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¿Por qué Malta? Un texto sobre la finitud

9 Minutos de lectura

Por Nicolás Salvi.

Siempre quise ir a Malta, micro-estado, archipiélago, tan pequeño que la mayoría de los planisferios no pueden permitirse inscribir los nombres de sus ciudades. Vengo de Argentina, una Federación, el octavo país más grande del mundo. Malta es otra cosa. 

La República de Malta es un país insular formado por tres islas: Malta, Gozo y Comino, a las que se le suman algunos islotes. Está ubicada en el Mar Mediterráneo, a medio camino entre Sicilia y Libia. Sin embargo, nadie duda de su afiliación continental. Hay acuerdo en que forma parte de la Unión Europea.

No exagero si digo que es un lugar realmente ínfimo. El archipiélago entero posee una superficie total de 316 km2. Para visualizar lo pequeño que es, podríamos compararlo, por ejemplo, con su vecina Chipre, que tiene 9.251 km2, con Luxemburgo, que tiene 2586 km2 o, por qué no, con la pequeña Andorra, que le gana con 468 km2. Ciertamente, son pocos los lugares que compiten en pequeñez territorial con los amigos malteses.

Les adelanto, igual, que no fue la particularidad de estos números lo que me atrajo hasta allí. Sino más bien la interesante combinación de historia y cultura, a lo que se le suma su curiosa mixtura social, que la dota de aún mayor riqueza y que, me atrevo a decir, me sorprendió. 

A esto se sumó una oferta imposible de rechazar: una invitación para conocer la Universidad de Malta. 

En este escrito intentaré explicar, en primer lugar, la historia de Malta y por qué resulta fascinante. En segundo lugar, narraré algunas de mis experiencias vivenciadas allí. Finalmente, arriesgaré una conclusión que, espero, el lector encuentre de su agrado y sepa disculpar si termina siendo un tanto pretenciosa.

Fotografía Nicolás Salvi.

Un poco de historia

Las islas de Malta se encuentran pobladas ya desde la edad de piedra. Sus templos megalíticos, que aún hoy dan testimonio de sus creadores, son parte del recorrido turístico. A pesar de su larga historia, Malta nunca fue un lugar fácil de habitar. No hay grandes ríos que la surquen, por lo que se dependía de la recolección de lluvia para obtener agua dulce. Además, al estar en medio del Mediterráneo, sus costas son hondas, y no hay grandes zonas de pesca que permitan la actividad a gran escala. 

Malta posee un gran valor estratégico para el comercio y la navegación dentro del Mediterráneo. Es por esto que fue ocupada y codiciada por fenicios, griegos, cartagineses, romanos, árabes y normandos. Su gran recurso es, sin dudas, su ubicación estratégica en el mapa.

Pero fue en la Edad Media cuando las islas adquirieron mayor relevancia y notoriedad. Desde 1282, las mismas pertenecían a la corona de Aragón. En 1530, Carlos I, rey de España y Emperador del Sacro Imperio Germánico le entregó las islas a la Orden de San Juan de Jerusalén. Estos eran más conocidos como los Caballeros Hospitalarios, un grupo de monjes militares que combatieron en las Cruzadas, y que se encontraban en franca retirada y sin territorio propio al que llamar su base. 

Los hospitalarios ya habían perdido en Tierra Santa, de igual manera habían sido vencidos en su gran fortaleza en Rodas por Solimán el Magnífico, sultán turco. De esta forma, acudieron al rey Ibérico, que les cedió estas pequeñas islas secas para que se instalen.

Estas islas, que, como dijimos, eran pobres en recursos y de escaso valor material, nunca fueron pensadas como una base permanente para los Caballeros Hospitalarios, sino más bien como un punto de apoyo desde el que soñar con la recaptura de Rodas y Tierra Santa. 

Todo esto cambiaría en 1565, cuando se produjo el “Gran Asedio de Malta”, quizá el mayor hito de la Orden. En aquella batalla, la orden de Malta logró defender las islas de una invasión turco-otomana a gran escala. Casi 50.000 turcos perdieron la vida frente a un ejército de tan solo 7.000 cristianos, lo que significó una victoria moral gigantesca para Occidente, y la frustración de los planes otomanos para su entrada a Europa Occidental.

Esta victoria, además, significó para la Orden el abandono de sus planes de regresar a Rodas, y su establecimiento definitivo en la isla de Malta, iniciando rápidamente la construcción de una ciudad capital que llamaron La Valletta. Emplearon para ello los fondos que los príncipes y monarcas de Europa enviaron a la Orden como gesto de agradecimiento y apoyo tras su victoria contra los Otomanos. 

Durante los siglos siguientes la isla continuaría siendo gobernada por una teocracia hospitalaria, teniendo como líder del país al Gran Maestre de la Orden. Este sistema terminaría con la expulsión de los caballeros en 1798 tras la conquista francesa del archipiélago por parte de Napoleón Bonaparte. Pero, al ser derrotado, la posesión de las islas pasó al vencedor: el Imperio Británico. 

La ocupación inglesa fue relativamente pacífica e influyó en muchos aspectos de la vida de los isleños, que hasta el día de hoy mantienen, junto al maltés, al inglés como lengua oficial. La independencia comenzaría en 1964 y se daría definitivamente en 1979, con la obtención de plena soberanía. 

Como vemos, este lugarcito en la tierra tuvo un flujo de poblaciones y gobiernos muy diversos, que han contribuido a la creación de una sociedad llena de mixturas únicas y exclusivas. Para dar un ejemplo paradigmático, el idioma maltés es una lengua semítica derivada del árabe, pero se escribe con alfabeto latino y tiene muchos préstamos del italiano, siciliano, griego, español, catalán e inglés. 

La vida en pequeño

Llegar a este lugar no es tan difícil como puede pensarse. Desde casi cualquier país europeo hay vuelos (y muy baratos) al Aeropuerto de La Valetta. Esto se debe principalmente a que se ha vuelto un destino muy elegido por la juventud europea para pasar sus vacaciones, sea por su gran oferta en playas y actividades marítimas, o también por la amplísima vida nocturna que ofrece en lugares como San Gwann o Sliema.

A esto se le suma que, aunque pequeña, los sitios históricos son muchos y se encuentran bien conservados. Pueden visitarse los templos megalíticos de Ġgantija o Hagar Qim, ruinas romanas, la ciudad árabe fortificada de Mdenia o el Palacio del Gran Maestre en La Valetta. Solo por nombrar algunos.

Viajar dentro de Malta es siempre una cuestión de minutos. El traslado es siempre en “bondis” o barcos, no hay otra (a menos que se quiera aventurar a alquilar un auto y participar de una extrema experiencia de tráfico caótico). En términos de escala, lo que nosotros llamaríamos barrio, allí es una ciudad, y los cambios arquitectónicos y de dialectos se dan más rápido de lo que tardan nuestros sentidos en asimilarlo.

Es que la vida en pequeño tiene consecuencias extrañas. La endogamia es la más obvia. Los apellidos se repiten mucho. Se pueden dividir entre los de pleno origen maltés, los italianos, los ingleses y los demás, que forman una pequeña minoría de inmigrantes. Malta posee poco más de 500 mil habitantes.

En una charla con un profesor de maltés, descubrí que le resultaba extraño y difícil asimilar la idea de que yo no conociera a sus amigos que vivían en Buenos Aires: “Perdón, es que olvido que no es como aquí. En Malta todos nos conocemos. Somos parientes, amigos, enemigos, o alguna combinación de esas tres categorías”.

A los habitantes estables se le suman más de 1 millón de turistas anuales, y un grupo cada vez mayor de estudiantes que vienen, principalmente, para el estudio del inglés en un clima más que afable. Esto es tanto una bendición como una maldición para el lugar.

La infraestructura maltesa crece cada vez más, pero no da abasto para su población, y mucho menos para la gran cantidad de invitados. Se debe importar agua, internet, comida y prácticamente todo bien elaborado. El turismo, en algunos puntos, llega a generar más pérdidas que ganancias en una sociedad que tiene una relación tan inmediata con su estado nacional (similar a la que nosotros tenemos con el municipio).

Fotografía Nicolás Salvi.

Del ser maltés o la Maltesidad

Siempre es difícil definir a una nación. Generalmente se recae en estereotipos basados en poco más que cuestiones anecdóticas. Todo esto no quita que tengan algo de cierto y que puedan ser guía de entendimiento para el comportamiento social general de un pueblo.

“Los malteses son italianos que hablan inglés” es el dicho más común. No se aleja mucho ciertamente de lo que se ve en La Valleta. Se habla inglés prácticamente en toda situación, pero con palabras italianas muy puntales que se repiten como “ciao” o “grazie”. El acento italiano es muy fuerte, caricaturesco, podría incluso decirse que algo exagerado. Y a eso se le suma el ocasional maltés que se escapa cada tanto, yendo y viniendo, como boricua haciendo gala de spanglish.

Al ingresar al centro de la isla grande de Malta, o yendo a Gozo, la cosa cambia. En la ruralidad se habla más maltés, y los acentos son otros. Palabras magrebíes pueden reemplazar a los vocablos italianos, y los aires de balneario mediterráneo se entremezclan con lugares estancados en el tiempo.

Lo único que permitiría darnos cuenta de que seguimos en el mismo país -arquitectónicamente hablando- serían los característicos balcones cerrados de madera de colores, junto con figuras esculpidas de santos, vírgenes, ángeles y cristos que protegen las esquinas edificadas. 

¿Pero cuán estancados pueden estar unos pueblos rurales que están a pocos pasos de una ciudad turística como La Valleta? Poco, ciertamente, no están cerrados. Se entiende mejor con un ejemplo. El decano de la Facultad de Derecho, luego de darme un paseo por la Universidad, me llevó por el interior de la isla. En Mqabba, el pueblo donde él se crió. Allí se veían antiguas construcciones que compartían paisaje con una típica cabina telefónica roja inglesa y un cargador público europeo para autos eléctricos. Las generaciones de tecnología y de gobiernos aunadas en una sola postal.

Los límites marcados generan lazos más estrechos que la simple parentalidad. Se cuenta que, en la Segunda Guerra Mundial, dada su pertenencia al Reino Unido, la isla fue bombardeada sin descanso por la Italia fascista. En las cisternas pasaron años los malteses refugiados de las bombas y, con sus casas devastadas, comenzaron a florecer las “Victory Kitchens”, que no eran más que una especie de comedores donde se alimentaba a los ya hambrientos compatriotas. 

Historias de esta unidad, que van desde sobrevivir a bombarderos hasta victorias de resistencias heroicas, pueblan la historia de los malteses. Pero eso no los hace ajenos del conflicto de elección de un “relato nacional” que los unifique.

Dependiendo con quien se charle, Malta puede ser un país católico que muestra la unión de la patria cristiana como lo hacían ya sus líderes caballeros de toda Europa en sana convivencia en la isla; también puede ser un orgulloso miembro de la Commonwealth, con señoriales modales, manejando automóviles por la izquierda, con una Universidad Campus, un orgullo de la corona en el Mediterráneo; o puede ser un flamante cosmopolita de la UE, que recibe refugiados de África, inmigrantes serbios y montenegrinos que lo ven como una puerta a Europa y que innova en la Economía virtual con pragmatismos que obvian a cualquier pasado conservador.

La respuesta, sabrán, es que Malta es un poco de todo eso, y que será lo que deba ser para quien quiera decir lo que es.

Pies en la tierra, y la vista finita

Pasó un año ya de cuando estuve en Malta. Cumplí los objetivos académicos con los que fui y la curiosidad viajera que llevé conmigo. Pero hoy vuelvo a este lugar por una cuestión especial.

En Malta, si uno sube a una terraza de Rabat, en el centro isleño, se ven las costas. El mundo que a uno lo rodea es claro, se sabe hasta dónde llegan los límites. Obviamente, los puertos y el aeropuerto pueden servir de escape, ampliando la visión y la perspectiva del maltés. Pero en el día a día, la vida está circunscrita a un pedazo de tierra que es captable por los sentidos, con un mar que rodea el horizonte y nos regala más preguntas que respuestas.

En Argentina, en cambio, nos jactamos de las amplias distancias, de la inmensidad de las Pampas y la interminable estepa patagónica. Y aunque sabemos que nuestras fronteras no son infinitas, no hay nada en el horizonte próximo del argentino promedio que funcione como un límite cercano y palpable.

La situación de pandemia nos arrastró, en mayor o menor medida (y dependiendo de dónde nos encontremos), a una cuarentena. El aislamiento nos limitó la libertad de desplazamiento y la rutina cotidiana. 

Nuestros mundos se achicaron.

Yo, desde mi casa en Termas de Río Hondo, puede que no vea las fronteras departamentales por las que me puedo mover libremente (en un cierto horario), pero mi vida se circunscribe a esta ciudad y nada más hasta nuevo aviso. Y esto es aún más palpable en el caso de los amigos de Buenos Aires o Chaco, donde la cuarentena es más estricta. Allí, su mundo se limita a su hogar, y su horizonte está limitado por la vista que ofrecen las ventanas. Por primera vez, la totalidad del mundo accesible está a la vista de nuestros sentidos, sin necesidad de binoculares o telescopios.

Malta no será el lugar más aislado, ni tampoco el más pequeño. Lejos está su historia de ser igual a la de Tristán de Acuña o Centinel del Norte. Pero hoy en día Malta nos da pie para pensar en nosotros, y nos muestra cómo es la vida en un lugar donde la finitud es rutinaria, sensible y consuetudinaria.

Fotografía Nicolás Salvi.

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