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El cine Petit Palais: una joya de la historia cinematográfica

8 Minutos de lectura

Por Juan Pablo Varga Fonti*

En los terrenos adyacentes a la histórica Catedral en la calle 24 de Septiembre, que por aquel entonces fungía como Iglesia Matriz, se encontraba la farmacia El Indio y el renombrado Teatro Cervantes, el primer teatro de Santiago del Estero. En sus inicios, el teatro fue conocido como Zenatti-Ollantay, bajo la dirección de los hermanos Edippo. Aunque ocasionalmente albergaba proyecciones, su verdadera vocación residía en el arte del teatro y la música. Fue en 1906 cuando el teatro adoptó su nombre, con la modesta infraestructura de techos forjados en madera y ladrillo, cubiertos de chapas de zinc. Cinco puertas conformaban su fachada, y un friso orgullosamente sostenía la doble inscripción de Teatro Cervantes.

Este escenario de actuaciones y emociones se mantuvo vivo hasta los albores de la década de 1910, cuando cedió su lugar a la propiedad de don Ramón y Juan Bautista Gómez Carrillo. Más tarde, surgiría un elegante bazar que honraría la memoria del antiguo teatro con el nombre Ollantay.

Enero de 1917 marcó un hito significativo en esta esquina de Santiago del Estero. En terrenos alquilados a don Alfredo Ricci, surgió el primer Cine-Teatro de la ciudad, el flamante Petit Palais. Paralelamente, se erigía la nueva Confitería del Águila, dirigida por la firma Barrionuevo y Pujadas, y más tarde, remodelada por Roberto Mazure, quien incorporó dos cámaras frigoríficas para la fabricación de hielo y helado. El imponente edificio de dos pisos aún conserva su distintiva fachada original.

Se cuenta que Don Juan Figueroa, director del diario «El Liberal», se reunió a finales de 1916 con el Sr. Paul Mazure. En su encuentro, Figueroa preguntó a Mazure cómo debería nombrar su nuevo proyecto, a los que Mazure respondió con entusiasmo: «Realizaremos un concurso a través de su diario para que el pueblo elija el nombre». Así nació el Cine-Teatro Petit Palais Mazure, una iniciativa innovadora que, en esta ocasión, sería guiada por el hijo de Paul Mazure, Roberto Carlos Mazure, quien se convertiría en el alma de este negocio familiar.

Uno de los tantos momentos memorables se produjo el 16 de mayo de 1919, cuando el famoso dúo Gardel-Razzano hizo su entrada triunfal en el Petit Palais, acompañados por José Ricardo Razzano. El éxito fue tan abrumador que sus actuaciones se repitieron durante dos días consecutivos, amenizadas por proyecciones de películas mudas protagonizadas por el actor William Russell.

Por aquellos primeros años el cine mudo se vio enriquecido por la musicalización del talentoso pianista alemán Carlos Esclinger, originario de Stuttgart, quien tenía la tarea de añadir una banda sonora a las películas. Estas funciones solían ser precedidas por noticieros en forma de cortometrajes documentales mudos, capturados por el italiano Vicente Gigli. Vale destacar que esta colección de filmes era prácticamente única en el norte argentino, convirtiendo a Santiago del Estero en la única ciudad que atesoraba un registro cinematográfico de los sucesos sociales, políticos y religiosos de principios del siglo pasado.

La década de 1920 trajo consigo la creación de una orquesta exclusiva para el Petit Palais, bajo la dirección del Sr. Pedro Cinquegrani y conformada por talentosos músicos como Carlos Silinger, José Parisi, Alfonso Mottola, Tito Mottola, Guido Degano y Benito Fernández. Esta orquesta no solo enriquecía la experiencia cinematográfica, sino que también entretenía a los asistentes en la Confitería El Águila.

La administración del cine estaba a cargo del Sr. Bruno Osimani, con el apoyo de su cuñado, el pionero en artículos de electricidad y mecánica, Guillermo Renzi. La calidad de las películas presentadas en el Petit Palais era insuperable, provenientes de destacadas distribuidoras como Max Gluschamann Foxx Film, Nueva York Film y Exchange, además de producciones nacionales. Ubicado estratégicamente y dotado de lujosas instalaciones, el Petit Palais se convirtió en el lugar preferido para las funciones más exclusivas de la época, solo superado por el Teatro 25 de Mayo.

Debido al crecimiento sostenido de su negocio, en 1922 Roberto Carlos Mazure, hijo de Paul Mazure, adquirió las propiedades donde ya funcionaban el Teatro Petit Palais y la confitería El Águila. El espacio se convirtió en una de las salas más destacadas del norte argentino. En 1923, la concesión del cine pasó a manos del Sr. Guillermo Renzi, equiparándose con el prestigioso Splendid de la ciudad de Tucumán. Entre 1926 y 1930, la fachada del cine, siguiendo los trazos del estilo en boga, se alzaba con orgullo en perfecta sintonía con las corrientes arquitectónicas del mundo.

Antigua fachada del cine. Foto: Liliana Mazure, martes 12 de Octubre de 1937

Dos escudos se erguían majestuosos en la parte superior, con una lira en cada lateral protagonizando su diseño, y un mascarón ornamental coronando el dintel central. Las columnas laterales, embellecidas con bajorrelieves de instrumentos musicales y otros adornos, cautivaban a los espectadores con su opulenta ornamentación. Las columnas culminaban en frisos y dentículos de orden corintio, como joyas que realzaban los pilares secundarios de los cinco ventanales en forma de medio círculo.

Antes de esta metamorfosis, la fachada se presentaba modesta, con ladrillos a la vista y una puerta de acceso en forma de semicírculo. Una majestuosa estructura de hierro forjado en forma de medio círculo engalanaba la entrada, donde un letrero luminoso proclamaba con elegancia el nombre Petit Palais.

Las delicadas bombillas de época, testigos silenciosos de la década de los años 20, destellaban su luz cálida y evocadora, envolviendo el entorno en una atmósfera mágica. Como guardianas del tiempo, estas luces transportaban a quienes las contemplaban a una era de esplendor y fascinación perdida en el devenir del tiempo. Sin embargo, la intervención artística de su fachada al estilo Art Nouveau la envolvió en un halo de esplendor, transformándola en un lienzo vivo que desplegaba magia y seducción ante aquellos que se adentraban en su abrazo arquitectónico.

En la noche del 11 de octubre de 1937, alrededor de las cuatro de la madrugada, un voraz incendio consumió el interior del Petit Palais y parte trasera de la confitería El Águila, reduciéndolos a cenizas. Un policía, alertado por las llamas y el humo que salían del interior, dio la alarma a sus superiores. La policía y el Cuerpo de Bomberos acudieron con rapidez, instalaron mangueras, pero la acción del agua resultó inútil, casi estimulando la voracidad del fuego.

Las llamas que se elevaban en lo alto del Cine daban la sensación de que era una manzana de casas la que ardía. Antes de que llegaran los medios, ya veinte personas rodeaban el lugar y sus alrededores, convocando a una multitud de curiosos. A pesar de todos los esfuerzos el fuego se propagó con rapidez, devorando todas las estructuras internas, puertas y cristales. Fue solo a las ocho de la mañana que las llamas cedieron, dejando atrás un Petit Palais convertido en cenizas, así como los fondos de la confitería.

Las pérdidas del salón de espectáculos se calcularon en $50 mil y las de la confitería en cinco mil. La familia Mazure, ya trasladada a Buenos Aires, recibió la noticia mediante una llamada telefónica. Don Pablo Mazure había fallecido nueve años antes.

Los periódicos de la época informaron que numerosas personas, incluido el personal del cine y la confitería, fueron detenidas por la policía, pero resultó difícil determinar las causas del incendio. En aquella época, los cines se incendiaban con frecuencia debido al alto grado de inflamabilidad de los nitratos utilizados en las películas.

Tarjeta de reinauguración del cine en 1938.

En un breve lapso de tiempo, el Petit Palais resurgió de sus cenizas gracias a los esfuerzos de la época. El 7 de diciembre de 1938, el cine reabrió sus puertas bajo la dirección de un proyecto del ingenioso arquitecto Aníbal Oberlander y la producción del Sr. Remo Staffolani. La construcción tuvo en cuenta los avances técnicos y adoptó el estilo arquitectónico de moda, Art Deco. Se implementaron mejoras acústicas para lograr una mejor calidad de sonido y se instaló un sistema moderno de refrigeración con extractores de aire superiores. Así fue que con la presencia de Carlos Mazure, el hijo de Paul que vino a presenciar el legado de su padre en una moderna y magnífica sala que paso de tener setecientas  butacas a novecientas butacas Pullman.

Reinauguración después del incendio. Foto: Liliana Mazure, 7 de diciembre de 1938.

En 1949, Carlos Mazure vendió la confitería El Águila y la propiedad al Sr. José Noguerol. Al año siguiente, el Cine Petit fue vendido a la Sociedad Inmobiliaria del Norte S.R.L., aunque la Compañía Cinematográfica del Norte S.A. de Tucumán continuó administrando el cine bajo la gerencia del Sr. Alfredo Gramajo. La confitería siguió siendo administrada por la firma «Higa y Cía», que también gestionaba el Café Tokio en la intersección de las calles Independencia y Libertad, pero terminó cerrando sus puertas años antes que el cine, el cual seria a finales de la década de los 80.

Nueva fachada en Art Deco del Petit Palais. Foto: Archivo General de la Nación.

El Cine Petit Palais no fue simplemente un lugar de entretenimiento, sino un testigo silencioso de la historia y la cultura de Santiago del Estero. A lo largo de los años, este pequeño palacio de la gran pantalla se convirtió en un faro de luz, iluminando las vidas de quienes buscaban escape, emoción y una conexión con el mundo más allá de las fronteras de la ciudad. Fue un reflejo de una época, un punto de encuentro para la comunidad, y un guardian de las historias y los momentos que marcaron a generaciones enteras.

El Petit Palais no solo nos transportó a mundos lejanos a través de la magia del cine, sino que también se convirtió en parte de la historia misma de Santiago del Estero. Desde su inauguración en 1917 hasta su renacimiento en 1938, este lugar sobrevivió a incendios y desafíos, y se reinventó una y otra vez para seguir siendo relevante para la comunidad.

Esta historia es un recordatorio de la importancia del cine en la vida de una sociedad. El cine no solo entretiene, sino que también preserva la memoria colectiva, capturando momentos que, de otra manera, podrían perderse en el olvido. Las proyecciones en el Petit Palais inmortalizaron no solo las películas de la época, sino también los eventos sociales y políticos que marcaron la historia de la región.

El Petit Palais nos enseña que la cultura y la historia son intrínsecamente entrelazadas. El cine es un reflejo de los tiempos y las sociedades en las que se desarrolla. Es un portal a otras realidades, una fuente de inspiración y un legado que trasciende generaciones.

Hoy, cuando recordamos el Cine Petit Palais, no solo celebramos su esplendor arquitectónico y su importancia en la vida cultural de Santiago del Estero, también reflexionamos sobre la continuidad de la historia y la cultura a través del tiempo. A pesar de los desafíos, este pequeño palacio cinematográfico se mantiene como un faro de la memoria y un testimonio de la perseverancia de una comunidad que valora su patrimonio cultural.

Así, el Cine Petit Palais vive en el corazón de Santiago del Estero como un símbolo de la pasión por el cine, la cultura y la historia.

*Juan Pablo Varga Fonti es gestor cultural y se dedica a la gestión documental. Es productor y creador de la Orquesta Típica Santiagueña. Hace un tiempo está abocado a la vida y obra de Andrés Chazarreta y el folklore musical argentino.

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