#Ensayos#Notas

Río de tentación en el cine de Leonardo Favio

4 Minutos de lectura

Por Victoria Dahbar Kofler.

“clamor engañoso, Zupay quiere conquistarte,
a cambio de darte conocimiento y valor”
Elpidio Herrera

La imagen del kairós tiene cabellos (o caballos) idos en la fuerza que empuja hacia delante, figurados en contraste con una llanura trasera, haciendo peso desde lo mínimo, desde lo menos.  Pies alados y una espalda emplumada. Pienso en la historia y deseo que estos recortes lleguen a ustedes cual oportunidades. No tomar siempre, no dejar siempre.

Leonardo Favio grita un nacimiento y comienza una de las mejores películas del cine argentino. Nazareno cruz y el lobo, las palomas y los gritos (1975) habla el lenguaje de los besos mojados. El encuentro con una otra. Su Dios es mujer. He aquí una fuerza creadora. Diría: envuelta en un, vaya que habrá andado para ello, reconocimiento de su femenina. Por eso llega y puede fecundar. ¿A dónde llega? A su profundidad. Lo creado es antropomorfo. Has conocido a tu animal y el miedo de la reproducción ha velado tus huesos. ¿Cómo moverse luego?

El diablo de Leonardo Favio convida a repensar la importancia de charlar, de vez en cuando, en el inframundo. Le pregunta al hombre lobo si ya averiguó cómo era tener un hijo, porque el diablo no fue hijo, no tuvo hijos, y porque contiene el misterio de un origen que comparte con algún dios. “Él dijo hágase, y me hizo”, expresa tu diablo. Me pregunto si “Él” difiere de su propia carne, de su propia existencia y de su propio pecado. También huelo la sal de una mar que invita a reflexionar sobre el poder de las palabras. Pero también aparece en el hombre lobo la elección del amor, el enfrentamiento ante la tentación desértica de un diablo argentino que comenta la proximidad con un Él cuando la elección es correcta, un diablo que pide, que se cansa y que desea más palabras. Es decir, renacer. Y que sea posibilitado mediante el diálogo con un Otro constituido como opuesto lo convierte en nuestro, en diablo valiente dispuesto a arder en busca de los signos de su elemento.

En la mitología guaraní se cree que al nacer como séptimo un hijo está destinado a convertirse en uno de sus siete monstruos legendarios, la conocida transformación en lobisón de un hombre que al cumplir determinada edad bajo luna llena abandona una forma humana. 

Nazareno Cruz se pregunta cómo es tener un hijo y Jorge Luis Borges finaliza su Golem preguntándose “¿Quién nos dirá las cosas que sentía / Dios, al mirar a su rabino en Praga?” Nazareno Cruz, hijo, se pregunta por su origen creador y Borges se pregunta por la pregunta que el creador se hace, es decir, un símbolo: la carne de mi carne. ¿Cuál es el límite en la actividad de lectura que podemos llevar a cabo respecto de nuestro propio cuerpo en tanto escriturado?

La bruja que hace magia, la bruja que hace hechicería, la bruja que imparte sin receta su humana cura, la bruja de palabra, la que invoca, la que comenta y la que lleva consigo a la niña ¿o niño? (me gusta la contradicción de este nombrar, ¡qué sea todxs!). Lechiguana, son dos las caras. Lechiguana que hace acontecer la posibilidad de lo inmoral, de lo que pesa y presiona a la vez que retiene, de lo que quiere nacer y desea existir. Tanta cosa rota para tan poca cosa cosida, diría un norteño mientras suaviza los hilos, los mezcla, enreda y desenreda y vuelve a formar. Lechiguana que mira por el vidrio ya humanizado una posibilidad. Cuando la sociedad te pide el éxodo: ¡Lechiguana bruja ayudame a so(portar)!

Griselda, gris-elda, batalla oscura, arena y piedra. Gardenia de lxs cabecitas negras. Si ha de nombrarte el Diablo como pasaje al destino fatal, no he de impedir que sea conmigo un mundo. La Revolución se hará bajo la luna llena y un pelaje opaco.

Cuando miro las películas de Leonardo me siento pájaro negro y de coté encuentro el crecimiento de mis alas. Tantas plumas retenidas protegiendo una guarida hueca. A medida que pasan los minutos, los colores y los sabores cambian, todo cambia, y el trasfondo (se transforma) que me agotó la epidermis, se agota en belleza y mi ardido cuero absorbe aire embichado, pero de algún modo crea su propia salud, su propia mezcla. Existe un primer deseo que constituyó estos sentimientos. No llego a tocarlo, pero el tacto me mantiene en la búsqueda viva.

Quiero hablar sobre el encuentro, especialmente en esta época, porque si bien agotamos contactos en son de cuidarnos, hay modos de renombrar y resignificar los vínculos. El sueño que me sueña contiene a la imaginación apoderándose de una casa que no es mía, que es mi cuerpo y que se me escapa. Vuelvo al sueño porque su lectura y su escritura, y ese círculo allí acontecido, tiene un espacio por el que, una y otra vez, la vida se cuela invitándonos a seguir recreando, pensando y, aunque sea paradojal, deteniendo el paso para que eso ocurra/discurra ante nuestro miraje artístico.

Mi atrevimiento: una película que en su comienzo confiesa ser un cuento que el diablo contó, quiere especialmente la atención de los dioses. 

***

Nazareno Cruz y el lobo está basada en el radioteatro homónimo de Juan Carlos Chiappe, “Rey del Radioteatro Popular”. El radioteatro contiene como juego la intención de narrar una historia a través de la voz mediante el intento de activar la imaginación con la combinación de diferentes sonidos y músicas. Hay infinitas maneras de encontrarnos. En Argentina una de ellas es el radioteatro desde 1929, su comienzo también es lobístico, de la mano de Francisco Mastandrea y, un nombre que podría resumir este texto, La caricia del lobo.

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