposición.

El 17 de octubre de 1890 Pellegrini le había escrito a Absalón: Gorostiaga anda aquí empeñado en volver a entablar relaciones con ustedes. Para tentar un nuevo arreglo. Por mi parte le he dicho que no me entrometo ya y que trate directamente. Se va a Tucumán y posiblemente desde allá volverá a sus trabajos. [xxiv]

Gorostiaga había sido uno de los organizadores de las primeras tertulias que dieron origen a la formación de la Unión Cívica, y en Buenos Aires trataban de negociar con él.

Roca les escribió a Absalón el 4 de noviembre: Mi estimado Rojas: sin perjuicio de lo que me hace usted presente en la última, debe tratarse de vencer todo obstáculo que se oponga al acercamiento con Gorostiaga, que es lo que conviene al gobierno provincial mismo y a la provincia. Hay que hacer esfuerzos en ese sentido para que Santiago no sea de las últimas en llegar al terreno de la conciliación. [xxv]

Pero Absalón no cedió. Y en febrero, un grupo de revolucionarios santiagueños, envalentonados por Manuel Gorostiaga, se levantaron contra el gobierno de Maximio Ruiz. Desde Buenos Aries, Pellegrini mandó al ejército a repeler la insurrección, encarcelar a los revolucionarios y reponer al gobernador, que pudo completar su mandato.

Aquello sería un aviso.

En Buenos Aires la Unión Cívica creció y se dividió. El debate interno se tensaba entre tomar el poder por los votos o por la fuerza.

Los que proponían lo primero formaron la Unión Cívica Nacional, liderada por Mitre. Y los que apostaban a lo segundo formaron la Unión Cívica Radical, liderada por Alem. 

Roca se acercó a Mitre, siempre más flexible y hábil para negociar. Y eligieron juntos un candidato a presidente: Luis Sáenz Peña, un integrante de la Corte Suprema de Justicia, ultracatólico, de setenta años. Después de casi dos décadas de presidentes jóvenes, llegaba un anciano sin aspiraciones futuras con intención de calmar las aguas.

Luis Sáenz Peña, el presidente anciano, estuvo al frente del país entre 1892 y 1895. (Fuente: AGN)

Sáenz Peña ganó con el 95% de los votos en elecciones muy desprestigiadas, bajo estado de sitio y donde solo participó el 2% de la población.

En todas las provincias se hablaba de levantamientos locales. En Santiago aún más: una de las hijas de Sáenz Peña estaba casada con un santiagueño que adhería a los grupos que pululaban en torno a la figura de Gorostiaga.

Absalón estaba cumpliendo su mandato en el Senado pero en Santiago montaron un operativo clamor: aunque entre sus seguidores varios se postulaban a ocupar el cargo de gobernador, coincidían en que sólo él podía garantizar el orden. Y allí fue. Renunció a la banca del senado, ganó las elecciones y volvió a Santiago. Por eso Roca le ofrecía ayuda en caso de problemas y Pellegrini le admiraba el coraje. Absalón asumió el 7 de octubre sin imaginar lo poco que duraría su segundo mandato: apenas doce días.

Fue en la siesta del 19 de octubre. Hicieron falta apenas treinta hombres para tomar el cabildo y armar una asamblea revolucionaria que se arrogó el dominio de la ciudad. Gorostiaga iba a la cabeza, fusil en mano, con un grupo de hombres más jóvenes. Entre ellos el diputado Pedro García, el bogado Napoleón Taboada, los escritores Pablo Lascano y Andrés Figueroa, y viejos mitristas como Luis Pinto o Luis Generoso Frías. Iban armados con fusiles Winchester y pistolas Remington que les habían mandado camufladas en el tren desde Rosario quienes apoyaban el levantamiento.

Absalón estaba en su casa familiar de calle Independencia cuando escuchó los disparos que venían de la plaza.

Había terminado de almorzar y tomaba su café. Se levantó de la mesa y quiso salir a la calle a ver qué ocurría y al arrimarse a la puerta vio algunos vecinos correr desorientados. Uno de ellos le gritó que no saliera. Se oyó un alarido que venía de la plaza: “¡Muera Rojas! ¡Viva la revolución!”.

Rosario metió a su marido de vuelta a la casa. El pequeño Ricardo, que tenía once años, escribió en sus años de madurez: «Yo estaba en el patio mientras sonaban esos tiros y vi a mi padre pasar hacia el fondo donde había armas y hombres de su confianza. Mandó a cerrar la puerta de la cochera, por donde acababan de entrar algunos amigos que vivían en el barrio: Juan Gándara, Francisco y Mateo Campos, quienes, con los demás hombres, entre ellos el Capitán Felipe Rojas, el sargento Dionisio Sousa Lima, y el soldado Osorio, subieron a la azotea de nuestra casa, improvisando allí un cantón».

El tiroteo duró un rato. Escribió Ricardo: «Las balas que del cabildo venían pegaban en las cornisas o pasaban silbando por el patio, encima de mi cabeza. Los que disparaban desde nuestra azotea, sonaban con tremendo estampido»

Andrés Figueroa, Napoleón Taboada, Gelasio Lagar y Pedro García fueron algunos de los opositores que siguieron a Manuel Gorostiaga y Pablo Lascano en el levantamiento contra Absalón Rojas. (Fuente: MHP)

Una mensajera llegó esquivando tiros a la puerta de los Rojas, anunciando que venía de la casa de Octavio Sosa, que estaba a pocos metros de ahí. Les dijo que se habían reunido algunos de sus amigos para intentar organizar la resistencia: «Dice don Octavio que son como treinta, pero que sólo algunos tienen revólveres. Que diga usted qué deben hacer. Si quiere que hagan cantón allí o que vengan».

Eran la misma cantidad que los que habían entrado en el cabildo. Si los enfrentaban, quizás podían repelerlos. Pero no sin varios muertos y heridos de uno y otro lado.

Absalón era un hombre audaz. Que había sabido conspirar. Que había sabido convencer. Había sabido viajar y hacerse desde abajo. Pero no era un hombre que fuera a luchar: «No hay para qué hacer matar más inocentes – le dijo a la mensajera – todo esto viene de Buenos Aires». [xxvi]

Ordenó entonces a los soldados que estaban en el techo atar una tela blanca a un palo para anunciar que se rendía. Al rato llegó un grupo de revolucionarios que se llevaron a Absalón al cabildo para firmar su renuncia y meterlo preso.

La asamblea revolucionaria gobernó la ciudad durante ocho días, hasta que llegó un interventor federal desde Buenos Aires. Absalón fue liberado y volvió derrotado a su campo en La Banda. Lo encontró destruido y arrasado por sus opositores, tal como dos décadas antes habían hecho con las propiedades de los Taboada.

1893. Regreso

Absalón no podía imaginar que se moriría ese año.

Tenía ya la barba invadida por algunas canas y se le marcaban con más fuerza los surcos del rostro. Pero mantenía intacta la melena negra y viva que lo caracterizaba. Preparaba, a principios de año, lo que él creía que sería una retirada temporal al campo, mientras esperaba la resolución de su última juaga política.

En enero le escribía a su amigo y concuñado, Martín Posse: Querido viejo Martín: he pagado con mi salud, mi tiempo y todas las aptitudes de que he sido, o soy capaz, el tributo que se debe a las malas inclinaciones. Pude haber sido un jugador, capaz de poner una carta hasta en las enaguas de su mujer. O un borracho consuetudinario. En fin, se le ocurrió a mi madre parir un aficionado a la política, como si dijéramos un hombre aficionado a todos los vicios imaginables. ¿Qué hacerle? […] Ah si yo pudiese arrepentirme lo bastante y desviar mis inclinaciones en otro sentido. Estoy en este propósito y pronto a partir con la familia al campo a dedicarme exclusivamente a la atención de mis fincas que hasta hoy no me producen un peso y sólo me ocasionan gastos, necesitando que me produzcan, por lo menos treinta mil pesos anuales, para hacer también el servicio de mis deudas. [xxvii]

Absalón no le contaba su plan a Martín Posse. Sólo renegaba de su adicción a la lucha política. Y le confesaba sus problemas económicos. Su concuñado se había ido de Tucumán a Buenos Aires para sumarse como diputado al Congreso de la Nación, a donde Absalón aspiraba a volver.

Ya desde su finca en La Banda, le escribió en febrero: Aquí me tiene usted enteramente entregado a la vida de agricultor y parece que no lo hago mal, sólo sé que estoy confirmando el nombre de negro con que mis enemigos políticos me calumniaban, pues me estoy volviendo cachimba con las sales de que no quiero guardarme, porque temo desacreditarme en mi nueva carrera si no me presento tostado, y con todas las exterioridades y rusticidad del campesino. [xxviii]

Antigua estancia de Absalón Rojas en Antajé, abandonada en la actualidad. (Fuente: La Banda Diario)

Dos meses antes, en noviembre de 1892, Absalón había reunido en la casa de su cuñado Octavio Sosa a los miembros de la vieja legislatura, que estaba cerrada porque aún gobernaba el interventor federal, luego de la revolución de Gorostiaga. Sofanor de la Silva había cumplido su mandato en el Senado y, según la Constitución, eran los diputados provinciales los que debían elegir el representante para el cargo vacante. Los diputados rojistas, en sesión semiclandestina, enviaron la propuesta formal para que fuera Absalón.

Enero lo pasó en el llano. Los días cocinándose bajo el sol, trabajando en su finca y fumando, mientras esperaba la respuesta de Buenos Aires y planeaba. En silencio, imaginaba otra vez una revancha.

Al mismo tiempo, en el cabildo asumía el gobierno provincial un traidor.

Después de dos meses de intervención y elecciones, un rejunte de opositores a Absalón y algunos ex aliados, eligieron a Gelasio Lagar como gobernador.

Lagar era médico, uno de los 28 que había en Santiago. Cinco años antes, cuando Absalón gobernaba, lo había designado como primer director del Hospital Mixto después de la epidemia de cólera. Luego, Maximio Ruiz lo había elegido como su ministro de Hacienda. Pero disgustado con los modos de Rojas y la crisis económica y política del 90, Lagar se pasó a la oposición, participó de la revolución del 92 y fue elegido gobernador en el 93.

Mariano Gorostiaga, el hermano de Manuel, fue su vicegobernador. Y la nueva legislatura, poblada de mitristas y flamantes radicales, mandó a Buenos Aires los pliegos de Pablo Lascano para ocupar el cargo vacante que había dejado Sofanor de la Silva. Santiago tenía entonces una banca y dos hombres en pugna.

En mayo de 1893 el senado debió dedicarle varias sesiones a debatir cuál de las dos propuestas debía aceptarse: la enviada por la legislatura depuesta, que se había reunido cuando se produjo la vacante; o la de la legislatura electa, que había reaccionado a destiempo. Hubo voces a favor de una y otra, y al final tuvieron la oportunidad de defender su postulación los dos involucrados.

Pablo Lascano (izq.) fue uno de los últimos adversarios que enfrentó Absalón Rojas (der.), a pocos meses de su muerte. (Fuente: MHP)

El 23 de mayo, Absalón se presentó como un hombre que hacía un sacrificio: «Estoy hastiado de los puestos públicos – les dijo a los senadores, que conocía muy bien, pues ya había pasado allí varios años – en los cuales no se hace otra cosa que dejar el alma y la reputación a girones, arrancada por el diente de la calumnia. Si este diploma sólo importara un honor personal para mí no lo defendería; lo defiendo porque en él está representada la soberanía de mi provincia». [xxix] 

A su turno, Pablo Lascano dijo que el diploma de Absalón había salido de la clandestinidad y debía ser rechazado. Y que los hombres que habían depuesto al gobierno por las armas llegaron al poder dos meses después por los votos, cuando se fue el interventor federal.

Y defendió la revolución: «Fue contra un sistema depresivo, fue contra un gobernador y una legislatura que cometían todo género de escándalos, que vivían fuera de la Constitución». [xxx]

En el senado era la primera vez que le escuchaban la voz a Lascano. Aunque su nombre era conocido: era un periodista que firmaba en La Nación y había publicado ya un libro en Buenos Aires. [xxxi] Pero en el Congreso era prácticamente un forastero.

Después de los alegatos, se votó. Cinco senadores apoyaron a Pablo Lascano y doce a Absalón Rojas, que juró allí mismo y pasó a ocupar su banca.  

Sesenta días después, Absalón murió de un ataque al corazón mientras dormía en la habitación de huéspedes de la casa de Martín Posse, en Buenos Aires. Tenía cuarenta y ocho años.

Su amigo Jesús Fernández escribió sobre la muerte de Absalón: «Pocas horas antes de que estallara su gran corazón, Rojas vencido, abatido por su desastre económico, minado por la preocupación aguda del porvenir de sus hijos, cayendo en la superstición exclamaba con lágrimas en la voz y en los ojos, al caer de su trémula mano un pedazo de pan, mientras comía en casa de don Martín Posse: ¡Quién sabe si mañana faltará el pan a mis hijos!  A la mañana siguiente, su esposa, con quién compartía el lecho, se encontraba al lado de un cadáver, cuyo rostro contraído, convulso, reflejaba la angustia que lo mató». [xxxii]

Absalón tuvo un velorio en el Congreso durante la mañana del 24 de julio. Al mediodía, Martín Posse, Melitón Bruchman, Remigio Carol y  Lídoro Quinteros cargaron el féretro hasta un coche fúnebre que lo llevó a la Estación Central, donde el presidente Luís Sáenz Peña había dispuesto un tren expreso que lo llevaría a Santiago. Martín Posse fue quien llevó el cuerpo al norte en un viaje de veintitrés horas.

Rosario Sosa tenía treinta y tres años cuando quedó viuda y con seis hijos. Anonadada por la muerte de su esposo, permaneció en Buenos Aires.

Cuando llegó a la Estación Sunchales, Posse se bajó del tren y habló frente a una multitud de santiagueños: «La señora viuda del que fue en vida nuestro amigo Absalón Rojas, senador nacional por esta provincia, cuyos restos aquí presentes, me ha encomendado la triste misión de acompañar desde la Capital de la República […] Es ella, que en las horas tranquilas del hogar, aunque pocas, por cuanto todo su tiempo, su pensamiento los absorbían los asuntos políticos y el progreso de su provincia, pudo cerciorarse que el corazón y el espíritu de Absalón Rojas, pertenecían, en la vida y en la muerte a su querida Santiago». [xxxiii]

El cuerpo embalsamado de Absalón se exhibió durante toda la noche del 25 de julio en su casa de calle Independencia. Desfilaron por allí sus amigos y enemigos. Hombres y mujeres. Ricos y pobres.

La historia siguió su curso.

Cuatro días después de que ordenara los funerales de Absalón Rojas, el presidente Sáenz Peña vio estallar la revolución radical en Buenos Aires. Leandro Alem, su sobrino Hipólito Yrigoyen y una parte disidente del ejército movilizaron más de ocho mil hombres que tomaron el gobierno bonaerense y estuvieron a punto de tomar el gobierno de la nación. Hubo levantamientos en Rosario, Corrientes, San Luis y Tucumán. Fue el propio general Roca el que volvió a liderar las tropas y vencer a los revolucionarios en septiembre, después de más de dos meses de tensión.

En Santiago continuaron los enconos, enfrentamientos y conspiraciones.

Calle Libertad en 1890, con el Cabildo (actual CCB) frente a plaza Libertad. (Fuente: AGN)

En la década siguiente hubo cinco gobernadores y dos nuevas intervenciones federales.

Pedro García fue asesinado a tiros en la puerta de su casa en 1898.

Después de enfrentar a Roca durante años, Manuel Gorostiaga fue funcionario de su segunda presidencia cuando fue enviado como ministro plenipotenciario al Brasil. Murió en Buenos Aires en 1918. En Santiago le pusieron su nombre a una biblioteca que está frente a la plaza Absalón Rojas, como para seguirle rondando a su viejo enemigo.

Napoleón Taboada continuó liderando la oposición y participó de nuevas revoluciones en los años siguientes. En su casa se imprimió el primer número de El Liberal, que era diario de los conspiradores.

Gelasio Lagar fue gobernador hasta 1895, cuando fue destituido por una revuelta que organizaron disconformes sus antiguos compañeros de la revolución del 92.

Pablo Lascano siguió viajando, escribiendo y militando: fue candidato a gobernador en 1912 pero perdió con el médico Antenor Álvarez. Murió poco después.

Absalón Rojas se convirtió en un nombre.

A medida que morían sus correligionarios y enemigos, su historia se fue olvidando.

En 1938, la Asociación Cultural La Brasa le rindió el último gran homenaje. Ahí escribieron pequeñas biografías laudatorias Juan Besares y Osvaldo Magnasco, Y Alfredo Gargaro le dedicó una conferencia en el teatro 25 de mayo cuando se cumplieron 46 años de su muerte. Mandaron a hacer algunos bustos con su rostro.

No era una fecha redonda sino la carencia de un prócer útil para los intelectuales del siglo XX. Buscaban recuperar su figura como la de un líder moderno y progresista, en oposición a Ibarra o Los Taboada. Y sobre todo, laico: la provincia enfrentaba una reforma de la Constitución que tenía como uno de sus principales debates, la relación de la iglesia con el Estado.

Pero fue eso y no mucho más.

La historia de Absalón se perdió entre cartas, recortes y viejos papeles.

Algunos de sus viejos muebles y pertenencias se pueden ver en el Centro Cultural del Bicentenario en Santiago, donde fuera el antiguo cabildo. Toda su correspondencia, sus documentos comerciales, sus fotos y memorias están guardados en cuarenta cajas en la antigua casa de su hijo, Ricardo Rojas, convertida en un museo en Buenos Aires. Aún nadie se ha dedicado a estudiarlas en detalle.


[i] Ambas entradas pueden leerse en “Vida de mi padre”. Borrador de Ricardo Rojas para una biografía de Absalón Rojas, en la Casa Museo Ricardo Rojas.

[ii] Los textuales pertenecen al libro “Siluetas parlamentarias”, publicados por El Nacional en 1886. Pp. 141-153. 

[iii] El dato se repite en la Memoria Descriptiva de Fazio, en la biografía de Besares y en los documentos de la época.

[iv] La nota la escribió el poeta El poeta y cronista suizo Charles de Soussens, que se interesó a principios de siglo XX por aquel episodio, que había ocurrido a mediados de los 80. Indagó y escribió luego en Caras y Caretas. La cita corresponde al N° 772 del 19 de julio de 1913.

[v] “Tabla de sangre”, Buenos Aires: El País, 1886, p. 20.

[vi] “Tabla de sangre”, Buenos Aires: El País, 1886, p. 8.

[vii] Siluetas parlamentarias. El Nacional, 1886, Pp. 185-193.

[viii] Todos ellos habían sobrevivido a otros dos hermanos Taboada muertos en juventud. Felipe, el artista, que había ornamentado con sus pinturas y esculturas el convento de Belén y los templos de La Merced y Santo Domingo. E Isidoro, poeta y místico del que poco se recuerda.

[ix] Un relato extenso de esa anécdota se encuentra “Vida de mi padre”. Borrador de Ricardo Rojas para una biografía de Absalón Rojas, en la Casa Museo Ricardo Rojas.

[x] Carta de Absalón Rojas a Lorenzo Rojas del 15 de junio de 1868. Archivo Casa Museo Rojas.

[xi] Carta de Absalón Rojas a Lorenzo Rojas del 27 de julio de 1868. Archivo Casa Museo Rojas.

[xii] Carta de Absalón Rojas a Lorenzo Rojas del 22 de septiembre de 1868. Archivo Casa Museo Rojas.

[xiii] Un relato extenso de este encuentro puede leerse en “Vida de mi padre”. Borrador de Ricardo Rojas para una biografía de Absalón Rojas, en el Archivo Casa Museo Rojas.

[xiv] Carta de Nerio Rojas a su hermano S/F. Archivo Casa Museo Rojas.

[xv] Carta de Absalón Rojas a Lorenzo Rojas del 2 de mayo de 1870. Archivo Casa Museo Rojas. .

[xvi] Jesús María Fernández en el diario EL Siglo, s/f. Transcripción en el Archivo Casa Museo Rojas.

[xvii] Brocha Parlamentaria. Editado en Buenos Aires por Joseph Escary en 1890. Pp. 147-152.

[xviii] Castiglione, Antonio. “Historia de Santiago del Estero 1890-1900”. Santiago del Estero: Academia de las Artes y las Ciencias, 2019, P. 21. 

[xix] Alén Lascano, Luis. “Historia de Santiago del Estero”. Buenos Aires: Plus Ultra, 1996, P. 397

[xx] Perfil de Absalón Rojas en “Siluetas parlamentarias”, El Nacional, 1886.

[xxi] Discurso de asunción de Absalón Rojas el 7 de octubre de 1886. Archivo Casa Museo Absalón Rojas.

[xxii] Existen algunos trabajos ya clásicos para conocer en detalle los aspectos económicos y políticos de este período, y el inmediatamente previo y posterior: “Ferrocarril, quebracho y Alfalfa”, de Alberto Tasso (Ed. Alcion, 2007); y “La formación de un Estado periférico”, de Mercedes Tenti (Ed. UCSE, 2014). También hay referencias relevantes en “Modernización urbana en el Centenario. Ciudad e identidad en Santiago del Estero”, de Margarita Fantoni (Ed. Bellas Alas, 2017).

[xxiii] Sobre este tema puede leerse la tesis Armando Jugo Suárez de la Maestría en Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Quilmes, titulada “La organización del sistema educativo provincial en Santiago del Estero 1859-1888”.

[xxiv] Carta de Carlos Pellegrini a Absalón Rojas del 17 de octubre de 1891.

[xxv] Carga de Julio Argentino Roca a Absalón Rojas del 4 de noviembre de 1891.

[xxvi] Las entradas textuales pueden leerse en “Vida de mi padre”. Borrador de Ricardo Rojas para una biografía de Absalón Rojas. En Casa Museo Ricardo Rojas. Hay allí un texto de siete páginas sobre cómo se vivió el día de la revolución en la casa de los Rojas. También hay un relato de aquel episodio en  una nota sobre su infancia, publicado en el diario Los Andes de Mendoza, el 21 de septiembre de 1941.

[xxvii] Carta de Absalón Rojas a Martín Posse el 13 de enero de 1893.

[xxviii] Carta de Absalón Rojas a Martín Posse del 17 de febrero de 1893

[xxix] Citado en Alén Lascano, Luis. “Historia de Santiago del Estero”. Buenos Aires: Plus Ultra, 1996, P. 433.

[xxx] Citado en Alén Lascano, Luis. “Historia de Santiago del Estero”. Buenos Aires: Plus Ultra, 1996, P. 433.

[xxxi] Pablo Lascano ya había publicado, en 1889, su libro “Siluetas contemporáneas”, editado en la imprenta de Jacobo Peuser, famosa por su edificio en Cangallo y San Martín, con sucursales en La Plata y otras ciudades del país.

[xxxii] Artículo de Jesús Fernández en el Diario El Siglo en 1917, S/F. Archivo Casa Museo Rojas.

[xxxiii] Una copia del discurso se encuentra en la Casa Museo Archivo Rojas.

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