#NotasMusa: el nombre del miedo

Musa: el nombre del miedo. Capítulo 8: Todas las culpas

66 Minutos de lectura

Crónica: Ernesto Picco.
Audiovisual: Marcelo Argañaraz.
Ilustración: Antonio Castiñeira.

En blanco y negro

Era tan poco lo que se sabía de él cuando volvió la democracia, que las grandes letras de los títulos de El Liberal escribían mal su nombre. Escribían Mussa. Con doble ese. Mussa Azar. Parecía que el nombre siseaba, como una víbora. Su  foto se publicó el 31 de enero de 1984 y fue la única con su rostro que se salió hasta entonces y durante mucho tiempo. Él miraba a cámara. Con una sonrisa incómoda, pero desafiante. Iluminado de golpe, contra un alambrado. Los ojos bien abiertos, como si mirara al fotógrafo. Como si le estuviera diciendo ya nos vamos a volver a ver vos y yo. Y va a ser distinto, vas a ver. Preparate. 

Era como si se hubiera destapado una cloaca. 

Era como si de las sombras tufosas hubiera aparecido de pronto el bicho reptando a la superficie mientras le apuntaban con una linterna a la negrura donde había estado. 

Se sabía tan poco de Musa en ese momento. 

Él estaba acostumbrado a saberlo todo de todos. A decidir sobre el destino de las vidas de los demás. Acababa de cumplir cuarenta y ocho años y ahora, por primera vez, había cambiado su suerte. 

Seis años antes había dejado la policía se llevaba mal con el gobernador Ochoa. Y porque, mal que mal, después de 1978 la persecución a las organizaciones de izquierda había bajado la intensidad después del tiroteo donde había muerto Mario Roberto Santucho en Villa Martelli. Como le pasaba a muchos de los suyos, Musa ya no hacía falta. 

La dictadura acababa de terminar. La mañana del domingo 11 de diciembre de 1983 Carlos Juárez había asumido la gobernación por tercera vez. Le había ganado las elecciones al radical Benjamín Zavalía, al mismo tiempo que Alfonsín ganaba la presidencia. Juárez había tenido que escaparse como un fugitivo el 24 de marzo de 1976 y ahora estaba de regreso y triunfante. Había vuelto a Santiago con la Nina después del largo exilio. Él tenía 66 y ella 57. Era momento de reinventarse después de haberlo pasado todo. Ya quedaban atrás los mejores y los peores años que contarían al final de sus largas vidas. Los años que él había vivido solo, escondido en España mientras ella estaba en la cárcel de Santiago, con el pelo cortado al ras y exhibida como un trofeo de guerra por los militares. También los años dorados y tranquilos que vivieron juntos en México, entre paseos y tertulias. 

Carlos Juárez el 10 de diciembre de 1983, recibe al banda de Carlos Jensen, que se retira del gobierno. [El Liberal]. 

Con la vuelta de la democracia, Juárez había regresado al país dispuesto a recuperar el poder en la provincia. La Nina lo acompañaba relamiéndose, pensando en tomarse revancha de los que la habían metido presa. 

Al frente de la Policía se acomodó un viejo conocido: Manuel González. El Tío Mañu. Aquel antiguo enemigo de Musa que había sido Jefe de Policía entre el 73 y el 76, durante el segundo gobierno de Juárez. 

En enero se presentó en el despacho del Tío Mañu una enfermera menuda, de pelo corto y aire amargo. La mujer le habló de la noche que mataron a su esposo, el 13 de julio de 1978. Imelda González de Marino relató el detalle de cómo cortaron las luces en el Campo Contreras y los policías de Musa arrastraron a José Marino hasta la casa para fusilarlo y simular un enfrentamiento. El Tío Mañu le dijo a Imelda que en julio del 78 él estaba en la cárcel. Preso en el Penal de Varones con los ladrones, los asesinos y los subversivos que tanto detestaba. Le dijo que a él lo habían detenido los militares por peronista, igual que a la Nina. Y que el que había ejecutado la orden había sido Musa, su viejo enemigo. Que antes servía a Juárez y con el cambio de manos sirvió sin intermedio a los carcamanes de la dictadura. Quizás el Jefe de Policía haya contado su historia conteniendo una sonrisa de satisfacción. Porque en aquel verano pegajoso de 1984 la viuda de Marino le daba al Tío Mañu la oportunidad de vengarse de Musa. Marino había sido el guardaespaldas de Juárez, compañero del primer escape a España. Casi un amigo. Y el Tío Mañu sabía que no sólo era él: también la Nina quería vengarse del hombre que la había metido presa.

El 18 de enero de 1984 la viuda de Marino presentó la denuncia en la justicia provincial, asesorada por el jefe de Policía. Ese mismo día detuvieron a Musa Azar. También fueron por Ramiro López, que había ascendido en la Dirección de Informaciones al puesto de su antiguo jefe. Al día siguiente detuvieron a los dos policías que habían entrado con él a la casa de Marino para matarlo: los cabos Ramón Alberto Guevara y Rubén Amado Ponce. Los presos pasaron veinte días incomunicados. 

El Liberal del 29 de enero de 1984 publicó por primera vez la foto de un primer plano de Musa Azar. [El Liberal]

El 29 de enero de 1984 El Liberal publicó la foto de Musa mirando a cámara. El diario decía: «El juez indagó al ex jefe del departamento de Informaciones en relación con la muerte de José Marino». Seguramente la Nina disfrutaba mientras se enteraba de la noticia antes de que se publique. Y también después, cuando la leía en el papel gris. Seguramente sonreía cuando se acostaba en la cama con Juárez o cuando taconeaba en los despachos de Casa de Gobierno, pensando en Musa preso. Sonreía saboreando la venganza mientras se hacía el rodete o se pintaba las gruesas cejas negras. Mientras se perfumaba. Pero en la foto del diario Musa sonreía también. Como diciendo ya nos vamos a volver a ver. Y va a ser distinto, vas a ver. Preparate.

*

El de José Marino no era uno de los nombres de víctimas de la dictadura por los que reclamaban las organizaciones de derechos humanos en Santiago. A fines de 1983 habían empezado a hacer circular una lista con cincuenta y tres nombres. El del ex guardaespaldas de Juárez no estaba ahí. El 30 de diciembre – el último viernes de aquel año – los familiares de los desaparecidos y algunos abogados que los acompañaban hicieron una misa en la Iglesia San Francisco. Y al terminar bajaron las escaleras del antiguo edificio gótico de avenida Roca, y salieron a marchar por las calles del centro de la ciudad por primera vez. 

Hacía apenas veinte días que había asumido el gobierno democrático. Y quince que Raúl Alfonsín había mandado crear la Comisión Nacional por la Desaparición de Personas. 

En Santiago se había organizado un movimiento de familiares de desaparecidos, orientado por un núcleo de profesionales treintañeros de la APDH. El que iba a la cabeza y hablaba públicamente era Antenor Ferreyra, un abogado y militante del Partido Comunista que usaba trajes elegantes, claros o a cuadros. Se peinaba para atrás, a la gomina. Tenía la piel rosada y los ojos cristalinos. Su presencia pulcra y perfumada contrastaba con las del abogado Tony Juárez Quiroga y el médico Enrique Smith, dos flacos barbudos que lo seguían como sus alfiles. El cuarto hombre era Daniel López, periodista de El Liberal. Era veinte años mayor que ellos. Un hombre pelado y huesudo, de bigote fino, que llevaba el cuerpo consumido por la tristeza. Se había unido a la APDH después de que secuestraran a su hijo, Félix López Saracco, dos meses antes del golpe del 76. Mabel Mathieu y Juan Llinas, un matrimonio de jóvenes abogados, completaban aquel grupo que intentaba juntar a los familiares y hacer públicos los reclamos por las desapariciones, torturas y detenciones ilegales durante la dictadura que acababa de terminar. 

Les prestaban una casa en Jujuy 333. Ahí se empezaron a juntar en las noches de los viernes o los domingos. Con el paso de las semanas empezaron a publicar pequeños avisos con una convocatoria: «Se invita a los liberados a concurrir a estas reuniones a efectos de compaginar acciones en común». 

Sabían que empezaban a soltar a los presos políticos y eran los que podían contar en primera persona los secuestros y torturas, o podían haber compartido parte del cautiverio con algunos de los desaparecidos. 

La tarde del 3 de enero de 1984 Carlos Juárez recibió a la APDH y los familiares en su despacho de Casa de Gobierno. 

Carlos Juárez a principios de 1984, en el Salón de Acuerdos de Casa de Gobierno, junto a los miembros de la APDH. [El Liberal]

Los escuchó parado y contenido durante quince minutos. Antenor Ferreyra le dijo que necesitaban su ayuda para investigar las desapariciones y castigar a los culpables. 

Se había formado un círculo de gente alrededor del gobernador. Juárez miraba al suelo con la boca hecha un nudo mientras todos lo miraban a él. Esperó paciente su turno de hablar. Y dijo, al final, con voz profunda y tono pausado:

_Mucha gente no sabe que yo me fui al exilio por haber defendido su seguridad. 

Luego un silencio histriónico. Los hombres y mujeres del círculo que rodeaba a Juárez contuvieron el aire. 

_Por pelearme, durante mi gobierno, con el Jefe de la Guarnición_ continuó Juárez _Y con el jefe de la Brigada en Tucumán y del Tercer Cuerpo del Ejército en Córdoba. Por impedir que se cometieran aquí atropellos inclasificables. 

Silencio. Algún suspiro. Luego el gobernador les tendió una mano.

Juárez les dijo que mandaría organizar una comisión en la Legislatura para investigar las desapariciones. Que quería que se supiera la verdad. 

Tres semanas después la Legislatura provincial recibió el proyecto de Juárez para crear una Comisión Especial de Estudio sobre Violaciones a los Derechos Humanos. 

En el medio ocurrió el encuentro del Jefe de Policía con la viuda y la detención de Musa Azar. Mientras empezaban a avanzar las denuncias de los familiares de desaparecidos, ya tenían atrapado al hombre al que podían echarle todas las culpas. 

*

El 24 de enero de 1984 la Legislatura volvió a funcionar después de ocho años. Los diputados peronistas y radicales se permitían, casi por gusto, aflorar y refregarse sus diferencias en el rejuvenecido debate político que se ponía en escena: 

_Como hombre libre y ciudadano radical no puedo aceptar esta idea_ objetó Jorge Zuaín, ingeniero agrónomo cincuentón, hombre de Zavalía, que presidía el bloque radical _No se puede otorgar un cheque en blanco para que haya gente que allane domicilios y se lleve todo por delante_ 

El proyecto que había mandado Juárez a final del verano proponía conformar una comisión que investigara los crímenes contra los derechos humanos. Tendría seis diputados y cuatro miembros propuestos por el Poder Ejecutivo para trabajar durante 120 días. Y la potestad de recibir denuncias, hacer comparecer ciudadanos, allanar domicilios, ordenar secuestro de pruebas y, oportunamente, presentar sus hallazgos ante el Poder Judicial. 

José Bernardo Herrera, abogado radical, metió más hondo el dedo en la llaga: 

_Se debe recordar que las violaciones a los derechos humanos, en nuestra provincia, comenzaron antes del proceso, durante el gobierno constitucional. 

El presidente del bloque oficialista, que había presentado el proyecto en el recinto, era Darío Moreno. Líder de la juventud peronista, era entonces un abogado de 31 años, profesor y funcionario de la Universidad Católica. Su mirada, casi siempre perdida en un rostro pálido y rechoncho, disimulaba una cabeza rapidísima y una lengua como espada: 

_Aquí enjuiciamos los abusos del período de facto_ defendió Moreno _De 1976 en adelante. Los casos surgidos anteriormente tuvieron oportunidad de ser juzgados por jueces constitucionales, por lo que rechazo por improcedente cualquier acusación en ese sentido. 

Lo que decía Moreno no era cierto. Todavía no los habían contado, pero durante el anterior gobierno de Juárez habían desaparecido catorce personas en pleno período democrático y no se sabía nada de ellas. 

No importó mucho. El final de la discusión estaba cantado, solo que había cierto goce en el espiral de la retórica y el contrargumento. A fin de cuentas, unos y otros sabían que estaban por tomar una decisión histórica. Pasada la medianoche, después de cinco horas de debate, los diputados aprobaron el proyecto. 

Esa mañana, antes de la sesión, había comenzado una estrategia de prensa que duraría todo el mes. El Liberal comenzó a publicar en páginas completas los testimonios de familiares de desaparecidos. «Tétrico y pormenorizado relato de la represión policial en 1976», decía el título principal de ese día. En la foto Jorge Salomón le contaba al periodista, Eduardo Peláez, como los militares entraron a su casa de avenida Aguirre la noche del 24 de marzo y detuvieron a toda la familia, antes de secuestrar y desaparecer a su hijo Lito Salomón.

Dos días después, en una foto grande aparece Mario Álvarez, contando el operativo del 18 de marzo en que Musa Azar y D’Amico rodearon la manzana de su casa en Olaechea y Mitre. Allí estaba también el negocio de baterías de su hermano Rafael Belindo Álvarez, que esa noche se escapó saltando un alambrado del fondo y nunca más lo vieron. «Un policía me informó que Rafael había sido detenido en el departamento Figueroa por el comisario general Raúl Cerutti, actual subjefe de policía», decía Mario en la entrevista. 

En los días siguientes aparecieron hombres y mujeres de todas clases sociales y tendencias políticas, contando los familiares que les faltaban. 

Adela Manzur, viuda del ex gobernador Eduardo Miguel, relató el secuestro de su  hijo y  ex diputado de la Juventud Peronista, Guillermo “Rudy” Miguel en noviembre del 76. Acusó a Ochoa, Robín Zaiek y Musa Azar. 

Días más tarde un gran título anunciaba: «Un conscripto que desaparece luego de negarse a integrar el aparato represivo». Hablaba Milcíades Concha, padre del soldado Hugo Concha, secuestrado en mayo del 76. 

Calixta de Ibarra contó que vio con sus propios ojos cuando tres policías secuestraban a su hijo Nery en la vereda su casa en La Banda. 

Daniel López junto a miembros de la APDH tomando testimonios a familiares de desaparecidos [El Liberal].

Poco después otro título, como un cahetazo: «La desaparición de un concejal peronista luego de trasponer el despacho de un ministro de gobierno». Hablaban el hermano del Chongo Abdala y su compañero de militancia, el doctor Luis Alberto Jaime. Irene de Bugatti denunció la desaparición de su hijo Roberto. Rosa Dora Silva apareció fotografiada en una casa muy pobre, donde el diario decía que vivía con seis hijos. Contaba cómo se llevaron a su esposo, Carmen Santiago Bustos, porque se juntaba con Belindo Álvarez en el taller donde, aparentemente, funcionaba una célula del ERP. 

El 6 de marzo cambió el foco de la información: «La represión policial en 1976 y la situación de Mussa Azar», decía el título. Seguían escribiendo mal su nombre. Ya no publicaban su foto. Los abogados del ex jefe de inteligencia, a quienes no nombraban, aclaraban que su defendido solo enfrentaba el proceso por el caso Marino, e insistían en que la noche del operativo en el Campo Contreras, Musa ya estaba retirado de la policía. 

El 9 de marzo pasó por Santiago el matemático y filósofo Gregorio Klimovsky, uno de los trece notables que integraban la Conadep presidida por Ernesto Sábato. Se reunió con los miembros de la APDH y se llevó una carpeta con testimonios sobre 32 casos de desapariciones y secuestros en Santiago. 

Gregorio Klimovsky (centro, de mangas cortas), de la CONADEP, junto a Daniel López (izquierda), Antenor Ferreyra (centro, de saco blanco), y Enrique Smith (derecha). [El Liberal]

Después de aquella visita y durante las semanas siguientes, las organizaciones se siguieron moviendo y presentando denuncias ante la justicia provincial, pero dejaron de salir en el diario. 

Hasta que apareció Nora del Valle Giménez. 

Nora acababa de salir de la cárcel. Era la primera sobreviviente que pudo contar cómo Musa Azar y Tomás Garbi la habían torturado a cara descubierta. Recuperaba su vida de a poco y se le notaba en el cuerpo. Flaquita, el pelo corto y con rulos caídos. Había nacido en Frías y tenía veintiséis años cuando salió de la Cárcel en Chaco, el 28 de diciembre de 1983. Los últimos siete años había estado presa, después de que la detuvieran en plena calle en Resistencia. En esa época era delegada regional del NOA de la Unión de Estudiantes Secundarios y dirigente de la Juventud Peronista. El 21 de marzo del 84 contó su historia en El Liberal. Apareció en una foto con un jean claro y camisa a cuadros. Contó que al poco tiempo de que la detuvieron, un grupo de policías de Santiago, encabezado por Musa y Garbi, viajó al Chaco a interrogarla. Le querían sacar información de sus compañeros. 

El relato de Nora en el diario  es pasmoso. Habla de ella como si aquel cuerpo no hubiera sido el suyo. Como si una distancia construida a la fuerza separara a dos personas distintas. La que había entrado a la cárcel y la que había salido. Nora le dijo al diario: «Me desnudan y atan los pies y manos a un elástico mojado, procediendo a la aplicación de picana en vagina, pechos, ojos y boca durante toda la noche mientras desarrollan interrogatorios y me reaniman con golpes en el estómago y agua fría. Así me torturan durante tres días y tres noches. El doctor Biondo, facultativo policial, puede corroborar las lesiones, quemaduras, hematomas e infección». El diario publicó cada palabra. 

Por primera vez, una santiagueña relataba el horror de la dictadura en primera persona. 

Musa, que hasta ahí había guardado silencio en la cárcel, tuvo que contraatacar. 

*

Marta Cejas iba cada noche a ver a Musa. Los primeros meses en la Jefatura de Policía y  luego el Penal de Alsina 850, el tiempo que estuvo incomunicado. Y después en la Escuela de Policía, cuando lograron negociar su traslado. En 1984 Marta tenía 32 años. Se había enamorado de Musa en 1977 y habían tenido a su primer hijo en 1982. Musita tenía dos años cuando metieron preso a su padre. Se quedaba en casa de los hermanos de Marta cuando ella salía por las noches. Ella había sido empleada del Penal de Mujeres desde 1975 y de la Unidad Regional 2 de La Banda desde el 78. Tenía, además, un contrato como informante en el D2. Conocía la nervadura densa de ese mundillo de botas y uniformes. Por eso caminaba confiada en la sombra y entraba segura en los pasillos húmedos de la cárcel para ver a Musa. 

«No hemos vivido juntos nunca – dirá Marta Cejas en 2004, cuando le toque declarar ante la justicia – porque en mi vida, desde niña, nunca ha estado el matrimonio de por medio. No me he embarazado para decir voy a ser la señora de fulano. Siempre he pensado ser madre y no esposa. Y él tenía una relación con Gilda Salomón, que ha sido su pareja desde los 18 años».

A pesar de haberse retirado de la policía en 1978, Musa continuó asesorando en las sombras a algunos funcionarios del gobierno militar en materia de espionaje e inteligencia. Antes de ir preso, la vida de Musa se deslizaba entre cuatro puntos cardinales. La finca de Árraga, a la que le sacaba algún dinero plantando tomate y criando animales. La casa paterna de avenida Moreno, donde hacía base y donde nos sentaremos con él tantas veces en 2018. La casa de Gilda Salomón en la calle Gaucho Rivero casi Aguirre, donde dormía varias noches a la semana. Y el departamento de Marta Cejas, donde ella vivía con su madre y Musita.

Marta y Gilda eran las dos mujeres que amaban a Musa afuera de la cárcel. Su otro vínculo con el mundo exterior era su abogado, Raúl Denielsen. Y una larga red de policías e informantes que le debían favores y seguían siéndole fieles. 

Pero fue su abogado quien acercó una carta a los dueños de El Liberal el 2 de marzo de 1984, que comenzó una escalada imprevista en la prensa. 

En la mañana del último sábado, los integrantes de la APDH habían dado una conferencia de prensa. Contaron que habían presentado diez denuncias penales ante la justicia provincial. Por la detención y tortura de Nora Giménez, y las desapariciones de Lito Salomón, Nery Ibarra, “Chongo” Abdala, “Batería” Álvarez,  “Rudy” Miguel, y Abdala Auad. Además sumaban denuncias de Edgardo Nazar y Carlos Castellet, que habían pasado un par de días detenidos bajo apremios ilegales. En casi todas se mencionaba a Musa como presunto responsable. 

Pero además, entregaron una lista – que El Liberal publicó completa – de veintidós policías que habían participado durante la represión del 76 y 77 y seguían en servicio. Durante la conferencia, Antenor Ferreyra lo advirtió frente a los periodistas sin titubeos: 

_Mientras todas estas personas y muchas otras más continúen en funciones, usarán de la fuerza y el poder para infundir temor en quienes desean presentar sus casos ante la justicia. Nosotros contamos en estos momentos con más de sesenta denuncias de liberados y otras tantas presentadas en beneficio de personas desaparecidas. 

Encabezado de la solicitada que firmaron Musa Azar y Ramiro López en El Liberal en 1984. [El Liberal] 

Sus declaraciones, junto con las listas salieron en el diario y por eso Musa envió la carta para defenderse. El 3 de abril, El Liberal publicó fragmentos de la carta bajo el título «Un comisario general se defiende: Detenido por supuestas violaciones a derechos humanos formula aclaraciones».

En un largo texto de doce párrafos, Musa sostuvo que la policía sólo había actuado en cuatro de los casos denunciados. Por Nora Valladares se justificó diciendo que pertenecía a una célula peligrosa. Dijo que «Félix Daniel López tenía vinculaciones subversivas». Que en la casa de Lito Salomón secuestraron «numerosas armas de guerra y abundante documentación terrorista». También, que la noche que desapareció el concejal “Chongo” Abdala, él lo condujo de Casa de Gobierno a la Guarnición Militar por orden de Robin Zaiek, dónde lo entregó y no supo más de él. 

La APDH respondió diez días después: «El señor Musa Azar y los integrantes de su escuadrón de la muerte son absolutamente responsables ». 

Fue Sebastián López quién leyó un comunicado de la organización en otra conferencia de prensa, que dieron el 13 de marzo: 

_Es de público conocimiento que Musa Azar y sus compañeros, en su dorada prisión, gozan de privilegios incompatibles con el sistema de terror que él aplicó con el ejercicio de su cargo a todos los jóvenes idealistas que cayeron bajo su jurisdicción. 

El padre de Félix López Saracco sabía de las visitas de Marta Cejas y de otras comodidades que sus ex subalternos le daban a Musa. Continuó leyendo: 

_Hoy puede contar con custodias especiales, comidas traídas de los restaurantes vecinos y se da el lujo de polemizar públicamente utilizando un medio de difusión masivo como el diario El Liberal.

Lo último era, quizás, lo que más le dolía. Con el cuerpo tísico carcomido por la tristeza, Sebastián López estaba entregado a la lucha a destajo. Iba contra Musa. Iba contra la policía. Iba contra el propio diario en el que trabajaba. Se apoyaba en la APDH y en los familiares, pero tenía una lucha personal.  

El sábado 21 Musa volvió a responder en El Liberal. Esta vez no fue una nota periodística sino una publicación pedida y pagada, en un recuadro gris que ocupaba casi un cuarto de página: «Detrás de las comisiones de los derechos humanos existen fantasmas ideológicos marxistas», advertía el mensaje. A lo largo de doce párrafos el texto defendía el accionar de la dictadura, atacaba a funcionarios del gobierno provincial y nacional. Y reivindicaba la tarea de Musa y sus hombres en el D2: «Se pretende confundir a la opinión publica afirmando que gozamos de privilegios inexistentes, cuando soportamos períodos de incomunicación severos y prolongados que no nos afectaron, por cuanto nos guía la tranquilidad de conciencia por la MISIÓN CUMPLIDA, dentro de la ley, y llevados por la sagrada tarea de salvaguardar los intereses esenciales de la FAMILIA, base fundamental de nuestra sociedad».

Al pie del texto, la firma de Musa iba acompañada por la de Ramiro López, el asesino de Kamenetzky y Marino. 

La polémica escalaba en las páginas del diario mientras en la justicia empezaban a desestimarse las causas que presentaba la APDH. Pero las publicaciones se detuvieron ahí. En el diario no se volvieron a leer las palabras de Musa. 

Y por muchos años, tampoco las historias de los desaparecidos santiagueños ni de sus familiares. 

*

César Fermín Ochoa volvió a Santiago, desprevenido, a fines de 1984. Se había vuelto a vivir a Buenos Aires dos años antes, después de pasarle el gobierno de la provincia a Carlos Jensen durante el tramo final de la dictadura. Regresaba por una visita familiar, sin saber que Juárez y la Nina lo estaban esperando. 

En 2022 nos contará su sobrina: «El viene aquí a mi casamiento. Lo esperan y lo agarran ahí. Queda detenido por varios meses. Pero no le han podido encontrar nada malo». 

Los Juárez seguían tomándose revancha de quienes los habían perseguido después del golpe. No retuvieron a Ochoa por mucho tiempo, pero se desquitaron lo que pudieron. Musa contará en declaraciones al diario La Capital de Rosario en 2004: «Se lo trae a una piecita de la Guardia de Infantería con la directiva al jefe de Policía, Manuel González, de que no se lo deje dormir. Le cantaban toda la noche, le ponían la música fuerte, apenas empezaba a cabecear lo zamarreaban: «General, no se nos duerma, general», y él suplicando por diez minutos de paz aunque sea. Con los días, Ochoa pedía que lo maten, que lo manden a cualquier lado. Hasta que enloqueció. Y salió loco, errante por la vida, histérico, hasta que murió».

Nadie pudo prevenir a Ochoa en aquel momento. Nadie quiso ayudarlo. Ni siquiera sus antiguos socios, los hermanos Figueroa, que seguían siendo el grupo empresario más poderoso e influyente de la provincia. Después de su frustrado intento de quedarse con el Nuevo Banco en 1977, lograron entrar en otros dos que no terminaron bien. Quebraron el Banco Iguazú en 1993 y el Banco Platense en 1997, y dejaron a cientos de ahorristas desamparados. Por esos años llegaría a la cima de la política el menor de los hermanos, José “Pepe” Figueroa, que fue secretario de Desarrollo Social del gobierno de Menem y logró salir indemne de los fracasos económicos familiares.

El Nuevo Banco, que había sido el motivo de disputa en los setenta, quedó en manos de Hugo Echegaray, asociado al ex gobernador Jensen y un grupo de socios minoritarios. En 1984 tenía catorce sucursales – entre Tucumán, Salta, Jujuy, Chaco, Corrientes, Misiones y Buenos Aires – y su eslogan era «Un banco provinciano para todo el país». En 1993 venderían todo el paquete accionario a la familia Fiorito, del Banco Quilmes, que luego se la vendió al Soctia Bank y más tarde al Banco Macro. 

A principios de los 80, los hermanos Figueroa y Hugo Echegaray (foto derecha, mirando a cámara) eran las cabezas de los dos grupos empresarios más fuertes. Habían sido aliados de distintos sectores del poder militar. [El Liberal] 

Los protagonistas del affaire del Nuevo Banco, que había conmovido a la provincia y terminó con la desaparición de Abdala Auad, habían tenido destinos diferentes. Mientras Musa y Ochoa estaban presos, los hermanos Figueroa y la dupla Echegaray-Jensen siguieron haciendo negocios durante muchos años, codeándose con políticos y empresarios. El 7 de junio de 1984, unos y otros ofrecieron brindis de homenaje por el Día del Periodista y salieron retratados sonrientes en las páginas de El Liberal.  

Amado Alegre, el antiguo gerente acusado de secuestrar al abogado de los accionistas minoritarios del banco, logró desvincularse judicialmente del caso y se alejó de los negocios para siempre. 

Los reclamos por la aparición con vida de Abdala Auad continuaron durante la democracia. Todos los 18 de marzo, la comisión de amigos publicaba un comunicado recordándolo. En 1985 dijeron: «El hecho de que fuera víctima el Dr. ABDALA AUAD no puede encuadrarse, sin incurrir en torpeza, en los lindes de los desaparecidos por la represión, ya que aquí hubo un secuestro ocurrido en plena luz del día, presenciado por testigos, y con incuestionable raíz en una situación bien conocida y totalmente extraña a la subversión. No existen pues razones para cerrar investigaciones y menos cuando concurren sólidos elementos que pueden conducir a la respuesta que la opinión pública continúa reclamando».

En 1988 los familiares y amigos de Abdala Auad cambiaron la estrategia y empezaron a publicar en el diario avisos de recompensa. En febrero ofrecían 20.000 australes a quien tuviera información fehaciente. En diciembre, 50.000 australes. Pero tampoco con el dinero pudieron. A principios de los noventa se desvaneció la esperanza de encontrar a Abdala Auad y desde entonces, cada 18 de marzo, sólo se publicaron invitaciones a misa para recordarlo.

*

Musa Azar Salió en libertad bajo fianza el 17 de junio de 1985. 

Su abogado, Raúl Danielsen, se hizo a un lado cuando apareció un abogado joven, pendenciero e influyente. Mariano Utrera, hijo de padre del mismo nombre que era ministro de Carlos Juárez. A falta de otra distinción, le decían Utrerita, pero el diminutivo no hacía justicia a su carácter. Utrera usó sus influencias en el juzgado y logró sacar bajo fianza a los tres. El Liberal tituló al día siguiente: «Caso Dichiara: recuperaron su libertad tres policías procesados».  

Daniel Dichiara, el Chala, como le decían sus amigos, había sido secuestrado en pleno centro de la ciudad y a la luz del día, el 9 de agosto del 1976. Después lo entregaron a los militares que se lo llevaron a Tucumán. Mercedes, su esposa, estaba embarazada de dos meses cuando lo secuestraron. 

El juez de Crimen de la provincia, Carlos Schammas, había procesado a Musa, Garbi y Ramiro López por homicidio calificado por alevosía, torturas y privación ilegítima de la libertad. Pero la Cámara del Crimen acababa de revocar el proceso y sólo había quedado en pie el último cargo. Por el caso Marino ya habían sido sobreseídos. Y para ese momento, la denuncia por el caso Dichiara era la única que había sido aceptada en la justicia. El fallo de la Cámara habilitó la posibilidad de la fianza. Utrera pagó cien australes por cada uno de los detenidos, y a las 14.30 juntaron sus cosas y dejaron la Escuela de Policía, donde habían pasado los últimos meses. Adentro quedaban Guevara y Ponce, los cabos que seguían siendo investigados por haber sido los que supuestamente habían disparado a Marino durante el operativo. Musa y Garbi sabían que había sido Ramiro López. 

Salieron en pleno juicio a las Juntas, que había empezado dos meses antes en Buenos Aires. La mirada se había puesto en la cúpula militar. En Santiago poco se decía ya de los responsables locales. El diario ya no publicaba historias de los desaparecidos ni los reclamos de la ADPH. 

En septiembre de 2018, Musa nos contará en el living de su casa algo que ocurrió al poco tiempo de su salida a la calle: 

_Me llamó un tal coronel Amado, que vivía en la Alvarado. Yo me fui hasta su casa en bicicleta a la hora que me citó. Me preguntó cuánto había gastado para salir de la cárcel. Le he dicho que le había dado a Utrera mi casa de Las Termas y mis dos autos. Entones abrió un portafolio lleno de dólares y me dijo: “Saque todo lo que ha gastado, el Ejército paga».  

Musa volvió a repartir su vida entre los lugares en los que circulaba. Volvió a la finca de Árraga y volvió a sus mujeres. Se reencontró con Gilda Salomón, con Marta Cejas y con Musita, que tenía ya tres años. Cinco menos que Mauro, el pequeño hijo de Daniel Dichiara, que también estaba allí afuera, con su madre, sin saber qué había pasado con el Chala. Por las mismas calles de Santiago caminaba Daniel López sin respuesta sobre su hijo, igual que Adela Manzur de Miguel. Igual que Milcíades Concha y que decenas de familiares que se quedaron sin nada. Arreciaba la crisis económica, luego la hiperinflación y pronto el primer cambio de mando en los gobiernos de la nación y la provincia. El país bullía y las preocupaciones más urgentes pasaron al olvido el nombre de Musa.

Ochoa había vuelto a Buenos Aires a vivir una vida larga y retirada, hasta que murió de cáncer en 2003. Correa Aldana se fugó a Brasil, paranoico por la posibilidad de ser juzgado por los crímenes de la dictadura. Warfi Herrera  fue afectado como subjefe del II Cuerpo del Ejército en Rosario, donde se retiró en 1991. D’Amico siguió su carrera militar en Buenos Aires. 

Musa pasó una década en el llano. No se habló más de él. Hasta que se reconcilió con Carlos Juárez después del Santiagueñazo y salió a la luz para asumir como Secretario de Informaciones de su cuarto gobierno. Jamás había tenido tanta exposición pública como entonces. Con las leyes de Punto Final en 1986 y de Obediencia Debida en 1987, había quedado con sus antecedentes limpios y ahora podía aparecer sonriente, de saco y corbata, en actos y fotos junto al gabinete oficial.  

Musa Azar integró el gabinete de Carlos Júárez de 1995 a 1999 y del resto de los gobiernos juaristas hasta noviembre de 2003. [La Columna] 

En 2023, Antenor Ferreyra nos dirá en su despacho: 

_Cuando vuelve la democracia en el 83 las causas en la provincia no tuvieron mayor avance. La verdadera oportunidad se abrió en 2003 cuando los crímenes de la dictadura se declaran imprescriptibles, de lesa humanidad. Ahí volvemos con el apoyo de Luis Hipólito Alen y Luis Duhalde, que estaban en la Secretaría de Derechos Humanos de Néstor Kirhner, Con la firma de ellos presentamos las primeras denuncias penales en juzgado federal para que se investiguen estos casos que veníamos reclamando hace veinte años. Pero claro, para entonces ya había pasado lo de la Dársena. 

*

Interludio 

Musa Azar murió el 25 de septiembre de 2021. 

Tuvo un ACV mientras cumplía prisión domiciliaria. Y sus últimos días los pasó internado en una clínica privada. Lo habíamos visto por última vez tres años antes, el 15 de noviembre de 2018, el cuarto día que pasamos en su casa de avenida Moreno. Habíamos pasado todo ese último tiempo entrevistando a otras personas y revisando archivos para poder construir nuestro propio relato sobre su vida y su tiempo. En aquel último encuentro nos dijo que hacía rato estaba preparado para morir. Que había perdido su fe en Dios y sabía que después no había nada pero que ya estaba listo. Nos dijo que tuvo miedo a morir los primeros meses que estuvo preso, en 2003. Que pensaba que iban a envenenarlo, porque lo necesitaban muerto para echarle todas las culpas y que no hablara. Pero el problema en ese momento, nos decía, no era él. Era su hijo. Musita estuvo cuatro años preso con Musa en Gendarmería, antes de que el caso por las muertes de Leyla y Patricia fuera elevado a juicio. 

Musa recién perdió su miedo a morir cuando pudo hacer su última jugada. 

*

En sepia

La misma rutina durante un mes y medio. El Mono Cejas y Fabián Ledesma la habían hecho sin descanso ni fines de semana. A las seis y media de la mañana llegaban en un Corsa tres puertas a la casa de la jueza Bravo, que salía con sus vestidos floreados, el pelo corto y la cara de dormida antes de que saliera el sol. De ahí se iban los tres al juzgado de La Banda. Ella se atornillaba en el escritorio entre torres de papeles y carpetas a medio desmoronarse. Tomaban declaraciones y revisaban expedientes hasta cerca de la medianoche. Se levantaban una hora al mediodía para ir por un bocado a la parrillada de la esquina. Siempre al mismo lugar. Salir y volver a entrar en los descascarados tribunales bandeños era un esfuerzo. Los pasillos se habían vuelto un hormiguero húmedo y de recovecos angostos. Invadidos por una multitud de personas expectantes y transpiradas. Había más abogados y periodistas que de costumbre. Muchos habían venido de Buenos Aires y Córdoba a seguir el caso y se agolpaban entre familiares, amigos y curiosos. Pero la jueza trataba de hablar lo menos posible. Al terminar el día salían por el mismo camino desde el despacho a la calle, entre las sombras deformadas por la iluminación mortecina del edificio. El pasillo de salida era una arteria exprimida y exhausta. 

María del Carmen Bravo, el Mono Cejas y Fabían Ledesma se subían al Cosa tres puertas y volvían a la casa de la jueza, donde el marido  y los tres hijos ya dormían. 

Ella se ponía un delantal y cocinaba para sus dos asistentes. 

Después se iban a sus casas. 

Al Mono lo esperaba su esposa, embarazada y temerosa. 

A Fabián una casita vacía y silente en el barrio Mariano Moreno. 

Dormían tres o cuatro horas y repetían la rutina al día siguiente. 

Sus vidas se habían convertido en eso. Era el caso más importante que habían tenido y que iban a tener jamás. En la calle, las marchas de los viernes en reclamo de justicia eran cada vez más numerosas. A principios de junio marchaban dos mil y eran más de quince mil. En noviembre ya se habían sumado miembros de la iglesia, sindicatos y partidos políticos. 

La gobernadora, que había nombrado a la jueza Bravo a fines de septiembre, la apoyaba y la presionaba a la vez. Hacía equilibrio en el poder, especulando: si quería sostenerse, la Nina debía ofrecer algún tipo de resolución del caso. Pero la trama involucraba a sus funcionarios y a algunos de sus hombres de confianza. Debía decidir a quiénes podía entregar y a quiénes debería cuidar.  

Desde el hallazgo del cadáver de Patricia y los huesos de Leyla, en siete meses, habían pasado cinco jueces distintos por la causa. Casi no había avances. José Patricio Llugdar era el único detenido, no había explicaciones claras de lo que había pasado, y  algunas pruebas materiales habían sido destruidas en los primeros días de la investigación.  

Se habían manejado hasta ahí tres lugares posibles de una fiesta donde supuestamente había muerto Leyla. Había sido en el Hotel Carlos V, en un departamento de dealers en el Mishky o en Guayamba. 

La jueza Bravo, escoltada por el Mono Cejas. Contaba con gran apoyo popular, y mucha expectativa para avanzar en el caso. [El Liberal]

El 8 de octubre, dos semanas después de ponerse al frente de la investigación, la jueza Bravo mandó detener a Mario Castillo Solá y a Pololo Anauate. Al juez lo acusaba de prevaricato y sospechaba que había destruido pruebas clave al inicio de la investigación. Entre ellas el teléfono de Cristina Juárez, donde podría haberse rastreado con quién había arreglado los encuentros de Leyla para la noche que desapareció de Saravah. 

Al diputado y líder de la JP lo acusó de asociación ilícita y encubrimiento agravado. La jueza sospechaba que Pololo había participado en la fiesta o en el intento de desaparecer los cuerpos. Más alto que todos los policías que lo arrastraban al juzgado, Pololo se hizo escuchar frente a los periodistas que estaban esperándolo cuando lo detuvieron: 

_¡La jueza tendría que citar a todos los diputados y funcionarios del gobierno provincial que iban a Saravah!_ dijo enfurecido _¡También a los políticos que figuran en los listados de llamadas telefónicas recibidas por Cristina Juárez! ¡Y no entiendo por qué no ha ordenado la captura de Musa Azar! 

Durante todo el mes siguiente la jueza interrogó en su despacho a políticos, policías, prostitutas, remiseros y comerciantes. Mandó a Fabián Ledesma a Tucumán para hacer escuchas en la oficina de la SIDE, y a la Oficina de Antiterrorismo en La Plata, para revisar archivos con entrecruzamiento de miles de llamadas antes, durante y después del crimen.  Él era minucioso y obsesivo. Armó carpetas en papel con los nombres de cada uno de los sospechosos. Las metió en cajas y copió los datos en CDs. Volvió a Santiago para analizar todo el material y continuar la rutina al lado del Mono Cejas y la jueza Bravo. 

A fines de octubre la investigación dio un salto. Albarracín, Gómez y Mattar hablaron después de ocho meses de negarse a declarar. 

Los tres esbirros de Musa, que estaban detenidos por el caso Seggiaro, confirmaron la hipótesis que desde el principio habían sostenido el Mono Cejas y Fabián Ledesma: la vinculación del asesinato del ganadero con los de Leyla y Patricia. El silencio se rompió cuando confesó el primero y los otros dos debieron salir a defenderse. 

Héctor Albarracín, Daniel Mattar, y Pablo Gómez, los tres policías condenados por el femicidio de Patricia Villalba. 

El más fuerte de los tres, el ex combatiente de Malvinas, fue el que se quebró. 

Héctor Albarracín le dijo a la jueza que Mattar le hacía todos los mandados a Musa. Que conocían a Raúl Llugdar, el dueño de Árbol Solo y tío de José Patricio, porque Mattar era el que organizaba los adicionales de la policía en los carnavales. Que el 31 de enero de 2003 Llugdar los había citado en un bar de Belgrano y Andes para pedirles ayuda: necesitaba “solucionar la macana de su sobrino”, según palabras que repitió Albarracín ante la jueza. La macana era el asesinato de Leyla. Contó que entonces llamaron a Musa. Y que en una reunión en su casa de avenida Moreno decidieron que había que eliminar a Patricia Villalba, que era la única persona a la que José Patricio le había contado el hecho. Albarracín dijo que no sabía cómo había muerto Leyla y que a Patricia la asesinaron Mattar y Gómez. Que él había participado de la reunión en la que se arregló todo. Y confesó también, después de ocho meses en silencio, que había estado en el asalto a la casa de Seggiaro.  

Pablo Gómez, el más débil de los tres, habló después. Contó una versión diferente que complicó a todos. 

Gómez dijo que Albarracín lo había ido a buscar con la misión, encomendada por Mattar, de deshacerse de unos cadáveres. Que manejaron en su Ford Escort bordó hasta la finca de Musa en Árraga. Que entraron hasta uno de los galpones y en una mesa encontraron el cuerpo de una chica que no conocía y una bolsa de plástico con huesos. Que eran las cuatro de la mañana cuando se llevaron todo. Confesó que él levantó a Patricia de la espalda y Albarracín la tomó por los pies. Que el cuerpo era pesado. Que la llevaron de la mesa al auto y que a la bolsa con huesos la cargó Albarracín y la colocó junto al cuerpo en el piso del asiento de atrás. De ahí la mancha de sangre que había quedado en la alfombra del auto que el Mono y Fabián habían encontrado en el baúl. Gómez dijo que salieron manejando despacio, fueron por la ruta hasta Belgrano y Solís, luego por la Costanera y el Puente Carretero, y desde ahí a La Dársena. Que sabían que ese camino iba a estar despejado de cualquier control policial. Dijo que bajaron el cadáver y los huesos entre los dos y los arrojaron a la vera de la ruta entre las cinco y las seis de la mañana, apurados por el alba. En el camino hablaron de que Leyla se había pasado de rosca en una fiesta. Que Llugdar y Patricia estaban involucrados. Gómez le dijo a la jueza que Albarracín le aconsejó que mientras menos supiera, era mejor.  

Mattar, el cerebro, se defendió como pudo. 

Admitió la reunión con el tío de Patricio en la estación de servicio y luego en la casa de Musa. Le dijo a la jueza que a Patricia la mataron Albarracín y Gómez en la finca de Árraga. Y que no sabía que había pasado con Leyla, pero que había escuchado en la calle que la habían matado por droga o por plata que se había quedado. 

Los tres testimonios cruzaban acusaciones y asumían responsabilidades distintas, pero todos coincidían en Musa como cerebro de la operación. Y en la finca de Árraga como lugar donde planificaron cómo deshacerse de los restos. 

La tarde del sábado 1 de noviembre, después de interrogar a Albarracín y Gómez y antes de interrogar a Mattar, la jueza levantó el teléfono y llamó al jefe de Policía. El comisario Rodolfo Torres escuchó la orden: tenía que convocar a toda la plana mayor de la policía y a las máximas autoridades de la Unidad Regional 2 para reunirse en el juzgado de La Banda. Empezaron a llegar al anochecer mientras la jueza seguía tomando declaraciones y viendo documentos. Los hicieron esperar. 

Los policías se acomodaron en los sillones de los despachos que estaban vacíos aquella tarde de sábado. Pasaron las horas resoplando y mirándose entre sí, desconfiados. 

Anocheció y se prendieron lúgubres las lucecitas de los pasillos. 

Cerca de la medianoche, la jueza llamó al jefe a su despacho: 

_Comisario, le pido que nadie se retire del edificio. Que cierren todo y que no entre nadie de afuera. Probablemente tengan que amanecer aquí. 

*

Musa se sentó en la cama, quejoso. Metió los pies en las pantuflas. Gilda Salomón dormía a su lado. Salió de la habitación con el piyama arrugado y los ojos pegoteados. El golpeteo insistente lo había puesto de mal humor. Atravesó el living mientras oía que seguían pagándole a la puerta de entrada. Era domingo a la mañana. El primer domingo de noviembre. Era el día de los muertos: 

_¡¿Qué pasa?!_ dijo Musa enojado. 

Se acercó y observó por la mirilla. Pudo ver la cara de un hombre pegado a la puerta, que insistía con los golpes de puño contra la madera. Demoró en reconocerlo. No se dio cuenta de que era un policía, porque iba  de civil. Pero a Musa nunca se le escapaba una cara: pronto recordó el rostro blanco y cachetón, el porte macizo. Lo había visto una tarde a principios de ese año en el despacho del juez Ibáñez. Recordó.       

_¡Abra la puerta!_ le ordenó del otro lado el Mono Cejas _¡Tenemos una orden de detención del juzgado de La Banda! 

_¡Epa!_ atinó a decir Musa y dejó un silencio calculador para ganar tiempo _Espérenme que me voy a cambiar y los atiendo para aclarar esto. 

_No, no_ lo detuvo el Mono _Abra ya, porque si no volteamos la puerta y entramos. 

Musa tragó saliva y gruñó. 

Pasó la llave y abrió la puerta. 

Se sorprendió cuando vio que del otro lado solo había dos hombres. El Mono entró primero y Fabián detrás suyo, con una mano en la pistolera. Musa no sabía que eran sólo ellos. Tampoco sabía que la jueza Bravo había tenido a toda la plana mayor de la Policía encerrada en el Juzgado la noche anterior, y que a las cinco de la mañana les había entregado un oficio con siete órdenes de detención, entre las que estaban la esposa de Albarracín, un hermano de Mattar, el tío de Patricio Llugdar, otros tres policías y el propio Musa Azar. Y Musa no sabía nada porque la plana mayor había estado encerrada e incomunicada y nadie pudo salir a advertirle. 

_Déjenme que me vaya a cambiar. 

_No_ le dijo el Mono _Siéntese ahí y espere. 

Mientras Musa se sentaba a regañadientes en un sillón, apareció Gilda nerviosa, anudándose un batón desde el fondo de la casa. Por un instante, el Mono se quedó solo con los dos. Fabián había salido de vuelta a la calle a traer una máquina de escribir que habían venido cargando en el auto para labrar el acta de detención. 

_¿Puedo ir a cambiarme ahora?_ insistió Musa

_Usted no va a ningún lado_ le dijo el Mono _Señora, si quiere le trae la ropa y que se cambie aquí. 

_Gilda, traeme la ropa. Y llámalo a Néstor y a Juan Carlos. 

El Mono escuchó los nombres de la boca de Musa. No se detuvo en pensar quién era Néstor, pero imaginó que Juan Carlos era Juan Carlos Gómez, que había sido su segundo en la Secretaría de Informaciones. Fabián ya se había sentado en la mesa del comedor y ponía una hoja blanca en el rodillo de la máquina de escribir. Musa estaba momentáneamente desorientado. Gilda volvió a aparecer del fondo con una muda de ropa doblada, un peine y un espejo. 

Musa no supo que unas horas antes, cando la jueza dio la orden de ir a detenerlo, el jefe ordenó ir primero por todos los demás. Pensando que así ganaría tiempo. Nadie se animaba a ir por él. Hasta que el Mono y Fabián decidieron hacerlo por su cuenta. 

Tuvo que desvestirse en frente de los dos policías, en el living de su casa. En calzoncillos frente a un subinspector y un cabo, que lo miraban fijo sentados en su mesa. No dijo nada. Se sacó el piyama, se subió el pantalón de vestir por las piernas flacas y temblorosas. Se abotonó despacio la camisa y Gilda le ayudó a calzarse los zapatos. 

Fabián terminaba de escribir el acta. 

De pronto, tocaron la puerta otra vez. 

Gilda salió a ver y apareció el comisario Julio Paz, jefe de la División de Robos y Hurtos: _Disculpe mi general_ le dijo encarando a Musa _Disculpe pero hemos tenido que cumplir esta orden. 

En la vereda ya se amontonaban un par de autos más y un grupo de policías que terminaron llegando tarde. Al rato, los que estaban fuera vieron salir de la casa a Musa, con el Mono y Fabián por detrás. Lo subieron al Corsa tres puertas, y marcharon en silencio hacia la Jefatura. 

Musa Azar durante su detención. Atrás, el Mono Cejas lo hace entrar al auto. [Filo News]

Veinte años después, Fabián Ledesma nos dirá, ya retirado de la policía: 

_ Nosotros sabíamos que en algún momento iba a pasar eso. Nos íbamos a encontrar cara a cara con el tipo. A Musa no le podías demostrar miedo. Si no, chau. Al tipo lo tenías que chocar. Ponerte a su nivel. 

Recordando aquel 2 de noviembre del 2003, Musa nos dirá en 2018: 

_Eran las siete de la mañana. Han hecho toda la cáscara que la Nina quería que se haga. Pero nadie se animaba a ponerme las esposas. Me han hecho subir al auto así nomás.

*

El lunes 3 de noviembre la jueza se apresuró a declarar: 

_ El caso, en siete días más, si Dios y la Virgen quieren, puede estar totalmente resuelto. Aquellas palabras, salidas de esa boca, eran un símbolo. Había cierto aire poético en que una mujer así fuera la que metía preso a Musa Azar. El pelo corto, la expresión amable y el vestido floreado sobre el cuerpo retacón. Se veía como un ama de casa y parecía una mujer más cercana a Olga Villalba que a las abogadas pitucas y perfumadas que taconeaban los tribunales. Y aunque en los días siguientes la investigación se aceleró, su pronóstico estuvo lejos de cumplirse. 

Después de las declaraciones de Albarracín y Gómez, la jueza ordenó nuevas pericias en la finca de Árraga. Las encabezó Enrique Prueger, un perito alto y excéntrico, con ojos saltones y expresión desconfiada que se había hecho famoso en los noventa por investigar otras muertes resonantes como la del soldado Carrasco y la de Carlos Menem Junior. Después de horas de rastrillaje bajo el sol, encontró enterrados huesos de manos y pies. Los desenterró. Los examinó en una larga mesa que habían puesto en la finca. La jueza tenía sus pruebas para imputar a Musa. 

El miércoles 10 confesaron los cuidadores. Fernando Cortez y Ramón Rosa Ávila contaron que una noche de mediados de enero llegaron los policías de Musa en una camioneta y arrojaron una bolsa con huesos en la jaula donde tenían los aguará-guazú: unos carnívoros de patas largas, mezcla de lobo con zorro, que se comieron los restos. Cortez dijo que pensaba que eran huesos de animales, pero que pronto supo que se trataba de otra cosa:

_El olor era tan fuerte que te quemaba la nariz_ le dijo a la jueza _esos eran huesos de cristiano. 

El miércoles 12 de noviembre se ligaron por primera vez las posibles conexiones del Crimen de la Dársena con los crímenes de la dictadura. Familiares de desaparecidos y ex presos políticos se concentraron en la vereda del juzgado de La Banda para pedir que se preservaran los restos óseos encontrados en Árraga: temían que Musa ya hubiera usado antes el zoológico como depósito de restos humanos. Y el clima era propicio para una denuncia de ese tipo. Hacía apenas dos meses, el 2 de septiembre de 2003, el presidente Néstor Kirchner había promulgado la ley 25.779 que anulaba las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Se abría la puerta para volver a investigar los crímenes de lesa humanidad y las organizaciones intentaban reencaminar las denuncias que habían caído en saco roto entre 1983 y 1987. 

La jueza María del Carmen Bravo en la finca de Árraga. En el medio, de gorra, el perito Enrique Pureger.  Atrás, a la derecha, el Mono Cejas. A la izquierda, tapado, Fabían Ledesma. [El Liberal] 

El viernes 14, en una conferencia de prensa desde Casa Rosada, el jefe de Gabinete Alberto Fernández y el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, informaron que el estado nacional denunciaría a Musa Azar por su presunta participación en la dictadura militar en la provincia. 

Musa estaba atrapado. Detenido por las muertes de Leyla y Patricia, ahora podían caerle por todo lo demás. 

La noche del martes 25 de noviembre, la provincia se paralizó frente a los televisores. 

El periodista Rogelio Llapur había anunciado que Prueger iba a aparecer en un programa especial de Libertad de Opinión para hacer público su informe criminalístico: 

_Mis conclusiones lo único que definen es la correspondencia de un hecho con otro. No les pongo nombre. La que pone los nombres es la doctora Bravo_ dijo el perito esa noche antes de empezar. 

En el estudio de Canal 7 exhibió ante las cámaras fotos de los fragmentos de huesos de Leyla y del cadáver de Patricia: 

_Empezamos con Leyla_ dijo Prueger con frialdad espeluznante _En el coxal del cadáver de Leyla hay dentelladas de un animal que presionó el hueso. Fue atacado por un depredador mediano o pequeño. Cuando llego a esa conclusión lo primero que determino es que la cabeza del fémur está mordida. Esto indica que la víctima primero fue descuartizada. 

Después examinó el cadáver de Patricia, frente a miles de espectadores:  

_Patricia en su ropa tiene restos cadavéricos en estado de putrefacción que le correspondían a Leyla. Y bastante óxido que corresponde a una mesa de metal donde estuvo su cuerpo_ quitó los ojos de la pantalla y los clavó en los de Llapur, que observaba helado y en silencio _Esto significa que levantaron juntos los cadáveres y fueron llevados en un mismo momento a La Dársena. 

Luego dio Prueger un dato clave con el que cerró la exposicíon: 

_En la segunda autopsia, cuando abren el cerebro, se descubre que a Patricia le habían metido un fierro en el ojo que le lesionó la órbita. En el caso Seggiaro, encuentro que el cráneo de éste tiene la misma lesión que el cráneo de Patricia. Seggiaro se había defendido pero Patricia no se defendía. Cuando encontramos estas dos relaciones teníamos a los autores del hecho, porque los autores materiales de la muerte de Patricia son los mismos que los de la muerte de Seggiaro. 

Esa misma semana Mattar, Albarracín y Gómez se retractaron de sus declaraciones. Dijeron que habían sufrido apremios ilegales para declarar. Que habían sido bolseados. Pero ya era tarde. Habían dado los datos de la finca y el modo de deshacerse de los cadáveres que Pureger ratificó con sus pericias. El círculo se cerraba sobre ellos y sobre Musa para explicar la muerte de Patricia y el intento de esconder los cuerpos. 

Lo que aún parecía estar lejos de entenderse era dónde y cómo había muerto Leyla. 

*

El jueves 1 de abril, por primera vez en mucho tiempo, el juzgado de La Banda quedó vacío en pleno día. Periodistas, manifestantes y curiosos se fueron todos en una sola  muchedumbre hasta el aeropuerto de Santiago, donde en las primeras horas de la tarde aterrizó un avión de la Armada Argentina. El ministro del Interior, Aníbal Fernández, y el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, acompañaban en el vuelo a Pablo Lanusse, un ex fiscal de 38 años, funcionario del Ministerio de Justicia, que llegaba a asumir el gobierno de la provincia. El Congreso de la Nación había aprobado la noche anterior la intervención de los tres poderes, al considerar que en Santiago tenía lugar «una violación sistemática, por parte del poder provincial en ejercicio, de derechos y garantías resguardados por la Constitución federal, afectando ineludiblemente la vida republicana en sus principios fundamentales».

Mientras la multitud se agolpaba en el aeropuerto, en los pasillos vacíos del juzgado de La Banda volvía a correr el aire. En la soledad de aquella tarde, donde solo la jueza Bravo, el Mono y Fabián esperaban en el despacho junto a un par de ayudantes más, resonaron los pasos del hombre que aprovechó la distracción para ir a dar su testimonio. Gustavo Ick tenía 35 años y vivía en la habitación 142, en el piso 14 del Hotel Carlos V. Era el brazo derecho de su padre, Néstor Ick, en todos los negocios del grupo. Amigo personal de la Nina y principal aliado económico del gobierno juarista. La jueza fue al grano y le preguntó por la fiesta del piso 12. Y citó la página web corruptos.8k.com, donde se daba la versión de que Leyla había muerto allí durante una fiesta la noche del 16 de enero de 2003 y que luego, con la ayuda de Musa Azar, se deshicieron del cadáver. 

Era la misma hipótesis que había planteado el investigador privado Coco Lescano antes de ser despedido por Juárez y la Nina.  

Gustavo Ick respondió que era una atribución absolutamente falsa y calumniosa. El empresario le dijo a la jueza que él había estado de vacaciones con su pareja en Mar del Plata. Desde el 12 al 15 de enero en el hotel Sheraton y del 15 al 22 en el Costa Galana. Le entregó una carpeta con facturas y actas de requerimiento y manifestación validadas por una escribanía, donde ocho personas declaraban haberlo visto en Mar del Plata en esos días. 

_Esta campaña difamatoria por la página de internet, panfletos y pintadas es la intención de ciertos grupos de callar la difusión de estos horrendos hechos_ dijo Ick al final de la declaración, sin disimular la mezcla de enojo y nervios _Nosotros les hemos dado difusión a través de Canal 7 y Radio Panorama, donde soy vicepresidente y director. 

Aquella sola declaración pareció bastarle a la jueza para descartar la Hipótesis del Carlos V y avanzar sobre las otras dos – la fiesta en el Mishky o la fiesta en Guayamba – para tratar de entender dónde había muerto Leyla. 

Mientras Gustavo Ick dejaba los tribunales bandeños, en Casa de Gobierno Pablo Lanusse juraba en el salón de acuerdos de Casa de Gobierno. 

Lanusse juró su cargo como interventor federal en el Salón de Acuerdos de Casa de Gobierno, junto al entonces ministro del Interior, Aníbal Fernández. [El Liberal]

Alto y flaco, con un bigote negro que le daba aires de autoridad y lo hacía ver un poco mayor de lo que era, Lanusse dio una breve conferencia de prensa. Habló con voz fresca y decidida, que parecía limpiar aquel salón donde todavía se recordaban las palabras arrastradas y cavernosas de Juárez y la Nina: 

_Vengo con el claro mandato de recuperar el funcionamiento y la credibilidad del Poder Judicial de la provincia_ dijo el interventor _Desterrar la corrupción y la impunidad, abordar las cuestiones sociales, la salud y la educación. Pero este trabajo tiene que ser acompañado con el compromiso de la sociedad de Santiago del Estero, que es la que en definitiva tendrá que decidir en libertad y con convicción el futuro de la provincia.

Mientras Lanusse hablaba en Casa de Gobierno, Carlos Juárez llegó al edificio de la Policía Federal intentando renovar su pasaporte. Pero el jefe de la delegación, Luis Zapata, tenía orden de detenerlo. Terminó en prisión domiciliaria junto a su esposa Nina. A él le pesaba una denuncia por la supuesta responsabilidad de ordenar el secuestro del ex concejal Chongo Abdala en 1975. A ella, por el supuesto cobro de una jubilación de privilegio. 

*

El 18 de diciembre de 2003 declaró como testigo reservado una empleada del D2: dio nombres de jueces, dirigentes y empresarios que entraban todos los días al despacho de Musa. Dijo que casi siempre estaban Mattar, Albarracín y Gómez. Y dijo que a mediados de enero, pasada la una de la tarde aparecieron los dos primeros con Musita, muy preocupados. 

Habían pasado cinco meses desde la detención de Musa Azar hasta la llegada de la intervención Federal. En ese tiempo la investigación se había vuelto a estancar y una cantidad de testimonios y movimientos habían complejizado el caso. Por el despacho de la jueza siguieron pasando mozos de Saravah, comerciantes, prostitutas y políticos. Seguían detenidos Anauate, Llugdar, Musa, y sus tres secuaces. 

En febrero habló Mario Corvalán, otro peón de la finca de Árraga: dijo que había sido Musita el que había dado al orden de arrojar los huesos de Leyla a la jaula donde estaban los aguará guazú. Después de esa declaración, Musita y Marta Cejas se fugaron de Santiago y nadie supo de ellos durante meses. 

La jueza intentaba avanzar en la investigación ya sin el respaldo de la Nina. Un abogado de Musa había pedido su recusación acusándola de prejuzgamiento, mientras que en la calle seguían las marchas de los viernes, donde se había empezado a reclamar que no se estaban investigando todas las hipótesis. A la semana siguiente de la llegada de la intervención, el 9 de abril, la jueza Bravo decidió apartarse de la causa. 

La presión fue demasiada. 

Por esos días asumió el nuevo Superior Tribunal de Justicia, designado por la intervención, con cuatro mujeres especialistas en derechos humanos: Indiana Garzón, Ana Careaga, Alicia Noli, Mabel Llinás, y el veterano jurista Raúl Santucho. Había quienes hacían otra lectura política del tribunal: a Noli se le atribuía militancia juvenil en el ERP, Llinás había participado del grupo de la APDH que había denunciado a Musa en los 80, y Santucho era el hermano menor de Mario Roberto y Francisco René. 

El 5 de mayo destituyeron a la jueza Bravo de su cargo y mandaron a detener al Mono Cejas y a Fabián Ledesma. La justicia provincial había tomado la denuncia de Albarracín por apremios ilegales. Al Mono lo tuvieron detenido varios meses. Al poco tiempo pasó a retiro y abandonó la policía. Después denunciaría que sus carceleros, que seguían respondiendo secretamente a Musa, lo torturaron para vengarse. 

Fabián logró escapar a Córdoba. Pero antes escondió las cajas con las carpetas y CDs que guardaban los cruces de llamadas de la investigación de la Dársena. 

*

_¿Cada cuánto viene de La Rioja a Santiago?

_Una vez al mes. 

_¿Y cada cuánto tiempo va a cazar?

Antonio Musa Azar hijo, Musita, hizo una pausa para calcular y respondió: 

_De las doce veces que vengo al año, diez voy a cazar. 

_¿Con quién va?_ continuó la jueza. 

_Con Cabrera, con Abdala y con el Chaqueño Silvero. Pero a él lo tengo para que me acompañe a cazar, no para que me acompañe a fiestas.

_¿Por qué? 

_Porque no está instruido como para relacionarse con mis amistades_ contestó Musita con frialdad _No se van a poner a hablar en una fiesta de cabras o de ovejas. 

El hijo de Musa hablaba como si estuviera en una conversación normal. Se había entregado a la justicia después de estar cinco meses prófugo. Su madre unos días antes, y ahora él. Decían – pensaban – que apartada María del Carmen Bravo de la causa, serían juzgados con imparcialidad. Pero Musita había quedado detenido, acusado de haber ordenado la destrucción de los restos de Leyla en la finca de Árraga, y bajo sospecha de haber participado en la fiesta donde la mataron. 

La investigación cayó en manos de Clara Gamiatea de Saavedra, una jueza de familia que siguió la hipótesis de Guayamba y trató de averiguar hasta donde estaba metido el hijo de Musa: 

_¿Y qué cazan cuando van a cazar?_ continuó.

_Guasunchas, vizcachas, perdices. Después las comemos.  

_¿Con qué empleado de la finca tiene mayor afinidad?

_Con el Chaqueño. Él es el que abre los portones y el que reflectorea cuando vamos a cazar. 

El Chaqueño era el Chaqueño Silvero, que también estaba preso y sospechado de participar de la fiesta y el asesinato. 

_¿Qué animales tiene en la reserva de Árraga?_ siguió la jueza. 

_Ahora ya no queda casi ninguno. Igual cuando iba estaba unos minutos nomás. Iba a acompañar a mi papá y no pasaba mucho tiempo ahí. Ese lugar es como una jaula grande. No tiene comodidades ni nada. Los animales andaban sueltos. No es un lugar para hacer fiestas. 

_¿Conocía a Leyla Bshier Nazar?

_No 

_¿Cada cuánto limpiaban las jaulas de los animales?

_No sé. 

_¿Que tenían las bolsas que trajeron Cabrera, Abdala y Silaverio de Guayamba?

_No existen esas bolsas_ la contradijo Musita _Ellos andaban en auto y no podían traer bolsas como las que dicen que han traído. 

_¿Usted frecuentaba Saravah?

_No. 

_¿En la reserva había aguará guazú?

_Había uno, que ha muerto hace dos años. La dieta de ellos es de pescado. Tienen una nutrición especial porque son animales de los bañados. 

_¿Sigue funcionando la reserva?

_No. Han muerto casi todos los animales después del circo de Prueger. Ya no dejan ir a los chicos de las escuelas. Ya no hay quién cuide. 

La jueza frenó el interrogatorio. Parecía que iba a terminar, hasta que fue Musita el que rompió el silencio denso que se había hecho entre los dos. 

_Quiero hacer una solicitud. 

_Dígame.

_Quiero que se me haga un examen toxicológico, y una espirometría. Para que vean si me drogo y si fumo. 

_Vamos a dejar asentada en el expediente la solicitud_ le dijo la jueza, y alguna muy personal asociación libre la llevó a preguntar algo más _¿Usted frecuenta con prostitutas?

_No_ contestó Musita, y se justificó a su manera _Pueden transmitir enfermedades venéreas. 

_¿Qué hace para divertirse usted?_ siguió la jueza. 

_Me gusta ir a cazar_ respondió Musita. Otra vez, con la serenidad de los inimputables, aunque él no lo era _Y me gusta leer también_ continuó, otra vez, como si estuviera en una conversación común _Leo doce horas al día, sobre diferentes temas. 

Musita permaneció cuatro años preso después de aquella declaración. Compartió la cárcel con su padre. Ese fue el único tiempo que Musa Azar tuvo miedo de morir. No pensaba que podía morirse de viejo. Temía que quisieran envenenarlo. Creía que podían simular un suicidio o un accidente, para sacarlo del camino y poderle cargar todas las culpas a él. Y temía no por su vida, sino porque antes tenía que salvar a su hijo.  

*

Siete columnas de humo negro se alzaban al cielo. Salían a borbotones de los arcos coloniales del edificio de la Jefatura de Policía, frente a la Plaza Libertad. Por el arco del medio habían empujado un Ford Ka en llamas. El fuego se había empezado a comer la puerta de entrada y se extendía por el interior del edificio. Afuera había una multitud que había llegado de distintos barrios de la ciudad. Los diarios calcularon después que había dos mil personas en la calle ese día. Era el 10 de septiembre de 2006. Algunos iban en cuero, con sus remeras y camisas envolviéndoles las caras para enmascararse. Revoloteaban como moscas inquietas frente a la Jefatura de Policía. Ya habían destruido los patrulleros y los autos oficiales que estaban en la vereda. Adentro quedaban unos trescientos policías acuartelados. Eran los últimos que sostenían una huelga que ya llevaba una semana. A las cinco y media de aquella tarde de domingo parecía inminente el enfrentamiento. Unas horas antes, cerca del mediodía, Gerardo Zamora había dado una conferencia de prensa para anunciar su decisión de exonerar de la fuerza a 115 de los policías que aún resistían en la Jefatura. Aquella fue una de las pocas veces que el joven gobernador pronunció el nombre del miedo: 

_Este es un sector minoritario que representa a la vieja policía, a la de Musa Azar y su régimen_ dijo Zamora ante las cámaras y grabadores en el Salón de Acuerdos de Casa de Gobierno _No está en mi ánimo dejar sin trabajo a más familias de Santiago, pero habrá más sanciones sobre aquellos policías que continúen con la medida. Y a los exonerados les digo que en forma inmediata deben dejar el arma que les fue provista y abandonar la Jefatura de Policía, porque ya dejaron de revistar la condición que sustentaban antes de esta medida. 

Un joven Gerardo Zamora debió enfrentar su primera crisis política durante el acuartelamiento policial. [El Liberal]

Gerardo Zamora tenía 42 años y llevaba dieciocho meses al frente del gobierno de la provincia. Era un abogado de aspecto prolijo y contenido, medio siglo más joven que Juárez y la Nina. Parecía ser el rostro de un futuro a imaginar. Tenía la sonrisa corta y la mirada inexpresiva. En 2001, a los 38,  había asumido  la intendencia de la capital después de la renuncia de José Zavalía, en medio de la crisis política que había quebrado al país. Después vivió la caída del juarismo mientras gobernaba la ciudad sin involucrarse con las marchas ni los pedidos de justicia, y fue uno de los pocos críticos de la intervención federal durante el año que Lanusse mandó en Santiago. A principios de 2005 Zamora le ganó las elecciones provinciales a Pepe Figueroa, el menor de los hermanos empresarios, ex funcionario menemista y declarado enemigo de Carlos Juárez. Encaró su gobierno con el lema de fundar un nuevo Santiago y ya daba señales: durante el primer año reformó la Constitución y logró firmar un Acta de Reparación Histórica con el presidente Néstor Krichner, que le habilitó 700 millones de pesos y un enorme plan de obras de infraestructura y viviendas. En septiembre de 2006 enfrentaba el conflicto que lo pondría a prueba: dos mil de los tres mil quinientos policías que integraban la fuerza, se habían levantado en protesta frente a la Jefatura. 

Durante una semana la ciudad capital estuvo desguarnecida. 

El primer día los policías entregaron un petitorio de ocho puntos al gobierno donde reclamaban un aumento de sueldo: el mínimo era de 250 pesos y pedían subirlo a 700.  

El segundo día, rechazaron la convocatoria a dialogar del gobierno. 

El tercer día llegaron gendarmes de Misiones que salieron a cuidar los edificios públicos, las casas de los funcionarios y a patrullar las calles.

En la mañana del cuarto día Zamora descabezó a la plana mayor y tomó juramento a Marcelo Pato, un policía de cuarenta años que acababa de ascender varias categorías de un salto para llegar a jefe máximo de la fuerza. Pato había estado en el acuartelamiento y pertenecía a un sector que quería dialogar.   

El comisario retirado Ricardo Gutiérrez, un policía huesudo y diminuto, se había subido a la caja de una camioneta estacionada en la vereda de la Jefatura, atestada de policías en huelga: 

_¡Cobramos tan poco estamos obligados a coimear y delinquir!_ había dicho el líder de la revuelta en un acto de honestidad brutal. 

Durante los siete días que había durado la protesta, Zamora se había negado a negociar. Decía que sólo podía dar un aumento del 20 por ciento, igual que al resto de los empleados públicos. Entre los suyos, creía que la toma era política. La Intervención había cerrado el D-2, había pasado a retiro a oficiales de inteligencia, había reubicado a muchos policías en nuevas dependencias y cambiado las reglas de admisión para los aspirantes a ingresar a la fuerza. Zamora quería profundizar las reformas. 

El interior de la antigua Jefatura de Policía – actual CCB – repleta de policías acuartelados. [El Liberal]

Sin un interlocutor de influencia frente al poder político, como antes había sido Musa o el Mañu González, los policías habían encontrado aquella forma para medir sus fuerzas y frenar los cambios que parecían avecinarse. 

La Jefatura permaneció tomada una semana. Las comisarías con guardias mínimas y sin seguridad en las calles. 

El domingo 10 fue la última jugada del joven gobierno para marcar la cancha. Mientras Zamora anunciaba las exoneraciones, en los barrios se preparaban para avanzar en una protesta en reclamo por la seguridad. Cuando llegaron al centro la protesta desbordó y se volvió violenta. Ahí rompieron los patrulleros e intentaron destruir la puerta de entrada del edificio. Los policías contestaron arrojando gases lacrimógenos por las ventanas hacia la vereda. Cuando todo parecía estar a punto de estallar aparecieron, a cara descubierta, los punteros radicales mezclándose entre la gente para intentar frenar el desborde.   

Walter Barraza, un comisario morocho y alto, con el cuello de la camisa azul abierto y gesto preocupado, salió entre los patrulleros con los parabrisas reventados a decir que los policías querían levantar la medida y salir del edificio: 

_Necesitamos que los dirigentes que tienen ascendencia sobre la gente colaboren, porque se va a hacer de noche y las consecuencias van a ser peores.

Barraza respondía a Pato e intentaba hacer de mediador. Juan Domingo Roitman, veterano dirigente radical de bigote blanco y voz alfonsinada, fue el que se alzó entre la muchedumbre a tomar la palabra: 

_Acá hay un gran triunfo del pueblo_ dijo extendiendo el brazo largo con la palma hacia abajo _Demostremos que nosotros, que somos nada más que el pueblo, porque ninguno ocupamos ningún cargo ni ninguna cosa, vinimos espontáneamente a apoyar todo esto, demostremos que somos el pueblo civilizado, serio y responsable. 

Después de unos aplausos y gritos de aliento, como si en vez de una invitación aquello hubiera sido una orden, la gente empezó a dispersarse lentamente y a volver a los barrios. 

A la noche, con la calle despejada, empezaron a llegar los familiares de los acuartelados. Esposas con bebés en brazos, hijos adolescentes, hermanos y hermanas, abuelos y abuelas. Deambulaban por la vereda frente a la plaza inusualmente oscurecida, con sus sombras alargadas por los reflectores de las cámaras de televisión. El humo se había disipado pero quedaban los autos destruidos y los escombros en la entrada. Un policía que no dio su nombre salió a recibirlos. Le habló a un micrófono de un canal de Buenos Aires que todavía estaba en el lugar: 

_Hace siete días que estamos aquí encerrados. Durmiendo en el piso. Comiendo poco. Sin luz, sin agua. Lejos de nuestra familia. Y hoy no hemos salido afuera a luchar con la gente Para nosotros hubiera sido muy fácil sacar un grupo de infantería de cincuenta o cien hombres a salir a enfrentarlos y hubiésemos desparramado toda esa horda. Tranquilamente. Pero no hemos querido caer en el juego. Les hemos demostrado que somos profesionales. Verdaderos policías. 

Le siguieron aplausos en la oscuridad. 

Al amanecer del lunes, la Jefatura estaba vacía. El ministro de Gobierno, Emilio Neder y el nuevo jefe de Policía, Marcelo Pato, caminaron entre los escombros para revisar el lugar. 

El martes 12 de septiembre Zamora viajó a Buenos Aires a dar un reporte de la situación. Habló con la Agencia Télam para todo el país:

_Aquí quisieron parar las modificaciones que estamos realizando para que los policías puedan ser juzgados por la justicia si cometen delitos comunes y que la fuerza se profesionalice_ dijo el gobernador _ Esta protesta fue manejada por un grupo minúsculo del a policía que respondía a Musa Azar. No sólo se trata de gente que hacía espionaje, persecuciones y aterrorizaba a los ciudadanos y a los políticos, sino que también tenía montada una red delictual. Fue un golpe para decir que la policía de Musa Azar seguía en el poder.  

Zamora recordó lo que ya a esa altura había pasado rápidamente desapercibido: dos días antes del levantamiento policial, el viernes 1 de septiembre, la fiscal del La Banda, Cecilia Mussi, había elevado al juez Mario Medina la evaluación procesual de todos los acusados por el Crimen de la Dársena para llevar el caso a juicio, con Musa como principal responsable.  

*

Cuando Fabián Ledesma supo que los asesinatos de Leila y Patricia llegarían a juicio, se compró una computadora y pidió una larga licencia. A principios de 2007 trabajaba en la Escuela de Policía. La ex jueza Bravo llevaba ya tres años fuera del sistema judicial y el Mono Cejas estaba al borde del retiro por las denuncias de apremios ilegales que le había hecho Daniel Mattar. Fabián volvió a las cajas con archivos que había escondido antes de escapar a Córdoba y se pasó tres meses encerrado en su casa del barrio Mariano Moreno. Analizó por su cuenta 36.000 cruces de llamadas para intentar retomar la investigación que había quedado trunca. 

La investigación oficial había avanzado sobre un sinfín de irregularidades y sospechas: la destrucción de pruebas al inicio de la instrucción, el encarcelamiento y la salida bajo fianza del primer juez, la cantidad de magistrados que pasaron con diferentes hipótesis, y una trama cada vez más confusa y enredada. 

Para peor, había seguido muriendo gente vinculada al caso. 

En 2003 cayó desde la terraza del Viejo Bar Titi Lodi, uno de los mozos que había visto a Leyla la última noche. Dos semanas después encontraron muerto en una bañera de su casa en el centro a Jorge Rufino, otro cliente del mismo tugurio. En julio de 2004 un auto atropelló al investigador privado, Coco Lescano, que tenía su propia hipótesis sobre el crimen. Sobrevivió a duras penas, con diecisiete fracturas en el cuerpo y un terror declarado a ser asesinado que lo dejó recluido en su casa del barrio Los Flores por el resto de su vida. En abril de 2005 mataron a Germán Szelke en la puerta de su casa del barrio Huaico Hondo de un tiro en la panza: el excéntrico dueño del Viejo Bar, igual que su mozo, había declarado al principio de la investigación y sostenía que la última noche de su vida, Leila había estado en su local y se había ido con un par de funcionarios juaristas. 

No quedó nadie que pudiera seguir esa pista. 

Un mes después, el padre de Patricio Llugdar se suicidó con un atracón de pastillas y alcohol. En la familia dijeron que atravesaba un pozo depresivo por la injusta detención de su hijo. 

En agosto de 2007, dos meses antes del juicio, murió Alejandro Gelid. El abogado de Cristina Juárez: volcó en la ruta mientras manejaba solo camino a Tucumán. Gelid venía denunciando las inconsistencias de la investigación, las contradicciones entre los testigos y que a su defendida le habían ofrecido plata para mentir en su declaración. 

Los casos pasaron muy rápidamente al olvido. La justicia dijo que las muertes de Lodi y Gelid fueron accidentes. El auto que chocó a Coco Lescano se dio a la fuga y el caso no se investigó. Del asesinato de Szelke se resolvió que fue por un intento de robo y hasta mandaron presos a los dos responsables. 

Cuando la causa de La Dársena fue elevada a juicio, EL Liberal advirtió: «Menos de la mitad de los imputados quedaron acusados por la Fiscalía». Hubo 28 sobreseimientos y 16 personas procesadas. Siete ya estaban presas hacía años esperando el avance del juicio: Musa, Llugdar, Musita, el Chaqueño Silvero, que cuidaba la finca de Árraga, y los policías Mattar, Albarracín y Gómez. Los últimos dos acababan de ser condenados, en un juicio express que se realizó entre junio y julio de 2007, por el homicidio del ganadero Seggiaro. 

El juicio de la Dársena empezó tres meses después, en octubre, y se estiró hasta junio de 2008. Por allí volvieron a desfilar los viejos conocidos, en medio de apretados operativos de seguridad y con los periodistas recluidos en una sala externa donde veían las audiencias a través de una pantalla.  Además de los siete detenidos fueron al banquillo otras nueve personas, entre policías, peones y funcionarios, acusados de encubrimiento y destrucción de pruebas.

Musa Azar en 2008 durante el juicio por el Crimen de la Dársena. Al fondo, el policía Héctor Albarracín. [Página 12]

Uno de los primeros en declarar fue José Patricio Llugdar. Dijo que en 2003 lo secuestraron policías de civil en un auto polarizado, que le mostraron las fotos de los huesos de Leyla y el cadáver de Patricia y lo torturaron para que se hiciera cargo de los asesinatos. Que lo bolsearon y le rompieron los ligamentos de una rodilla. Que lo llevaron a un descampado y lo amenazaron con itakas. Que Musa le había ofrecido a su familia dejar a Patricio fuera de la acusación a cambio de sesenta mil pesos: 

_Soy un perejilazo_ dijo José Patricio _Soy comerciante, vendo carne, no tengo conocimientos de faena de animales. 

A Llugdar, los medios locales y nacionales le decían “el carnicero”. Decirle así, el Carnicero Llugdar, tenía su resonancia macabra.

Cuando le tocó declarar a Musa, cargó contra la Nina. Dijo que la gobernadora le había ordenado acusar a Darío Moreno y su hijo Juan Felipe. Que se negó y por eso lo habían inculpado a él y a Musita. Reflotó la hipótesis del Hotel Carlos V, que los jueces habían rechazado de plano desde el inicio del juicio. Incluso rechazaron un pedido para que se llamara a declarar a Juárez, a la Nina y a Gustavo Ick. 

Musita declaró el mismo día y repitió la versión de su padre: 

_Esto es una mentira total_ dijo. 

_Cuando logro analizar las llamadas ahí confirmo yo nuestra hipótesis_ nos dirá Fabián Ledesma en 2023 _La mañana que desapareció Leila me daban llamadas cruzadas del teléfono de Pololo, del teléfono de Musa y del teléfono de la doctora que vio el cuerpo y lo terminó encubriendo. Todos en la zona del Hospital Independencia. A la misma hora que dijo el diariero del hospital que vio una camioneta de donde se bajó Pololo y un sindicalista de Utepse y cargaron en una camilla el cuerpo de una mujer. Después lo dejaron sin efecto al testimonio porque le hicieron pericia psicológica y supuestamente el diariero no estaba bien de la cabeza.  

En 2008, cuando el juicio iba por la mitad, los jueces llamaron a su despacho a Fabián Ledesma y tuvieron a solas una reunión preliminar: 

_Me preguntan cuál era la hipótesis que tomaba más fuerza y yo le digo que la de Guayamba. Que Leyla muere ahí en una fiesta con los políticos. La traen a intentar reanimar en el Independencia y como no pueden, quieren desaparecer el cuerpo. A Patricia la matan para que no hable. La noche que  desaparece ella, las llamadas de Musita empiezan en La Rioja y van bajando por la ruta hasta que se pierde en Árraga. 

Los jueces se tomaron su tiempo para escuchar a Fabián, pero al final rechazaron sus documentos: 

_Decían que los CDs no se podían leer, que el disco estaba roto y que los papeles no tenían validez. 

Al final, siguieron otro hilo.

El 24 de junio condenaron a Musa, Albarracín, Gómez y Mattar a cadena perpetua por participar del asesinato de Patricia Villalba. Y le dieron 22 años a Patricio Llugdar por el asesinato de Leyla: los jueces establecieron que él la llevó a un departamento en el Mishky, pero no pudieron aclarar si la muerte fue por un golpe o una sobredosis de cocaína. Es decir: Llugdar la había matado, pero no sabían cómo. Todos los demás quedaron absueltos. No se pudo probar la participación de Pololo Anauate en ninguna instancia. Tampoco que Daniel Moukarzel, el dueño de Saravah, fuera culpable de coacción agravada por orientar el testimonio de los empleados del bar. Ni que el policía Diego Sonzogni hubiera adulterado las actas de la denuncia de Cristina Juárez en la Comisaría 12, la mañana que desapareció Leyla. No se pudo probar que el Chaqueño Silvero o Leopoldo Corbalán, cuidadores de la finca de Musa, hubieran tenido algún vínculo concreto con los asesinatos. Ni tampoco Musita. El círculo se cerró sobre cinco hombres: Musa Azar, sus tres esbirros y el carnicero. 

Del día de la sentencia se recordará la sala apiñada. La gente en las calles. La lectura de las condenas con Llugdar alelado. Mattar meneando la cabeza con una sonrisa envenenada. Albarracín y Gómez cabizbajos. Musa con el rostro sereno. 

Pero pocos recordarán que aquel último día del juicio Musa pidió declarar una última vez. Que dijo que tenía pruebas que agregar al caso. Una sábana telefónica y nuevos datos que aportar. Entonces los jueces llamaron a un cuarto intermedio antes del mediodía y a las tres y media, cuando volvieron a la sala, Musa desistió. Guardó silencio y escuchó la sentencia sin abrir la boca. 

En los fundamentos de la sentencia, que se conocieron recién dos meses después,  la jueza Graciela Viaña de Avendaño escribió: «A pesar de que se pretendió involucrar a Musa Azar en los hechos en su afán por encubrir a su hijo, en mérito a lo ya analizado, considero que su intromisión en los hechos que se juzgan se debió pura y exclusivamente a una cuestión monetaria». 

Lo que ocurrió durante las horas del cuarto intermedio permaneció en el más profundo secreto. Igual que las pruebas con las que Musa amagó y luego decidió guardarse. ¿Qué había pasado en ese instante final del juicio? ¿Acaso una insinuación que pudo haber incidido en el resultado final? ¿Un mensaje que sólo podían descifrar unos pocos? Al fin y al cabo, Musa le había dedicado su vida al manejo de la información y a su uso estratégico. Nadie entendió del todo aquella última jugada, que rápidamente pasó al olvido. La sentencia fue el cierre de una herida. La lectura de la sentencia era como un lengüetazo gris de cemento a borbotones, derramándose sobre un agujero negro e indescifrable. Relleno para un vacío sucio que había que dejar tapado y liso, sin hurgar mucho más, para poder seguir andando. 

El día que lo condenaban por primera vez a cadena perpetua, Musa tenía una sonrisa triunfal. Un instante antes de que se lo llevaran otra vez, le dio un largo abrazo a su hijo, que dejó el juzgado en libertad. 

*

Habían pasado toda la siesta en la calle. La avenida Belgrano estaba cortada y un vallado les impedía entrar al edificio del Juzgado Federal. Cent-enares de personas de todas las edades llenaban las dos vías y tapaban la platabanda de cemento que las separaba. Llevaban banderas, carteles y fotos con rostros grises. Transpiraban. Antenor Ferreyra bajó las imponentes escaleras de los Tribunales hacia la vereda, con la camisa pegada a la espalda mojada y el saco en la mano. El 21 de octubre de 2010 marcó el punto final de una larga lucha. Rosa y Adela, la madre y la hermana de Cecilio Kamenetzky, ya se habían mezclado entre la gente. Abajo festejaban sus amigos, con las canas brillando al sol y los anteojos desencajados. Con las arrugas y la vida que Cecilio no había podido tener. Se abrazaban. Lloraban como chicos. También estaban los hijos de sus compañeros, que habrán tenido esa tarde los mismos veintipocos que tenía Cecilio la noche que lo mataron. Habían pasado treinta y cuatro años del fusilamiento en la DIP del estudiante de derecho de la Universidad Católica, pocos meses después del golpe. Veintisiete años hacían ya de la primera vez que la Antenor Ferreyra y los familiares habían intentado llevar el caso en la justicia provincial con la APDH, cuando volvió la democracia. Musa llevaba seis años preso, y hacía tres que lo habían condenado a perpetua por el asesinato de Patricia Villalba. Pero esa tarde caliente, por primera vez, la justicia lo condenaba por sus crímenes de la dictadura. 

Durante las seis semanas que duró el juicio volvieron a aparecer en los diarios los nombres de los desaparecidos. Se volvieron a escuchar en voz alta sus historias y las de los sobrevivientes. Se volvió a explicar y a entender el plan de exterminio de la dictadura y cómo Musa y sus hombres fueron los encargados de ejecutarlo en Santiago. 

La anulación de las leyes de impunidad en 2003 había permitido retomar en la justicia federal las investigaciones de los casos que se habían diluido los juzgados provinciales. Desde entonces habían vuelto a reunir expedientes, pruebas y testimonios. Los abogados a insistir en los pasillos de tribunales y las organizaciones en la calle. No pudieron hacer avanzar la causa de Daniel Dicchiara, que era la última que había mantenido a Musa preso entre el 83 y el 85, antes de que saliera en libertad. Su viuda seguía reclamando justicia. Su hijo, Mauro, ya tenía 34 años. Pero la causa de Cecilio avanzó, porque después de matarlo habían entregado su cuerpo. A diferencia del de Chala, que nadie sabía donde estaba. 

Además de la familia, hubo otros seis querellantes: la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, la Asociación por la Memoria, la Verdad y la Justiicia, la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y ex Presos Poílíticos de Santiago del Estero y la Fundación Liga Argentina por los Derechos Humanos.

Los que en los setenta habían pasado sus años de juventud en los calabozos pudieron dar testimonio del terror. Hablaron los más conocidos, los que habían podido rearmarse y seguían la lucha. Luis Garay estaba al frente del Instituto Espacio de la Memoria, Cristina Torres era la delegada de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, el Tigre López había llegado a vicerrector de la Universidad Nacional, Susana Habra trabajaba en un área de memoria sobre el Terrorismo de Estado del gobierno de la Provincia. Hablaron ellos y ellas pero también muchos que contaron las torturas y la violencia que sufrieron después de años de guardar silencio. 

Amigos de Cecilio Kamenetzky celebran el final del juicio, con una foto suya en la mano. [Alejandra Carreras]

Hasta que el caso de Kamenetzky llegó a juicio oral y público, ya se habían hecho treinta y tres en distintas provincias del país. Las primeras condenas habían sido para los represores Miguel Etchecolaz y Julio Héctor Simón en Buenos Aires en 2006. 

En 2010, Musa escuchó la suya escondido en una oficina contigua a la sala de audiencias, porque se había negado a estar en la sala para el final. Junto a él estaban sus viejos compañeros de cacería: Tomás Garbi y Ramiro López. Cadena perpetua, para los tres. Los festejos de la multitud atravesaban las paredes. Los cantos y los tambores de la calle vibraban en la habitación. Un hormigueo en la piel anciana y reseca. 

Entre 2012 y 2022 hubo otros cuatro juicios en Santiago. 

Se investigaron casi un centenar de casos por desapariciones, secuestros y torturas. Musa, Garbi y Ramiro López recibieron otras tres cadenas perpetuas y condenas por delitos sexuales. Se juzgaron casos de la dictadura y los que ocurrieron durante el gobierno de Carlos Juárez entre 1973 y 1976. Para entonces el antiguo caudillo ya había muerto y no se lo pudo escuchar en los juicios. En 2014, por primera vez, se juzgó a militares y allí también recibió cadena perpetua Jorge D’Amico. Entre 2016 y 2018 fueron civiles al banquillo: el ex juez Santiago Olmedo y el informante Raúl Humberto Silva. 

En las últimas horas del primer juicio, durante la lectura de los alegatos, la abogada Julia Aignasse giró hacia los acusados mientras daba sus últimas palabras. Era una mujer pequeña, de pelo rubio y liso, que olía a cigarrillo aunque no estuviera fumando. Había sido militante del PRT y en el juicio de Kamenetzky representaba a la Asociación por la Memoria, la Verdad y la Justicia. Varios de los hombres y mujeres que estaban en el salón esa tarde habían estado desnudos frente a los acusados, esposados en parrillas. Ahí estaban sentados tres de los policías que les habían dado picana, que los habían ahogado en bañeras e inodoros. Eran los que habían matado a sus compañeros y escondido sus cuerpos. Los que habían violado a sus compañeras. Y en el juicio no habían dicho una sola palabra de donde estaban los desaparecidos. La abogada miró por arriba del marco de sus anteojos de leer y observó a Musa, Garbi y Ramiro López: 

_A diferencia de ustedes_ les dijo con voz muy tranquila  _que nos trataban como cosas e intentaban convertirnos en cosas, nosotros los tratamos y trataremos, siempre, como seres humanos, a pesar de los crímenes horrendos que cometieron.

Hubo un silencio filoso después de aquella frase, que a todos cortó distinto. Todas las bocas cerradas. Tragaron saliva espesa unos, otros arrastraron un suspiro demorado. 

Musa pasó los últimos dieciocho años de su vida preso.

En 2014, las últimas semanas del juicio de la Megacausa II, estuvo internado en un ala vacía del Hospital Regional que acababa de construirse y aún no se había inaugurado. Después de la sentencia los jueces ordenaron trasladarlo a la cárcel de Colonia Pinto. Llegaron los médicos del penal y un grupo de carceleros. Antes de llevárselo, personal del Regional debía hacer un chequeo para declarar que estaba apto para irse. 

Entró a la sala un médico joven. Ni alto ni bajo. Delantal blanco y estetoscopio. Musa lo miró y pensó que debía tener la edad de Musita. Un poco mayor quizás. Después del chequeo, que fue brevísimo, los policías recibieron el apto para el traslado a la cárcel. El médico miró a Musa y sólo le dijo cinco palabras, un instante antes de que se lo llevaran: 

_Soy el doctor Daniel Dicchiara.

Daniel era su segundo nombre. El primero era Mauro. Se llamaba Mauro Daniel Dichiara. Para presentarse usó el nombre del padre. 

Musa no dijo nada. 

Cuando lo escuchó, el recuerdo penumbroso que vino a su mente permaneció allí, junto con todos los otros. 

***

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