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Dos alocadas hipótesis sobre la cultura literaria santiagueña

11 Minutos de lectura

Por Ignacio Ratier.

Viaje a la semilla

A lo largo de la historia, el cuerpo a veces se arrastra, a veces renguea y otras, parece tomar impulso para caminar por su cuenta. ¿Cuándo y cómo fue parido el cuerpo? José Andrés Rivas intentó dar respuesta a la pregunta en su libro La cultura como frontera. Viaje al interior de las letras santiagueñas (Edunse, 2014). Allí el autor señala dos orígenes. Primero, el de la literatura en Santiago del Estero, para lo que se remonta a un testimonio del siglo XVI donde rastrea la primera pieza literaria escrita sobre (y en) estas tierras. Segundo, el de la literatura moderna, ubicada históricamente en la producción del primer hombre de letras, del que se tenga registro, que se tuvo a sí mismo por escritor.

Empecemos por el segundo y más reciente de estos orígenes. 

“La tarea del escritor de provincia quita en vez de dar reputación. Conozco uno, al que durante su vida pública le llamaron literato por injuria”, escribió Pablo Lascano. Rivas recupera la figura de un autor consciente del oficio, el primer autopercibido. Adscripto a las ideas de la generación del 80 y envenenado por el influjo de su encuentro con Domingo F. Sarmiento, Lascano publicó Siluetas contemporáneas en 1889, la obra en la que Rivas se detiene en su análisis. Es probable que el optimismo civilizatorio del que Lascano estaba armado contribuyera a que se pensara en ese rol -el del escritor- y dentro de un proyecto de país, nada menos, en una época en la que los hombres de letras ocupaban posiciones de poder -fue político, parlamentario y diplomático- y no eran todavía ni siquiera, en términos de Bourdieu, la facción dominada del sector dominante. Contraste imponente con la escena consolidada en las últimas décadas: el escritor como proletario y, todavía más en este siglo, como pieza rutilante del precariado cognitivo.

Por otro lado, en busca de la primera pieza literaria de estas viñas, Rivas llega al siglo XVI con el hallazgo de un conquistador devenido autor, Pedro González del Prado. Sobreviviente de la expedición encabezada por Diego de Rojas, este hombre quejumbroso compuso en 1548 su “Probanza de méritos” inaugurando, sostiene Rivas, una línea que se haría común: la del escritor que escribe desde abajo hacia arriba. González del Prado dirigió la escritura de sus desventuras a la corona española con el objeto de dar cuenta de sus tareas durante la conquista. Quería que a la hora del reparto de tierras se lo tuviera en consideración.

A cuenta de estos dos orígenes, el de las letras santiagueñas y el de la literatura santiagueña moderna, voy a apuntar algunas ideas sobre la cultura literaria en Santiago del Estero sosteniendo dos hipótesis: la primera es que, en la última década, una serie de cambios en el campo cultural promovidos por procesos sociales profundos, por políticas públicas y por la acción autogestiva de escritores, editores y gestores culturales robustecieron la cultura literaria, pero el oficio de escritor se mantuvo como una etiqueta huidiza que no calza en -ni se la quieren calzar- la gran mayoría de quienes difunden con mayor o menor regularidad sus escrituras. La segunda es que la escritura instrumental, la que subordina la literatura a fines ajenos a ella, encarnada sociológicamente en nuestra cultura literaria algorítmicamente asistida, es contrapesada, no sin contradicciones, por el espacio editorial independiente santiagueño. 

Dice Hernán Vanoli en El amor por la literatura en tiempo de algoritmos. 11 hipótesis para discutir con escritores, editores, lectores, gestores y demás militantes (siglo veintiuno editores/Crisis, 2019) que la cultura literaria se organiza como una secta hecha de afectos, creencias, ritos profanos, mitos y clérigos. De ese modo, este sistema se trama en una red de sociabilidades construidas en torno a la palabra escrita y de diversas performances y gestos. 

No ahondaré mucho en estos cambios. Simplemente sintetizaré el panorama de los últimos quince años, quizás menos. El capitalismo informacional y las redes sociales expandieron sus fronteras hasta convertirse en organizadores algorítmicos de las comunidades literarias, que, a su vez, en nuestra provincia, se multiplicaron y diversificaron en estilos, gustos, grupos, rangos etarios. La feria del libro provincial consolidó y amplió su propuesta, inventó su tradición. La Subsecretaría de Cultura de la provincia inició un proceso de rescate de obras de la historia de nuestra literatura y puso un filtro de calidad en la presentación de autores en la feria de Buenos Aires, para regular los efectos colaterales de las pisadas de cabeza en las filas de la autoedición. La Fundación Cultural Santiago del Estero del Grupo Ick trazó su propio canon con la edición de colecciones de Canal Feijoó, J. W. Ábalos y Di Lullo. Se creó Edunse, editorial universitaria, que en casi una década logró profesionalizarse y diversificar su catálogo en busca de nuevos públicos. Aparecieron espacios de agitación cultural como Utopía, Sixto y Bellas Alas, este último, proyecto que ha logrado profesionalizar su editorial y consolidar un modelo de negocio. Y finalmente, tomó forma un movimiento que, como la marea, sube y baja, que tiene picos y recaídas, pero que goza de estabilidad y se proyecta hacia el futuro como el combustible de la cultura literaria santiagueña. Este movimiento, arriesgo a decir, ha formado un espacio editorial independiente/ autogestivo/ alternativo conformado por escritores, editores, gestores y un público intenso y participativo.  El testimonio que dejan estas experiencias es rico y varopinto. Las revistas Ojo al charqui, Los Inquilinos, Quipu, Parletre, Umas, Estación Samurai, Tóxicxs. Mientras que entre las editoriales, a la vigente Barco edita de los Tasso -creada en los ochenta- se sumaron proyectos como Perras negras, Umas, Larvas marcianas, Tóxicxs, Chernobyl. 

Adentro de esa madeja han aflorado además de proyectos, publicaciones, presentaciones, lecturas, se han ensayado discusiones, se han producido rupturas y quiebres, se han hecho apuestas estéticas heterogéneas y se ha mantenido en movimiento la difusión de escrituras provinciales. Se han tejido afectos y creencias, se han puesto en juego ritos y mitos. Han aparecido clérigos y feligreses que hacen rancho en distintas capillas. Otros se han marchado al exilio interior, pero están ahí, aunque se los vea poco. Y se han ensayado múltiples performances en busca de dejar marcas que se pretenden de pertenencia literaria, que es lo que distingue a los gestos propios de esta cultura.

El problema del oficio

De su experiencia en la editorial Perras negras, fundada en el 2011 como producto subsidiario del grupo La jeta literaria, el psicólogo y escritor Andrés Navarro cuenta que al momento de buscar autores a los que publicar se enfrentaban a un gran obstáculo: escaseaba la gente con obra. Además el mapa vivo de lo que se estaba escribiendo no aparecía del todo claro para los integrantes de la editorial. Se compartían escrituras en las redes, en blogs y en reuniones. Pero al momento de conversar sobre una posible publicación, la obra trabajada no estaba. Ante la carestía o la inseguridad, el escritor rehuía a la posibilidad de ser editado.

La abogada y escritora Daniela Rafael, por su parte, cuenta que para esa misma época era alguien en contacto permanente con la literatura, pero no con el mundillo literario. Su testimonio es valioso para dar cuenta de cómo se puede construir alguien en el oficio. Le obsesionaba dar con personas que estaban escribiendo, con intereses e inquietudes similares. Con gente que le muestre los libros que estaba leyendo y con la cual conversar y hacer algo con eso que les pasa a los que se inclinan por participar de una cultura literaria. Hizo talleres a distancia, ganó concursos, se juntó a conversar con el mencionado Rivas, asistió a los talleres de Adriana del Vitto y fijó citas quincenales con Fabián Soberón, que venía a dar clases a la UCSE, solo para hablar de literatura y explorar nuevas lecturas. Fundó la revista de narrativa Los Inquilinos junto a Belén Cianferoni, Mario Lavaisse y el talentoso ilustrador Iñaqui Ortega. Luego, de la mano de Daniela, la revista se sumó al catálogo de Larvas Marcianas, donde sacaron dos números. Sus obsesiones la condujeron por un camino en el que inventó su oficio.

Aquí se puede encontrar una línea en común entre ella y Navarro: cuando el ex editor de Perras negras volvió de Tucumán, donde estudió psicología y había participado regularmente de talleres donde se leía, escribía y producían publicaciones artesanales, resolvió pegar carteles en la UNSE con la idea de encontrar personas que escribieran. Un retrato del panorama de la primera década de este siglo: gente que buscaba gente. Y que empezaba, de a poco, a cohesionar algo.

Esa gente se encontró y pasó más o menos lo que ensayamos recién. Pero el problema del oficio es más que una adscripción nacida de la voluntad y no responde solo a razones culturales. Pensar esto es caer en el craso error de creer que la cultura vive en un limbo ajeno a todo lo demás. Un escritor, en cualquier parte del mundo, en el centro, en la periferia o en el rincón más periférico y olvidado de la periferia cultural, es generalmente un obrero y, como trabajador creativo -su labor es intelectual-, se enfrenta a condiciones de precariedad. Vive casi siempre de otra cosa. De la docencia, dar talleres, trabajar en la administración pública o en agencias de marketing. Casi siempre, salarios medios y bajos, muchas otras, también dentro de la informalidad.

Ciertos rasgos del capitalismo informacional empeoran el asunto. Por ejemplo, la difusa línea que divide el tiempo del ocio del tiempo laboral, la autoexplotación, las desventuras del freelanceo. Nuestros clicks generan datos, o sea riqueza, y el desorden de nuestros tiempos fragmentan nuestra atención y limitan la posibilidad de dedicación a determinadas actividades. El estado de la economía además tiene un impacto directo, la cultura es la primera variable de ajuste cuando los recursos escasean. La cultura literaria sobrevive a estos vaivenes, la fe de la secta, su testarudez, la mantienen caliente y a salvo. 

Por otro lado, si bien el campo cultural es más vigoroso que en décadas pasadas, todavía mantiene su carácter periférico y dependiente. La dependencia de la provincia, que se financia principalmente a través de fondos nacionales desde hace más de medio sigo, y las limitaciones presupuestarias en materia de cultura. Las dificultades de las editoriales para ampliar públicos y llegar a las nuevas sensibilidades de los adolescentes y jóvenes que se muestran cada vez más elusivos a las mediaciones tradicionales y optan por plataformas de fanfic, por autoediciones digitales, por espacios en los que abunda el aplauso y el fantasma de la crítica aparece poco, espacios más accesibles y alineados con sus moralidades. Y las grandes dificultades de los proyectos culturales para sostenerse económica y afectivamente. Los problemas de dinero y los problemas personales tienen un peso muy similar en nuestra comarca.

De algo hay que vivir. Para ser lector hay que superar barreras propias de nuestras sociedades desiguales. Para consolidarte en el oficio de escribir, las barreras se multiplican.

Te amo, te odio, dame like

La probanza de méritos de González del Prado nos permite otra lectura, menos concentrada en los pesares de aquel aventurero. Charly García dijo alguna vez que el rock nació mal. Al parto de nuestras letras, marcado por la subordinación, tal vez le quepa la frase. En este caso, nació subordinada al poder político, el de la corona española, de quien González del Prado esperaba una porción de la torta lo más generosa posible. La subordinación puede ser política, cuando sometes el arte a los intereses oficiales. Puede ser económica, cuando tu producción está condicionada por los mandatos del mercado o por los intereses particulares de quienes ponen la guita. O puede ser ética, cuando la noble causa que defiendes marca las pautas del texto y funciona como un mecanismo inhibitorio. La subordinación puede tener, ¿por qué no?, un poco de cada cosa. Lo cierto es que cuando está presente, marca una posición heterónoma dentro de la cultura literaria.

Sin ponernos nostálgicos del pasado -la literatura siempre tendió a congraciarse con el mercado o a fomentar el conservadurismo y la inacción-, las condiciones actuales propician la acentuación de la heteronomía. De ahí gran parte del valor de los proyectos que reafirman la autonomía de su criterio y nos recuerdan que la literatura puede ser herramienta de transformación y contrapeso a la heteronomía. Pero no es tan sencillo. Atravesamos tiempos de voraz desmalezamiento crítico. La deforestación es un problema político y social, se talan muchos árboles cada año, el avance de la frontera agropecuaria ha sido implacable. Pero también sufrimos la tala indiscriminada de las expresiones críticas. Antes las revistas, hoy también, y se suman los espacios en las redes sociales donde se ensaya, se propone y se discute; donde ponemos a prueba el pensamiento y ofrecemos líneas de vitalidad. No obstante, no es lo común. La moneda corriente es el like por el like mismo, una nueva forma de subordinación, una subespecie del sometimiento al mercado. La búsqueda del like por sobre todas las cosas, como el fin último de la expresión artística. Pasar el tarro, mendicante, para que la gente deje su huella de aprobación. El mercado ha sido muy eficiente para vender la utopía de un mundo sin intermediarios, donde los algoritmos nos ofrecerán todo lo que necesitamos y queremos. La humanidad asistida, diría Eric Sadin con relación una problemática no del futuro, sino del presente. 

No creo que estemos condenados. Este cuadro no hace más que realzar el valor de los intermediarios. Editores se enfrentan al desafío de crear catálogos de calidad, de poner en diálogo pensamiento vivo y expresiones artísticas. Los críticos, por su lado, la tienen difícil frente a los nuevos prescriptores nativos digitales, pero pueden plantar sus árboles y amigarse con todos los canales disponibles para trazar nuevos mapas. Los gestores asimismo tienen la chance de seguir generando propuestas de contacto con los públicos, espacios de encuentro y confraternidad que conformen comunidades y rompan brechas. El espacio existe, la reflexividad de la que seamos capaces podrá marcar un rumbo.

Un cierre que no clausura 

En los últimos años he recibido sobre todo los textos de Claudio Rojo Cesca, Victoria Dahbar y Álvaro Méndez. Y ellos han recibido los míos. Como si una intuición nos advirtiera que, aun cuando la literatura es algo que desde una mirada sociológica jamás se clausura y permanece siempre abierto, el hecho literario no termina de consumarse sin la exhibición, sin el nudismo. Sin, digámoslo sencillo, poner en común la escritura con el otro.

Los grupos de lectura fueron y son espacios de puesta en común. Todavía están de pie y son buenos combustibles. Sin embargo, internet es la condición de lectura. Una mirada crítica de lo que sucede en las redes, por este motivo, no debiera caer en impugnaciones ni en propuestas del estilo into the wild. El ostracismo no parece un opción conducente. El like, como plantea Hernán Vanoli, funciona como vía de salvación para los escritores. No está mal darle like a lo que nos gusta. En ese sentido, es una manifestación que nos debemos permitir. El problema es la subordinación.

¿Quién está adentro y quién está afuera de la cultura literaria? Tengo la sensación, si se me permite el guiño al periodismo deportivo, de que de algún modo todos los que integran las organizaciones y proyectos que he nombrado tienen en mayor o menor medida algo que ver con todo esto. También convivo con la intuición de que algo asoma los ojos a la cultura literaria y la mira desde afuera. O que, en el mejor de los casos, tiene tímidamente un pie adentro. Los impugnadores seriales, siempre con sus enojos y mantos de sospecha. Los que dicen que poesía no es apretar enter o que lo artesanal, lo fanzinesco, lo hecho a pulmón, no legitima. Los que se acercan cada tanto a una lectura. Los que comparten en las redes un poco por compromiso, otro tanto por gusto, porque se sienten anodinamente seducidos. El que mira, mira por algo. Democratizar es abrir las puertas, reivindicar el derecho a la cultura, el derecho a leer y a escribir. Bregar por el sentido crítico y la insubordinación no es contradictorio con lo anterior. El ruido y la furia también son bienvenidos.

Poetas de Instagram, uníos. Poetas de Instagram, ¿quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón.

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