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La memoria es una segunda oportunidad

4 Minutos de lectura

Por Francisco Zamora.

En “Diario de duelo”, libro que el crítico francés Roland Barthes comienza a escribir inmediatamente después de la muerte de su madre, puede leerse la siguiente anotación:

“27 de octubre: 

  • “¡No ha conocido usted el cuerpo de la Mujer!”
  • Conocí el cuerpo de mi madre enferma, luego moribunda”

La elección de esta entrada no es azarosa, ya que podría pensarse como un disparador de la novela “En la Tierra somos fugazmente grandiosos” del poeta nacido en Vietnam y que ahora reside en los Estados Unidos, Ocean Vuong.

    Construida como una larga carta dirigida hacia un tú -que en este caso es su madre moribunda-, el narrador nos cuenta su historia de vida, la de Perro Pequeño, como lo llaman sus familiares y amigos en el estado de Hartford, desde su llegada a Estados Unidos procedente de Vietnam allá por los comienzos de los 90 cuando solo tenía dos años, hasta la actualidad, que es cuando se sienta a escribir esto a pesar de no tener la certeza de si en algún momento llegará a las manos de su madre.

    Y es que, cuando nos adentramos en la novela, descubrimos que la epístola a esa madre imposibilitada de leerla es el recurso preciso y precioso – perdón la cacofonía- que encuentra el poeta para hablarnos no solo de su vida, sino también de la vida de las personas que lo rodean porque como su narrador lo sostiene en un momento “Tú recordabas/y la memoria es una segunda oportunidad”. 

Es a través de estos recuerdos, que se intercalan a modo de flashbacks en la narración, que se nos permite comprender el porqué del estado de las cosas en el presente. De esta manera conocemos la historia de su abuela Lan, una vietnamita casada con un soldado yanqui durante la guerra de Vietnam y que es atacada por las secuelas psicológicas que le dejó la guerra. La historia de su madre, Rosa, con quien tiene una relación conflictiva y a quien la imposibilidad de aprender el inglés, idioma del nuevo país en el que se encuentran, la margina. Marginación que genera una violencia que es descargada en su hijo en múltiples ocasiones. Está presente en la novela esa indagación sobre la lengua materna. ¿Cómo comunicarse con ella?

Si, como dice el narrador, la memoria es una segunda oportunidad, es a partir de la escritura que él podrá ver también la parte luminosa de la historia. Lo dice Barthes tras la muerte de su propia madre: “un escritor es alguien que juega con el cuerpo de su madre, a fin de embellecerlo, de glorificarlo”. En una imagen hermosa Perro Pequeño compara a su madre exhausta y dormida en el suelo después de su jornada laboral de 12 horas con una balsa que surca un río y le permite mantenerse a flote a él y su abuela. ¿Cuánto tiene que aguantar un cuerpo? ¿Cuáles son las heridas que no vemos?

Pero, como se dijo anteriormente, la narración no se circunscribe solo al núcleo familiar, sino que sus hilos se expanden y – de nuevo- valiéndose del recurso de la carta y despojado de la vergüenza que implicaría que la misma llegara con toda certeza a ser leída por su madre, es que Perro Pequeño nos introduce en su descubrimiento del amor y la sexualidad con Trevor. 

Trevor, su compañero de trabajo en los campos de cultivo de tabaco. El chico del chevy y la velocidad, el de los chutes de heroína, el compañero con el que recorre la ciudad en bicicleta cantando el último hit de 50 Cent, el del despertar sexual en el granero. El autor parece preguntarse: ¿Cómo se habla de lo que se ama? ¿Cómo de lo que duele? Al hablar de Trevor, la novela se transforma en poema. Si bien toda ella está atravesada y construida con un lenguaje poético muy trabajado, es en este momento en particular en el que los párrafos en prosa se transforman en pequeñas oraciones/versos que nos acercarán a la persona que tanto amó:

“El chico./El aceite de motor/El cuerpo, que se llena./Y tu sed desborda lo que contiene./Y tu ruina, que pensabas que lo nutriría./Aquello de lo que él se alimentaría y lo convertiría en una bestia en la que podrías ocultarte”

    Y también, claro, hay lugar para describir el espacio. El narrador aprovecha para contarle a su madre de esa ciudad que ella no pudo ver porque vivía para el trabajo y es en esa parte de la novela, en la descripción de la ciudad, de su gente, de sus amigos y conocidos homosexuales muertos de sida, que la descripción recuerda en varias de sus páginas a “Loco afán: crónicas de sidario” de Pedro Lemebel, por su trabajo con el lenguaje, por lo elaborado de sus imágenes y la presentación de los personajes.

    El paso del tiempo y la familia, como ya se vio anteriormente, son temas que atraviesan el libro. Perro Pequeño deberá dejar Hartford y cambiarlo por Nueva York para estudiar literatura. Pero, mientras tanto, ¿qué pasa con los que se quedan? 

Hay una imagen que se repite en la novela: Una manada de bisontes arrojándose al precipicio. 

¿Por qué ninguno se detiene?, preguntará Perro Pequeño. 

Lo más lógico sería que hubiera alguno que se detuviese y diese la vuelta. 

No depende de ellos, contestará Trevor. 

Es la madre naturaleza. Ella les dice que se tiren y ellos van y lo hacen.

La analogía es bastante clara. Seguir a sus seres queridos: ¿como su familia sigue hacia adelante, ellos van detrás? 

Pareciera ser que Perro Pequeño es el único que toma conciencia del peligro que esto implica y puede tomar distancia. Como si el protagonista tuviese presente esos versos Giaganti: “Del barrio hay que irse digo siempre/ para eso tomé envión y cocaína/ pero como me dijo mi tío que está muerto/ te vayas a donde te vayas las cosas se van con vos” 

    Es por esto que Perro Pequeño necesita contarse. Para arrojar luz, para resignificar. Porque al caer tan bajo el mundo le ofrece un ángulo nuevo y compasivo, una visión más amplia hecha de pequeñas cosas. Si comparada con la historia de este planeta en el que vivimos, una vida individual es tan corta, un abrir y cerrar de ojos, entonces ser grandioso, incluso desde el día en que naces hasta el día que mueres, es ser grandioso durante un tiempo muy breve. Fugazmente grandiosos. Pensándolo así: ¿Por qué perderse la oportunidad de contarlo? 

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