#Crónicas#Edición6#Notas

Elogio de la Norma

11 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier.

Marzo 2008
Millones de personas no despegan los ojos de la televisión, el país vive el lockout de las patronales rurales, uno de los factores que ha desencadenado la ruptura entre el kirchnerismo y el grupo Clarín. El escenario político y social se ha modificado con violencia. Mientras tanto, en Santiago del Estero, el barrio San Juan se mantiene en vilo, pero por otros motivos. Germán, de apenas 16 años, ha sido hallado colgado de un árbol, sin vida. Norma, que no comprende el alboroto en el barrio ni la multitud reunida en torno a un ruido que le resulta extraño, decide agolparse hacia allí para al fin enterarse de lo ocurrido. Ante sus ojos yace el cuerpo, fosforescente, de quien consideraba un hijo. Su vida cambiará para siempre.

Agosto 2017
No sabría explicar qué clase de texto es este que he decidido escribir. Tampoco sé bien por qué voy a hacerlo ahora, con todo lo que alrededor sucede. Supongo que en el contexto social están las respuestas. Subida de Línea publica este mes un dossier sobre violencia institucional. Ahí puede que se halle una de las razones principales, pero no la única ni la más relevante. ¿Por qué? Ahora intentaré responder ésta, la pregunta que más me persigue.

Violencia institucional. Hablar de ella, en la actualidad, es imposible sin mencionar la cuestión de la pobreza. Sí, “pobreza”, nada nuevo, de la pobreza se habla constantemente, a veces de forma directa, y tantas otras de modo tangencial. Entonces, ¿qué hacemos con la pobreza? ¿Qué hace la pobreza con nosotros? Para comenzar a echar más claridad sobre esta confusa introducción y recortar las malezas de este tono general diré que puedo ofrecer una definición provisoria para estas líneas: esta es una crónica sobre la crónica que no escribí cuando debía; lo que quedó inconcluso. Y también sobre la pobreza. Y, claro, sobre la violencia institucional, el tema que nos convoca.

Agosto 2015
Vivía por esos días una de mis pocas experiencias como militante en una agrupación que se abocaba a la lucha política desde un plano cultural. Si hacemos un poco de memoria, eran tiempos de extrema convulsión, las elecciones presidenciales exhortaban a eso que definimos como campo popular a tomar posiciones claras de cara a lo que se aproximaba. Por razones que no vienen al caso, hoy en día estoy alejado de esas lides. Lo importante es que en medio de todo eso conocí a Norma y, junto a ella, al barrio San Juan.

Su historia con Germán, incluido su final, fue una de las primeras cosas que me contó cuando llegué por primera vez a su casa. El joven protagonista del suicidio había sido como un hijo para ella y su muerte la había marcado a fuego. Y no es sólo un decir. Aquella tragedia fue un punto de inflexión que la llevó a combatir la violencia institucional en su barrio junto a otras personas y organizaciones.

Las liturgias sobre los olvidados del sistema son muchas, y en ellas abundan el sentimentalismo y la altisonancia. Como una compulsa desesperada por conservar cierta dignidad que siempre parece ulular en el filo del peligro moral que implica callar lo que sucede. Criticar, en la práctica, lejos de los modelos ideales, por lo general, es un ejercicio de rutina. Palabras cargadas de moralidad, no obstante desasidas de un compromiso real, fehaciente.

Detrás de estos trajines vacíos, amenazan innumerables historias de lugares recónditos, ubicados justo ahí, en las grietas del sistema, en zonas que son inciertas para la mayoría de nosotros. Y de eso se trata esta crónica: de caminar por una de esas grietas, para recuperar en el paso los relatos que desmalezan un problema que precisa de decisiones políticas urgentes.

Norma llegó hace quince años al barrio San Juan, ubicado al sur de la capital santiagueña. El contexto de relegación que observé al pisar el lugar debió haber sido más profundo por aquellos días, pues ella así me lo confirmó durante nuestras charlas. Los primeros meses, me cuenta, fueron sorteados no sin dificultades, en un contexto complicado que golpeaba con crudeza a los sectores populares. Desde un principio se mostró permeable a establecer lazos con los jóvenes del barrio. Es algo que está en su ADN, no puede evitarlo. Un instinto que desborda su perímetro familiar y tiene alcances inusitados.

Ese día el mate circulaba con calma, tal vez era la tarde la que imbuía a todo lo demás con esa fuerza. Norma conversaba con nosotros mientras miraba de reojo a su hijo, siempre presta a cuidarlo. Alguien que formaba parte de la ronda le hizo saber que yo era periodista. Estas palabras, la información que contenían, no pasaron así como si nada; en su rostro se dibujó cierta esperanza seguida de un contundente “¿ah, sí?”. No me llevó mucho tiempo entender que sus ilusiones se montaban sobre algo como lo que aquí intento: contar que ella existe, que es de verdad, que todos a su alrededor lo son y que los ojos de nuestra sociedad deben posarse en su lugar, pero con otros lentes, unos diferentes a los que acostumbramos utilizar cuando miramos en esa dirección.

“Germán eran tan bueno”. “A Germán le encantaban las milanesas”. Germán siempre aparecía en la charla de a puchos, como una historia a la que le cuesta arrancar. Y cuando pudo, todavía recuerdo, fue más o menos así:

“Yo siempre veía a los chicos drogándose, tan chicos y concentrados en eso. A mí me partía el alma y necesitaba hacer algo por ellos. Una tarde se me ocurrió algo. Preparé una olla con chocolate caliente, me acerqué con ella a la vereda y, sin la necesidad de decir mucho, los chicos empezaron a acercarse. Esa tarde compartimos risas y la pasamos bien. Después pensaba que haber logrado alejarlos por lo menos unas horas de esa vida me hacía sentir bien”.

La casa de Norma poco a poco se convirtió en un lugar de encuentro. La realidad del barrio, nociva, volvía a ese patio un refugio, un lugar adonde encontrar una familia. Pero las cosas, vistas así, pueden llevarnos a pensar en una historia colorida de pesares sobrellevados con amor… como si con eso alcanzara. El barrio San Juan, por momentos, es un lugar insoportable. Y son los jóvenes quienes más padecen las desventuras.

En la dinámica entre lo instituido y lo instituyente, viejas prácticas arraigadas se conservan en zonas de relegación urbana como en la que vive Norma. Estas prácticas continúan reproduciéndose a resguardo del desconocimiento. El desconocimiento en tanto inadvertencia e indiferencia por parte de las capas medias de la sociedad, y el desconocimiento en términos de conciencia: ¿cuánto más difícil es hostigar a ciertos sectores, bordeando o introduciéndose de lleno en estados de excepción, cuando los individuos y los grupos se conciben a sí mismos como sujetos de derecho? Norma basa buena parte de su trabajo enseñando a los jóvenes cuáles son sus derechos, a la vez que les aconseja meterse menos en problemas.

“Los chicos ven a la policía y se desesperan. Pueden no estar haciendo nada pero la sola amenaza de la llegada de los efectivos los atormenta”, insiste Norma cada vez que el tema sale en la mesa. Asimismo, Germán fue un joven que sufrió a la policía al punto de hacer de ella un trauma.

Norma nos propone recorrer el barrio y algunas zonas colindantes. Nosotros aceptamos y vamos tras de ella. Nos comenta que debe llevar unas mangueras para mejorar la circulación del agua en las casas de algunos vecinos. Es de alguna forma lo que ella ha hecho después de la muerte de Germán: traer de las orejas al Estado; gritar, hacer señales de humo y exigir su presencia, aunque esta fuera traída de los pelos. Su tarea implica realizar gestiones a pie, caminar las innumerables cuadras que la separan de los edificios centrales, para llevar demandas y traer, en lo posible, soluciones.

En la caminata observamos realidades diferentes. Los perros ladran con bravura y se abalanzan hasta estar a medio metro de nuestros cuerpos. Ahí se detienen y en esa cadencia realizamos el recorrido. Hay casas con nada, con poco, con algo. Extendiendo la caminata comienzan a presentarse casas construidas por el Estado y situaciones más favorables. Lo constante en ese andar divergente es el cariño que los jóvenes le expresan a Norma. Pero ella no está sola, siempre alguien la acompaña. Por su casa han pasado voluntarios en apoyos escolares, organizaciones católicas, militantes políticos de distintos colores, abogados que apagan los incendios que la policía produce y muchas otras personas que han encontrado en ella a una referente.

Diciembre 2015
Junto con el grupo que realiza actividades en el barrio proyectamos algunas ideas. Le comentamos a Norma y pactamos la realización de una de ellas. Queremos contar la historia de Germán. Hacer un documental con los testimonios de su familia, sus amigos y, por supuesto, los testimonios de ella.

El documental, hasta donde tengo entendido, quedó a medio hacer. En definitiva, resultó en nada. Pero de las gestiones que me contaron como protagonista tengo en mi registro algunas situaciones que me gustaría rescatar. Sobre todo porque Norma quería eso más que nada en el mundo, que se conozca la historia de Germán.

Febrero 2016
“Lo último que se pierde es la esperanza», dice Norma frente a la cámara. Nosotros la observamos, admiramos su entereza. En cada visita a su hogar podemos identificar algunos patrones que se repiten incansablemente. Norma ha elaborado un orden para comunicar, porque es precisamente lo que ella hace. Observa en quiénes se acercan a su casa, posibles canales que pueden difundir lo que día a día acontece en el barrio y sus alrededores. De ese modo, luego de saludarnos y recibirnos, lo primero que hace es informarnos sobre la situación de los vecinos; quiénes han sufrido el ataque de cuerpos policiales, quiénes han caído bajo arresto, quiénes se encuentran sumidos en un delicado estado de salud o quiénes se han comunicado desde otra ciudad para contar cómo va el trabajo.

Recuerda los años de vida de Germán y menciona a sus grandes amigos, Lucas y Fabián. “Los tres eran inseparables, vivían en problemas con la policía”. A continuación nos invita a que busquemos a Lucas, que vive a seis o siete cuadras. Quiere que él también participe del documental.

Llegamos a la casa de Lucas. Nos reciben sus hermanos, que circulan por el frente mientras solicitamos permiso para ingresar. Lucas está a la vista de todos, sentado en una mesa, sin remera. Nos está esperando y, sin embargo, algo presuroso, nos avisa que se ha hecho tarde y debe partir a trabajar con su padre, que sale del interior de la casa y nos saluda amablemente, listo para el laburo.

A pesar del apremio del tiempo, Lucas coloca una silla a un costado de la entrada de su casa y, como si él mismo se sometiera al interrogatorio, nos contempla esperando el aluvión de preguntas que, todos sabemos, en ese momento, no desea responder. Sabe que lo que nos reúne es Germán. Su recuerdo y la grata intención de recuperar su memoria y ofrendarla al barrio para que sea atesorada por todos. Lucas está dispuesto a formar parte del documental. Se siente agradecido a Germán. Siente que si no fuese por él no habría comenzado la escuela ni estaría hoy ayudando a su padre en trabajos de albañilería. Mucho menos se hubiese podido alejar del consumo de drogas.

Alguien en la ronda se apura a preguntar por el día del suicidio. “No me acuerdo”, replica Lucas tras un gesto de esfuerzo desmedido. Ni el tiempo ni la memoria son suficientes. Norma reconoce que fue una etapa muy dura para los tres jóvenes, habitada por los excesos. Esas, según ella, son las consecuencias hoy en día. Aun así, Lucas no se rinde y está dispuesto a concertar un nuevo encuentro. Nos contesta, ahora que sabe que no habrán más preguntas por el momento, con más aplomo y sin verse perseguido por la responsabilidad de acompañar a su padre, que tampoco ha expresado demasiada ansiedad por irse. De todas formas, el joven amigo de Germán pospondría luego la entrevista. Pues su madre pronto fallecería y, naturalmente, ese cóctel de circunstancias imposibilitaría el reencuentro.

“Germán dejaba siempre reservado su tiempo para sus sueños y sus pasiones”. Así es como Norma lo recuerda. Se metía en problemas. Sí. Pero soñaba con ver a su familia en otras condiciones. Quería que su casa tenga un baño al menos. Antes de suicidarse consiguió los últimos materiales que necesitaba. No se fue sin antes lograr lo que se había propuesto.

Continuamos el camino dirigiéndonos a la casa de la familia de Germán. En el barrio, una pequeña garita se adorna con su foto y con las ofrendas que dejan allí quienes lo recuerdan. Su mamá nos enseña el lugar. Ella asume que Norma le brindó la contención que a él le faltó, aunque no haya sido suficiente para mantenerlo con vida. Nos invita a pasar a su casa y nos muestra el cuarto de Germán, con sus pertenencias intactas. En el rostro de sus padres hay una culpa inocultable, que desesperaría a cualquiera que la advirtiese. Su familia ha quedado muda, como los que vuelven de la guerra.

En la misma tarde en la que regresamos del recorrido, Norma nos ofrece llevarnos por otro camino. Como buenos desconocedores de la geografía del lugar aceptamos seguirla sin objeción alguna. En la siguiente cuadra nos encontramos con un grupo de chicos que están, como se dice en Santiago del Estero, tomándose una coca a la sombra de los árboles. El calor de febrero es galopante. Norma saluda con la simpatía que nunca le hemos visto perder, mientras los chicos responden con cariño.

Los chicos con los que ahora estamos charlando con naturalidad son los amigos que acompañaban a Germán en sus andanzas. La reacción es positiva ante la idea de recuperar su memoria a través de un documental.Algunos se muestran muy entusiasmados, otros dejan entrever un viso de desconfianza, natural, pese a que no les desencanta la propuesta.

Las esquinas en los barrios marginales son puntos de encuentro por defecto. Una apropiación territorial que configura identidades colectivas. Un lugar en el mundo, un modo de estar en el mundo. También son geografías cargadas de una valoración social negativa, vistas por los demás como focos de peligros, zonas prohibidas, trayectos evitables.

Los chicos cuidan celosamente una bandera con el rostro de Germán e impiden a Norma que pueda darle una lavada en su casa. Ella insiste pero ellos se niegan. Nos convidan un poco de gaseosa, nosotros aceptamos y poco a poco generamos algo de confianza.

En medio de la charla, en la que van surgiendo ideas de parte de los jóvenes vecinos del San Juan, Norma nos lleva a un lado y nos solicita de inmediato:

-Miren la imagen de Germán, ¿Vieron su carita? Para nosotros él nunca se ha ido, sigue aquí.

Agosto 2017
Norma continúa su tarea junto a muchas personas que la apoyan y acompañan. La ciudadanía cada vez tiene más herramientas para prevenir e impedir este tipo de prácticas. Su caso es uno entre muchos. Es hora de que el tema forme parte de la agenda institucional y se avance en una democratización de las fuerzas de seguridad. Es momento, además, de mirar hacia estos sectores con otros lentes.

Vuelvo a las preguntas iniciales: ¿qué hacemos con la pobreza? ¿Qué hace la pobreza con nosotros? La pobreza estructural es el problema central de nuestra región y, particularmente, de nuestro país. Ningún gobierno, desde el retorno de la democracia, ha podido resolverlo. Por supuesto, las performances han variado entre sí. Pero la pobreza está siempre ahí, a la vista de todos. Sólo que forma parte de la lógica mediática dominante en tanto instrumento de espectacularidad y maniqueísmo. ¿Por qué se la enseña, con qué fines y a través de qué recortes? Las tapas de los diarios locales están repletas de hechos policiales en los que los protagonistas son presentados bajo el rótulo de “malvivientes”, “delincuentes”, “malhechores”. Entiendo que esta es la forma más común de exhibición del fenómeno, lo que decanta en la estigmatización del significante «pobre» y de la condición social misma. Tan acostumbrados estamos a pensar que los problemas se solucionan atacando las consecuencias y no las causas: quiero decir, la desigualdad.

Por eso mismo contar la historia de Norma y la historia de Germán es un riesgo. ¿Cómo hacer para no caer en la misma lógica? De ese modo, es ineludible colocar en agenda un problema que está directamente implicado con la pobreza: la violencia institucional, ya que es en los sectores populares donde se reproduce mayormente. Mostrarla a la luz de esta realidad ha sido mi intención.

Textos relacionados
#Crónicas#Notas

Sí la vemos

5 Minutos de lectura
Por Nicolás Adet Larcher De diciembre hasta aquí, quienes trabajamos en universidades nacionales hemos perdido el 50% del poder adquisitivo de nuestro…
#Crónicas#Notas

Absalón

54 Minutos de lectura
Por Ernesto Picco. Tenía veintidós años cuando escapó de la cárcel en Santiago. Había ido preso por participar de un fracasado complot…
#Crónicas#Notas

Cuando el ruido regrese

4 Minutos de lectura
Y por todo el puto ruido, ese del futuro allí… Indio Solari Por Nicolás Adet Larcher “¿Alguien va a la movilización de…
Suscribite a nuestras novedades

Prometemos no hacer spam ;)