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#Notas

Deshabitadas del pueblo que fuimos

6 Minutos de lectura

Por Gabriela Álvarez

Ilustración: Juanca Paez Gimenez

Palabras que intercambian y dialogan con el último poemario de la poeta Belén Cianferoni, “Matar a Kant” editado por Gerania Editora (Tucumán), Mayo, 2020.  

Nuestro acontecimiento

Con Belén nos encontramos de casualidad en Bs As. Las dos estábamos de paso. -¿Estás en Buenos Aires vos también? –Sí! Me vine a una lectura de poesía. –Yo me vine a hacer un tratamiento. Podríamos vernos? -Dale! Mandame la dirección. Yo estaba en Belgrano, en la casa de mi hermano; y cruzando el puente que atraviesa unas vías del tren, estaba el departamento donde Belén se alojaba. Era tan sólo cruzar un puente, o las vías del tren por el aire. -O era tan sólo, no hacerlo-. ¿Has visto que estamos muy cerca? Pensé que Buenos Aires era más grande. Ahí voy, dije. Creo que fue la primera vez que nos vimos. Dos santiagueñas inventando un gran mundo entre los edificios. Un gran mundo dado por el deseo de escribir o de seguir escribiendo. Bajó a abrir su mamá. Cuando sabes que las cosas se dan, no hay preguntas, ni respuestas. Hola, sonreímos. Me sentí agradecida por la invitación. El departamento circunstancial tenía una ventana enorme, ¿o era una pared moderna toda de vidrio?, que le daba mucha vida. Por ahí entraba la luz gris de un día que recuerdo invierno. Belén me invitó un té en una taza hermosa de cerámica. Nada de todo ello era nuestro. Sólo la casualidad y lo que hablamos. 

Ahora, tengo la suerte de escribir y dialogar con su libro “Matar a Kant”. Digo la suerte, porque los movimientos ocurren, y quizá estamos solamente un poco predispuestas a esa entrega, a esa escucha, como posibilidad de sentir el acercamiento, el gesto y dejarlo ir. A ese sin sentido dado por nuevas razones, por el placer de hacer lo que nos gusta o lo que nos llama, lo que vive ahí adentro. Como este nuevo poemario de Belen Cianferoni, que nace para mí, aquí. Quizá para ella, desde siempre.  

El gesto de lo restituido

        “Matar a Kant” es un poemario atravesado por muchos símbolos, figuras y personajes ligados al mundo intelectual, a la psicología, la política, filosofía, e incluso al diálogo con otrxs poetas. Pero aún así, la voz poética sale del cuerpo de Belén y de lo que la rodea. Una voz que se construye asimilándose en sí misma y en lxs otrxs. 

Digo que en ciertas ocasiones, un cuerpo comienza a escribir comprendiendo lo que no, para ir hacia otra posibilidad. Esto es lo que ocurre en “Matar a Kant”. Existe esa voz que deviene en el aprendizaje de la deconstrucción, en la pregunta, en el no saber, en la necesidad de la transformación para refundarse así en el presente de su orden y desorden. Como dice su propia autora, en esa necesidad “de encontrar un lugar habitable en un mundo hostil”. 

Este sabio poemario tiene una íntima conexión con la filosofía poética de Chantal Maillard, y quizá precisamente con su libro “Matar a Platón”. En dicho libro, la autora sostiene “el infinito es el dolor” y lo infinito no existe. Lo que existe es el acontecimiento, ese instante como un gesto de cuerpos que confluyen, como el gesto de la restitución. Y recuerdo así unos versos del poeta Edmond Jabes, “devolverle el agua, al agua”. 

Belén duda, y dice “no sé quien soy/ hay días que cambio”. ¿Es la duda, o es la posibilidad? La posibilidad de ser otrxs, frente a una polaridad occidental que nos encierra: “creo que soy ese pelo que /se cae / e innecesariamente vuelve a crecer /donde no debe”. Como cuerpos orgánicos, como partes de algo que se desprende y simplemente recupera la fuerza en la rebeldía que sólo el acontecer lo permite: “Limpiamos el chiquero / de nuestras malas elecciones, / aclaramos la voz / y antes de entregarnos / al fuego, /  vamos a ser lo / suficientemente inteligentes”. 

En sus versos transcurren los aprendizajes, la libertad entregada a las formas de vivir y a sentirse equivocadxs, de permitirnos la razón para volver a crearla según el cuerpo que nos damos: “ Estas estrellas / son nuevamente nuestras”. 

Aparecen los universos, el mar, el monte, la palabra monte, como espacio que somos y lenguaje adherido a él. Las palabras que “se mueve porque se tienen que mover” y existe alguien, Belén, una voz que lo dice, lo pide, o reclama y lo acelera, aún a ese ritmo que no poseemos, sino que es aprendido. Porque nada es igual a nada, porque el cuerpo se mueve, aparece y desaparece, pero solo sucede en la medida de su encuentro, en la medida en que una palabra besa a otra palabra.

¿Qué sostiene primero al cuerpo enfermo? ¿Cómo desaprender sus representaciones, cómo encontrar la velocidad precisa para volver a iniciar un movimiento? La voz poética de Belén dice verdades fuertes, y esa fuerza permite incluso destruirlas. 

Belén no sabe qué de todo, pero sabe a quién le habla aunque ese quién no responda: “¿Por qué aún no me he encontrado? / ¿Por qué sigo /boyando /de bar en bar,/ de mal paso en mal paso? / Dime Foucault, /¿para qué miércoles / fui creada?”

¿Se puede matar a Platón, a Kant, se pueden desarmar las ideas aprendidas? ¿Podremos crear una razón un poco más acorde a nuestra plenitud, a nuestros deseos? Una razón compañera del tiempo que pasa. Belén piensa, dialoga, intelectualiza porque la razón también puede avanzar. La razón también se modifica. Ella siente y piensa al mismo tiempo, porque es en su cuerpo donde todo es. Y ese cuerpo tiene sus propias incertidumbres pero también sus creaciones. 

La voz poética insulta, maldice, reniega, se indigna, e incluso se ríe e ironiza, y sobre todo, invita. Nos invita a ver, invita a probarnos, a escucharse, a poner en juego al propio cuerpo frente a otrxs: “Escáleme, señor, no hay problema. Venga siéntese, que hoy hay un eclipse lunar y tengo anteojos para dos”. A esos otrxs que se vuelven más pequeños frente a la grandeza de los universos que contemplan. 

Belén nombra a la hostilidad, a la guerra, a la inocencia en el medio de un territorio que se agrede, o que es agredido: “Mira cómo el dios metálico de las balas emerge. Mira cómo tu humano ha muerto,/ se ríe un Dios que no conozco”.

En un mundo hostil, la voz poética se destruye tan solo para detener la misma violencia cuando entendemos que ella puede dejar de suceder: “Ya no más, Belén. / Ya no más. / Respira, toma agua. / Déjalo ir. / ¿Por qué? /Porque ya no sirve” 

¿Qué crea Belén? ¿Lo que cree, lo que siente y piensa?. ¿Lo que la abruma y la libera? ¿Lo que sueña y hace a la vez? La voz poética pregunta y responde, destruye, rearma, no con ideas fijas sino con imágenes que abren: “Te enfermas, y la niña que eres vuela entre / la tormenta”. 

Pero tal como nos pregunta e interpela Maillard en su poesía, podemos saber ¿ante los ojos de quién es lo que acontece?. 

Existe aquí en este poemario, en Belén, una voz conectada con la necesidad, y es una voz que nos guía: “con todo el ingenio del cosmos / para matar a Kant”.  Hay certezas en los peligros, en el ser al desnudo, y en el amor:“Esta lengua que amo. Es lo que soy” Aquí está la fuerza, / aquí está toda la casa”.

Sobre la autora:

Belén Cianferoni es escritora de Santiago del Estero, nació en 1987, estudiante del profesorado de Inglés, autora de “Damage Therapy”, editado por Intravenosa Ediciones San Salvador de Jujuy 2013, de “Vudú” editado por Peces de ciudad Ediciones Buenos Aires 2017 y de “Matar a Kant” editado por Gerania Editora 2020. Antologada por varias editoriales, entre ellas, Rutas por Punto de Encuentro Ediciones Buenos Aires 2016 y Antología del CFI, Región NOA 2017. Participó como expositora en el Filba 2019 en su provincia natal, Santiago del estero. Dictó talleres literarios bilingües desde el año 2019 hasta la actualidad en Sixto Espacio Cultural. Contacto:  belencianferoni@gmail.com.

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