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Bosterxs y ferroviarixs

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Por Araceli Montenegro

Boca llegó a Santiago del Estero la tarde del sábado 15 de febrero del 2020, un día con una temperatura de casi 40° que persistía, incluso, bajo un cielo a medio nublar después de la lluvia del día anterior. Alrededor de 10 mil hinchas, convocadxs por las dos filiales locales, esperaban el avión de Boca Junios que había llegado a las 19hs con una caravana de 35 cuadras. 

El partido del día siguiente debía romper la racha, poner en orden la historia; dejar aquella osadía santiagueña estampada para siempre en el pasado, devolver la normalidad perdida. Antes, 53 años antes, en La Bombonera y bajo la lluvia, Boca había perdido el partido contra un equipo de profesores, trabajadores ferroviarios y empleados públicos. 

Hasta ese febrero de 2020, Central Córdoba y Boca Juniors se habían enfrentado sólo dos veces – de forma oficial – y en ninguna había ganado el Xeneize. Un pequeño desvío en el ser de las cosas. En octubre de 1967 el “ferroviario” santiagueño viajó hasta La Boca. Llegó con la derrota a cuestas: había perdido la fecha anterior en Resistencia, después de entrar al estadio dos horas antes del partido porque el colectivo en el que viajaban se había hundido en el barro del camino y los jugadores tuvieron que bajarse y caminar así, con el barro hasta las rodillas, recordaría Juan Carlos Rossi, medio siglo después en una entrevista para Clarín. Llegaron embarrados a cambiarse y salieron a correr otros 90 minutos bajo el agua. Perdieron 2 a 1.

 El agua también los acompañó esa primera vez que Central se encontró con Boca: bajo la lluvia fría del 15 de octubre de 1967, con 10 mil hinchas bosteros que esperaban un banquete futbolístico y Central Córdoba era el plato principal; una goleada sin esfuerzo y sin sorpresa. Sin ningún favor del destino, fue Central Córdoba a costa de Boca Juniors. Aunque los jugadores santiagueños no estuvieran acostumbrados a patear una pelota sin pique, porque en Santiago ese tipo de partidos se suspendía«, recuerda Rossi. El ferroviario ganó 2 a 1. Marcelo Aranda, el taxista, y Manuel Rojas, en un permiso de su servicio militar, mandaron a morir la pelota en la red. 

Central Córdoba, del lejano norte argentino, no sólo ganó: lo hizo con 9 jugadores. Y casi termina 2 a 0, si Rattin no hubiese mandado la pelota al arco en esos tres minutos inagotables; cuando los aplausos se transformaron en silbidos y los 7 u 8 santiagueños, perdidos en un mar de 10 mil hinchas de Boca – recordaba Rossi- , gritaban desencajados pero inmunes bajo el agua que les caía. A la maquinaria del fútbol también le ocurren imprevistos.

En Santiago del Estero, 53 años después, los partidos se siguen suspendiendo por lluvia. Aunque los jugadores ya no sean policías, maestros, oficinistas, empleados públicos, estudiantes, taxistas o estén en pleno servicio militar.

El siguiente encuentro, 4 años después, fue en el Alfredo Terrera, la casa de Central Córdoba. Sin mayores sobresaltos el partido terminó 1 a 1. Boca no le pudo ganar a Central en ninguna de las ventanas oficiales que abría la AFA con los Torneos Nacionales, esos pases blancos de tiempos medidos en los que equipos no grandes podían probar suerte en Buenos Aires. Y algunos fueron y probaron, y resultó que con una cuota de suerte y un puñado de pies hábiles, pudieron hacer trastabillar lo que se daba por sentado.  

Pero Boca llegó a Santiago del Estero el 15 de febrero de 2020, sin lluvia y con ese prólogo de tragedia disolviéndose en las 35 cuadras de hinchas santiagueñxs. 

El tercer choque oficial entre Boca y Central Córdoba se jugó el domingo 16 de febrero a las 21.50 horas. Con 37° de sensación térmica, más el calor humano de lxs miles de hinchas desbordando el Terrera. Las boleterías, que oficialmente abrirían su venta a no-socixs el viernes 14 por la mañana, tuvieron que hacerlo el jueves 13 desde las 21hs: la cantidad de personas que rodeaban el estadio, con sillas y sillones (motocicletas, autos, camionetas y bicicletas) se habían ido acumulando con el paso de las horas, e impedían la circulación de lxs inmunes al fútbol y sus desórdenes. La desesperación tenía razón, el estadio de Central Córdoba tiene capacidad para 15 mil personas y solamente lxs hinchas de Boca hubieran colmado esa capacidad. Ese mismo jueves, cuatro horas después de haber comenzado la venta, las boleterías cerraron sin nada más que darl.  Sólo quedaba descontar los días.

El domingo 16 de febrero en la cancha de Central Córdoba había 15 mil santiagueñxs. Lxs había de Central, de Boca y lxs bosterxs ferroviarixs. Lxs incómodxs, aquellxs que con la camiseta de Central Córdoba tenían las pasiones divididas, los gritos ahogados, la alegría medida. Lxs santiagueños con el cuerpo en Central y la mitad del amor en La Boca. Aquellxs de ambos lados de la épica, los ganadores inesperadxs y lxs perdedorxs en busca de revancha. Los sentires del querer se confundían. 

  Lili nació en una cuna de Boca hace 27 años, no tuvo forma de esquivar la herencia familiar de caravanas, camisetas y banderas victoriosas durante la era Bianchi que arrancó cuando tenía cinco años. Y aunque Central fue después, mucho después y desde mucho más abajo con el ascenso al Nacional B (2018), el ferroviario tiene algo que Boca no ofrece; la cercanía de vivir a 30 minutos en colectivo de la cancha. La identidad futbolera ligada a la santiagueñidad, porque Central Córdoba, como lxs santiagueños y habitantes de las profundidades de este país que todavía mira hacia su puerto, ha vivido, recorrido y sufrido en los sótanos del federalismo argentino. Y en los sótanos de fútbol. 

 -He visto Central-Boca en el Terrera. Fui con la camiseta del Ferro, por justicia social casi. Boca ya ha ganado todo lo que se puede ganar en esta vida, y también porque tira la sangrecita santiagueña, lo que está más cerquita. Alenté al Ferroviario con euforia, pero si pintaban unos cantos bardos para Boquita, silencio y una sonrisa – dice Lili. 

La identidad de lo próximo vs la identidad de lo primero. Central vs Boca es, además, el partido de los sentidos y sentimientos. Las historias familiares hacen valer su precio y Central Córdoba saca ventaja. Boca tiene sus títulos y copas guardadas a 1129 kilómetros, 15 horas y, por lo menos, dos colectivos de distancia. El fútbol, el equipo, como cualquier amor, necesita de situaciones materiales que lo realicen, sin medios ni mediaciones. Y, aunque Central Córdoba no sea un productor constante de victorias, si lo es de relaciones con lo amado. 

También para Omar Central Córdoba es familia. Aunque su primer equipo haya sido Boca Juniors. Ver los partidos del xeneize era sentarse con su padre frente a un televisor o alrededor de una radio a 1129 kilómetros, fines de semanas de sensaciones mediatizadas. Central Córdoba era el abrazo de sus hermanos y su padre. Era el desahucio de los descensos y ascensos fugaces que presenciaba a la vuelta de la casa de sus abuelos, era el olor a mandarina de las siestas y la tribuna popular en la calle San Martín. 

Lo deportivo siempre me apasiona por Central Córdoba porque es recordar momentos familiares. Es un romanticismo muy fuerte vinculado a mi familia, a los momentos del almuerzo en la casa de mis abuelos paternos. El momento familiar e ir a la cancha estaban ligados, eran una sola cosa. Me acuerdo que mi papi cuando nos había comprado un gorrito de Central. El ritual era llevarlo a la casa de mis abuelos y que nos haga gastadas, porque mi abuelo no era futbolero. Era estar haciendo fila en la cancha, con las mandarinas, esperando pasar al partido. No éramos socios, ni nada. Me acuerdo que pagábamos $2, y era mucho para esa época que mi viejo costeaba los gastos para cuatro hermanos. Eran $8 pesos gastando en una entrada. Pero ir a la cancha nos hacía felices. 

Las historias se cuentan desde los cuerpos que las habitan. 

Pero la proximidad también tiene consecuencias. Las victorias futboleras de los domingos por la tarde en la cancha ferroviaria, también pueden ser tristezas. Los equipos de fútbol, como adhesiones a un amor abstracto e ideal, se atan a condiciones materiales que, también, son personas. El ritual de padres/madres e hijxs es el más extendido. Pero las personas perecen, los equipos quedan y los sentidos se transforman. La virtud del ser amado permanece en eso -el club- que enseñó a amar y que traspasa al sucesor elegido (hijxs, hermanxs, sobrinxs y otrxs). La transitoriedad de lo humano, su finitud, re-configura la relación con el club-legado: es un puente con lo perdido ante la muerte. 

Alejandro es hincha de Central primero, y de Boca después. La herencia de un padre que desde los cuatro lo llevó a ver al Ferro. Desde 1978 a 1991 no hubo un año en el que Alejandro y su padre no pisaran su estadio, en el mismo lugar de la platea cada vez. Alejandro, que hoy tiene 46 años, recuerda haber visto a Central Córdoba por casi todo Santiago del Estero: Clodomira, Beltrán, Añatuya. Incluso enfermo, nunca abandonaron a Central. La sangre empuja sin preguntar ni medir. 

Cuando se murió mi papá en 1991 dejé de ir a la cancha por varios años. Central había descendido y yo, sobre todo, no podía volver solo a la cancha. El día del entierro de mi pa, antes de llevarlo al cementerio, hicimos entrar el cajón a la platea donde él siempre veía los partidos. Tenía infinidad de recuerdos hermosos y hasta graciosos: cómo el día que me trague una chapita de gaseosa en un clásico contra Atlético Tucumán y me llevaron de urgencia al sanatorio  a operarme y desde ese día todes en el club me llamaban chapita, tenía 12 años. Me costó mucho volver a la cancha sin él – pero Alejandro volvió. 

Ni Lili, Omar o Alejandro vieron un partido en La Bombonera.

A los 3 minutos del primer tiempo Boca empezaba a acomodarse en el lugar que le era debido. Meli quería asegurar un pase que tenía como destino las manos del arquero Rodríguez. Pero Carlos Tévez, invisible para Meli, no lo perdona. Como si supiera de aquella cuota de suerte y buscara impedir que se encontrara con el puñado de pies hábiles. Tévez es el capitán elegido para acomodar el camino, rectificar el pasado. Evitar la derrota. Pero Central intenta: a los 13 minutos llega el primer disparo al arco de Boca. Se va arriba. Central persiste: a los 17 Gervasio Núñez patea y el arquero Andrada manda al córner. Central roza el gol. 

Boca quiso ser  definitivo: 8 minutos después de que Andrada salvara su arco, Villa corrió hasta el área, tocó para Soldano que pateó a la derecha y gol cruzado de Salvio. 

Los siguientes minutos del partido fueron una secuencia de llegadas al área de Central que nunca terminarían el gol. Dos penales atajados a Boca (Tévez y Soldano), que parecían acortar el túnel a la victoria, y otros dos goles de Boca (el segundo de Tévez, y el último de Villa) para cerrar definitivamente las posibilidades de Central. El fútbol, esa fábrica de trucos, a veces pierde su vocación de asombro y ganan los que llevan las de ganar.

Pero en esa cancha, en Santiago del Estero no sólo había perdedorxs y ganadorxs. Estaban lxs ambivalentes, lxs que habían ganado y perdido por goleada, lxs santiagueñxs que querían mantener la épica imprevista de hace 53 años y, al mismo tiempo, asegurar la revancha que garantizara la vuelta a la normalidad. 

No, no lo festejo, es medio pokerface. No me alegro, pero tampoco me entristece, el sentimiento más bivalente que tuve como hincha en la vida, a la vez me emociona no sé qué verlo al Apache festejar tan cerquita mío un gol. Las llegadas de Central en el primer tiempo, me emocionaban, hacía mucha fuerza por dentro. Y vuelvo a mi casa agridulce, quería que el Ferro lo gane. Pero no sólo no pasa eso, sino que le meten goleada. Un poquito me saca una sonrisa pensar que bueno, fue, el Ferro está en primera y nos da esta chance encima de verlo contra Boca en Alfredo Terrera, es épico por donde se lo mire, movilizó y paralizó a toda la provincia en ese horario. Ya va a haber revancha(s).- Lili no festeja. 

Lili entiende que hay que tener mucha suerte de que te guste tanto un deporte, y te toque ser contemporánea de su realidad improbable pero posible, de estar a 30 minutos en colectivo de la cancha en la que hacía poco más de un año Central Córdoba peleaba por ascender al Nacional B, después por la Copa Argentina y, ahora, también la Superliga. 

Ese partido ha sido un sentimiento muy especial más allá de que en mi familia todos eran hinchas de Boca y yo había dicho que iba a alentar a Central. Lo he alentado desde mi casa, viendo el partido con mi viejo, renegando un montón. Un montón. Porque yo no podía creer, hasta me daba vergüenza perder de local 4 a 0 – comenta Omar-. Obviamente con semejante supremacía futbolística en la cancha, el nivel táctico de Boca con un equipazo de la puta madre, jugando con un equipo del interior que recién se está armando más allá de que tiene buenos jugadores. Ha sido toda una odisea ver ese partido. No podía creer perder por 4 a 0. Más allá de los momentos de alivio cuando le atajaron el penal a Tévez. Y tienen un condimento especial porque después Tévez ha salido a dar autógrafos en el Carlos V. Verlo a Tévez para mí era como… es el jugador del pueblo. Eso ha aliviado la sensación de fracaso de que nos hayan enchufado 4 a 0 en nuestra propia cancha.

Omar no podía creer, aunque el fútbol ofrezca algunas versiones mejores que otras, más aún, aunque entre las mejores versiones posibles y las ideales, hay muchas materialidades de diferencia. El presupuesto anual de Central Córdoba no asciende los 300 mil pesos, a Boca Juniors le ingresan más del doble de esa cantidad en un mes; por derechos de televisación son 7 millones para Central y más de 150 millones para Boca; y así por capacidad de estadio, cantidad de socios y sponsors publicitarios. 

A pesar de la opulenta multinacional del fútbol y sus negocios vulgares y silvestres, Omar elige no poder creer en la derrota porque cree en Central. Porque en la identidad que nos propone el fútbol, todos somos hidalgos de nuestras guerras. 

Y si bien Boca estaba peleando el campeonato yo quería que gane Central así que después del tercer gol apagué la tele y no quise ver más. Encima los goles los hacen Tévez que para mí dejó de ser ídolo hace mucho tiempo cuando se hizo macrista, y Villa que ya tenía la denuncia por violencia de género – Alejandro quería que gane Central.

Las identidades no son dinámicas, pero cambian. Y cambian, sobre todo, cuando los ídolos dejan nuestro camino del deber ser. El fútbol a veces nos protege del afuera, ante la pérdida de identidades sociales y políticas, el fútbol da certeza. Los contextos perecen, pero los clubes persisten. Pero, de tanto en tanto, la identidad futbolera se desvanece ante la política, como le pasó a Alejandro. En contextos de convulsiones sociales fuertes y continuas, los sectores sociales que las provocan se mueven más rápido que los clubes que, por acción u omisión, deben tomar postura. La identidad se tensa: se debilita o se refuerza. Para Ale, fue lo primero. 

Ni Lili, ni Omar o Alejandro vieron ascender a Central. Lejos del partido, Lili cantaba con una de su sobrina en brazos mientras hacía una mudanza, que se detiene para ver a las personas pasar hacia la Plaza Libertad, el festejo mayor. En ese momento Omar estaba llegando al tumulto después del trabajo, una caravana de dos semanas de largo. Alejandro estaba un poco más lejos y lloraba. Lloraba desde antes de que los penales empezaran a ser pateados, llorabs por su padre, por su tío, su familia y porque el alcohol también hace efecto. 

A las 23:42 del sábado 16 de febrero de 2020, en fecha 20 de la Superliga argentina, con 15 mil hinchas en el Terrera y habiendo pasado apenas el primer año de ascenso a Primera División, Central Córdoba perdió el partido. El fin de la hazaña terminó 53 años después. Aquellos 8 hinchas bajo el aguacero de Buenos Aires en 1967 se han multiplicado. La identidad del ser santiagueño se ha corporizado en el ser ferroviario, por ser el primero y ser el único. Central no es el ser – equipo-  ideal, pero es el próximo, el cercano y es santiagueño como rasgo definitivo y determinante. Lili, Omar y Alejandro, lo saben y lo defienden. Justicia social, dice Lili. El fútbol también les dio un pedacito de eso.  

En el fin del fútbol, que será el fin de la humanidad, solamente serán algunxs lxs que podrán decir yo viví en los tiempos en los que Central Córdoba jugó en la élite del fútbol argentino.  Y ese puñadito de humanidad que existió en un rincón del mundo y de la historia, caerá en la oscuridad habiendo disfrutado, aunque sea un poco, de la porfiada vocación del fútbol de hacer nacer lo imposible. 

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