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De cuando por acá anduvo la pintora

3 Minutos de lectura

Por Ju Donzelli.

Una pintora llegó una mañana en la que el pueblo era un reguero de mariposas. Muchacha de la urbe, ella, se la había pasado diciendo a sus amigos que se iba a vivir al campo, como si aquí no hubiera ni internet ni pizzerías. 

Justo ella se fue a la punta del cerro. Nadie sabe si vino loca o si fue tanto oxígeno de golpe, pero dicen que le dio un patatús que le robó la paz. Tenía el ruido de la Capital en la cabeza. Se acostaba a dormir y un melange de voces le atronaba la mandíbula hasta que los dientes le quedaron como papel de calcar. De día, a la pobre, le temblaban las manos. 

No pudo pintar por meses. 

Pero fíjense que un día algo le devolvió la tranquilidad. Se lo encontró a Suárez. 

El viejo fue maestro rural cuando el pueblo era dos granjas y un molinete. Con el tiempo lo dejaron de visitar hasta sus nietos, tal vez porque se estaba quedando ciego o porque estaba medio sordo, y daba lo mismo hablar con un topo. 

Suárez se levantaba todos los días a repartir maíz entre las gallinas; lo recibían los perros bravos agitándole la cola y él tanteaba el aire hasta dar con sus cabezas; tenía un caballo viejo como él que entraba siempre al comedor y masticaba margaritas de los floreros.

La pintora se lo cruzó una vez de casualidad. Ese hombre le callaba los ruidos. Había algo como una nana, una caricia de madre en mirarlo. Justamente de madre.  

El viejo estaba tan solo que no sabía si estaba vivo o muerto. No sabía cómo era el más allá, pero ¿por qué no se parecería a ese tedio blanco y a su casa? Solamente el sobre con la plata de la pensión lo devolvían a la realidad mes a mes. 

La pintora comenzó mirándolo de lejos. Bocetaba al caballo, al hombre, la casa. Con el correr de los días se fue acercando más y más. Cuando se dio cuenta de que él no podía verla, se acercó con su bastidor y sus acuarelas. 

Al viejo nunca le dijo ni mu. Solo se sentaba a pintar, mientras las gallinas le picoteaban al lado de los pies y el caballo le hociqueaba los pelos, qué importaba.

Pero vean cómo son las cosas. La madre de Suárez era pintora. Y él escuchaba poco y nada, y veía menos, pero el olor de las acuarelas, eso sí que lo sentía. Lo tomó como una señal. Estoy por morir, mi madre está cerca y viene a buscarme, pensó. 

Así que una mañana se puso su mejor ropa y bajó a recorrer el pueblo. Se arrodilló en la capilla aunque no sabía rezar. Pidió a un vecino su celular y llamó a sus nietos. Caminó lento para que el aire de la sierra le refresque la coronilla. Volvió a su casa y adentro lo esperaba la pintora, que estaba inquieta de no haberlo encontrado.

 Suárez sintió el olor de las acuarelas, y se acercó. Ella quedó tiesa: el viejo nunca había hecho por arrimársele, la esquivaba lo mismo que esquivaba los cardos. Él le tocó el brazo. Fue un instante, como quien dice la picadura de un mosquito. Luego cayó redondo al piso, como si algo le hubiera arrebatado el aliento. 

La pintora le acarició la cabeza por horas y la mañana siguiente se fue del pueblo. La vimos arrastrar su valija y los óleos enrollados. 

Ya no había mariposas. 

De la muerte de Suárez se supo a los tres días, cuando un muchacho se acercó a su hogar a pedirle huevos. En su honor, pusieron una plaquita en la escuela, con la que todos los alumnos se tropiezan, cuando adormilados van a hacer fila para cantar la canción Aurora.  

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