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Retazo 1. La copia

2 Minutos de lectura

Por Andrés Navarro.

AMPUTES DE ESCRITURA: PRIMERA ENTREGA

¿Copiar o no copiar? Esa es la cuestión. 

Detenidos frente a la hoja de papel, o computadora, notebook, tablet, celular y etcéteras futuros, podríamos hacernos aquella pregunta. 

Copiar es la respuesta que tiro. Copiar sucia y descaradamente. Subirse a caballo del otro cual huevo frito joven recién hecho. Montarse a ese zaino mientras dure la inocencia (tenga en cuenta que la inocencia puede durar un buen trecho de vida). 

Copiar, meterle al copiado duro y parejo. Copiar hasta cansarse. Porque uno se cansa. Uno se cansa de cualquier cosa que haga, en realidad. Pero, entre todo eso, uno se cansa de copiar. El cuerpo se entumece. Se rigidiza. 

Cuando esto ocurra habrá que parar con el copiado. Levantar ese velo. Porque era un velo ¿no? Un artificio para ocultar. Una media sombra en el patiecito interno de la casa. Un toldo, una cortina gruesa para que no se vea desde la calle. 

Un velo decía. Y cuando levantamos el velo del copiado ¿qué queda? Y… si se es escritxr, puede que quede un estilo propio. Huellas borrosas del original. Marcas, manchas, grafías. Dolorosos residuos de otra historia sobre la que inventamos la propia. 

Copiar. Imitar al otro para ser distintos. Porque igual, no se puede. Porque lo mismo, no se puede. Aunque a veces eso parezca. Distintos, diferentes, diversos, copiando. 

Copiar hasta que ya no haga falta copiar. Hasta que algo de esa magia pierda chispa. Se disuelva en el vaivén terrestre. Terráneo. Cotidiano. Hasta que un día ya no esté. 

Y uno se da cuenta cuando deja de copiar porque se aleja de ciertas lecturas. Y hasta puede que se aleje de la lectura en general. Andar por la vida sin leer. Libre del Modelo. Sólo escribiendo. 

Entonces aparece algo propio. Original. ¡Por fin el original! Por fin algo que podemos mostrar y publicar (si es que no lo veníamos haciendo desde antes). Por fin algo que vemos y decimos: “¡Má, qué bueno! Y nos sentimos nuevos, poderosos, auténticos, únicos. Escribimos bellezas que solo nosotros podemos escribir. 

Todo muy bonito, todo muy sobre ruedas, hasta que nos damos cuenta de que el estado de originalidad es sólo un momento. Efímero, fugaz, etéreo. Nos damos cuenta de que, echados en un sillón o en la cama, estamos viendo series, películas, escuchando música. Estamos parando la oreja en la calle, en los bares, en la verdulería, en el trabajo (si es que se trabaja), en el puterío familiar, en los ecos traumáticos de la propia infancia. Y resulta que estamos copiando. Copiando descaradamente la comedia de la vida. Nunca lo habíamos dejado de hacer.

Así que copiar, esa es la cuestión. 

Pero ¡ojo! Si se copia a alguien vivo, puede que ese alguien se enoje un poco. Cada quién verá. 

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