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Mediocre, contingente y mortal

5 Minutos de lectura

Por Daniela Rafael.

Sobre gustos no hay nada escrito, o algo así. Adoro los refranes o frases muletillas, las quiero como algunos a sus mascotas o los poetas a sus gatos. 

 1- Me gustan las galletitas de animalitos. No son fáciles de encontrar, no hay demanda de ella en un siglo donde la imagen del producto vende y pocos se preocupan por el contenido. Estas galletas no tienen ni chips, ni semillas, ni son orgánicas, bla-bla, y peor: tienen esos huevitos de colores ordinarios, diría mi bisabuela, de Fernández, que usaba un rojo carmín pastoso en sus labios ausentes de tantas arrugas. En fin, esas galletas no son accesibles hoy en día salvo para quienes las buscan con muchas ganas. 

El sábado anterior, antes del cierre a las 18 hs, salí a buscar comestibles con la sensación de que era mi única y última oportunidad hasta quién sabe cuándo, y decidí conseguir esas galletitas que las extrañaba hacía tiempo. No fue fácil encontrarlas, las ubiqué en un minimercado, después de varios intentos. En una pequeña góndola, dos paquetitos escondidos entre las mejores y bellas y tentadoras galletas dulces. Parecían estar esperando el rescate del INADI en el concurso de miss universo, más o menos. Y las salvé, me las traje conmigo.

El cajero, una vecina, mi familia, etc., me preguntaron lo mismo: ¿Esas galletas te gustan? Seee, me gustan. Y alguien más dijo ¿Por qué? 

Ahí comenzaron a andar en mi cabeza los pensamientos como los runner en la maratón de El Liberal. Abrí el paquete, comí una, mientras pensaba en ese por qué, entonces saqué a todas del paquetito y las acomodé en la mesada de la cocina. Necesitaba confirmar si mantenían las formas que recordaba de mi infancia. 

Paréntesis: cuando escribo suelo sacar muchas ramas del mismo tronco, puede ser el vicio de narradora, las historias no son lineales aunque sea lineal en el tiempo. Esto es como un cartel para mi lector, porque lo que escribo en las redes, y ahora aquí, tiene que ver con la literatura. Nada de lo que me rodea y me hace reflexionar y en consecuencia escribir luego, se abstrae de esa lógica de pensamiento o secuencia reflexiva. Aclarado que la mirada es con el vidrio de la literatura que todo invade en mi vida, cierro paréntesis. 

Estaba con las galletas exhibidas en ese mesón, acomodando la cámara del celular para una foto, cuando mi marido entró y, lógicamente, preguntó: ¿Qué haces? 

Buscando el tiempo perdido, le dije. Quizás no entendió, no escuchó o quedó conforme porque se fue tranquilo sin probar mis animalitos. 

2- En busca del tiempo perdido es una obra monumental: siete tomos, casi tres mil páginas, escrita por Marcel Proust. No leí los siete tomos, apenas uno y por un interés, conocer la famosa metáfora de la Magdalena. 

Comentar libros es un modo de alejar del olvido lo que hemos leído. Una forma de rescate de ese tiempo también. Y esto es clave con respecto a la obra de Proust. Precisamente porque los siete libros que componen En busca del tiempo perdido son su combate personal, encarnizado, obsesivo al final de su vida, contra todas las formas del olvido. Testigo, cronista de una época, accedió al mundo que los rodeaba, a la alta sociedad y a la baja, y los describió diseccionándolos casi anatómicamente. Pero no fue solo un testigo objetivo, también un poeta, un filósofo y un estilista. En su narración se encuentra lo vivido en todos los planos: imágenes, olores, sabores, gestos, inflexiones de voz, actitudes corporales de los actores. Y encima con el filtro de la reflexión

La metáfora de la magdalena

La literatura rodea mi vida, lo que sucede a mi alrededor a partir de mí o hacia mí, termina evocando algo que leí. Y las galletas de animalitos me llevaron directamente, sin rodeos ni atajos, a Proust y a esa famosa metáfora de la Magdalena que se encuentra en el volumen 1, Por los caminos de Swann. En este primer tomo, Proust  enmarca la infancia del protagonista en un pueblo del interior de Francia. 

La metáfora de una galletita de animalito, sería en mi caso. “¡Quiero conocer la metáfora!” Es lógico que digas a esta altura de tanto preámbulo:

En un párrafo, el narrador remoja una magdalena en una taza de té, lo que le  provoca un involuntario recuerdo del pequeño pueblo (Combray) en el que, cuando niño, pasaba sus vacaciones. Se trata de la memoria involuntaria, el tema eje desarrollado en esta obra: renovar una experiencia hace posible enfrentar ese yo pasado con el yo presente y que entre ambos no exista distancia, recuperar el tiempo o viajar en él hacia atrás y volver a saborear ese momento como si estuviera ahí de regreso.

MUCHO TIEMPO es la primera frase de la obra y la última es TIEMPO. 

La metáfora de la magdalena remite a la memoria voluntaria y la memoria involuntaria. Para resucitar el pasado hay que hacer intervenir esa facultad mental que es la memoria voluntaria, pero ella no puede recrearlo todo como era, con sus perfumes y sus sabores. Por eso, la memoria involuntaria puede devolvernos una visión, algo fugaz quizás, inconsciente y arbitrario, en contacto con el objeto. Ese encuentro resucita el yo de otra época. Es decir, las galletas de animalitos tienen la`propiedad de liberar una forma prisionera y provoca una sensación intensa, para mí.

Los siete volúmenes de la obra fueron escritos entre 1908 y 1922.  A lo largo de todos esos años de escritura y reescritura, de constantes rechazos desde diversas imprentas, Proust fue conformando lo que podemos denominar una arquitectura circular. El tiempo perdido no sólo no está perdido para todo el mundo, sino que se presenta como un paso obligado del proceso creativo. Buscar el tiempo perdido no es, sin embargo, el fin último de la obra sino un medio de llegar al descubrimiento de verdades para entender mejor el futuro. ¿De qué otra cosa se trata sino la literatura?

Concluyo: no hay manera de poner fin a esta reflexión de mis galletas de animalitos, sino transcribiendo el fragmento del libro que me llevó a ellas: 

Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de magdalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas de bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior. Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que lo causaba. Dejé de sentirme mediocre, contingente y mortal. ¿De dónde podría venirme aquella alegría tan fuerte? (p. 61).

El sábado, después de las 18 horas, mientras el silencio se imponía sobre la ciudad y el virus circulaba  libremente, con mis galletas  recuperé  la sensación  de niña en la que a nada ni a nadie se  sentía  mediocre, contingente y mortal .

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